HORA SIETE. 1:00 A.M.

— ¿Alguien limpia este edificio por la noche? — preguntó Javiera

Las mariposas enloquecidas habían tomado residencia en el hueco de su estómago con la perspectiva de terminar su juego e ir a dormir. Sus ojos se sentían pesados, pero sus sentidos estaban inquietos.

Ella y Flavia habían estado dando vueltas entre si durante la última hora, manteniendo una charla superficial. Javiera había estado tentada a profundizar más, pero Flavia era inestable, y tenían que soportar otras seis o siete horas encerradas allí.

—Hacen limpieza rotativa las noches del viernes. Esta noche ellos limpian las alfombras en la otra ala.

Javiera bostezó.

—El tiempo lo es todo.

Flavia se aclaró la garganta.

—Así que ¿puedo hacerte una pregunta? Una verdadera pregunta sin rodeos.

Los ojos de Flavia estaban lo suficientemente cerca que Javiera se pudo ver el pulso débil de las pupilas en el iris de color verde. Después de varias horas atrapadas en el ascensor, un mechón de cabello de Flavia estaba fuera de lugar, y caía por su mejilla, Javiera quería extender algo la mano para llegar y poner a prueba su suavidad.

Había algo indescriptiblemente hermoso en Flavia. Ella era un poco más Alta que Javiera, con una plenitud leve en su cara y un cuerpo tan sensual que hizo a Javiera flojear las rodillas. Menos mal que estaban sentadas.

—Claro, que puedes hacerme una pregunta. — Javiera sabía que venía. —¿Qué quieres saber?

—Me estaba preguntando, ¿por qué desnudarte?

—Yo realmente prefiero llamarlo bailar. — Ella tenía su respuesta preparada de antemano. —El sueldo es grande y el horario es perfecto cuando se trata de hacer malabares entre el trabajo y la escuela.

—Pero...— Flavia todavía parecía estar llegando a un acuerdo con sus sentimientos sobre el tema.

—¿Es degradante? — Javiera adivino.

Flavia negó con la cabeza.

—No estoy de acuerdo. Hago esto por mi propia voluntad, no dejo a nadie hacer algo que yo no quiera que ellos hagan, y me he ganado el dinero suficiente para pagar mis estudios universitarios. Muy pronto voy a ser la doctora Cáceres...y estaré orgullosa de haber hecho lo que hice para llegar hasta ahí.

—Supongo que simplemente parece como... no sé. Pareces muy inteligente.

—Yo soy inteligente. — dijo Javiera, y se encogió de hombros. — Es un trabajo. Tengo ganas de dejarlo y ser veterinaria, pero no ha estado tan mal.

—¿Cuánto tiempo lo has estado haciendo?

—Cerca de seis años. — dijo Javiera. Por primera vez desde que había empezado la conversación, Javiera sonrió avergonzada. —Mucho tiempo, supongo.

—Entonces ¿haces... generalmente actuaciones privadas? ¿Cómo esta noche?

Javiera negó con la cabeza.

—No, en realidad, yo trabajo en un club. Esta noche es una especie de cosa nueva.

—¿Cómo te encontró Pancho? — le preguntó Flavia.

—Empecé la publicidad en una revista de lesbianas un par de meses atrás. Como bailarina privada. Disponible solo para actuaciones para otras mujeres.

La mirada de Flavia cayó a su regazo.

—¿No haces bailes privados para hombres?

—No, yo bailo para los hombres en el club. No me sentiría cómoda haciendo un show privado para un hombre.

—¿Has hecho muchos shows privados para mujeres? —La voz de Flavia sonaba tensa.

—Fuiste la tercera. — respondió Javiera. —Se suponía que sería sólo una cosa aparte. Un poco de dinero extra haciendo algo un poco más... divertido. — Se aclaró la garganta. Sintiendo una extraña necesidad de justificar su nuevo emprendimiento, tomó los bordes deshilachados de un agujero de sus pantalones vaqueros. — Quiero decir, he bailado para las mujeres en el club antes. Las mujeres vienen más de lo que podría imaginar. Eso es algo por lo que decidí hacer esto a aparte.

Flavia parecía intrigada, pero incómoda.

—¿No te gusta bailar para hombres?

—Oh, realmente no me importa.

Era todo verdad. Bailar para los hombres era el medio para un fin, y la mayoría de las veces, eran caballeros. Javiera fue mucho más allá de las conjeturas de sus decisiones en este ámbito. Ella había aceptado el reto cuando su madre se enfermó y las dejó su padre, era una persona más fuerte por sus experiencias.

—Quiero decir, hay clientes buenos y clientes malos, ya sabes. Algunos tipos son manoseadores, groseros, o sólo generalmente desagradables. Pero muchos de ellos son realmente dulces. Tengo clientes habituales que entran y sólo quieren hablar, pasar el tiempo conmigo.

—¿Tiene tu club reglas sobre cómo te deben tratar los clientes?

Javiera sabía lo que estaba pensando. Ella había tenido puntos de vista similares cuando por primera vez pensó en el baile exótico, imaginando quitarse la ropa para los clientes ávidos de un club de striptease de mala muerte.

—Hay reglas. Llevamos tangas siempre. Ningún toque. O, mejor dicho, podemos tocarlos, pero ellos tienen que guardar sus manos de nosotras. — Javiera observo a Flavia con una tierna sonrisa. —En realidad no es tan horrible como sospecho que piensas que es. Hago un montón de bailes de mesa. No me gusta mucho hacer bailes eróticos para los chicos.

—Pero tú eres buena en eso. — Flavia la adornó con una sonrisa libertina.

—Ayuda cuando tu cliente está caliente.

La sonrisa de Flavia vaciló ligeramente y Javiera miró una onda del destello de inseguridad a través de su cara, al mismo tiempo, pudo ver que Flavia estaba luchando para reagruparse sin dejar ver sobre cómo le afectó el cumplido.

—¿Fue difícil la primera vez? A desnudarte me refiero, bailar delante de tanta gente.

—Sí, claro. Yo estaba casi tan nerviosa la primera vez que bailé como la primera vez que tuve relaciones sexuales.

Flavia no tenía nada que decir a eso. Sus mejillas estaban rojas.

—Llore después, también. — confesó Javiera. —Una vez que llegué a casa. Mi madre estaba allí esperando por mí, y yo no podía dejar de llorar en sus brazos. — Ella se encogió de hombros. —Eso fue tan sólo unos meses después de que mi papá se fue, sin embargo, todavía estaba muy abrumada por todo. Mi mamá fue muy buena respecto al baile, quiero decir, ella sabía que yo lo hacía, y entendió por qué sentí que era nuestra mejor opción.

—No tienes idea de lo muy idiota que me siento ahora. — comentó Flavia en voz baja. —Tenías diecinueve años, sola con una madre enferma, y te pagaste la universidad. No voy a pedir disculpas de nuevo, porque sé que lo hemos olvidado, pero quiero decirte algo, creo que eres una mujer increíble siendo tan joven. Pareces una buena persona.

—Gracias. — Javiera tenía la impresión de que los juicios de Flavia eran más acerca de sí misma que de Javiera. Pero aun así era agradable escuchar reconocer que se había equivocado. —Tengo que admitir, que yo pensé que eras una idiota hace un rato, pero ya no lo hare nunca más. Puedo ver que hay una mujer increíblemente graciosa, y agradable dentro de ti.

—Me alegro de que estés convencida. — dijo Flavia. —A veces me pregunto si la gente me vera así...

Flavia sonaba tan triste, Javiera no estaba segura de qué decir.

—No dejas entrar a muchas personas en tu vida, ¿verdad?

—Patético, lo sé...

Javiera cambio de tema, se había dado cuenta de que Flavia se estaba poniendo bastante triste.

—¿Dónde fuiste a la escuela?

— A la universidad de Chile. — dijo Flavia. — Me gradué hace cinco años. Licenciatura en Administración de Empresas. — Hizo una pausa, añadió luego: — Con una orientación en los sistemas de información de la computadora. Era el programa más reciente en ese momento, pero yo estaba interesada en los aspectos tecnológicos de los negocios. Me atrajo más que la contabilidad, y soy buena en eso. Mi equipo siempre entrega excelentes trabajos, por lo general, por debajo del presupuesto.

—Me imagino que tus padres están orgullosos de ti también. — dijo Javiera.

— Lo están. No hablamos a menudo sobre eso. Están mucho más involucrados con mi hermana. Se va a presentar a la escuela de derecho o eso dice. Ni siquiera puedo imaginar a mi hermana como una abogada.

—¿Por qué están más involucrados con ella?

Flavia apoyo una de sus rodillas hasta el pecho y reposó el lado de su cara en ella.

—Porque ella quiere eso. Todavía está muy apegada, siendo más joven y todo eso. Prácticamente vive allí los fines de semana. Yo tengo mi propia vida, y me gusta que sea así. Yo soy más una persona solitaria, supongo.

—Yo siempre andaba con mi mamá cuando ella estaba viva. — dijo Javiera. —Mi papá... Yo no podría preocuparme por tener algo que ver con él a este punto. Confieso que no le he perdonado completamente lo que él nos hizo.

—Tengo muy buenos padres. — se apresuró a explicar Flavia. —Yo simplemente no me siento completamente a gusto con ellos.

—Eso está muy mal. — murmuró Javiera. —Espero que seas capaz de apreciarlos totalmente mientras los tienes. —Ella dudó. —Yo no estoy tratando de ser morbosa ni nada que se le parezca, yo estoy diciendo que debes disfrutarlos, mientras los tengas.

—Entiendo. — los ojos Flavia brillaron con sinceridad. —Siempre asumo que tendré tiempo para acercarme a ellos, que va a suceder de forma natural. Tal vez tengo que recordar que debo hacer un esfuerzo, y estar más con ellos.

Javiera parpadeó su emoción.

—Creo que es una gran idea.

—Así que... ¿Tu mamá sabia acerca de tu sexualidad?

—Oh, sí. Se lo dije cuando yo tenía dieciocho años, justo después de que ella fue diagnosticada de su enfermedad. Yo me había declarado hacia un par de años antes, pero yo no quería que lo supiera. Pero una vez que me di cuenta de que estaba enferma, yo no podía ocultarlo más.

—¿Que te dijo al respecto? ¿Cómo lo tomo?

—Ella se sorprendió al principio. En ese momento, sin embargo, creo que el hecho de que yo fuera lesbiana era la menor de sus preocupaciones. —Javiera recordó la mirada asustada y perdida que su madre tenía a veces en los últimos meses, cuando ella creía que nadie miraba. Ahora mismo, el pensamiento sobre aquella mirada, y saber qué tanto de ello era el miedo y la pena sobre la necesidad de decir adiós, hizo que a Javiera le doliera del corazón. —Ella incluso me acusó de planear perfectamente el momento de mi pequeño anuncio, después de descubrir que tenía cáncer mi madre, creo que no podría haber tenido otra reacción, después de saber que a su pequeño bebe le gustaban las chicas.

La risa de Flavia sonaba nerviosa más que divertida.

—Y dime... ¿Cómo reaccionaron tus padres cuando les dijiste que eras heterosexual?

Flavia se rió.

—Sabelotodo.

—Si te gusta llamarme así.

—Te gusta ser eso. — disparó Flavia después.

—Así que... ¿sabe tu padre también?

Ella no podía salir del tema, pensó Javiera.

—Lo sabe, y su opinión realmente no me importa.

—Tiene que importarte un poco. — Flavia parecía perpleja. —Lo que piensan tus padres siempre importa, por lo menos un poco.

—Mi padre perdió el privilegio de tener una opinión que me importe, cuando él abandonó a mi madre en el momento que más lo necesitaba. — dijo Javiera. —Mi mamá me amó y me aceptó, y al final, eso es lo que realmente importa. ¿Quieres pasar a un tema menos dramático? — ella preguntó alegremente—¿Lista para alguna verdad más o prenda, ahora que he hablado de los tres momentos más aterradores de mi vida?

—Tal vez —Flavia fue marcando sus dedos. —Perdiendo tu virginidad, trabajando tu primera noche en un club de Striptease, y saliendo a tu mamá ¿Eso es?

—Creo que esto es más que suficiente. Y ahora es tu turno.

—Estoy cansada.

—Oh, vamos. Hablar conmigo no ha estado tan mal hasta ahora, ¿verdad? No creo que hayas estado haciendo preguntas realmente difíciles.

La sonrisa de Flavia era nerviosa.

— Pregúntame o dame una prenda. Prometo ser agradable. —Javiera le pestañeó inocentemente.

—Estoy preocupada acerca de su definición de agradable...

Algo sobre la ansiedad tímida de Flavia hizo el cuerpo entero de Javiera hormiguear. Ella parecía tan dulce, casi tímida, pero Javiera sintió a la mujer sexy, y juguetona que había por debajo de la parte exterior tan reservada. Rindiéndose a un sentido de la travesura, Javiera murmuró roncamente:

—Nunca nadie se quejó de mi definición de "agradable" antes.

Flavia miró con una mezcla de emoción y miedo.

—Bueno, vamos a jugar. — dijo con voz ronca.

Flavia no sabía cómo había llegado a este lugar. Estaban hablando entre sí, finalmente como si no tuvieran nada que perder. Ella sacudió la cabeza, entre los picos de la emoción intensa y el miedo absoluto.

—¿Con cuántos, te has acostado? —preguntó Flavia

Flavia se sorprendió al instante por el sentimiento de propiedad que pasó por ella en el pensamiento. No quería imaginar a Javiera con un hombre. Ya era bastante malo imaginar su baile para ellos. Trató de imaginar Javiera moviéndose en contra de otra mujer de la manera en la que estaba en el regazo de ella antes. Esa idea no ofreció consuelo.

Toma el control, pensó. Javiera era una hermosa joven con los pechos perfectos y un cerebro a la altura, y ella era una virgen renacida de Veintiséis años.

Javiera la estaba mirando de forma extraña y Flavia se dio cuenta de que su respiración era audible. Tosió de vergüenza. Javiera se acercó y le dio unas palmaditas en la espalda un par de veces. El choque de su toque suave fue suficiente para que Flavia comience a respirar de nuevo, aunque algo temblorosa.

—¿Estás bien? — le preguntó Javiera. —Si estás cansada podríamos tratar de dormir.

Como si pudiera dormir con la idea de jugar a verdad o prenda con esta mujer flotando en su mente. Flavia sintió como si estuviera bajo el microscopio. La sensación la ponía nerviosa.

—Estoy bien. — mintió.

Javiera permaneció en silencio durante unos momentos, y luego contesto a la pregunta.

—Ninguno, en realidad. ¿Y tú?

—Uno.

Ella podía ver Javiera hacer los cálculos en su cabeza. Veintiséis años. Un hombre. No es muy impresionante para una heterosexual. Flavia aliviada de no ser presionada por seguir hablando, desvió la pregunta hacia Javiera.

— ¿Y con cuántas mujeres has acostado?

—Tres. — respondió Javiera sin vacilar.

Flavia se sorprendió. Ella había esperado que el número fuese mayor.

—¿En serio?

—Sí, de verdad. ¿Te sorprende?

—No.— mintió Flavia.

Javiera soltó un bufido.

—Verdad o prenda ¿Sra. Betancourt?

Flavia trató de ignorar la punzada en su clítoris en la forma en Javiera murmuró Sra. Betancourt. Sonaba como algo que venía de lo mejor de sus fantasías con ayudantes ejecutivas, en las cuales ella tenía sexo con una subordinada atractiva sobre el gran escritorio de roble de su oficina…

—Verdad.

—¿Qué edad tenías cuando perdiste tu virginidad?

—¿Esto va a ser todo sobre sexo? —Flavia se quejó. —Te dije que no me gusta hablar de estas cosas.

Javiera le acarició con la punta de los dedos, una de las muñecas a Flavia, una rápida y tierna caricia que salió de la nada y terminó después de sólo un momento. Ella le dio una sonrisa alentadora.

—Nunca tendrás que volver a verme después de esta noche ¿Por qué no darme una oportunidad? Prometo ser buena.

Flavia se vio frustrada por lo caliente que se puso su rostro y en un esfuerzo por superar el peso de su propia personalidad, ella respondió:

—Yo tenía diecisiete años. Él era mi novio de secundaria. Dante. — Ella se vio obligado a dejar de hablar cuando se había dado cuenta que superó la pregunta formulada. Jesús. Deja algo para que ella lo averigüe.

—¿Ves? No hay nada de qué avergonzarse.

Flavia se rió.

—No has oído la historia todavía ¿Verdad o prenda?

—¡Oh, el infierno! Verdad una vez más. — dijo Javiera. —Golpéame.

—¿Cuántos años tenías cundo perdiste tu virginidad? —le preguntó Flavia.

—Yo tenía dieciocho años. — dijo Javiera. —Fue una cosa de una vez con mi pareja en el equipo de debate durante la licenciatura. Hemos compartido una habitación de hotel durante la final del torneo ese año... y una cama de matrimonio.

Tengo que pedirle que me cuente la historia en su siguiente verdad, reflexionó Flavia.

—Hazme otra pregunta.

—¿Fue bueno? — le preguntó Javiera.

—¿Con Dante? — Flavia arrugó la nariz. —Sólo lo hice dos veces.

—No fue lo suficientemente bueno para hacerlo una tercera vez?

—No realmente. — admitió Flavia.

Javiera miró como si quisiera hacer otra pregunta, pero en cambio, asintió con la cabeza.

—¿Por qué no me das una prenda en esta ocasión?

El corazón de Flavia dejó de latir durante medio segundo. Ahora no era un buen momento para recordar que ella no sabía cómo jugar este juego. Hacer preguntas era fácil, pero hacer una prenda era distinto, como hacerla sin que sea incomodo, o molesta para alguna de las dos.

—Comienza con algo fácil. — sugirió Javiera. —Algo tonto.

Flavia recordó uno de los únicos juegos de la verdad o prenda que había restado importancia cada vez cuando era adolescente, durante la fiesta de 16 cumpleaños de una de sus amigas.

—La prenda es que juegues el resto del juego sin sujetador.

Javiera brilló, tirando de su brazo en su camisa e inicio el complicado proceso de desenganche su sujetador debajo de su ropa.

—Pensé que te sentías como si estuvieras siendo observada cuando no lo llevo.

—¿Rechazas realizar el reto? —le preguntó Flavia. —Estoy bastante segura de que hay consecuencias para ese tipo de cosas.

—Obviamente, y yo no me niego a realizarlo.

Javiera se deslizo el sujetador de encaje negro por debajo del dobladillo de su camiseta y se la entregó a Flavia con ambas manos.

—Creo según las reglas eres ahora la orgullosa propietaria de esto durante la duración del juego.

Flavia comprobó los pechos desenfrenados de Javiera. Su camiseta los abrazó del modo más delicioso, entre eso y el sutil aroma del perfume del sujetador en su mano, Flavia se sintió absolutamente vertiginosa.

—¿Y tú? — Javiera le preguntó. Sus pezones se endurecieron bajo la mirada fija de Flavia, pero si ella era consciente de ello, no lo demostró. Su pálida camiseta dejó poco a la imaginación.

—Prenda. — Flavia dio un paso de verdadero valor.

—Te reto a que me des un abrazo. — dijo Javiera. —Ambos brazos, por lo menos treinta segundos de duración.

El reto dejo sin aire a Flavia ¿Un abrazo? Sintió una humedad embarazosa entre sus piernas.

—¿Un abrazo?

Javiera asintió con la cabeza, levantándose sobre las rodillas.

—He estado esperando para darte un abrazo. Ahora es mi oportunidad y la estoy tomando.

—Jugando sucio, ¿eh?

Entumecida, Flavia se levantó.

—Oh, no sabes lo sucio que puedo jugar.

Javiera extendió sus brazos en la invitación. El movimiento hizo sobresalir sus pechos contra su camiseta, lanzando sus pezones erectos de relieve rabiosamente por debajo del delgado algodón.

—Vamos.

Habían pasado seis meses desde que Flavia había abrazado a alguien, y el único había sido su padre. Ella estaba llena de incertidumbre, envolvió sus brazos alrededor de Javiera, sosteniéndola como si ella fuera de porcelana. Se sentía torpe, lerda, y tímida sobre la blandura relativa de su cuerpo presionado contra la flaqueza firme de Javiera.

—Relájate. — murmuró Javiera en su oído. Se llevó una mano hacia abajo para presionar contra la parte baja de la espalda de Flavia, sosteniendo su final, y con la otra mano acaricio su nuca.

—¿Esto es agradable, ¿verdad?

Flavia se desplazó ligeramente, con miedo por el modo en que su corazón tronaba contra el pecho de Javiera. Ella trató de recordar la cuenta. Treinta segundos tardaban mucho.

—Deje de desearlo. —reprendió Javiera. Se echó hacia atrás, pero mantuvo su brazo alrededor de Flavia en un círculo abierto. —Espero que todo esté bien. Simplemente... Parecía que necesitabas un abrazo. —Tiro hacia atrás con un gesto.

Flavia deseaba poder haber dejado de pensar y disfrutarlo simplemente. Con las emociones cercanas a la superficie, optó por zambullirse de nuevo en su juego.

—Verdad esta vez.

Ella tuvo la oportunidad de escuchar acerca de la primera vez de Javiera con su compañera de debate. A cambio, ella le conto a Javiera sobre Dante. Por primera vez, admitió lo horrible que era, y torpe. Ahora Javiera realmente sabía más de ella que cualquier otro. Flavia quería mantener esta marcha.

— ¿Cuántas relaciones serias has tenido?

—Sólo una. —dijo Javiera. —Maira. La conocí en la escuela y estuvimos juntas durante unos dos años y medio. Ella no estaba dispuesta a comprometerse, y llegó a ser demasiado para ella. Pasaba mucho tiempo cuidando a mamá, llevándola de ida y vuelta al hospital para recibir quimioterapia... — Javiera se encogió de hombros. —Yo no estaba preparada para centrarme en una relación, tampoco. Pero amé a Maira, y mucho. Estaba devastada cuando se terminó.

—Lo siento. —dijo Flavia.

A pesar de que estaría mintiendo si fingía lamentar que Javiera estaba sola ahora. Dándose una bofetada mental, Flavia invito a otra verdad. La boca de Javiera asumió una sonrisa cariñosa.

—Si pudieras cambiar algo de tu vida, ¿qué sería?

Flavia apenas tenía que pensar antes de contestar.

—Tener menos miedo.

—¿Miedo de qué?

Javiera mantuvo sus manos cruzadas en su regazo, con compasión en sus ojos extendió la mano y envolvió a Javiera en un sentimiento de seguridad y calma. Flavia se encogió de hombros, aunque ella ya sabía la respuesta.

—De ser yo misma, supongo.

Javiera se quedó en silencio por un momento, ambas se miraron.

—¿Lo estás siendo en estos momentos? — Javiera, finalmente murmuró.

—¿En este preciso momento? —Flavia no se había sentido normal, desde que habían quedado atrapados en el ascensor. Podría decirle lo que me pida ahora mismo. —Supongo que sí.

—Y antes? — Javiera le preguntó.

Flavia movió la cabeza.

—No completamente.

Javiera extendió la mano para descansar las yemas sus dedos en la rodilla de Flavia...

—¿Por qué tengo la sensación de que esas partes de ti que me gustan son las que yo he visto cuando estás siendo tú mismo?

El calor inundo la cara de Flavia. Debo parecer la más torpe.

—¿Me haces un favor? — Javiera levantó su mano de la rodilla de Flavia. —Sé tú misma. Esa es con la que yo quiero estar atrapada en un ascensor esta noche. La verdadera Flavia Betancourt, no sólo a la mujer que quieres que yo crea que eres.

Con un gesto nervioso de Flavia, le preguntó:

—¿Tienes miedo?

—Por supuesto.

Flavia sentía estragos en el interior. Javiera sostuvo su mirada fija.

—No tengas miedo ¿De acuerdo? Realmente me gustas. Estoy pasando un buen rato esta noche... aunque extraño.

—Yo también.

No había vuelta atrás. Flavia sabía que Javiera no detestaba estar atrapada con ella. Admitir la verdad la hizo sentir mucho mejor.

—Tengo otra pregunta. — dijo Flavia.

—Pregunta lo que quieras.

Flavia habló desde su corazón.

—¿Qué buscas en una mujer? Quiero decir ¿Qué te resulta atractivo en una cita potencial? ¿En qué te fijas por primera vez?

Javiera seguía mirando a la cara de Flavia.

—Ojos, labios, sonrisa, me gustan... las Pelirrojas.

Le gustan las Pelirrojas. Flavia sentía que se estremecía por dentro.

—Me gustan las mujeres inteligentes. — continuó Javiera. —Las mujeres motivadas. Un buen sentido del humor. Considerada. Dulce, por lo menos conmigo. Me encanta una mujer que le encanta el sexo. Tanto como algo íntimo para compartir, y también divertido de hacer.

Flavia escuchaba con gran atención. Inteligente: comprobar. Motivada: comprobar. Sobre las otras cosas: no estoy tan segura.

—Estoy buscando a una mujer que esté interesada en mí. Sólo yo. Quiero encontrar a alguien con quien pueda pasar un domingo con ella en su casa, o sentarnos a cenar después del trabajo, y hablar de nuestros días. Alguien que haga divertido ir a la tienda de comestibles, sólo porque estoy con ella. —Javiera dejó de hablar y levantó una ceja a Flavia. —¿Crees que estoy buscando demasiado?

Flavia movió la cabeza.

— Te mereces encontrar lo que quieres, y creo que está ahí fuera.

De hecho, estoy tan celosa de ella que le torcería el cuello a esa perra en un latido del corazón.

La mirada de Javiera parecía enfocada hacia el interior, y una incertidumbre extraña cruzó su rostro. Vacilante, ella dijo:

—Flavia, lo siento mucho por lo que dije antes. Acerca de tener sexo, y cuánto tiempo podría haber pasado. Estaba enojada contigo. Dije una estupidez.

Ella hizo una pausa, sus ojos esmeraldas parecían algo preocupados.

—¿Realmente ha sido desde tus años de estudiante que estuviste... con alguien?

— Sí. — Dijo Flavia, eso era una admisión embarazosa que nunca había hecho a nadie en voz alta

—¿Por qué?

—No sé. — espeto Flavia. Y la verdad lo era en cierto modo, no lo sabía. Se supone que nadie estaría interesado. Y dado que su única experiencia había sido poco satisfactoria ¿Por qué ponerse allí? ¿Por qué abrir su corazón para el rechazo? Después de estas últimas horas con Javiera, parecía un razonamiento débil por haberse aislado del placer de conectar con otro ser humano. Ella quiso darse un puntapié por gastar tanto tiempo teniendo miedo ¿Cuando había sido la última vez que se había sentido tan feliz como lo hizo en este momento? Al diablo con el miedo. A partir de ahora, ella estaba decidida a dejarse llevar y disfrutar el momento.

—Creo que es hora de inyectar un poco de frivolidad en este juego. — dijo Javiera. —Dame un reto. Frivolidad ¿de acuerdo?

Flavia lo consideró por un momento, luego se rompió en una sonrisa maligna.

—Bien, entonces. El reto es que me muestres, sobre la ropa, cómo te masturbas. —El estómago le daba vueltas mientras se anticipaba a la placentera escena. —Y fingir un orgasmo al final.

Los ojos de Javiera se estrecharon.

—Oh, ya veo cómo es bajo y sucio ¿No? lo voy a recordar cuando sea mi turno de repartir los retos.

Flavia se sintió extrañamente excitada por la promesa. Mal del estómago, pero emocionada.

—Menos quejarse, más cumplir.

Javiera desabrochó su mochila, sonriendo cuando ella retiró su manta de un bolso.

—¡Oh, una mujer que sabe dar órdenes! —ronroneó con un guiño provocativo. —Sin embargo, es otra de las cualidades que busco.

Flavia sonrió como una tonta. Un rubor, sudoración, tan húmeda que daba miedo.

—¿Necesitas la manta para esto?

—Bien, tengo que acostarme. Y si voy a acostarme aquí, usare la manta.

Flavia lamió sus labios.

—Hecho.

Javiera extendió la manta en la mayor parte de la cabina del ascensor, dejando a Flavia sentada en una tira expuesta de la alfombra. Javiera se arrastró a través de la manta en sus manos y rodillas, estiro cada esquina. Luego se extendió sobre su espalda con gracia felina. Flavia tenía una vista estupenda de la perfección de la figura de Javiera. Con una risita tímida, Javiera abrió las piernas, planto un pie en la manta y la rodilla levantada a un lado.

—Bueno, por lo general me pongo de esta manera. Y casi siempre, uso las manos. A veces, si estoy muy caliente, tal vez utilizo un consolador también.

Flavia contuvo su respiración, desesperada por no pasar y perder lo que Javiera haría después. Javiera comenzó a reír otra vez, por lo que sus palabras eran más difíciles de entender.

—Dios, esto es raro debías pensar que yo no me atrevía a hacer algo como esto. Realmente... No sé. ¿Crees que yo ya estoy acostumbrada a realizar esto para un show privado, ¿verdad?

—Esto es más personal. — reconoció Flavia. —¿Quieres dejar el desafío? —En el interior, ella cantaba, Por favor, no pares, por favor no te detengas.

Javiera negó con la cabeza.

—No quiero decir que soy el tipo de mujer que se niega a un desafío. —

Ella movió una mano abajo para apoyarse en la entrepierna de sus jeans. —Yo, uh. Me gusta usar dos dedos y, umm... sólo para frotar mi clítoris de este modo.

Asombrada, Flavia vio como Javiera comenzó hacer un círculo perezoso directamente sobre la costura de sus pantalones vaqueros. Increíble. Ella en realidad estaba fingiendo masturbarse.

—Y también me gusta...

En lugar de terminar la frase, Javiera dejo descansar la mano libre en el pecho izquierdo. Con Flavia mirando con fascinación cuando levantó la mano, y luego se agachó para agarrar el pezón erecto entre las puntas de los dedos. Este contacto no fue simulado, y arrancó un gemido de ambas mujeres.

—Sí. — graznó Flavia. —Lo entiendo. —Ella se movió, más consciente que nunca de su propia humedad. —Así que, eh, el orgasmo.

—Ah, sí. El orgasmo.

Javiera continúo en dar la vuelta con los dedos en el aire sobre la costura de sus pantalones vaqueros. Soltó el pezón, ella puso su mano plana sobre el pezón erecto, ahuecando el pecho a través de su camiseta. Ella comenzó a empujar las caderas hacia arriba con ritmo sensual, en cumplimiento a las caricias que se estaba haciendo con sus manos. Javiera comenzó un gemido bajo que envió temblores por el cuerpo de Flavia. Con la boca abierta, Flavia observó a Javiera hacer el espectáculo más sexy, más intenso que ella había visto alguna vez. Flavia no podía despegar los ojos de la cara emocionada de Javiera.

—Oh, Dios, Flavia. — jadeó Javiera, empujando sus caderas otra vez, esta vez realmente haciendo sus dedos entrar en contacto con la costura de sus vaqueros. Ella gimió, y volteó su cabeza hacia Flavia.

—Voy a correrme, Flavia. Voy a hacerme correr.

Las caderas y las manos de Javiera estaban en constante movimiento, y mantuvo los ojos fijos en el rostro de Flavia como restando importancia a su rutina más privada. Su gemido era fuerte y ronco, por lo que Flavia se preguntó si las amantes de Javiera se habían dado cuenta de lo afortunadas que eran para causar un sonido como ese. La espalda arqueada, con la mano presiona con fuerza entre sus piernas, Javiera lanzó un grito en la liberación extasiada, simulada. Sus palabras no tenían sentido, roto por suspiros y gemidos, y ellos se apagaron mientras su cuerpo se relajó y volvió a descansar en la manta. Su pecho subía y bajaba rápidamente, como si estuviera realmente luchando para recuperarse de un orgasmo demoledor. Exhalando, ella volvió la cabeza y sonrió a Flavia.

—¿Cómo estuvo?

—Muy bien.

—Bien.

Javiera se sentó y llevó la mano que ella utilizo en su pequeña demostración a su boca. Hizo un guiño, abrió los labios y apretó dos dedos en su boca, chupando como lamiéndolos para limpiar sus jugos. El sexo de Flavia se contrajo, mientras miraba a Javiera, y sintió una sacudida de placer deslizándose por la espalda. Flavia hizo un ruido estrangulado en su liberación, sobresaltada por haberlo experimentado sin ser tocada. Los ojos de Javiera destellaron, como si ella supiera lo que ella acababa de causar.

—¿Verdad o prenda?