El fuerte ruido de algo golpear el piso despertó a Madeleine en algún momento de la madrugada. Ella yacía en su cama adormilada, hasta que reconoció que el golpeteo provenía de la habitación de Erik, a donde corrió a toda velocidad por el pasillo.
—¡Erik! —llamó al estar a escasos metros de su habitación.
Al irrumpir encontró a su hijo tambaleándose producto del láudano que le había dado el doctor Etienne, este al ver a Madeleine retrocedió y a pasos torpes fue directo a la ventana.
—¡No! —gritó al ver o sospechar lo que pretendía hacer— ¡Espera!
Gracias a que Erik estaba atontado logró tomarlo de su brazo y de un tirón se aferró a él y le dio un abrazo.
Erik por su parte abrió los ojos pasmado por el gesto de Madeleine quien sollozaba.
—No hagas una locura —gimoteó—, por favor…
—¿Ma-Mamá? —tartamudeó.
—¡Fui una pésima madre, lo sé! —Siguió abrazándolo— ¡Pero eso va a cambiar desde ahora!
—¿Cómo que cambiar? —Parpadeó Erik— ¿No me vas a mandar a esos lugares de locos?
—No… ¡Jamás! —enfatizó— Olvídate de todas esas cosas tan horribles que te he dicho —continuó—, nunca más volveré a hacerte algo así.
—¿No me odiabas? —cuestionó.
—No, Erik, te amo.
Esa frase descolocó a Erik por completo, hasta se separó del abrazo.
—¿Tú… me quieres? —La miró directamente.
—Sí —Asintió Madeleine con lágrimas en los ojos.
—¿P-por qué ahora?
—Cuando Etienne corrió a auxiliarte —comenzó a explicar—, supe que jamás podría separarme de ti ni soportaría que algo malo te pasara.
Erik permanecía entre pasmado e incrédulo ante las palabras de su madre.
—¿Entonces por qué me llamaron "accidente de la naturaleza" y "un monstruoso peso"?
—¿Escuchaste todo eso? —preguntó Madeleine sorprendida y con un hilo de voz.
—Claro que sí. ¿No querías irte con él y dejarme en uno de esos manicomios?
—No escuchaste todo… —Madeleine negó con la cabeza— Esas eran tonterías del doctor. Y eso de irme con él, decidí que jamás me iría, ni te dejaría solo.
—¿Y todas esas cosas que me gritabas también eran tonterías?
—Todas y cada una —Asintió—. No puedo reparar todos estos años pero, por favor, déjame darte algo mejor, mucho mejor.
Erik desvió la mirada a donde estaba su máscara, entre la oscuridad y la luz de la luna.
—¿Ya no tendré que usarla? —Señaló con la mirada.
—Tomaré todas esas máscaras y las echaré al fuego —declaró.
—¿Y qué pasará con el resto del pueblo? —preguntó Erik— Todo el mundo me odia por mi horrible cara. ¿No es mejor que me vaya y puedas vivir en paz?
—¡No! —exclamó— Si te vas y algo te pasara allá afuera nunca podría estar en paz.
—¿Pero andar por ahí sin mi máscara no es mala idea?
Madeleine se encogió de hombros.
—De acuerdo, tal vez conserves al menos una para salir —pensó—, pero desde hoy no tendrás que volver a usarla dentro de la casa.
—Mamá…
—¿Sí, hijo?
Erik se estremeció al caer en cuenta de cómo acababan de llamarse el uno al otro, y Madeleine de igual modo le sorprendía verse a sí misma tratar a su hijo como tal, en vez de verlo como alguna clase de adefesio como hace unas cuantas horas.
—Gra… cias… por no… dejarme.
—Gracias a ti —corrigió.
—¿Por qué? —Arqueó una ceja.
—Por quedarte… Ah, y por favor, no te esfuerces mucho mientras te recuperas —Señaló la herida.
Tal y como Madeleine se prometió a sí misma, nada más empezaron a asomarse los rayos del sol, tras esa conversación, tomó todas las máscaras y las arrojó al fuego de la chimenea de la casa.
Erik quedó perplejo ante la determinación con la cual Madeleine arrojaba las máscaras, salvo por la máscara blanca que sostenía entre sus huesudos dedos, e incluso ella parecía ansiar que ardieran, pues con un fierro movía el carbón al rojo vivo en busca de que las llamas alcanzaran más rápido dichos antifaces, mismos que no tardaron el carbonizarse y llenar la sala con el olor a tela quemada.
—Erik… —le llamó.
—¿S-sí? —Miró hacia Madeleine quien estaba de espaldas, aún frente a la chimenea.
—¿Por dónde te gustaría empezar… Volver a empezar, como familia?
Aquel término resonó en la mente de Erik con más fuerza.
—Me… gustaría… —no estaba seguro de su petición, pues recordaba el escándalo de Madeleine en su quinto cumpleaños.
—No seas tan tímido, Erik.
Él parpadeó.
—Me gustaría… ir a ver una misa en la iglesia.
—Aún faltan días para el domingo —Rió—, algo un poco más pronto —Volteó hacia Erik.
—Oh… Entonces —se detuvo a pensar.
Las imágenes del ataque la noche anterior continuaban frescas en su mente, así como su herida y cuerpo que flaqueaba producto de los restos del láudano todavía en su cuerpo, aunque ya no tanto como en la madrugada. Como quiera que fuese, el hecho de haber sido atacado de esa manera le dio motivos para no querer salir de momento, y tal vez tampoco querría pedirle salir a Madeleine por lo mismo.
—Un desayuno mientras toco El Concierto De Piano en do mayor de Mozart estará bien.
—¿Pero qué debería hacer como desayuno?
Dada la época, 1840, el concepto del desayuno tal y como lo conocemos era algo nuevo, pues había surgido en plena época de la revolución industrial, misma que apenas estaba finalizando para aquel entonces, razón por la cual Madeleine no estaba del todo segura al respecto.
—Algo de té y galletas estarán bien.
Madeleine se dedicó a preparar una receta de galletas en compañía de la melodía de Erik y sus ejercicios de canto. Por primera vez, de forma genuina, estaba disfrutando de la compañía de Erik y sus actividades, aunque de vez en cuando se preguntaba en broma por qué su hijo jamás le pedía lamer la cuchara o alguna travesura más típica de un niño… o preadolescente debería decir, para aquel tiempo Erik ya tenía doce años.
—¿Y cómo hacías para cantar con el pastorcillo? —preguntó Madeleine curiosa.
—En realidad es sencillo, escucha…
Erik empezó a cantar un réquiem cuya voz se movía como si él mismo estuviera caminando alrededor de la mesa. Madeleine escuchaba encantada su talento.
—¿Pero cómo haces eso?
Erik comenzó a explicarle la técnica del modo más simple que le era posible hasta que unos golpes fuertes y acelerados a la puerta cortaron su conversación.
—¿Quién…? —Madeleine inclinó la cabeza a donde el pasaje al pasillo que conectaba con las escaleras y la puerta.
—¡MADELEINE! —Oyó junto a más golpes a la puerta.
En cuanto reconoció la voz de Perrault, Madeleine acudió a toda prisa a atenderla.
—¡Marie! —Abrió sin pensarlo más— ¡¿Qué te sucede?!
Marie lucía despeinada y cansada, como si hubiera llegado a toda prisa.
—¡¿A mí?! —exclamó— ¡Tú eres a la que casi atacan su hogar! ¡¿Estás bien?! ¡¿Qué hay de Erik?!
—¿Etienne ya te lo ha dicho?
—¡Claro que sí! ¿Están todos bien? —Miró por encima del hombro de Madeleine.
—Señorita —Erik apareció por el pasillo—, estamos bien y gracias por preocuparse, pero por favor, no haga tanto alboroto tan temprano.
Marie se encogió de hombros, sin mencionar que le llamó la atención verlo sin su máscara.
—Lo siento… pero explíquenme ¿qué ha pasado?
—Ven —Madeleine tomó aire—, te lo diré todo.
Marie buscó tranquilizarse con su té mientras madre e hijo le explicaban lo ocurrido por la noche, con algunas pausas a fin de prevenir alguna explosión por parte de Erik ante la pérdida de Sacha.
—Dios mío —Abrió mucho los ojos al oír de la herida de Erik— No estás grave, ¿verdad?
—Me curo más rápido de lo que pensaba —Negó con la cabeza.
—Etienne lo atendió de maravilla —Sonrió Madeleine aliviada.
—Esperen —Marie parpadeó— ¿soy yo o hay algo… diferente?
—A eso queríamos llegar —respondió Madeleine y le contó lo ocurrido antes del amanecer.
—¿Acaso quieres que me dé un ataque, Erik? —resopló Marie— Imagina lo que te hubiera pasado… o mejor —Movió los ojos a la nada—, no lo hagas.
—Todavía no sé lo que haré —continuó Madeleine—, pero desde luego ya no permitiré que esa gente tan supersticiosa nos siga molestando.
—Cuenten conmigo —Asintió Marie— y el padre Mansart para lo que necesiten. Etienne, por otra parte…
—Lo sé —Afirmó Madeleine—, yo misma le he pedido que se fuera sin mí.
—Lo que sea que pasara esa noche puso las cosas en su lugar —bromeó.
—Desearía que hubiera sido diferente —confesó Madeleine—, pero puede que si no, nunca me hubiera dado cuenta de lo mucho que quería a Erik en realidad.
—Entonces… ¿así se siente el amor de una madre? —preguntó con cierta inocencia.
Madeleine y Marie muchas veces olvidaban que, pese a su agudeza mental, Erik todavía era un niño pequeño desconocedor de muchas cosas, cosas tan sencillas como el afecto familiar.
—Sí, es algo así —Sonrió Madeleine.
Erik sintió correr una lágrima por su mejilla seguido de otras más, hasta que saltó de su asiento a abrazar a su madre.
Marie enterneció ante tal escena que creía jamás iba a ver ocurrir, en gran parte por el odio que Madeleine demostraba tan constantemente, con o sin razones.
—Tengo una idea… riesgosa, tal vez, pero podría gustarles —habló Marie luego de darles unos momentos—. ¿Y si toca en las misas del padre Mansart? Podría ayudar a que la gente deje de mirarlo con tanto temor.
—Podría preguntarle la próxima vez que lo vea, pero por ahora queremos darnos un tiempo —respondió Madeleine—. Fue una noche espantosa.
—Y yo no quiero ponernos en peligro… tan pronto —añadió Erik con una mano y la vista en su herida.
—Tiene sentido —reconoció Marie—. Me da gusto que pudieran hacer las paces —pausó en lo que recordaba—. ¡Ah, sí! El padre Mansart no debe tardar en enterarse, apuesto a que vendrá aquí pronto.
—Entonces aquí lo esperaremos —Asintió Madeleine.
El padre Mansart llegó algo más tarde de lo esperado, tal vez estaría atendiendo el confesionario, un bautismo o dando alguna clase de sermón. Fuera lo que fuere, llegó con las mismas inquietudes que Marie y una vez más les dieron las explicaciones, mismas que aliviaron en varios aspectos al padre. Aunque, por otro lado, prefirieron guardar en secreto el hecho de que Erik casi escapaba de casa por la ventana con todo y efectos del láudano.
—De modo que Dios les ha ayudado a encontrar el camino —concluyó él—, es bueno oír eso, hija. Aunque… siento mucho que tuviera que ocurrir así.
—¿Quién sabe por qué Dios hace así las cosas? —preguntó Madeleine en retórica.
—A veces Dios llega a estos extremos cuando no hay más opciones.
—Padre Mansart —llamó Erik.
—¿Sí?
—¿Podría tocar alguna vez en su iglesia?
El padre Mansart parpadeó.
—¿Estás seguro de eso, hijo?
—Muy seguro —Asintió.
Como habían previsto, en la primera presentación en una misa con madre e hijo fue recibida con ojos hostiles y algunos cuchicheos que el mismo padre Mansart se dedicó a callar con severidad, que casi obligaba a los presentes a hacer algún tipo de penitencia. Sin embargo, tales faltas de respeto fueron acalladas con el seductor talento musical de Erik. Las miradas continuaban allí, pero por un momento parecieron haberse olvidado del miedo y odio que sentían por el "monstruo" frente a ellos.
—Bien, es bueno, pero es el monstruo… —susurraba alguien.
—¿Estará realmente bien que esté aquí? ¿No es un demonio como todos dicen?
—Pues no está ardiendo por pisar territorio sagrado… Aun así…
No hubo aplausos, fuera por la necedad del público o por ser tan bueno que tan sólo los dejó sin respuestas, sino algunos murmullos que una vez más fueron interrumpidos por el padre Mansart en un llamado de atención seguido de sus últimas palabras para finalizar la misa. Además, Madeleine les dedicó una firme mirada que intimidó a las personas más próximas a ella.
—No es un monstruo, es mi hijo y es mucho más humano que cualquiera de ustedes —sentenció.
En ese momento, Erik bajó a las bancas donde Madeleine y Marie lo esperaban.
—Estuviste grandioso —felicitó Marie en voz baja.
—No espere menos, señorita Perrault.
—Sólo Marie, ¿sí? —pidió— Ahora espera a que el padre acabe la misa.
