HORA TRECE - 7:00 AM
Flavia entraba y salía de la conciencia durante bastante tiempo antes de terminar de despertar por completo. No podía decir que se sentía despejada y sabía que no podía dormir demasiado tiempo en el duro suelo. La incomodidad y el calor familiar de Javiera en su brazo conspiraron para ponerle fin a la siesta, no mucho después de que comenzara. La cabeza se Javiera se apoyó pesadamente en su pecho y su brazo todavía seguía apoyado sobre la cintura de Flavia. Sus pechos se apretaban al costado de la morena, lo que resultó un destello del recuerdo de su amor. Flavia se estiró para poder depositar un suave beso en la parte superior de la cabeza de Javiera. Aspiró la dulce fragancia de su champú mezclado con su sudor.
–¿No puedes dormir? – murmuró Javiera.
Flavia se sacudió un poco al sonido de su voz, se sorprendió al verla despierta. Ella le dio un abrazo suave.
–No, lo siento si te desperté.
Javiera levantó la cabeza del pecho de Flavia, parpadeando hacia ella con ojos cansados.
–No lo hiciste. –dijo.
–Lo siento, si te molestas así. Esto tomó mucho de mí.
–Vamos a ser rescatadas pronto.
Flavia miró su reloj de pulsera. Eran las siete. Zamora estaba sin duda de camino al trabajo.
–Incluso si se tratara de una cómoda cama, no sé si pudiera haber dormido. Creo que todavía estoy un poco excitada.
Javiera aliviada en una sonrisa tierna.
–¿Sobre hacer el amor?
–Sobre todas las cosas. No puedo dejar de pensar. Y no estoy acostumbrada a estar tan cerca de alguien más. Sólo quiero tocarte todo el tiempo.
Javiera acarició la mejilla de Flavia con el dorso de su mano, acercándose para darle un breve beso.
–Entiendo.
–¿Y tú? ¿Es eso lo que sientes, también?
Flavia cubrió el oído delicado de Javiera con la mano. Ella era tan suave.
–Si. – dijo Javiera. –Estoy emocionada, también.
–No puedo creer que sólo hemos estado aquí durante doce horas–, susurró Flavia. –Me siento como una persona completamente diferente.
–Eres la misma persona. Sólo... más valiente.
–No, soy diferente.
Flavia se adelantó, tomando los labios de Javiera en un beso ligeramente más largo, más profundo. Quiso quedarse en aquel beso para siempre. Javiera se sintió como un milagro, poniendo su vida patas arriba toda la noche. La idea de volver a sus viejos hábitos hacía sentirse mal del estómago.
–Estoy mejor por haberte conocido.
Javiera Inició, otro beso, sin embargo, éste se prolongó durante un par de minutos. Terminó con un gemido de satisfacción, echándose hacia atrás para sonreír a Flavia.
–Así que, ¿cuáles son tus planes para después de salir de aquí? – Javiera preguntó.
–¿Esta mañana? –Ella esperaba que la incluyeran. Incierta, Flavia pretendió cubrirse. –¿Cuáles son los suyos?
Javiera miró hacia abajo en el pecho de Flavia.
–¿Crees que estarás trabajando en esa propuesta tuya?
–¿Qué propuesta? – preguntó Flavia.
Al instante, la tensión de Javiera se alivió y lanzó una carcajada. Alzó la vista a Flavia con ojos brillantes.
–Maldita sea, aquella "propuesta importante" parece que fue olvidada rápido.
–Oh sí, aquella propuesta.
En este punto, el trabajo que había estado haciendo cuando Javiera irrumpió en su oficina la noche anterior no tenía sentido. O al menos, no estaba en su programa para el resto del día. Sonrió a Javiera.
–La propuesta puede esperar definitivamente. Cambiaron mis prioridades, ¿verdad?
La cara de Javiera brilló con el placer tranquilo.
–Creo que algo acaba de convertirse en algo más importante que la gestión de proyectos.
La sonrisa de Javiera le mostró a Flavia que cada momento que había vivido alguna vez, antes de aquel instante, había sido incompleto. Porque ninguno de ellos logró aquella mirada de alegría pura en la cara de su amante. Aturdida, tomó la mano de Javiera casi con miedo de dejarla ir. El miedo puso en duda todo lo que sentía. De alguna manera no parece posible que puedan abandonar esta mágica burbuja suspendida entre pisos para pronto volver a la vida cotidiana, dejando todo atrás. Sus ojos se encontraron con los de Javiera, en busca de algo más que la pasión y ternura que vieron.
–¿No se siente abrumada? – le preguntó a Javiera.
Flavia movió la cabeza, negándose a echar a perder aquel estado de ánimo sacudir preocupaciones. Tal vez no era más que una pesimista nata. La mañana se acercaba a ellas y con todo lo que traería, empezó a pensar como la directora de Proyecto que era. ¿Cómo funcionaría esto? Eran dos personas muy diferentes. Javiera era extrovertida y cálida, y trabajaba como bailarina en clubes de hombres. ¿Era algo con lo cual Flavia podría enfrentarse si comenzaban una relación? Una cosa era no tener prejuicios acerca de cómo los extraños se ganaban la vida, pero ¿su novia? Flavia tenía que ser honesta consigo misma, la idea la hizo sentir muy incómoda. Javiera le tocó el brazo.
–¿Lo estás tú?
–¿Abrumada? Sí, un poco, pero de la mejor manera posible. –respondió Flavia. –Ya era hora de que le dé una buena mirada en mis prioridades.
Esa era la verdad. Independientemente de lo que pasara cuando dejaran aquel ascensor, nunca se sentiría igual respecto a su vida. Javiera asintió inclinando la cabeza.
–Y el sexo es más importante que las propuestas, reorganizó la lista. –Flavia se echó a reír. –Bueno, el sexo es más importante que la presentación de propuestas. Pero pasar tiempo contigo es más importante que el sexo.
–Buena respuesta.
–Gracias, me di cuenta que tipo de respuesta era una manera segura de tener sexo de nuevo en poco tiempo.
Javiera se río en voz alta, ofreciendo una divertida bofetada al brazo de Flavia.
–Qué mala eres. – Cuando la risa se calmó, le dijo: –Para que conste, no es necesario ninguna respuesta inteligente para echar un polvo de nuevo. Trae esas manos, esa lengua, y tu hermoso cuerpo, y me tendrás siempre que quieras.
Flavia apretó el brazo alrededor de Javiera . Las promesas llegan tan fácilmente mientras estaban sentadas aquí en el post-resplandor de su relación sexual. Se preguntó cómo se resistirían a la cruda luz del día.
–Sobre lo de esta mañana, ¿tienes algo en mente?
Javiera asintió con la cabeza.
–Me preguntaba si estaría interesada en unirte a mí para el desayuno y la ducha que hablaron antes.
Al igual que ella, incluso tenía que preguntar.
–Por supuesto que sí. –respondió Flavia. Javiera se iluminó.
-Vale. ¿Qué quieres hacer primero? – Flavia arrugó la nariz, respondiendo sin dudar.
–Ducha.
–Tú, yo, una ducha... no podemos garantizar que vamos a hacer para el desayuno.
El estómago de Flavia gruñó. Puso una mano sobre su vientre, sintiendo agudamente su falta de nutrición en las últimas veinte y cuatro horas.
–Oh, vamos a conseguir el desayuno. De una forma u otra.
Se inclinó hacia delante y mordisqueó el labio inferior de Javiera.
–Incluso si tengo que comer fuera de tu cuerpo desnudo.
Javiera rió disimuladamente.
–Ahora tengo una idea.
–Estás llena de ellas. –Esbozó una sonrisa Javiera menos que modesta. –Estás llena de algo.
El afecto genuino en los ojos de Javiera envió una oleada de calor a través del vientre de Flavia.
–Y sobre ese tema… –Javiera le acarició el abdomen con cautela. –Tengo que hacer pis.
En una respuesta pelviana a la mera sugerencia, Flavia sintió un dolor responder en su bajo vientre.
-UH oh.
–¿Tú también?
–Por supuesto.
Flavia rizó el cuerpo en una bola incómoda.
–¿Por qué tuviste que recordármelo?
–La miseria ama la compañía.
Javiera se volvió de lado una vez más, lo que refleja la posición de Flavia.
–Estoy deshidratada. También debes estarlo.
La boca de Flavia se transformó en un árido desierto con la observación de Javiera. Ella chasqueó los labios, tratando de tragar. Dios mío, ¿cuánto tiempo pasó desde que bebido algo? Y después de todo ese líquido que había perdido antes con Javiera . Su garganta se sintió sumamente áspera.
–Detente–, rogó. –Déjame que flote en la euforia post-coito felizmente ignorante un poco más.
–'Lo siento' –Javiera reprimió su alegría, haciendo una mueca y cruzando los dos brazos sobre su estómago. –Oh, Dios, no me hagas reír. Por favor.
–Estás loca. –comentó Flavia, admirando el cuerpo delgado que convulsionaba de risa. –¿Es así como te pones cuando estas cansada?
Javiera se secó los ojos llorosos con el dorso de la mano.
–Una combinación de agotamiento y satisfacción sexual profunda.
–Es lo deseado. –dijo Flavia.
–Payasa.
Flavia por casualidad escuchó un clic y la luz brillante la hizo entrecerrar los ojos y parpadear en la sorpresa. Javiera se sentó, contemplando el techo con ojos enrojecidos.
–Oh, Dios mío, ¿es la electricidad de nuevo? –
Flavia miró a la pantalla por encima de la puerta del ascensor, y las filas de botones en el lateral.
Javiera lanzó otro gemido ahogado de la risa.
–Tu rostro.
Con sus hombros temblando, finalmente se incorporó y se apoyó contra el cuerpo de Flavia para estabilizarse.
–Ay, ayúdame. Me voy a hacer pis en los pantalones.
Ella estaba adorable cansada y satisfecha sexualmente. Flavia le dio un codazo al aire.
–No te acerques más. No necesito estar cerca de ti para que uno–
Ambos se quedaron en silencio cuando el elevador se sacudió un poco y comenzó a moverse. El pánico se apoderó del estómago de Flavia.
–Ay, Dios mío. – Se puso de pie, ofreciendo su mano a Javiera.
–Tenemos que limpiar este lugar. Por lo menos un poco.
–Nunca voy a lograr meter de nueva la manta en esa estúpida bolsita antes de llegar a la entrada. –se quejó Javiera.
–Sólo tienes que meterla en tu mochila.
Flavia tomó la esquina de la manta y la juntaron en un bulto relativamente ordenado. Dejó que Javiera metiera la manta en la mochila y ella se inclinó para examinar el resto del suelo.
–¿Qué más tenemos aquí? Aquel libro de literatura erótica lésbica no estará por ahí, ¿verdad? –
–No, y mi tanga pegada a la pared, tampoco.
Las mejillas de Flavia se inundaron de calor cuando ella inhaló el aroma que se aferraba a ella.
–Huelo a sexo–, susurró ella. –Javiera, apesta a tu sexo.
–Y yo al tuyo, también. – Javiera subió la cremallera de su mochila y se la echó por encima del hombro.
–Que lo disfruten. –Levantó la mano derecha a la nariz y aspiró profundamente, rompiendo en una amplia sonrisa. –Yo lo hago.
Flavia no pudo evitar sonreír.
–No sé cómo voy a afrontar a Zamora Debo parecer una mierda. –dijo Flavia.
Levantó la vista hacia la pantalla en la puerta del ascensor, tomando nota de que ya estaban en el piso doce.
-Te ves hermosa. –Javiera vaciló sólo un instante, y luego agregó: –No puedo esperar a tenerte otra vez.
El corazón de Flavia comenzó a golpear con tanta fuerza en su pecho que estaba segura de que Zamora lo oiría en el instante que se deslizaran las puertas del ascensor y se abrieran. Si el olor a sexo no lo tumbaba en primer lugar.
–Javiera – dijo. –Compórtate.
Javiera tenía una sonrisa serena mientras se inclinaba para recoger su iPod.
–Despreocupada, cariño. Se indiferente.
Sí, claro. Flavia enganchó el dedo en el cuello de su camisa, tirando la tela lejos de su cuello.
–Despreocupada. – repitió. –Por supuesto. No hay problema.
–¿Puedo tomar tu mano? – preguntó Javiera con una voz dulce.
–No cuando huele a sexo. –
segundo piso.
–Ahora vamos a actuar con naturalidad.
Luego de un instante, las puertas del ascensor se deslizaron abriéndose para revelar a un hombre de unos treinta años, con espesa barba y usando un uniforme de color azul oscuro. Parpadeó ante la vista de ellas. Su nariz se movió nerviosamente un momento después y miró a Flavia ya Javiera. De hecho, sus ojos se detuvieron en el pecho de Javiera, y luego echó un vistazo rápidamente a Flavia otra vez.
–¿Estás bien, Srta. ¿Betancourt?
–Sí, estamos bien, gracias, Zamora.
–¿Cuánto tiempo han estado atrapadas ahí dentro?
La mente de Flavia quedó totalmente en blanco. Está escrito en la cara ¿verdad? Trató de sonreír abiertamente a Zamora y se encontró que él ya sonreía.
–Aproximadamente desde los siete ayer por la tarde. –Miró su reloj de pulsera. –Casi trece horas.
Los ojos de Zamora se alzaron por encima del hombro de Flavia, en busca de la cabina del ascensor por detrás de ellas.
–Me alegro de haber encontrado a ambas. La cámara parece no estar funcionando correctamente. Pensé que debía venir a comprobar...
Flavia se aclaró la garganta, la cara se le inundó de calor. ¿Cómo diablos podía explicar la lente de la cámara cubierta de crema batida? Bajó la mirada a sus pies, deseando que el ascensor la tragara.
–Lo siento, Zamora. –Javiera le dio a la joven una sonrisa encantadora. –Tuve un pequeño accidente con la cámara. Pero creo que no causa ningún daño permanente.
Zamora le dio una sonrisa amistosa.
–No hay problema, señorita. Me alegro de que estés bien.
Volvió a mirar a Flavia, a quien el labio inferior le tembló por un instante.
–Y bien–, agregó. –Um... tengo que volver a subir a mi oficina para tomar mi bolso–, dijo Flavia.
–Ah. –Javiera miró a Zamora y a Flavia –Bueno, supongo que iré con… ella, –sucumbió a una tímida sonrisa. –Para hacerle compañía.
Flavia luchó para reprimir una carcajada.
–Suena bien.
–Muy bien, señoras.
Zamora se apartó de la puerta del ascensor con una sonrisa satisfecha pegada en su rostro.
–Ustedes dos tienen un viaje seguro hacia arriba. Y un viaje sin incidentes hacia abajo.
Por un momento, Flavia creyó ver una genuina empatía en sus ojos. El calor y la amabilidad a cargo de los intercambios diarios de –buenos días– y el intercambio informal de cabezas cuando salía de trabajar cada noche, le hicieron pensar por un instante que tenía piedad de ella.
–¿Qué vas a darme por la cinta? – preguntó él sin un parpadeo.
Flavia suspiró, apoyándose en el marco de la puerta del ascensor y dando a Zamora una mirada cansada.
–Bastardo oportunista. ¿Cincuenta dólares y una carta de felicitación para el administrador del edificio?
–Además de uno de esos panecillos que lleva todas las mañanas durante la próxima semana o algo así, y tenemos un trato.
Flavia dio una palmada en el botón de su piso.
–Tenla preparada para cuando llegue a la planta baja.
–Por supuesto–, dijo Zamora, cuando la puerta comenzó a deslizarse cerrándose. –Y no la voy a ver. Te lo juro.
–No hay nada en ella, de todos modos. –dijo en voz alta, pero la puerta ya estaba cerrada.
Ante su propio reflejo en la puerta del ascensor, dejó caer su rostro entre las manos y gimió. Javiera le dio un rápido abrazo.
–Pensé que iba bien.
Flavia movió la cabeza, respirando profundamente. Cristo, tenía que lavarse las manos. ¿Cómo lo hemos hecho?
–Creo que no fuimos muy indiferentes. –murmuró.
