La melancolía era tan densa que casi se podía masticar. Para los dos, esos primeros días de mayo estaban llenos de recuerdos terribles y del dolor de las pérdidas, a pesar del paso del tiempo. Ese año en concreto, la magia de Harry, más fuera de control de lo habitual por el embarazo, había trastornado el clima en el Valle de Godric hasta el extremo de desatar una tormenta invernal que estaba volviendo locos a los meteorólogos muggles, que no habían visto venir en sus sistemas de predicción una nevada repentina en mitad de la primavera.
A Draco no le pillaba por sorpresa, allá donde estuviera Harry en el aniversario de la Batalla siempre había dos días de lluvias intensas, como si el cielo llorara por todos los que habían sufrido en esos días. En años anteriores se había limitado a acurrucarse junto a él y confortarlo en el sofá mientras caía afuera la lluvia, hasta que las nubes se agotaban y hacía su salida rápida al cementerio de Salisbury, donde estaban enterrados sus padres y su padrino.
Ese año la nevada no tenía visos de parar. Tenía sobre la mesa del salón el ramo de flores, de preciosos narcisos amarillos, y lo miraba con cierta inquietud, pensando si debería ponerle algún hechizo protector porque parecían estar ajándose un poco. No era capaz de dejar a su marido en medio de esa explosión emocional, así que hizo finalmente el hechizo, rindiéndose a visitar el cementerio unos días más tarde, y volvió a la cama en la que Harry se acurrucaba bajo el grueso edredón con la mirada clavada en la nieve que caía a través de la ventana de su habitación.
Trepó hasta meterse en la cama y abrazarlo por detrás, la mano puesta en la gran barriga, sintiendo la magia del bebé inquieto bajo su palma.
— ¿No vas a ir al cementerio? —le preguntó con voz queda Harry, entrelazando los dedos con los suyos.
— El cementerio seguirá allí mañana o pasado cuando te sientas mejor.
— Lo siento. Este año es todo como… más grande. Ninguno de ellos conocerá a nuestra hija —le confesó con un hilo de voz.
— Pero aún así ella va a tener una gran familia, Harry. No va a estar sola, nunca.
Harry asintió. Lo sabía, su mente racional lo sabía, habían hecho documentos para asegurarse de eso, más allá de que no dudaba de que si les ocurriera algo, tanto los Weasley como los amigos de Draco matarían por cuidar a su hija. Pero era inevitable la tristeza.
— Estaba pensando en que igual es injusto que lleve el nombre de mi madre y no el de la tuya.
Draco guardó silencio un momento, frotando la barbilla contra el hombro huesudo.
— Cuando Granger decoró la habitación de Lily, estuve revisando los viejos libros de etiqueta de mi madre, los que hablan del lenguaje de las flores. Me di cuenta de que mi abuela no pensó en eso cuando nació mi madre, porque ella siempre contaba que su nombre venía de que era el primer bebe rubio en la familia en mucho tiempo, pero yo no podría dejar de pensar ahora que lo sé que el narciso simboliza el egoísmo y la vanidad.
— Tu madre no era egoísta, Draco, dio su vida por ti.
— Lo sé.
— ¿Qué simboliza el lirio? —no pudo evitar preguntar, curioso.
— Amor en distintas formas. Y eso quiero para nuestra hija, amor. Si quieres un segundo nombre, pensemos en una estrella.
Harry volvió a asentir y a concentrarse en la nieve que caía con un poco menos de intensidad mientras su hija pateaba en su barriga, confortada por la magia de sus padres.
