TRES MESES DESPUÉS

La mañana de su vigesimosexto cumpleaños, Javiera despertó con la sensación de una mano suave que se deslizaba por el interior de sus muslos. Aún medio dormida, gimió cuando unos dedos cálidos resbalaron sobre la humedad que, sorprendentemente, le empapaba la entrepierna tan temprano. O acababa de tener un sueño húmedo o Flavia llevaba un rato jugando con ella.

Javiera decidió hacerse la dormida y ver qué pasaba.

Las yemas de los dedos de Flavia avanzaron lentamente sobre su abdomen y le rozaron la barriga antes de bajar a jugar con los húmedos rizos que cubrían su sexo. Le dio un tironcito y Javiera dejó escapar un gemido desde el fondo de la garganta.

—¿Estás despierta, cariño?

Javiera mantuvo los ojos cerrados, porque tenía muchas ganas de saber hasta dónde pensaba llegar Flavia. Arqueó la espalda ligeramente y abrió los muslos para su amante. Después farfulló algo, en tono soñoliento, y giró la cara hacia el otro lado.

—Aún no, ¿eh? —susurró Flavia.

Le pasó las uñas sobre los pliegues externos y luego trazó suaves formas con la yema de los dedos sobre los resbaladizos labios de su sexo.

—Voy a tener que esforzarme más, entonces.

«Sí.» Javiera abrió las piernas un poco más. «Esfuérzate más.»

Javiera gimió cuando Flavia apartó el viejo edredón de su madre y la dejó destapada, desnuda. Los pezones se le pusieron duros bajo el aire frío y la ardiente mirada de Flavia. No necesitaba abrir los ojos para saber que su amante se la estaba comiendo con la mirada. Excitada, Javiera inspiró por la nariz cuando notó que Flavia le acercaba un dedo a su entrada, sin llegar a metérselo.

—Me pregunto qué haría falta para que mi niña se despierte… —canturreó Flavia.

Javiera sospechó que Flavia le hablaba a ella y se esforzó por no sonreír.

«Me pregunto qué harás para averiguarlo.»

La cama se hundió cuando Flavia cambió de posición y Javiera, que permanecía tumbada de espaldas, se puso en tensión, expectante. De repente, una lengua suave y húmeda le recorrió el camino que le iba del ombligo a los rizos púbicos. Javiera gimió y se abrió de piernas. Ya no podía fingir que el deseo no la dominaba.

—Seguro que con esto se despierta —musitó Flavia.

Y a continuación, guardó silencio.

Javiera abrió los ojos de golpe cuando Flavia le pasó la lengua por su centro y lamió la humedad producida por su cuerpo dormido. No pudo reprimir un suspiro entrecortado y le enredó los dedos a Flavia en la desordenada melena.

Flavia interrumpió sus atenciones y miró a Javiera a los ojos, con una sonrisa de satisfacción. Estaba desnuda y tumbada boca abajo entre las piernas de Javiera.

—Buenos días, cumpleañera.

—Buenos días.

Flavia la abrió con cuidado y lamió su sexo de arriba abajo. Le hizo cosquillas en el clítoris con la punta de la lengua y a continuación se apartó con una sonrisa de oreja a oreja.

—Te he traído el desayuno a la cama.

Javiera echó un vistazo a la bandeja que había en la mesita, junto al armario de roble. Saber que Flavia, la ejecutiva líder de ventas, se había metido en la cocina por ella la hizo sentir de lo más especial.

—¿El desayuno? ¿Para mí?

Flavia le dio un lametón cariñoso, de punta a punta.

—Todo para ti, cariño.

Aspiró y hociqueó entre los húmedos pliegues de Javiera.

—Pero antes quiero comer yo.

Javiera le acarició la cabeza y la mantuvo bien cerca.

—¿Y el mío se enfriará?

Flavia le chupó el clítoris en un beso caliente y húmedo y se tomó su tiempo para contestar. Cuando finalmente se apartó, se relamió y repuso:

—Es fruta y cereales sin leche. Con zumo de naranja.

Puede que no se hubiera dejado la piel en la cocina, pero sin duda alguna había sido previsora. Javiera urgió a Flavia a continuar con su tarea con una sonrisa lánguida.

—Perfecto.

Flavia besó y chupó a Javiera hasta que esta empezó a sacudir las caderas contra su rostro.

Flavia se apartó con una carcajada suave.

—No te vas a correr tan rápido, ¿verdad?

Javiera echó un ojo al despertador de la mesilla de noche.

—Tienes que irte a trabajar en media hora.

Flavia negó con la cabeza y gateó sobre Javiera para llegar a la brillante pantalla del reloj digital y volverlo hacia la pared.

—Hoy no. —murmuró.

Le dio un largo beso en los labios.

—Hoy es un día para nosotras.

«Guau.»

Javiera agarró a Flavia de los hombros y le sonrió. El estómago le cosquilleó de placer al saborear su propia esencia en los labios de Flavia.

—¿Te has cogido el día libre?

Flavia le metió el muslo entre las piernas.

—Así es. Quería estar contigo.

Javiera no habría sido capaz de borrar la sonrisa boba de su rostro, ni que lo hubiera intentado.

—¿De verdad?

—Ya te dije que tú eres más importante que la gestión de proyectos.

Javiera le dio un fuerte abrazo.

—Y tú eres la persona más dulce, adorable y mimosa que…

—¿Soy como un osito de peluche? —la interrumpió Flavia. Se apartó y miró a Javiera con cara de disgusto. —¿Como un cachorrito?

—No. Eres la mujer más sexy, preciosa y maravillosa que he conocido nunca.

—Lo has arreglado bien. —le dijo Flavia con un guiño. Entonces le susurró al oído. —Ahora dime lo que quieres.

—¿Para mi cumpleaños?

—Para ahora mismo. —la corrigió Flavia. Rotó las caderas y se frotó con Javiera. —De mí.

Le pasó los dedos por la barbilla y la garganta—. ¿Qué es lo que quieres, cariño?

Javiera no tardó en decidirse.

—Quiero que me folles.

Se diría que era Flavia a la que le habían hecho un regalo, porque cuando sonrió se le iluminó el rostro.

—Sí.

Javiera se abrió de piernas por completo.

—Quiero sentir cómo me follas, cariño. Me encanta sentirte dentro.

Flavia se estremeció al oír aquellas palabras, como siempre. Y también como siempre, Javiera se sintió poderosa al verlo. Mientras la besaba de nuevo, Flavia le metió un dedo y le arrancó un gemido gutural. Flavia despegó los labios de los de Javiera y murmuró:

—¿Más?

Javiera asintió y cerró los ojos.

—Más.

Estaba empapada y se moría por tener a Flavia dentro.

—Necesito sentirme llena.

Flavia le sacó el dedo a Javiera y la penetró con tres. Con el rostro apoyado en su hombro, empezó a hablarle al oído en voz baja.

—Me he despertado pensando en meterte los dedos por el coño… así.

Javiera la abrazó más fuerte.

—Flavia, eres tan buena…

Flavia sonrió contra su garganta.

—¿Más fuerte?

Javiera asintió y sacudió las caderas para seguir los movimientos de Flavia.

—Más fuerte. —respiró por la boca. —Fóllame más fuerte.

Flavia la embestía con tanta fuerza que, con cada penetración, le daba en el trasero con el dorso de la mano. Entonces, sin previo aviso, Flavia se abalanzó sobre ella y le dio un beso de los que quitan el sentido. Cuando se separaron con un gemido compartido, Flavia susurró:

—Eres tan preciosa, Javiera…

La profunda emoción que la embargaba se reflejaba en su voz. Con los dedos, le frotó cierto punto que hizo que Javiera se retorciera de placer.

—Te… te quiero.

Javiera se quedó helada, quieta bajo la mano de Flavia, y contuvo la respiración mientras le sostenía la mirada.

—¿Que me…?

Flavia también se quedó quieta, con la mano hundida en el interior de Javiera, y la miró con ternura. Estaban la una encima de la otra, piel sobre piel, y ambas tenían la respiración desbocada mientras se miraban a los ojos.

—Te quiero. Te quiero mucho.

Javiera parpadeó, con los ojos anegados en lágrimas. Cuando la expresión de Flavia empezó a dar muestras de pánico, Javiera le apretó los hombros con firmeza y hundió la nariz en el cabello de Flavia para aspirar su aroma, mientras se concentraba en la sensación de aquellos dedos firmes que la abrían por entero.

—Yo también te quiero.

Las primeras lágrimas ardientes le rodaron mejillas abajo. Era como si hubiera esperado a pronunciar aquellas palabras toda la vida.

—Te quiero, Flavia.

Flavia dejó escapar un sonido lastimero y le puso la mano en la nuca para darle un fuerte y emocionado apretón.

—Y ni siquiera es mi cumpleaños —le sonrió, llorosa.

Aturdida, Javiera cabeceó, rió y agitó las caderas sobre el colchón.

—Haz que me corra, cariño. Quiero correrme en tus dedos.

Sin dejar de mirarla a los ojos con intensidad, Flavia retomó sus caricias. Además de penetrar a su amante, empezó a acariciarle el clítoris con el pulgar. De algún modo, se las arregló para mantener a Javiera a punto, hasta que por fin llegó al orgasmo en una explosión de sonidos y jugos que acabaron con una Javiera inerte, completamente exhausta sobre la cama.

Después de correrse, Javiera hizo que Flavia se pusiera encima de ella y se deleitó con la sensación del poderoso latido del corazón de su amante contra su pecho.

—¿Me quieres?

—¿Tienes que preguntarlo? —murmuró Flavia. Levantó la cabeza y miró a Javiera a los ojos. —Solo he tardado unos meses en reunir el valor para decírtelo.

—Bueno, es el mejor regalo de cumpleaños que me han hecho nunca.

«Y no tienes ni idea de lo mucho que esperaba que sintieras lo mismo que yo.»

Sabía que para Flavia era un gran paso hablar de sus sentimientos tan abiertamente. Javiera había sabido que estaba enamorada desde la noche en que habían practicado sexo duro, pero había tenido cuidado para no presionar a Flavia. Después de todo, Javiera era su primera novia, así que todo lo que había entre ellas era una nueva experiencia para ella. Javiera se contentaba con ir a su ritmo, por mucho que hubiera empezado a enamorarse de ella la misma noche en que se conocieron en el ascensor.

—¿El mejor, ¿eh? ¿Eso significa que ya no quieres el regalo que iba a darte?

—Yo no he dicho eso. —Javiera levantó la cabeza y le dio un largo beso. —Pero, a lo mejor, primero podría…

Javiera le pasó las manos por la espalda y le acarició la piel sedosa con las uñas. Flavia negó con la cabeza y salió de encima de su compañera.

—No. Ahora voy a darte de desayunar.

De mala gana, Javiera tuvo que aguantarse cuando Flavia fue a buscar la bandeja del desayuno. Cuando le dio la espalda, los ojos se le fueron al trasero redondeado de su amante y los dedos le cosquillearon. Se moría por devolverle el placer que le había hecho sentir.

—Pero…

—Ni hablar, doctora. Llevo semanas planeando esta mañana, así que vamos a seguir mi guion.

A Javiera le encantó el apodo: doctora. Todavía le parecía mentira: en una semana empezaría a trabajar en la clínica veterinaria que había a apenas tres kilómetros de su apartamento.

—En mi guion —continuó Flavia— te tomas el desayuno después de haber tenido un orgasmo fabuloso.

Se sentó en el borde de la cama y le hizo un gesto a Javiera para que se sentara. Javiera la miró con cariño y se sentó con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en la cabecera. Su desnudez no la hacía sentir incómoda en absoluto.

—Bueno, lo cierto es que acabo de tener un orgasmo fabuloso. —reconoció.

Flavia le pasó un bol de fruta: fresas, frambuesas, melón y uvas. Su voz sonó inexplicablemente abochornada. —Sabía que eran tus favoritas.

—Lo son —dijo Javiera.

Mordió una de las fresas y le dio la otra mitad a Flavia. Cuando esta le dio un bocado con aquellos dientes tan blancos, notó que el clítoris le latía de excitación y Javiera no pudo reprimir un gemido.

—Tú también eres mi favorita.

Flavia se puso colorada y jugueteó con el edredón, nerviosa pero satisfecha.

—Así que, ¿qué vamos a hacer hoy?

—Lo que tú quieras. Podríamos ir al cine, de compras…

Hasta iré a ese estúpido sitio de pintar cerámica contigo, si te apetece. —Flavia hizo una pausa—. O también podríamos quedarnos en la cama un rato.

Era la mejor idea que había oído hasta ahora.

—De momento, vamos a empezar por lo de la cama.

—Me parece bien —asintió Flavia. Le acarició a Javiera la espalda desnuda y le preguntó. —¿Quieres tu regalo de cumpleaños?

—Creía que te habías rendido y me lo habías dado anoche —comentó Javiera, levantando el brazo para volver a admirar la pulsera de oro que llevaba en la muñeca. —Me encanta.

Flavia recuperó el entusiasmo.

—Bueno, pues tengo otra cosa para ti.

—Me malcrías demasiado.

—¿Y no debería?

—No he dicho tal cosa. —negó Javiera, mientras masticaba los cereales. En realidad, lo que le interesaba más del desayuno era acabárselo para poder tocar a Flavia. —Solo hacía una observación.

—Muy astuta.

—¿Y bien?

Flavia le sonrió con satisfacción.

—¿Y bien? —repitió.

Javiera resopló, pero le siguió el juego.

—¿Qué vas a regalarme?

A Flavia le brillaron los ojos.

—Tus tres fantasías. Las que mencionaste aquella noche, cuando te azoté.

Javiera parpadeó.

—Sí, me acuerdo.

Flavia asintió vigorosamente.

—Pues las otras dos. Cuando quieras, en cualquier lugar.

—¿Quieres decir que…?

—Quiero que las tengas. Las tres.

Flavia miró la bandeja que había entre ellas con una ceja levantada.

—¿Has acabado de comer?

Javiera asintió, distraída, y Flavia dejó la bandeja con los restos del desayuno en el suelo.

—Quiero… permitir que experimentes tus fantasías. Tú me dices algo que te hayas imaginado, que te gustaría, algo que te ponga cachonda, y yo lo haré contigo. Sin dudarlo, sin preguntas. Puedes hacer realidad las dos fantasías que quedan cuando quieras.

Javiera se deslizó bajo las mantas e invitó a Flavia a echarse a su lado. Apoyada sobre el codo, se le acercó todo lo que pudo. Con los pechos contra el costado de su amante, Javiera le acarició la espalda y le sostuvo la mirada, consciente de la importancia de aquel regalo.

—¿Cualquier fantasía?

Flavia asintió y tragó saliva. Sus ojos reflejaban nervios, pero sobre todo sinceridad, y Javiera sintió que la dominaba la lujuria.

—Cualquier fantasía. Intentaré cualquier cosa contigo, al menos una vez, si eso te hace feliz.

Si Flavia hubiera podido envolver toda su confianza y su amor en papel de regalo, Javiera se habría sentido exactamente así al abrirlo.

—¿Tres fantasías?

—Y hoy no cuenta. —Flavia le sonrió con timidez. —En fin… eh… Feliz cumpleaños, Javiera.

Javiera estrechó a Flavia entre sus brazos de todo corazón.

—Tienes razón —le dijo. —Es muy feliz.

En su mente ya bullían múltiples posibilidades.