La lápida es blanca, con las letras grabadas en dorado. Arrodillado frente a ella, ignorando a toda la gente que le observa, Draco repasa las letras creadas con magia con la punta de los dedos. Sus labios pálidos se mueven mientras susurra el amado nombre, tratando de contener las lágrimas.
Deja con cuidado el ramo que lleva entre las manos delante del mármol. La cinta que mantiene unidas las Gypsophilas blancas, el tradicional signo de amor eterno en las bodas sangre pura, se agita con la brisa como si quisiera soltarse y hace que su mirada se clave en las letras que la adornan "Seremos inmortales". Y recuerda sus votos nupciales, cuando usó esas mismas palabras y Harry contestó "Porque nuestro amor será eterno" justo antes de besarle.
Se rompe y arranca a llorar con sollozos desgarradores, la frente apoyada en el frío mármol. El dolor y la pérdida le ahogan hasta que siente los familiares brazos fuertes abrazándole.
— Llora, mi amor, llora todo lo que necesites —le susurra al oído su marido.
A su alrededor, su familia y amigos permanece en silencio, conmovidos. Nadie esperaba eso en medio de las celebraciones de matrimonio apenas una semana antes, pero así es Azkaban y el único consuelo que le queda a Draco es haber podido enterrar a su madre junto a su padre como ella quería. Y regalarle el ramo que llevó en la ceremonia que ella no pudo ver, porque Narcissa también va a ser inmortal en su corazón.
