AQUEL VIERNES

Javiera salió a recibir a Flavia en la puerta de su apartamento vestida únicamente con un albornoz de color azul pálido y una amplia sonrisa.

Flavia le traía una docena de rosas rojas y le dio un buen repaso al entrar.

—Estás radiante. —le dijo al darle las flores.

Javiera cogió el ramo y Flavia el atrajo de la cintura para darle un beso.

—Absolutamente radiante. Y también huele muy bien.

—Gracias. Estoy bonita y limpia.

Flavia le tiró del cinturón del albornoz y lo tiró al suelo. Le abrió la tela de toalla y deslizó las manos dentro para acariciarle los pechos.

—Ya lo veo. Y la verdad es que me parece irresistible.

—Entonces mi malvado plan ha funcionado.

—Oh, ya veo —murmuró Flavia, estrujándole el trasero. —¿Es esto parte de una segunda fantasía?

—Pues mira, sí. —Javiera le sonrió, coqueta. —Hoy probe algo nuevo.

—¿El qué? — preguntó Flavia mientras le cubría la garganta de besos.

—Un enema.

Flavia se apartó y miró a Javiera con inseguridad y sorpresa.

—¿Perdona?

—Quería estar limpia. —explicó Javiera. —Para esta noche. Para la segunda fantasía.

—¿Y cuál es, querida mía, esa segunda fantasía?

Flavia siguió masajeándole y estrujándole las nalgas.

—Espero, por mi bien, que no tenga nada que ver con ponerme un enema a mí también.

Javiera río.

—Ah, no ha sido tan malo. Ahora me siento inmaculada.

Flavia se relajó y sonrió, traviesa, mientras conducía a Javiera al sofá.

—¿Y qué quieres que haga con tu precioso culo, querida?

—Quiero que te lo sigas. —le dijo Javiera.

Casi sonrió al detectar cómo a Flavia se le encendió la mirada con esas palabras.

—¿Con los dedos? — preguntó Flavia, tragando saliva tras dejar escapar un suspiro.

Javiera negó con la cabeza y se sentó en el sofá.

«Eso ya está superado.»

Había llegado el momento de intentar cosas nuevas. Hizo sentarse a Flavia a su lado.

—Con un consolador. Precisamente, compre uno para la ocasión.

Flavia la contempló con una mezcla de asombro y deseo.

—¿En serio?

—En serio.

Javiera le pasó el dedo por la mandíbula y después por la clavícula.

—Siempre he tenido fantasías con practicar el sexo anal con algo más que un dedo, pero nunca lo he probado. Nunca había existido nadie con quien quisiera intentarlo.

—Y se supone que yo tengo que…

—Llevarlo puesto. —completó Javiera, anticipándose a la pregunta de Flavia. —Quiero sentirte contra mi cuerpo mientras estás dentro de mí.

Flavia se estremeció en sus brazos.

—¿Está nerviosa? —le preguntó.

—Un poco, la verdad. Es un poco intimidante. —miró a Flavia significativamente. —Pero confío en ti.

—¿Aunque no lo haya hecho nunca?

Javiera contuvo la risa ante la tímida pregunta, porque era capaz de percibir la emoción que encerraba.

—Entonces somos iguales. —la tranquilizó. —¿He dado con otra fantasía que te pone nerviosa?

Flavia bajó la mirada.

—Yo…

Javiera le puso la mano en la mejilla y le acarició la barbilla.

—Que no te dé vergüenza decirme cuándo no estás seguro de algo.

Flavia alzó los ojos y miró a Javiera a la cara.

—Es que esta vez tampoco quiero hacerte daño.

—No me harás daño. —le dijo Javiera. Se había esperado las reticencias de Flavia y tenía las respuestas preparadas. —No te dejaré hacerme daño. Iremos muy despacio y usaremos mucho lubricante. Y hablaremos todo el rato. —le cogió la mano a Flavia y añadió—: Si me duele o si no me gusta, pararemos, te lo promete.

—¿Mercurio? —musitó Flavia con una media sonrisa que no disimuló del todo su aprensión.

-Te lo prometo. —le repitió Javiera. —Por favor, confía en mí.

Flavia asintió con serenidad.

-Muy bien. Dame cinco minutos para prepararme.

«¿Prepararte?»

Javiera intentó imaginar cómo quería preparar a Flavia y se preguntó si, sencillamente, lo que quería era un momento para hacerse a la idea. Se cerró el albornoz y se ató el cinturón de nuevo antes de dejar sola a su amante con un murmullo ronco.

—No tardes mucho. Llevo todo el día pensando en esto.

—¿Por qué no te echas en la cama y piensas un poco más? —Flavia se la comió con los ojos, como si estuviera en un escaparate. —Quiero encontrarte chorreando.

Javiera era consciente de que la parte superior del interior de sus muslos ya estaba lubricado y resbaladizo.

—Eso no va a ser un problema. —le dijo desde la puerta.

—Pero no te corras. —le advertí a Flavia.

Javiera sacó a Isis del dormitorio y cerró la puerta. Abrió la tapa del baúl de madera que tenía al lado de la cama y sacó la caja con el dildo que le había llegado por correo el día anterior.

«Ha llegado por los pelos», pensó mientras abría el juguete.

Tiró la caja a la basura y se agachó para sacar dos condones del fondo del baúl y también un bote de lubricante. Con los suministros en la mano, se dirigió a la cama. Dejó el juguete en la mesilla de noche, se tumbó y se abrió el albornoz para empezar a tocarse. Sin embargo, con el paso de los minutos, Javiera empezó a preocuparse por Flavia. Ya habían pasado más de cinco minutos, eso seguro. Quizá siete.

¿Tan asustada estaba Flavia? ¿Estaba intentando evitarlo? Javiera no quería obligarla a hacer nada que no le gustase o que le diera miedo. Se sentó en la cama, dispuesto a dar su brazo a torcer e ir a buscar a Flavia. O lo dejarían o le daría un par de minutos más hasta que estuviera lista. Treinta segundos después, Javiera volvió al salón, con la decisión tomada. Si Flavia no las tenía todas consigo respecto a aquella fantasía, Javiera quería tener la oportunidad de pararla antes de que se les estropeara la velada.

Flavia estaba sentada con las piernas cruzadas en el sofá, muy concentrada en el ordenador portátil que tenía en el regazo. Había apagado las luces del salón y el resplandor de la pantalla la iluminaba de una manera que hizo suspirar a Javiera: estaba guapísima. Se quedó mirando a Flavia unos veinte segundos más, hasta que esta levantó la mirada y pestañeó, sorprendida de su presencia.

-Hola. —le dijo Flavia. Paseó los ojos por el cuerpo desnudo de Javiera. —Estoy tardando demasiado, ¿verdad?

Javiera asintió y atravesó la habitación para plantarse frente a Flavia, cuyos lánguidos ojos verdes estaban fijos en el vientre liso y suave de Javiera. Flavia dejó un lado el ordenador de inmediato y cogió a Javiera del trasero con las dos manos para darle un beso húmedo entre las piernas.

—Lo siento —farfulló.

Hociqueó entre sus piernas y le introdujo la nariz entre los pliegues resbaladizos para rozarle el clítoris aguantado.

—Ahora mismo iba, lo juro.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Javiera, mientras le pasaban los dedos por la espesa melena rojiza y posó su rostro contra su sexo. Aquel modo tan íntimo de disculparse no le era nada desagradable.

—Investigo. —musitó Flavia, antes de lamer su sexo y succionarle el clítoris con los labios en muestra de arrepentimiento. —Sobre el sexo anal.

Javiera Gimió.

—¿En Internet?

Flavia asintió y la abrió con los dedos, con todo cuidado.

—En las «Preguntas Frecuentes» —Le hizo cosquillas con la punta de la lengua y Javiera se estremeció de la cabeza a los pies. —Aprendí mucho.

- ¿Oh sí?

Javiera levantó una pierna y apoyó el pie en el sofá, junto a la cadera de Flavia, para dar mejor acceso a la boca que la exploraba lentamente. Mientras, siguió acariciándole el cabello a Flavia.

—¿Y ya te sientes más seguro?

Flavia le agarró la pantorrilla con una mano y se pasó un rato venerando a su amante con la boca: su lengua se pasó a placer sobre el clítoris hinchado, se insinuó en su agujero y después descendió para hacerle cosquillas en el cerrado y tierno anillo. La pierna que Javiera tenía en el suelo empezó a temblar y se estremeció de cuerpo entero bajo las atenciones de Flavia. Si Flavia supiera todo lo que le hizo su lengua… Le tiró del pelo, para apartarla.

—Necesito sentarme.

—Y yo necesito chuparte hasta que te corras. —replicó Flavia.

Con un gruñido, volvió a hundirse entre los rizos de su centro de placer. Javiera soltó una risa.

—¿No podemos llegar a un acuerdo?

Flavia negó con la cabeza sin dejar de lamerla.

Empezó a zumbar de satisfacción y Javiera gritó y estuvo a punto de caer de lado. Flavia la cogió de la cintura y la guio hasta su regazo.

—Vale, vale. Un acuerdo. Vamos a la habitación y te comeré.

—¿Y no me vas a contar lo que has aprendido? —le preguntó Javiera.

Flavia alargó la mano y empezó a acariciarle los pechos desnudos. Ella se rindió a la caricia y notó cómo se le erizaron los pezones bajo las manos de Flavia.

—Te lo contaré en la habitación —le dijo Flavia, distraída. Le miraba los pechos fijamente, con la misma expresión hambrienta que solían provocarle.

«Diría que no he conocido nunca a una mujer tan enamorada de los pechos femeninos como esta.»

A decir verdad, estaba bastante seguro de que no había demasiados clientes en el club de striptease que la devoraran con los ojos de aquella manera. Le acarició el pelo a Flavia y sonrió cuando su amante le apretó los pechos con las dos manos y le acarició los pezones con los pulgares.

—¿Sabes? Lo primero en lo que me fijé de ti fueron tus tetas. —le dijo Flavia.

Javiera se echó a reír.

—Qué romántico, cariño.

Flavia se encogió de hombros y esbozó una sonrisa tímida.

—¿Qué quieres que te diga? Me las plantaste delante de la cara en cuanto nos conocimos, ¿cómo no iba a fijarme?

Flavia se echó hacia delante, le atrapó un pezón entre los labios y empezó a chupar. Javiera mantuvo la mano en la nuca de Flavia.

—Ya me di cuenta de que te gustaban. —murmuró. —Me puse muy cachonda bailando para ti. Tenía los pezones como piedras.

Flavia asintió y le besó el otro pezón.

—Me encantaron. Son los pechos más perfectos del mundo.

Aunque no quería separarse de la cálida humedad del beso de Flavia, Javiera se obligó a apartar a Flavia. A aquel paso, no llegarían a la habitación.

—Cariño, ¿la cama? —respingó cuando Flavia le mordisqueó.

—Ah, sí —murmuró esto.

Ayudó a Flavia a ponerse en pie y se levantó detrás de ella para rodearle la cintura con los brazos. Le besó la nuca y murmuró:

—Lo primero que he aprendido es que tenía que excitarte mucho… Porque tienes que estar muy mojada… Muy, muy preparada.

Javiera la condujo a la habitación. Flavia seguía enroscada alrededor de su cuerpo.

—Suena divertido.

—Creo que será muy divertido —dijo Flavia.

Cerró la puerta a su espalda y le regaló una sonrisa ardiente a Javiera. En cuanto llegaron a la cama, Javiera se volvió y empezó a desabrocharle la camisa a Flavia. Flavia llevaba puesto su traje de ejecutiva, excepto la chaqueta, y estaba super sexy.

—Ya ha cenado, ¿verdad?

—Si, comí algo por el camino —respondió Flavia.

Permitió que Javiera la desnudara, con una sonrisa perezosa en los labios. —Me pareció que irnos directamente a la cama era la mejor manera de acabar la semana laboral.

—La mejor, sin duda —estuvo de acuerdo Javiera. Le quitó la camisa y pasó a desabrocharle el sujetador. Luego dijo la mesita de noche con la cabeza y empezó a desabrocharle los pantalones. —¿Ha visto lo que ha comprado?

Cuando Flavia descubrió el juguete, abrió mucho los ojos.

—Guau.

—¿Qué te parece? —le preguntó Javiera.

Se arrodilló, le bajó los pantalones y la ayudó a quitárselos. Al levantarse, le besó la suave piel de la barriga y le metió las manos por la parte de atrás de las braguitas.

—¿Te parece interesante?

—Al parecer va a ser una noche para probar cosas nuevas. —dijo Flavia. Se apartó de Javiera para coger el dildo doble de la mesilla. Señalando el extremó más redondeado, preguntó—: ¿Este es el lado que va dentro de mí?

Javiera carraspeó y asintió. Era consciente de que el extremo que llevaba la persona que daba era un poco más grande de lo que Flavia estaba acostumbrada y escrutó su rostro en busca de su reacción sincera.

—Según los comentarios que leí en Internet, no hay que usar arnés.

Flavia agarro el juguete de silicona púrpura con la mano.

—Es bonito —dijo, y miró a Javiera. —Túmbate en la cama.

Javiera obedeció sin titubear. Los ojos de Flavia brillaban de excitación, pura y simple, y Javiera lo detectó enseguida. Supo entonces que no tenia que renunciar a su fantasía. El rato que había pasado investigando Flavia le había dado una inyección de confianza, así que Javiera tuvo que agradecer los siete minutos que había estado en ello. Flavia dejó el juguete en la mesita de noche y abrazó a Javiera sobre la cama. Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, Flavia la tumbó de espaldas, le acarició el costado y la cadera y, finalmente, le deslizó la mano entre las piernas.

—Me encanta hacer el amor contigo. —gruñó Flavia. Le frotó el clítoris con los dedos y luego le metió un dedo dentro. —Llevo todo el día soñando con este momento.

—Entonces te lo habrás pasado muy bien en el trabajo. —comentó Javiera con una sonrisa traviesa.

Flavia empezó a penetrarla con más énfasis y le arrancó un gemido ronco. Flavia soltó una carcajada.

—Si mis jefes supieran en lo que estaba pensando durante las reuniones de proyecto…

—Se quedarían impresionados. —la cortó Javiera. —Me consta que tienes mucha imaginación.

—Nah —negó Flavia. Mientras le metía y le sacaba el dedo, empezó a estimularle el clítoris con el pulgar. Al poco rato, le metió un segundo dedo y dijo—: Lo que tengo es una novia muy morbosa.

—No puedo evitarlo si me inspiras —le dijo Javiera.

Cerró los ojos para disfrutar de cómo Flavia se la follaba. Era tan perfecto que le vibraba todo el cuerpo, de la cabeza a los pies.

—Igual que me inspiras tú a mí.

Retiró la mano, los dedos y aquel pulgar mágico desapareció, y Javiera gimió de desilusión. El sonido se convirtió en un gruñido extático cuando Flavia sustituyo la mano por la lengua. Flavia era una maestra del sexo oral. Las veces que Javiera se abría de piernas para la lengua de Flavia eran puro zen, un estado de perfección que nunca había alcanzado con ninguna otra amante. Hubo un momento en que creyó que se moriría allí mismo, cuando la lengua que le castigó el clítoris descendió de arrepentimiento. Flavia le separó las nalgas con las manos y le lamió el ano.

Javiera arqueó la espalda y Flavia se la acercó todavía más. Su clítoris palpitaba, enloquecido por la sensación nueva de que la chuparan en aquella zona tan sensible y, cuando Flavia le introdujo la punta de la lengua, Javiera gritó de placer.

—Flavia, por favor… —gimoteó.

Estaba tan cerca del clímax que le temblaba todo el cuerpo.

«¿Cómo ha sucedido todo tan rápido?»

Flavia empezó a frotarle el clítoris en círculos, con la presión justa para volverla loca, mientras seguía lamiéndole el ano. Al cabo de unos segundos, Flavia dejó de moverse por completo y se apartó. Javiera quedó al borde del éxtasis y respingó, alarmada.

—No pasa nada, cariño. —jadeó Flavia—. Solo quiero que te des la vuelta. Ponte boca abajo.

Javiera cambió de posición en un abrir y cerrar los ojos, ya que estaba ansiosa de que Flavia la tocara y la lanzara a un orgasmo que se insinuaba poderoso e intenso como pocos. Estaba lista, con el cuerpo empapado en sudor y su sexo mojado y abierto. Se puso con el trasero en el aire y el rostro hundido en la almohada y gimió cuando Flavia la abrió con una mano y le frotó el clítoris con la otra. Expuesta de aquella manera, soltó un quejido agudo cuando volvió a notar la lengua de su amante en el ano.

No tardó mucho en correrse. Solo treinta segundos de atenciones ininterrumpidas por parte de Flavia, con los dedos por delante y la lengua por detrás, la hicieron gemir y temblar y derrumbarse sobre el colchón para poder recuperarse. Flavia también se tumbó en la cama y abrazó a Javiera con extrema ternura.

—Eso también lo aprendí en Internet. —le dijo, mientras le besaba la cara. —A relajarte y estimularte para que estés bien abierta. Iba a hacerlo antes de follarte, pero no he tenido paciencia y he tenido que hacerlo ahora. Javiera soltó una carcajada desfallecida.

—Pues me alegro. Me ha gustado muchísimo.

—Ya me di cuenta. —afirmó Flavia y le sonrió, llena de confianza. —¿Debería ir metiéndome el juguete ya?

Javiera se sentó y alargó el brazo por encima de Flavia para coger el dildo doble de la mesita de noche.

—Déjame a mí.

Flavia se semi incorporó sobre los codos y se miró.

—Joder, estoy súper mojada…

A Javiera se le hizo la boca agua.

—Eso no es bueno —le dijo, mientras abría uno de los condones. —Se supone que la cosa esta tiene que quedarse dentro de ti. No nos interesa que estés «demasiado» mojada.

-Oh. —Flavia se quitó en la cama, debajo de Javiera. —Esto… ¿debería…?

Javiera dejó el juguete a un lado, gateó hasta la mitad inferior de la cama y se puso la pierna de Flavia sobre el hombro.

—Ya me encargo yo —murmuró Javiera.

Le pasó la lengua por el sexo hinchado y saboreó la dulce humedad que chorreaba.

—Te voy a chupar hasta que quedes bien limpia.

Flavia gruñó y le enredó una mano en el pelo. Ladeó las caderas y le rozó la nariz a Javiera.

—Creo que esto es lo que más me gusta del mundo.

Javiera hizo un ruidito de felicidad y le lamió la resbaladiza carne fragante. También era lo que más le gustaba hacer a ella, sobre todo con Flavia, que hacía los ruidos más excitantes que había oído nunca.

Para cuando los muslos pálidos de Flavia se agitaron contra su boca, el aire se había llenado de gemidos, jadeos y quejidos ansiosos y Javiera estaba cerca de volver a correrse, solo de oír a su amante. Javiera le insinuó la lengua en su entrada y después volvió a chuparle el clítoris. Le acarició el sexo con los labios y le castigó el centro sensible con la punta de la lengua.

Flavia se corrió con un grito agudo. Arqueó la espalda, clavó los talones en el colchón ya punto estuvo de tirar a Javiera al suelo, pero esta aguantó entre sus muslos y siguió lamiéndola hasta que se calmó y se quedó inerte sobre las sábanas revueltas.

—Mierda… —musitó Flavia cuando recuperó el habla.

Apartó a Javiera con delicadeza. —Cariño, vas a acabar conmigo antes de poder hacer realidad tu fantasía.

—Nada más lejos de mi intención —sonrió Javiera.

Cogió el dildo y le puso el condón al lado más protuberante. Luego se lo colocó a Flavia en la entrada. Estaba más húmeda y relajada que nunca.

—¿Estás preparada?

—Ya te digo… —murmuró Flavia—. Adelante.

Se ajusta al juguete con facilidad. Javiera hasta se sorprendió un poco de lo sencillo que fue introducírselo y de cómo Flavia abrió las piernas y lo permaneció con un gemido grave de placer. Se lo colocó de manera que el extremo más largo y fino le sobresaliera entre las piernas.

—Precioso. —Javiera acarició el juguete. —¿Qué tal?

Flavia le sonrió con languidez.

-Muy bien. ¿Me dejas follarte un segundo?

Javiera se echó al lado de Flavia y se abrió de piernas. Siempre le entraba un cosquilleo de excitación en la boca del estómago cuando probaba algún juguete nuevo.

—Me gustan las mujeres con iniciativa.

Flavia le puso el condón al dildo en un tiempo récord y lo posicionó entre los muslos de Javiera. La punta del juguete se posó sobre su resbaladizo sexo y Javiera hizo fuerza con los pies para frotarse con él. Saber que el otro extremo reposaba dentro de Flavia y que pronto estarían unidas íntimamente la ponía más caliente de lo que podía soportar.

—Entra dentro de mí. —le dijo Javiera. —Quiero sentirte dentro.

Flavia colocó el dildo en la entrada de Javiera.

—Eres tan sexy, cariño… Te deseo muchísimo.

—Entonces, tómame —le dijo Javiera. Le rodeó la cadera con una pierna y se aferró a sus hombros con el brazo. A continuación, arqueó las caderas para que su amante la penetrara. -Por favor.

Sin pronunciar palabra, Flavia la penetró. Con las manos apoyadas en la almohada, a ambos lados de la cabeza de Javiera, Flavia movió las caderas despacio, con cuidado, y se hundió en Javiera centímetro a centímetro. Fue un proceso tortuoso, pero Flavia lo hizo sin prisas. Le puso una mano en la cadera a Javiera y la atrajo contra su sexo.

—Ah, me gusta —jadeó Flavia.

Le besó el cuello a Javiera y dejó escapar un gemido. Su compañera se retorció debajo de ella y suspiró de placer. Le encantaba cómo los pechos de Flavia se apretaban contra los suyos. Además, Flavia no se detuvo un solo instante; al principio fue despacio, pero poco a poco aceleró el ritmo y la embistió con más fuerza y fogosidad. Javiera le echó los brazos alrededor de los hombros y la estrechó con fuerza. Ella también se movía, entusiasmada, al ritmo que marcaba Flavia y su piel sudorosa se deslizaba contra la suya mientras ambas se sacudían con ansiosa desesperación.

—Me encanta follarte así. —le susurró Flavia al oído.

Frotó su pelvis contra la de Javiera, que tenía el dildo hundido hasta el fondo. —Me encanta sentirlo… Sentirlo dentro de mí. —se interrumpió; gimió y se estremeció de placer.

Javiera sujetó a Flavia con fuerza y le deslizó las manos por la espalda hasta cogerle el trasero. Notaba cómo sus glúteos se tensaban y se relajaban con cada embestida.

—¿Crees que podrías volver a correrte?

-Si. — Flavia respondió, con los dientes apretados.

Javiera también estaba segura de que podía correrse otra vez, pero quería aguantar hasta que Flavia la penetrara analmente para estar lo más excitada que pudiera. De todas maneras, quería sentir cómo Flavia se corría en su interior. Le rodeó las caderas con las piernas con fuerza renovada y le arañó la parte baja de la espalda.

—Córrete, cariño. —le susurró.

Le mordió el cuello y succionó aquella piel de porcelana con todas sus fuerzas.

—Quiero sentir cómo te corres.

Flavia se apoyó sobre las manos y empezó a agitar las caderas más deprisa, para follarse a las dos a la vez, sin dejar de frotarse ansiosa contra la juntura del juguete. Javiera cerró los ojos y notó cómo el placer le inflamó la parte baja del abdomen y la entrepierna, pero trató de evitar el clímax que se insinuaba al final del camino. Gimió, gruñó y jadeó con Flavia, para que esta supiera lo mucho que disfrutaba, pero mantuvo el control con mano férrea. Todavía no estaba preparado para dejarse llevar. Su autocontrol a punto estuvo de irse al traste cuando Flavia se puso rígida, levantó la cabeza, se estremeció y se corrió explosivamente. El sudor le goteaba por la cara, le caía a Javiera en el cuello y trazaba surcos perezosos sobre su piel. Su rostro se contrajo en un rictus de placer absoluto. Al cabo de unos segundos se relajó,

—Ay, Javi. Dios...

Javiera casi no podía más de deseo.

—Quiero intentarlo ya, cariño.

Flavia asintió y salió del interior de Javiera, jadeante.

—Ya lo sé.

—Me has puesto tan cachonda que ya no puedo aguantar más.

Flavia no se hizo de rogar y besó a Javiera a medida que descendía sobre su cuerpo, hasta volver al castigarle el sexo con la lengua. Javiera gimió con gratitud y abrió las piernas, dispuesta a disfrutar todo lo que Flavia quisiera darle. Cuando esta le volvió a lamer el ano, casi se volvió loca.

—¡Ah, Mierda, Flavia! —Javiera se retorció bajo las caricias de su lengua y maulló de placer. —Oh, por favor. Por favor, por favor, por favor.

Flavia se partió y le metió un dedo cubierto de lubricante por el culo. Javiera pestañeó, sorprendida; ni siquiera se había dado cuenta de que Flavia había elegido el bote de lubricante. No le costó nada adaptarse a un solo dedo y aquella suave penetración fue una sensación deliciosa.

—Sí —siseó Javiera. Apretó los dientes y se retorció bajo la mano de Flavia, con el rostro tomado por el placer. —Sí, sí…

—Te gusta —dijo Flavia.

No era tanto una pregunta como una sustentada. Flavia retorció el dedo y siguió metiéndoselo y sacándoselo por el estrecho orificio.

Javiera asintió, completamente de acuerdo.

—Prueba otro más —respingó.

Había creído que sería más difícil que le entraran dos dedos de Flavia, pero se deslizaron hasta el fondo sin hallar resistencia. La sensación le arrancó un gruñido de placer y Javiera se obligó a relajarse, para poder disfrutar mejor de la satisfacción de sentirse tan llena. Era la primera vez que le metían más de un dedo por detrás. Compartió una mirada llena de amor con Flavia (Dios, tenía unos ojos verdes hechizadores) y se sonrieron con emoción.

—¿Sigue bien? —le preguntó Flavia, con una sonrisa tonta.

—Fantástica —repuso Javiera. —Diría que quiero más.

Flavia movió los dedos con un ritmo suave y enloquecedor. Javiera sintió cómo giraban dentro de ella; sintió cómo la frotaba y la abría poco a poco, para prepararla para el dildo. Cerró los ojos y esbozó una sonrisa de satisfacción.

—Ay, Dios, Flavia. —musito Javiera.

—Lo haremos así, boca arriba —la publicada Flavia, sin dejar de follársela con movimientos lentos y profundos de los dedos. —La página web decía que era la posición más cómoda.

Javiera miró a Flavia y gimió, agradecida.

—Perfecto, porque quiero mirarte a los ojos.

Flavia le sacó los dedos y colocó el extremo del dildo sobre el ano distendido de Javiera. Supo que Flavia le ponía más lubricante al juguete, cuando el líquido le resbaló por las nalgas.

—Iremos a tu ritmo, ¿de acuerdo? Yo empujaré, pero quiero que tú me guíes.

Javiera se mordió el labio y asintió. Trató desesperadamente de no ponerse tensa a la hora de la verdad.

—Estoy lista.

Flavia empujó un poco y presionó la punta del dildo sobre el ano de Javiera.

—Acaríciate el clítoris, cariño, y cuando estés lista para tomarme, empuja.

—¿Qué empuje? — Javiera preguntó.

—Como si quisieras… expulsar —aclaró Flavia. —Lo leí.

—Bueno, si estaba en Internet debe ser cierto.

Javiera se acarició el clítoris hinchado con la mano, en círculos. Gimió y murmuró cariñosamente.

—Friki.

Flavia aguantó la base del juguete con una mano, y con la otra le pellizcó el pezón izquierdo a Javiera y después el derecho.

—Y adoras a esta friki.

—Sí que la adoro. — respondió Javiera.

Respiró hondo, se relajó y empujó contra el dildo. Sus músculos se tensaron ante la intrusión. Cuando de repente cedió y obtuvo el primer centímetro del dildo, soltó el aire retenido en los pulmones de golpe. Quemaba.

-Sí.

Flavia no dejó de castigarle a los pezones a conciencia.

—Sigue acariciándote, cariño. Relájate y ábrete para mí.

Javiera asintió con decisión.

—Mételo un poco más.

Flavia se apoyó con una mano en la cama para mantener el equilibrio y empujó un poco más. Javiera notó cómo su ano se relajaba y aceptaba la cabeza del dildo entera. Sus músculos se cerraron en torno al extremo más fino del juguete y Javiera levantó una mano temblorosa para que Flavia se parase.

-¿No más? — preguntó Flavia. Tenía los muslos en tensión y parecían preparados para retirarse en cualquier instante.

—No, solo… dame un segundo para acostumbrarme.

Flavia asintió y se quedó quieta mientras Javiera se masturbaba. Siguió provocándole los rosados pezones un rato ya continuación le paseó los dedos por el brazo que Javiera movía entre sus piernas, hasta llegar a su centro. En ese momento le metió un dedo por el sexo y gimió en voz baja.

Javiera abrió la boca y gritó sin emitir sonido. Se sintió tan llena, tan poseída… que solo quería más. Dobló las rodillas y apoyó los pies en la cama para empalarse en el dildo un poco más. Al cabo de un par de centímetros se detuvo de nuevo. Flavia mantuvo un ritmo constante con el dedo.

—¿Qué tal, cariño? ¿Te gusta?

Javiera apretó los dientes y se frotó el clítoris con frenesí. Una vez que la incomodidad inicial había remitido, las sensaciones que la recorrían al tener el dildo metido en el culo eran increíbles. Quería metérselo hasta el fondo y luego quería que Flavia le metiera los dedos.

-Me gusta. Solo dame un segundo.

—Tómate todo el tiempo que quieras. —le dijo Flavia.

Le metió el dedo a Javiera con firmeza y le rozó su punto G.

Javiera cerró los ojos e inspiró por la nariz cuando la recorrió una oleada de calor desde lo más profundo de las entrañas. Los muslos le temblaron e intentaron evitar lo inevitable. Si no iba con cuidado se correría, y no quería hacerlo hasta tener a Flavia dentro.

—Más. —susurró, y abrió los ojos para mirar a Flavia a la cara—. Métemelo entero, Flavia.

Así lo hizo. Lenta y cuidadosamente, le deslizó el juguete hasta el fondo de una sola vez y Javiera jadeó de placer. Cuando Flavia estuvo completamente dentro, dejó las caderas quietas y se quedó inmóvil.

—Dime cuando quieras que me mueva. —murmuró Flavia. Sus ojos relucieron, llenos de deseo—. Y no dejes de tocarte.

Javiera había dejado la mano quieta mientras se concentraba para postergar el orgasmo, pero empezó a moverla de nuevo cuando Flavia se lo seguro. En ese momento, Flavia volvió a meterle y sacarle el dedo y Javiera fue incapaz de esperar por más tiempo.

—Muévete —gimió. —Fóllame, pero empieza poco a poco.

Flavia se movió con cuidado y precisión y le metió y sacó el dildo por el ano con embestidas cautelosas. Fue tierna y cariñosa y no apartó los ojos de los de Javiera en ningún momento, para estar atenta a cualquier muestra de incomodidad por parte de su amante.

Sin embargo, no halló ninguna.

Javiera tenía los ojos en blanco. Su cuerpo entero estaba ardiendo; el clítoris le latía, hinchado bajo sus dedos y tan hipersensible que no podía ni rozarlo sin gritar. Flavia le deslizó el dedo dentro y fuera de su sexo, y exploró y frotó cada uno de los puntos sensibles. Y el culo… Se sintió completamente lleno y su ano se contraía de placer en torno al dildo que la penetraba.

Flavia apretó el ritmo. Dios, le llegaba tan adentro… Notó que Flavia le acariciaba la fina barrera que separaba su dedo del juguete y la recorrió una sacudida por toda la espina dorsal. Tratado de anunciar a Flavia.

—Voy a…

Pero llegó demasiado tarde.

El orgasmo la recorrió como un torbellino y le arrancó las palabras de la garganta. Echó la cabeza hacia atrás, lanzó un grito agudo y se le rompió la voz. Sus dedos se crisparon sobre su clítoris y lo estimularon hasta el final del clímax, cuando la abandonó todo asomo de control. Flavia permanecieron en ella y fue ralentizando las embestidas, sin llegar a sacarle el dedo.

—Muy bien, cariño. Así así. Eso es.

Javiera se había quedado ronca de gemir y gritar y reír. Siguió estremeciéndose en las sacudidas de su orgasmo mucho después de llegar a la cima. Mareada, durante un segundo tuvo la impresión de que nunca volvería a sentirse normal. Sin embargo, al poco su cuerpo se destensó y cayó rendida sobre la cama, absolutamente agotada.

—Guau. —susurró Javiera.

No es que fuera lo más apropiado en ese momento, pero su vocabulario se había visto reducido.

—Sencillamente, guau.

—Sí, guau —coincidió Flavia.

Tenía cara de sorpresa, pero su expresión era también precavida.

—Te has corrido muy fuerte.

Javiera sintió un escalofrío y se contrajo alrededor del dildo y del dedo de Flavia.

—Ay, sí. —le acarició la mejilla a Flavia. —Ha estado asombroso.

—Tú sí que has estado asombrosa —le dijo Flavia. —Eres asombrosa.

-Te quiero.

Javiera pestañeó, con los ojos anegados en lágrimas. Aquellas palabras no bastaban; nada que pudiera decir podría acercarse ni de lejos a los sentimientos que quería que Flavia entendiera.

—Yo…

Flavia se inclinó y le dio a Javiera un tierno beso en los labios.

—Lo sé, nena. Te quiero. Te quiero mucho.

Se apartó y metió la mano entre las dos.

—Voy a sacártelo, ¿vale?

—Vale —le dijo Javiera.

Cerró los ojos y ayudó a Flavia a sacar el consolador, aunque cada centímetro del juguete le arrancó un gruñido. A continuación, Flavia le sacó el dedo y Javiera se quedó vacía. Cuando su amante se sacó el extremo protuberante del juguete con un gruñido quedo, Javiera le agarró el muslo.

—Te deseo.

—Ya me has tenido. —le grabó Flavia con una sonrisa burlona.

—Quiero tenerte encima. —le dijo Javiera. —Quiero que me abraces.

Flavia dejó caer el dildo a un lado de la cama.

—Hecho.

Abrazó a Javiera con fuerza y la acunó con cariño, mientras murmuraba palabras sin sentido.

Y Javiera se enamoró aun más de ella.