Para James, no hay un olor igual al de su bebé la primera vez que lo tiene en brazos. Es adicto al olor de su compañero desde que se presentó como omega en la escuela y supo que sería suyo por encima de cualquier cosa, incluida la ira de su mejor amigo, pero Harry… el olor de Harry hace que su animal interior ruja y le diga que lo va a proteger a toda costa lo que le quede de vida.
Se aferra a ese sentimiento muchas veces durante las primeras semanas de su bebé, cuando la realidad de ser padres les golpea duramente. A Regulus le está costando mucho recuperarse del parto y James se siente dividido entre cuidar de su compañero, que no está bien tampoco anímicamente, y cuidar de su bebé.
— …y siento que se nos está cayendo la casa encima, Rem —le resume a su amigo, que ha venido de visita y se ha encontrado al siempre fuerte alfa James a punto de llorar porque Harry ha vomitado todo el biberón.
Remus se cambia de brazo a su ahijado, que finalmente se ha dormido y mira hacia la puerta del dormitorio en el que descansa Regulus, seguramente entre los fuertes brazos de su hermano, que ha desaparecido en la habitación nada más llegar a la casa.
— Necesitáis salir un poco.
— Regulus no está en condiciones de ir a ningún lado, Remus. Y yo necesito dormir, no sé cuanto hace que no cierro los ojos más de dos horas seguidas.
Su amigo sonríe, mirando al bebé que parece dormir tan tranquilo.
— Venid con nosotros. Vamos a pasar unos días en casa de Narcissa.
— No sé, Rem…
— Hazle caso, James —interviene la voz ronca de Sirius.
Ambos se giran y se encuentran a los dos hermanos en la puerta. Sirius acompaña a Regulus hasta el sofá y James mira a su compañero con adoración, parece que la siesta y la presencia de su hermano han sacado mejor color a sus mejillas.
— Narcissa escribió hace días, Jamie —le dice con suavidad, extendiendo los brazos para tomar a su hijo y pegarlo a su pecho—. Me gustaría ir, aún no conocemos a mi sobrino.
El brillo de ilusión en los ojos que han sido tristes y cansados durante semanas, y el hecho de que James es un alfa que jamás le niega nada a su omega, nunca, hace que estén unos días después en el jardín de la mansión de los Malfoy, sentados bajo un magnolio. La imagen es preciosa, incluso para un bruto como él: sobre una manta en el césped, Narcissa y Regulus charlan mientras los dos bebés duermen juntos en una cuna, poco más que una cesta grande.
La presencia del otro niño ha tenido un efecto calmante en Harry desde que han llegado esa mañana, apenas ha escuchado a su hijo llorar un par de veces y ha sido porque lo han alejado de Draco. Dormido, lo busca todo el rato con los pies y las manos y Draco se deja. De hecho, en ese momento tiene los ojitos abiertos y parece que mira a Harry muy concentrado, como si en vez de tener unas semanas de vida fuera un adulto a punto de tomar una decisión muy importante.
— ¿No tienes la sensación de estar viendo su futuro? —pregunta a su lado Sirius, divertido, haciendo que su anfitrión levante una ceja.
— Son bebés, Sirius —le trata de contener Remus con voz tranquila, porque sabe que su compañero disfruta especialmente sacando de quicio al marido de su prima.
James no responde, solamente da un sorbo a su refresco y mira a su compañero, su amor, que ha colocado entre su cabello oscuro una de las magnolias blancas y piensa en cuanto representa esa flor todas las cosas que su parte humana aman de él: nobleza, belleza, perseverancia. Y se esponja por dentro de pensar en lo afortunado que sería Draco Malfoy de llegar a sentir algún día por su hijo todo el amor que él siente por Regulus.
