En la vida de Draco ha habido dos grandes rivalidades. Una de ellas, fruto de una atracción que él ha querido encubrir siempre, para protegerse y para proteger a su supuesto rival. La otra, la otra es es mucho más peligrosa.
Siempre en paralelo, siempre amigos en la superficie, pero acumulando odio, siempre compitiendo para destacar por encima del otro. El primero en la clase, el primero en tomar la marca, el primero en aparentar estar arrepentido para volver a su octavo año.
Hace días que Draco observa de reojo a ese peligroso rival, porque hay en él una sonrisa que le inquieta, un rictus de superioridad que le da palpitaciones. Hasta esa mañana en que llega a desayunar y junto a su plato hay una ramita de flores blancas.
Supersticioso, no la toca siquiera, para los sangrepura franceses el lirio del valle es la planta que adorna las tumbas. La desaparece, pero sabe que es un mensaje e instintivamente mira al frente, hacia la mesa de los leones.
Durante unos minutos, desea que aparezca con todas sus fuerzas, porque la sonrisa de Nott ha cambiado a ser la mueca cruel de su propio padre cada vez que planeaba la muerte de un rival. Empieza a notar que un sudor frío la cae por la espalda, a sentir como si alguien estuviera atravesándole el corazón con millones de agujas. Y se levanta. Y corre, algo que no haría por nadie más, corre lleno de pánico por todo el castillo hacia la torre de Gryffindor, apartando frenético a gente a su paso.
Su mente de pocionista grita, repasando los usos del lirio del valle, tratando de recordar todo lo que sabe de sus propiedades para matar. Cuando llega a Gryffindor, justo salen Granger y Weasley. Mira tras ellos, con una mínima esperanza.
— ¿Qué ocurre, Malfoy? —pregunta Granger.
— ¿Y Potter?
— Durmiendo —responde Weasley con aspereza.
— ¿Lo has visto?
La pareja le mira con extrañeza.
— ¿Lo habéis visto? ¿Habléis hablado con él?
— ¿Qué pasa, Malfoy? —interroga Granger, asustada por su tono histérico.
No responde, sólo los aparta y se cuela en la sala común de Gryffindor. Y corre escaleras arriba, deseando cruzarse con su falso rival en las escaleras, frotándose los ojos de sueño, pero no.
Localiza con facilidad la habitación de Lis cinco de octavo año y hay un pensamiento fugaz de que los leones son tan estúpidos que necesitan tener su nombre en su puerta para no perderse.
Entra y hay cinco camas, cuatro con las cortinas abiertas, una cerrada, y se abalanza a abrirlas.
— No, por favor, no —murmura en una retahíla infinita mientras hace todos los hechizos que se le ocurren.
Pero no pasa nada, sobre la cama los ojos vacíos brillan opacos, muy abiertos, muertos. Y sobre la mesilla hay otra ramita de lirio del valle
