— Draco…

El sigma levanta los ojos hacia el guardia frente a él. Cansado, deja caer la mirada de nuevo, así que no ve la mueca frustrada del gran alfa al sentarse junto a él.

— Dame las manos.

Draco estira hacia delante las manos esposadas y Harry se las quita con cuidado. Quiere masajearle las muñecas doloridas e irritadas después, pero opta por no hacerlo, nunca es buena idea invadir el espacio personal del activista.

— ¿Qué ha sido esta vez? —le pregunta en voz baja.

— Fuimos a ese bar que te dije. Todo iba bien, estábamos viendo todos juntos el fútbol, hasta que un beta descerebrado tuvo que insultar a uno de los jugadores llamándolo omega de mierda.

— Y tuviste que meterte.

— Nadie los defiende, Harry. Estoy tan harto de todo esto… yo… lo único que me libra la mitad de las veces de que se metan conmigo directamente es mi tamaño.

Harry lo sabe, trabaja en los calabozos de la cárcel para sigmas desde hace años, Draco es seguramente el detenido más habitual y también el que se libra siempre porque su padre es un alfa poderoso.

— Te puedes ir ya, tu padre ha pagado la fianza —le dice con cuidado.

El rubio es un activista furibundo que defiende los derechos de las castas inferiores. Odia a los alfas con todo su corazón y Harry puede entenderlo, pero esos ratos en los que se sienta a charlar con él cada vez que lo detienen son de lo poco bueno de su trabajo.

Pero Draco no se levanta, sigue allí con la cabeza inclinada y los puños apretados en el regazo.

— ¿Te gusta esto? este trabajo —le pregunta en un murmullo, todavía mirando al suelo, es el único guardia que no ha cambiado en todo ese tiempo, los demás han trabajado por ascensos que los sacaran de la pequeña prisión.

— Es el que pude conseguir. No soy una lumbrera como tú.

Ahí sí que Draco levanta los ojos y lo mira. No son solo las castas, también son las clases sociales, a él le molesta que en la maldita sociedad en la que viven todo esté compartimentado. Él proviene de una familia rica, ha podido estudiar por eso y porque no es un omega sujeto a todas las restricciones que implica ser la casta que se espera sea reproductora y sumisa. Harry es un alfa, un niño abandonado al nacer que ha crecido en una institución, grande y fuerte como los de su casta, pero con muy pocas opciones. Y guapo, y considerado, seguramente la persona más amable que Draco conoce, y eso que él suele ser espinoso y problemático cada vez que se cruzan.

— Yo creo que eres mucho más inteligente de lo que piensas, Harry —le responde con fiereza.

El guardia se sonroja. La intensidad del sigma siempre le revuelve. Le gustaría tener su pasión por las cosas. Se sonroja aún más cuando el rubio le sujeta la barbilla para mirarlo aún más intenso.

— ¿Por qué nunca te huelo? —pregunta, de repente consciente de que puede oler vagamente a los detenidos que han pasado ese día por allí, pero el gran alfa siempre huele a ropa limpia y a desodorante nada más.

— Llevo un parche supresor. A muchos de los presos les molesta el olor de un alfa.

Muy considerado, eso es seguramente lo que más le gusta de él.

— Quítatelo —le ordena.

— No es una buena idea, Draco.

— Por favor, Harry, quítate el parche —le pide, suavizando el tono.

Despacio, el guardia obedece, la petición del sigma hace que quiera arrodillarse y enseñarle el cuello, aunque parece que eso va en contra de todos los cánones biológicos que les enseñan en la escuela. En lugar de eso, tira despacio del parche sobre su glándula en el cuello y espera, mirando al suelo. Por eso no ve como los ojos de Draco se abren muchísimo al sentir su olor.

— ¿Lo sabías?

— Odias a los alfas, Draco. Solo… solo es un olor, seguro que ahí fuera hay una persona brillante como tú que también huele bien para ti.

— Oh, Harry —responde, arrastrándose a su regazo para hundir la nariz en su cuello— todo este tiempo… hueles a lirio, mi flor favorita.

— Lo sé, lo dijiste cuando aquel tipo te mandó rosas y decidiste que era un hortera.

— Ni siquiera sé si estás soltero —inquiere, acariciando la piel morena con la nariz.

— ¿Y quién iba a…?

Los labios de Draco cortan la protesta acerca de quién querría a un hombre como él, dándole de paso una respuesta a esa duda que lo ha martirizado durante años: sí, a pesar de su origen, a pesar de no ser muy listo, tiene dones de sobra para atraer al sigma rebelde por el que se ha mantenido en ese triste trabajo los últimos años, aspirando con ansia su olor cada vez que se acercaba a quitarle las esposas