— Dile algo, Harry por favor —suplica Scorpius.

— No se te ocurra meterte, esto es asunto entre mi hijo y yo —le dice Draco, rabioso.

A Harry le duele la frase como si le hubieran dado una patada en el pecho. Abandona la habitación respirando para no mandar a la mierda a su marido y sale al jardín dando un portazo.

Ha criado a Scorpius como si fuera suyo. Lo ha amado con locura desde que entró en su clase en la escuela infantil con tres años y su carita de terror. Y está de acuerdo con Draco en que la chica con la que sale, a la que pretende proponer matrimonio con solo veintidós años, es demasiado para él y su bondad natural, una cazafortunas atraída por su apellido. Pero duele, le duele que Draco acabe de borrar casi veinte años de paternidad con una sola frase.

Escucha a padre e hijo gritar durante un buen rato y finalmente un portazo. Al cabo de unos segundos, Draco sale al jardín también y lo mira. Sabe que va a disculparse antes de que abra la boca.

— Lo siento —murmura, sentándose en el banco junto a él, manteniendo un poco la distancia porque sabe que la ha cagado mucho.

Harry no responde, tiene entre los dedos uno de los iris que rodean al banco. Es su parte favorita del jardín y Draco lo sabe, por eso el banco está rodeado de esa variedad de un naranja rabioso que una vez Harry dijo que le recordaba al cabello de su madre.

— Padre es el que cría, me lo has dicho tú muchas veces.

— He perdido los papeles, lo siento de verdad, sabes que no…

Mueve la cabeza, impotente. Draco no es de palabras, es de hechos. Cada vez que no sabe cómo decirle algo, aparece un macizo nuevo de flores. Pero en ese momento necesita palabras, necesita que se explique.

— No me gusta esa chica para él.

— A mí tampoco. Has dado por hecho que me pondría de su parte.

— Porque siempre lo haces.

— Eso no es cierto y lo sabes. Eres tú el que me pides que sea el poli bueno muchas veces para que no parezca que cedes a todo fácil. Le has dejado creer que eres el padre estricto como lo fue el tuyo contigo en lugar de decirle a tu hijo cuánto lo quieres.

— Nuestro hijo.

— Tu hijo, Draco. Al que acabas de gritar y se ha ido enfadado porque en lugar de acercarte a él y hablar de hombre a hombre y con el corazón en la mano, le has tratado como el niño que ya no es. ¿Has olvidado que tu padre me llamó cazafortunas cuando le dijiste que querías casarte con un humilde profesor?

Draco suspira y se frota los ojos con las manos. Como está de espaldas a la puerta del jardín no sabe que no están solos, allí en el primer escalón su hijo se muerde el labio.

— Tengo miedo, Harry. Creo que no sé hablar con él. Y me desespera pensar que se vaya a lanzar a una decisión insensata.

— Solo necesitas ser honesto. Esto —señala las flores— es hermoso y me encanta, pero no sustituye a las palabras. Tienes que decirle a Scorpius que le quieres por encima de todo y solo quieres protegerlo.

— Mierda, parece tan fácil cuando lo haces tú.

— Bueno, la práctica hace al maestro, cariño —se levanta y le palmea el hombro.

Al seguirle con la mirada, Draco se da cuenta de que Scorpius los mira a los dos con lágrimas cayendo por la cara. Al pasar junto a su hijo, Harry se pone de puntillas y lo abraza con fuerza.

— Ten paciencia con él —le dice al oído.

Y abandona el jardín sabiendo que a sus espaldas ellos se abrazan y que al día siguiente habrá un nuevo macizo de iris, un mensaje de amor y agradecimiento