Empezó a desnudarse nada más salir del flu, gruñendo por lo bajo mientras dejaba un rastro de ropa a su paso. Pero al entrar al cuarto de baño ya había alguien usando la ducha. Alguien rubio, alto, de piel blanca y un precioso tatuaje en el costado que había acariciado miles de veces.

— ¿Se te olvidó decirme que habías hecho una entrevista para Corazón de bruja?

Draco dio un pequeño bote, no lo había oído entrar y lo último que esperaba era su voz hostil y encontrárselo apuntándole con la varita, desnudo y con cara de cabreo.

— Fue hace semanas.

— ¿Oh, hace semanas el corazón del príncipe del quidditch tenía dueña? ¿Se te olvidó decirme eso también?

Dejó escapar una pequeña risa y tiró de su muñeca para meterlo con él en la ducha. Le quito la varita de la mano, la dejó sobre el lavabo y procedió a besarle mientras otras dos varitas, bastante interesadas a pesar del enfado, se frotaban entre ellas.

— No le dije eso a Brown, ella interpretó mis palabras como le dio la gana, ya deberías saber cómo va.

Harry apoyó la frente en su clavícula y dejó durante unos segundos que los largos dedos le colocaran la cabeza bajo la alcachofa para mojarle el pelo.

— Odio a la prensa. Y odio llevarlo en secreto, Draco. Mis amigos creen que estoy destrozado porque eres hetero y tienes novia.

— No fue idea mía.

— Odio al presidente de tu club que cree que así vendéis más entradas. Odio que seas tan jodidamente atractivo y odio que me estés lavando el pelo en lugar de…

Draco volvió a reír y a besarle mientras bajaba la mano cubierta de espuma para acariciar juntas las durezas que se habían seguido frotando entre ellas mientras Harry despotricaba.

Harry acarició el tatuaje, sintiendo que dejaba un rastro de piel de gallina a su paso. Con los ojos cerrados contra el hombro de Draco y un jadeo en la boca, podía evocar cada uno de los detalles del hermoso lirio de fuego de un rojo vibrante, exactamente igual al que lucía en su propio costado, el símbolo para ellos de la pasión que les había unido y que hacía ya un tiempo que se había convertido en un amor que necesitaba gritar al mundo