Zootopia no me pertenece, es propiedad de Disney.


~Blueberry Pancakes.


Probablemente ella había cometido un error.

Judy repasó en su cabeza los ingredientes una vez más: harina, leche, moras, banana… y aún así… aún así algo había salido mal.

En sus recuerdos habían quedado aquellos panqueques que su madre hacía parecer tan fáciles de cocinar y que ella había querido traer a su presente. Con tan sólo una sacudida del batidor y unos cuantos minutos frente a la estufa, Bonnie Hopps lograba vez con vez poner sobre la mesa los panqueques de mora más esponjositos, jugosos y apetecibles de todo Bunnyburrow.

Pero los panqueques de Judy parecían más una escena del crimen que un desayuno delicioso.

El saludable color morado de las moras había sido reemplazado por un rojo intenso que manchaba la sartén, la encimera e incluso su ropa.

Ambos lados de cada panqueque tenían una coloración más parecida a la del carbón de la que deberían. Y ni hablar del humo que provenía de la sartén y que amenazaba con impedirle respirar en cualquier momento.

Lo que dejaba a Judy con una torre de panqueques demasiado cocinados, de apariencia sanguinolenta y probablemente asquerosos.

La profunda concentración de la coneja le impidió observar al zorro acercarse, tomar un trozo de un panecillo y llevárselo a la boca.

― ¡Hmm! ―exclamó Nick, ante la mirada horrorizada de Judy― ¡Delicioso!

El rubor y el horror compitieron en partes iguales en el rostro de la coneja gracias al cumplido de Nick. Al cumplido, sí, no a la voz adormilada del zorro ni a la sonrisa con colmillos y todo que le dedicó.

― ¿Zanahorias? ―preguntó él, tras unos minutos de inusual silencio por parte de Judy.

Y entonces, ella explotó― ¡No lo entiendo! Hice todo bien pero… ¡eso no está bien!

Nick observó los panqueques con ojo crítico. Si bien aquel desayuno no estaba destinado a publicarse en un libro de cocina, su sabor no estaba nada mal… sin embargo, la pequeña arruga en el entrecejo de Judy lo obligaba a no opinar más y entrar en acción.

Con un movimiento fluido, Nick bajó la intensidad de la llama al mínimo. Sus ojos no se despegaron de la mezcla de ingredientes mientras se lavaba las patas delanteras y, con una naturalidad alarmante, se apoderó del sartén y la espátula.

El zorro soltó otra sonrisa colmilluda y sus ojos verdes observaron con un aire de complicidad a la coneja.

Era probable que algún instinto de presa primitivo obligara al corazón de Judy a acelerarse y a, contradictoriamente, dar un paso hacia adelante.

Nick asintió con la cabeza, felicitándose a sí mismo por haber disuelto la ansiedad de una coneja autoexigente y a su vez, depositó una suave caricia en la oreja de Judy con una de sus garras, agradeciéndole sin palabras el intentar algo nuevo por él.

Nick carraspeó, luchando por no arruinar el momento haciendo mención del rubor de Judy o acrecentándolo al decirle lo adorable que se veía usando su camisa como pijama y con voz firme dijo:

―Intentémoslo de nuevo.