Harry llegó a casa y, nada más entrar, escuchó una conocida música que venía del salón. Con un suspiro, colgó la capa en el perchero, se descalzó y afrontó el pasillo.
Al entrar, el sonido de los créditos finales de "Desayuno con diamantes" se mezcló con el de los sollozos de su novio, que sostenía muy digno, o eso creía él, un pañuelo sobre su nariz. Junto a él en el sofá, una maceta de pensamientos morados.
— Cariño… —murmuró, dejando la maceta con cuidado sobre la mesita y sentándose junto a él.
— Era su película favorita, Harry…
— Lo sé, mi vida, lo sé —lo sujetó contra su pecho y lo sintió sollozar de un modo que le partía el alma.
— Siempre la veíamos en su cumpleaños. ¿Te acuerdas? Planes pansys.
— Claro que lo recuerdo, amor. Y entiendo que la echas de menos, pero…
— Se ha ido…
— Draco —lo separó de su cuerpo y le secó las lágrimas con los pulgares—, sé que es tu mejor amiga, y que la echas de menos, pero Berlín está a un traslador de distancia.
— Pero yo quiero que esté aquí hoy, conmigo… haciendo planes pansys —contestó con un puchero.
— ¿Quieres llamarla?
— El flu es una mierda —negó, frotándose los ojos como un niño, algo que siempre hacía el corazón de Harry apretarse un poco.
— Hermione nos instaló el programa ese para el ordenador, ¿recuerdas?
Las pestañas rubias se movieron varias veces. La tecnología muggle aún le generaba una gran desconfianza.
— Puedo ayudarte si quieres, me dejó instrucciones escritas para casos como este. Ella ya sabía que os resultaría difícil estar separados.
— Sí, sí, —Hizo un gesto malhumorado con la mano, había desarrollado en poco tiempo una enorme animadversión hacia Hermione porque la culpaba de que se hubiera llevado a su mejor amiga a Berlín por una oportunidad de trabajo— Granger siempre siendo un genio. ¿Podemos llamar a Pansy?
Harry rio por lo bajo y se levantó para buscar el portátil, rezando para que las chicas estuvieran en casa y con el ordenador encendido porque si no iba a tener que aguantar horas y horas de sollozos y malhumor
