Albus trabajaba en el pequeño laboratorio que tenía en su casa con el ceño fruncido. Sobre la mesa, distintas partes de la Bee Balm que tenía su padre en el jardín, que había destrozado horas antes en medio de un ataque de ira. Esa mata, con vistosas flores rojas, lilas y blancas, la habían plantado sus padres al nacer él, un símbolo de protección y prosperidad que además le había proporcionado durante su infancia gran cantidad de infusiones para el dolor de garganta.
Sentía todavía el enfado a flor de piel, mezclado ahora con la congoja de haber destrozado algo que era un símbolo de amor y cuidado. Por eso no se giró cuando escuchó unos nudillos golpear la puerta ni cuando sintió los pasos cautos pero inconfundibles de su padre entrando en la pequeña habitación.
— Al…
— Déjame trabajar, por favor —le contestó con voz tensa.
— Albus, hijo, no podemos dejar esto así.
No le contestó, se limitó a apretar los labios y comenzar a trocear los tallos para secarlos para conservarlos.
— He visto lo que le has hecho a la Bee Balm. Me alegra que vayas a aprovecharla al menos.
Con el cuchillo aún en la mano, Albus se giró hacia su padre, los ojos verdes brillantes y el puño de la otra mano apretado alrededor de un par de tallos.
— ¡Deja de ser tan amable y comprensivo!
— Hijo…
— Yo no… no puedo contigo cuando te pones en ese plan, papá. ¡Cabréate! ¡Grita un poco! he destrozado algo que significaba mucho para ti. ¿O no es así? ¿Te importaba una mierda y he pasado todo este tiempo pensando que era algo que nos unía?
Paró para respirar, jadeante, con la cara enrojecida, encontrando en la cara de su padre la misma rojez y los ojos llenos de dolor.
— ¿De verdad quieres que grite? Maldición, Albus, ¿por qué contigo tiene que ser todo tan difícil?
— ¡No soy yo el que se está follando al mismo Draco Malfoy al que se supone que odiabas! Dime, papá, ¿lo haces por fastidiarme? ¿de todos los hombres que hay tenías que liarte con el padre de mi novio?
— ¡Lo mío con Draco no tiene nada que ver contigo! —gritó Harry, las venas de su cuello hinchadas y los brazos tensos.
— Pero es que si tiene que ver, papá, sí tiene que ver. Llevo toda mi vida tratando de no parecerme a ti, y ahora vienes tú y somos…
— ¿Todo este berrinche es por que la gente va a creer que tenemos los mismos gustos?
— ¡¡Sí!! es… de risa, joder.
Harry se frotó la cara y Albus notó cómo cogía aire con ímpetu varias veces.
— Mira, hijo —le dijo finalmente, con un tono mucho más tranquilo—, yo moriría por ti. Por vosotros tres, iría al fin del mundo, me pelearía con todo lo que se me plantara por delante. Y precisamente por eso no se me ocurriría hacer nada que os perjudicara. Siento que te moleste mi relación.
— Pero no vas a dejarle —respondió Albus también con un tono más moderado.
— No. Vosotros sois mi vida, pero él… no creía volver a sentirme así después de perder a tu madre, Albus. ¿Crees que no me ha dolido lo de la planta? claro que me ha dolido, recuerdo lo felices que éramos tu madre y yo cuando la plantamos juntos, el mimo con el que la cuidó durante años. Pero me duele más aún vernos así.
Albus dejó el cuchillo y acarició con cuidado las flores que empezaban a marchitarse sobre la mesa, sin mirar a su padre.
— ¿Le quieres?
— Sí. Si solo fuera algo ocasional no estaríamos teniendo esta conversación. ¿Acaso no quieres tú a Scorpius? Sabes cómo son, cómo se entregan. Claro que nos parecemos, Albus Severus, y ahí están ellos para recordárnoslo, pero eso no es algo malo. Porque además tú tratarás de no cometer mis errores como yo intenté no cometer los de mi padre.
Su hijo no contestó, se limitó a asentir con la cabeza mientras volvía al trabajo de cortar. Apretó su hombro con cariño y abandonó el laboratorio.
