La primera semana del auror Malfoy en la Reserva fue… decepcionante para él. Ni un avance, ni una mirada, una sonrisa, solo órdenes secas.

Pero eso era con él nada más. Draco observaba a su nuevo jefe a todas horas, estaba convencido de que hasta en sueños, y estaba asombrado del cambio radical que se había operado en él desde que se había marchado de Inglaterra.

Harry pertenecía a ese lugar. Sonreía a la gente de la Reserva, siempre, incluso a los habitantes de los pueblos de alrededor, que eran en su mayoría renuentes a la presencia del santuario de dragones. Se mostraba abierto y amistoso, incluso lo había escuchado reír a carcajadas en el comedor comunal.

El hombre con el que había mantenido una relación los últimos años no estaba allí. Ni un rastro de tristeza ni de ansiedad social, nada. Y estaba bastante claro que no era solo el paisaje o el clima.

Para Draco el motor de cambio de Harry era obvio: se había alejado de él y se había acercado a Charlie Weasley.

El responsable de la reserva había sido agradable con él desde el minuto uno. Era respetado por la gente a su cargo, entre otras cosas porque no se agarraba a ese mismo cargo para no salir de la oficina.

No había entre Harry y él contacto físico alguno, pero no hacía falta, Draco lo sentía, en las miradas que se cruzaban: eran pareja y eso le hacía sentir una profunda derrota y a la par una curiosidad insana, porque Charlie no se había opuesto en ningún momento a su presencia allí, como si estuviera dejando a su pareja la oportunidad de reconsiderarlo.

El día que se cumplía su primera semana, Draco deambulaba por la Reserva, fuera de servicio. Eran las zonas que aún no había visitado, el hospital que daba servicio a los trabajadores y a los animales. Y tras él algo que le dejó con la boca abierta: un invernadero.

Entendió al entrar que no era un lugar para la belleza, sino para cultivo de ingredientes de pociones. Reconoció al primer vistazo muchas de ellas, incluida una situada en la zona más soleada, llena de grandes flores de vistosos colores.

— La traje de Hawaii hace tres años —le dijo una voz grave a su espalda, pillado acariciando las flores.

— Tienen muchos usos en pociones —contestó, aunque sin girarse.

— Y muchos significados.

Draco se sintió aludido por el regalo que le había hecho a Harry al llegar, que seguía sobre su mesa.

— Dicen que las antiguas brujas hawaianas las usaban en filtros de amor —comentó, por decir algo, tenso por la cercanía silenciosa del domador.

— No va a mandarte a casa, Malfoy.

— No estoy yo tan seguro de eso.

Charlie puso su gran mano sobre su brazo para que se girara a mirarle.

— No lo hará.

— ¿Por qué estás tan tranquilo con todo esto, Weasley? —no pudo evitar preguntar, híper consciente del calor de esa mano.

— Porque si ha de elegir, será su decisión y la acataré. Quiero que sea feliz, ante todo.

— Eres demasiado noble para tu propio bien.

El pelirrojo se encogió de hombros.

— He crecido compartiéndolo todo, no tengo sentido de la propiedad. Creo que de aquí podría salir algo que nos hiciera bien a los tres. Piénsalo, tiempo es lo que nos sobra porque no te vas a marchar.

Y se dio media vuelta, dejándolo junto al magnífico hibisco