Hacía meses que no lo escuchaba. El espeluznante aullido, el rascar de las garras en su puerta, el gemido lloriqueante cuando las barreras mágicas quemaban al licántropo. Pero esa vez hubo algo diferente al día siguiente: ante su puerta había un pequeño recipiente con agua y en él un lirio de agua de color blanco.
Lo entró a casa, sin poder evitar echar un vistazo a su alrededor antes de cerrar la puerta. Nada, su patio estaba vacío, ninguna forma viva se movía entre el espacio vallado y el bosque.
Colocó el pequeño recipiente sobre la mesa y observó la flor blanca. Era inevitable buscarle significados, al fin y al cabo en algún momento de su vida lo habían educado para ser un perfecto sangre pura apegado a las tradiciones. Resurrección, pureza y majestuosidad, era inevitable tomarlo como una idea de un nuevo comienzo, algo tentador después de tantos años de autocastigo.
Llevaba casi diez años viviendo como un eremita, solo, aislado en esa pequeña casa en medio del campo. Años sin hablar apenas con otros magos, pasando en solitario las fiestas, cumpleaños, dejando que su corazón se endureciera a base de soledad. Y casi desde el principio, ese lobo había aparecido cada mes.
Después había desaparecido durante año y medio, un largo año y medio en el que Draco se había sentido aún más solo, añorando algo tan remotamente parecido al contacto con otra criatura como podía serlo escuchar al licántripo respirar al otro lado de su puerta.
Nunca había sido violento, nunca, simplemente se sentaba en su porche y gimoteaba, como si llorara por no poder llegar a él. Pero tampoco nunca le había dejado un presente.
Esperó impaciente la siguiente luna llena, preparándose, haciendo acopio de hechizos defensivos que en el fondo creía que no iba a necesitar. Y estaba allí, tras la puerta, cuando escuchó los pasos de una criatura pesada sobre la crujiente madera del porche.
Abrió la puerta de un tirón, dándose a sí mismo valor, y ahí estaba, grande y de un profundo color negro, sujetando con cuidado un recipiente de cristal con un nuevo lirio de agua, esta vez de color rosa.
Se quedaron mirando un eterno minuto, los ojos verdes del licántropo clavados en sus alas abiertas, blanco y negro, criaturas capaces de de matar con muy poco esfuerzo sintiéndose expuestas y frágiles.
— Potter… —murmuró, impresionado.
De la garganta del lobo surgió un largo gemido y supo sin dudar que estaba haciendo un esfuerzo para no acercarse a él. No iba a atacarle, no al menos de un modo dañino.
Extendió las manos despacio y dejó que Potter dejara con cuidado entre ellas el recipiente. Lo dejó con el mismo cuidado sobre el mueble junto a la puerta y después la cerró tras él. Avanzó descalzo hasta el límite del porche y miró atrás justo antes de echarse a volar.
— ¿Vienes? —preguntó.
Y el lobo asintió una sola vez antes de saltar al césped del jardín, claramente feliz
