Disclaimer: Naruto no me pertenece.
Capítulo 2
Hada falsa
.
.
.
.
.
.
―Bienvenidos, Hinata-sama y Toneri-sama ―Kanade, la ama de llaves los recibió en la entrada, quitando de los hombros de su esposo el abrigo para dejarlo en el clóset cercano para el día de mañana llevarlo a la tintorería.
Toneri le dedicó una sonrisa pequeña a la mujer mayor con la cual compartía casi toda la vida juntos desde la muerte de sus padres, prácticamente siendo una figura materna.
―No debiste quedarte despierta tan tarde, Kanade-san ―Hinata se preocupó por el estado de salud de la mayor, no era joven como antes.
La mujer le dedicó una sonrisa a ambos para tranquilizarlos. Todo estaba bien.
―Agradezco la preocupación, Hinata-sama, pero me encuentro de maravilla. Me siento aliviada de que hayan llegado a casa.
Hinata tomó las manos de la anciana sobre las suyas, acariciando la piel de ésta con cierta ternura. Le miró con dulzura, era una mujer gentil a pesar del aspecto estricto en sus facciones.
―Ya estamos aquí, Kanade-san. Puede ir a descansar, mañana será otro día.
La mujer asintió, sin oponerse a las palabras de su señora.
―Si no hay nada más que pueda hacer por ustedes, me retiro entonces. Buenas noches, Toneri-sama e Hinata-sama.
―Buenas noches, Kanade ―se despidió el Otsutsuki, viendo a la mujer alejarse hacia el interior de la casa, directo a su dormitorio, apagando las luces a su paso.
Hinata al no ver señas de la mujer suspiró con algo de recelo. Kanade-san era una mujer casi de 60 años y soltera, dedicó completamente su vida a criar a Toneri en cuanto éste quedó huérfano. Por supuesto que Kaguya-san, la abuela de Toneri, también formó parte de la crianza de su esposo pero podía percibir, simplemente por la mirada cariñosa que el hombre le daba a Kanade-san, que ella tenía más influencia sobre su marido que la propia Kaguya Otsutsuki.
―Es una mujer de roble, no debes preocuparte tanto por ella.
―Está muy grande, Toneri. No quisiera que nada malo le pasara. Es tan buena. Quisiera que alguien la mimara.
Él suspiró. Pensaba igual que Hinata pero al verdad era que Kanade era demasiado terca cómo para dejarse mimar y dejar las tareas a un lado.
―Es una mujer algo complicada ―razonó con su mujer, caminando a las escaleras, directo a la habitación matrimonial―. No la lograrás convencer, estuve rogándole casi diez años para que se tomara unas vacaciones y hasta el día de hoy se sigue negando.
Toneri no mentía, ella también lo intentó; Kanade era difícil de convencer. Bien decían que la gente entre más vieja, más terca.
No tardaron en llegar a la habitación principal. Papel tapiz de color beige con un toque dorado, cama amplia, tamaño King Size, decorada con colchonetas de calidad a juego con las paredes, un amplio cuarto donde una pequeña sala estaba situada al lado del enorme ventanal con una pequeña librería al alcance donde estaban las novelas favoritas de Hinata, mayormente de misterio, junto con la colección de libros infantiles que gustaba comprar; piso alfombrado para amortiguar los pasos y no incomodar o molestar a las visitas del primer piso, un baño lujoso con un enorme espejo capaz de cubrir gran parte de la pared con las divisiones marcadas y los productos de cada uno en su respectivo lugar, un jacuzzi, una regadera con puertas transparentes, sanitario último modelo, luces tenues, aceítes costosos, velas aromatizadas y productos que gritaban el lujoso estilo de vida que llevaban ambos.
Hinata se sentó en el taburete del pequeño tocador que poseía desde pequeña, un regalo de la abuela, quitó los aretes que comenzaban a pesarle y desarregló el chongo elegante que se hizo para la reunión.
El reflejo en el espejo le dejó observar la manera en la que su esposo le sonreía, sentado en la cama, viéndola desde su ángulo. Hinata se sintió algo sonrojada y se dedicó a fingir no notarlo, desmaquillándose.
―¿Te he dicho lo hermosa que eres?
―Miles de veces ―respondió Hinata, con una pequeña sonrisa―. Pero para ti nunca es suficiente ―añadió.
Toneri amplió la sonrisa. Era verdad, para él no había mujer más hermosa que ella.
―Es porque nunca lo es. No me cansaré de repetir lo hermosa que eres.
―¿Estás intentando coquetear conmigo?
―Siempre lo hago.
Él se levantó de la cama. Ya no traía la corbata y se había arremangado las mangas de la camiseta formal de marca. Hinata se sintió ligeramente nerviosa pero no negó las caricias de su marido sobre sus hombros descubiertos ni la manera en que los dedos masculinos acariciaban su piel como un rito santo.
―Cada día te amo más. No dejo de repetirme lo afortunado que soy por tenerte a mi lado, proclamarte mi esposa y saber que eres mía.
Hinata soltó una risa debido a las cosquillas en su piel. Toneri sabía sus puntos débiles, ese travieso.
―Eso suena algo posesivo de su parte, Toneri-san.
―Soy posesivo cuando se trata de ti. Es uno de tus efectos sobre mí, mi querida Hinata.
El albino besó su hombro descubierto, haciendo que el cuerpo de Hinata temblara bajo el encanto de ese hombre. No solo era atractivo, era hábil con esas manos artesanales. Aún así, el exceso de gentileza le hacía sentirse desesperada, inquieta. Los besos de su esposo siempre eran tiernos, delicados, suaves y lentos, buscando el disfrute antes de la feroz hambruna por el placer. Le hacían suspirar, era cierto, Hinata no lo negaba, pero siempre se quedaba mirando al techo después de un orgasmo, con la respiración de Toneri en su cuello, besando su oreja con cariño mientras ella lidiaba con la frustración que el encuentro amoroso siempre le dejaba.
La culpa no era de Toneri, era buen amante, esposo y cómplice, lo amaba, por ello decidió casarse con él a pesar de ser al principio un mero convenio para que ambas de sus familias se unieran en un mismo imperio empresarial. Sin embargo, Hinata sentía que había algo malo con ella, tal como su madre.
―Necesito ir al baño, debo limpiar mi cara ―detuvo los besos del albino que soltó un suspiro insatisfecho de no ver cumplidos sus caprichos. Hinata intentó confortarlo a través de una suave caricia sobre sus blancos cabellos cuando éste pegó la frente contra su espalda―. Prometo no tardar ―aseguró al ponerse de pie y encaminarse al baño, dejando en la habitación a Toneri con notable desespero por tenerla en sus brazos.
A modo de disculpa se despidió tiernamente al cerrar la puerta detrás de sí, dejándola en total privacidad, ella y su reflejo. Llevó la bolsa de mano que decidió llevar por esa noche y sacó las cosas del interior. El par de pantys sucias las depositó en el canasto para la ropa sucia, dejó el hidratante de labios en la parte correspondiente de su lado y se miró al espejo.
―Mira lo hermosa que eres ―la voz de su madre, cálida, amable, gentil y lejana.
Los delgados dedos de ella cepillar con cuidado el cabello negro azulado que heredó de su parte y la sonrisa de hada en los labios carnosos y siempre rojos de Hitomi Hyuga.
―Mi pequeña y dulce Hinata se convertirá en una hermosa señorita. Con un cabello largo como el de una princesa del viejo Japón, ojos del más enigmático color jamás existido sobre la Tierra de los Mortales y una belleza digna de la envidia de las deidades.
―¿De verdad piensas todo eso sobre mí, mamá? ―preguntó con anhelo, maravillada por las palabras llenas de miel que salían de la boca de su madre con tanta facilidad, como si fueran una verdad absoluta, una profecía.
―Claro que sí, mi adorada perla de azúcar. Mamá piensa todo eso sobre ti. No lo dudes nunca.
Los ojos repletos de amor de Hitomi brillaron ante el rostro adorable de su pequeña primogénita. Tan igual a ella, tan preciosa. Su pequeño tesoro, el orgullo de toda madre.
―Mamá te ama con todo su corazón.
―Y yo a ti, mami.
El recuerdo era triste con sabor a dolor. No podía evitar regresar a ese tiempo cada vez que se miraba el espejo, con su reflejo, viendo al otro lado las figuras de una mujer mayor con un hermoso cabello negro azulado, vestida con una bata blanca de la más pura seda, labios rojos, pestañas tupidas y ojos del mismo tono que los suyos sonreír enfocada en cepillar el cabello corto de una pequeña vestida con su infantil pijama, abrazada de un peluche adorable de conejo con sombrero.
El recuerdo de Hitomi Hyuga nunca se iba.
Recargó la parte delantera de su cuerpo, con el cabello ocultando el brillo de su mirada, pensativa. Siempre se ponía así al recordar a su madre y lo que hizo. El terapeuta, Kabuto Yakushi, aún no la daba de alta, quería verla por más tiempo, estar seguro de sus estados de ánimo. Hinata decía que se sentía bien en todas las sesiones, a veces Kabuto le creía y otras veces no, era alguien astuto, no era cómo los demás a los que solo les tenía que sonreír, mejillas sonrojadas y unas cuantas lágrimas de cocodrilo para que la soltaran.
Mojó su rostro. Toneri estaba al otro lado de la pared, esperando por ella, no debía hacerlo esperar más. Bajó su ropa interior y desabrochó el delicado vestido, quedando en un sujetador sin tirantes y de algodón que mantenía sus senos en su lugar.
Hinata respiró profundo antes de meter sus dedos al interior de su vagina, frunciendo el ceño al sentir algo de molestias, no había tanta humedad cómo imaginó, eso le hacía un poco difícil jalar del pequeño vibrador. Lo logró de cualquier manera, tenía rato usándolo y se acostumbró. Sacó el jabón especial para lavarlo con cuidado, lo secó con una toalla desechable y lo colocó en su estuche, guardándolo en un lugar secreto. Toneri respetaba siempre su privacidad, por ello estaba confiaba que su marido nunca andaría trasculcando entre sus cosas. Confiaban plenamente en el otro. Además, no era como si Hinata le diera miedo si un día su marido descubría su sucio secreto.
Revisó las cosas en el lavabo, las que sacó de su pequeño bolso, para guardar también el control del vibrador. Mañana lo pondría a cargar nuevamente. Mas Hinata no halló el aparato tono blanco, solo estaban sus pañuelos desechables, gotas para los ojos, tarjetera e identificación y las toallas desinfectantes y húmedas que siempre llevaba. Comenzó a alarmarse. Ella lo echó al interior del bolso, era cuidadosa con esos detalles, nunca sería tan descuidada.
Buscó en todas partes del baño, asustada, tal vez se cayó sin que ella se diera cuenta, o quizás se quedó en el auto. Las posibilidades eran infinitas. Tampoco es que fuera el final del mundo, se compraba otro y ya, el producto tenía un reemplazo pero ella quería saber, con total seguridad, donde quedó el primer control. Dónde cayó.
El recuerdo fugaz de un par de zafiros umbríos la hizo detener el aliento. El hombre con el que chocó en el restaurante, el bolso se le cayó en esos momentos, no se fijó realmente si echó todas las cosas por estar más apresurada en quitar de las manos de aquel extraño las pantys envueltas en su pañuelo.
Oh, no.
«No te adelantes ―se dijo, necesitaba calmarse, no era certero que ese sujeto tuviera en sus manos su control ni tampoco que éste supiera de qué era. No menospreciaba el conocimiento de los hombres pero muchas de las veces los aparatos y productos femeninos eran un total misterio para el sexo opuesto―. No necesariamente cayó en el restaurante, pudo caer en cualquier lado. Da igual, no te escandalices. Todo está bien, no sabe tu nombre, en caso de tener el control en su poder. Le dará igual. Como a ti, no deberías preocuparte, no pasa nada. No volverás a verlo, tal cómo te dijiste al salir del restaurante. El mundo no puede ser tan pequeño».
La idea la asustaba, Hinata no lo iba a negar, aunque también muy en el fondo algo la hacía sentirse inquieta en imaginar si aquel hombre de varonil voz, esencia de madera con un toque cítrico, ácido, ojos como un par de remolinos salvajes de tonalidades azules estaría imaginando lo que ella hizo en el baño con ese pequeño control.
Fue al armario, al otro lado del baño, casi juntos, tomando una de sus habituales batas y otro cambio de ropa interior. Necesitaba concentrarse, dejar las fantasías a un lado y regresar a la realidad.
―No seas como tu madre ―escuchaba a su padre repetirle intensamente aquella frase.
Los ojos de él nunca se despegaron de los suyos, ni siquiera su rostro lleno de lágrimas fue lo suficiente para aplacar la ira destellar en los ojos de su progenitor. Punzadas dolorosas en el pecho, el frío recorrer todos sus huesos y esa sensación de abandono al ver todas esas figuras de negro, personas sombra, despedir a Hitomi Hyuga.
Todos lloraban, fingían o jugaban a ser el mejor actor del año. Las cámaras estaban ahí, era un rumor que el dinero de papá no podía borrar, no totalmente. La vigilancia que contrató estaba al tanto de los sucedido, por ello la exageración.
Era un funeral, algo íntimo que su padre tornó en un acto público.
Aunque de todos ellos, su padre era el que realmente mostraba sus verdaderos sentimientos.
―Deja de vivir en las fantasías y regresa al mundo real, Hinata.
―Regresa al mundo real, Hinata, donde eres una buena esposa, una mujer feliz, completamente satisfecha con tu vida, tu relación y tu esposo. Esa es tu realidad ―se repitió a sí misma, colocándose la bata de seda color melocotón sobre su piel―. Para eso existe el sueño, ahí puedes fantasear.
Hinata arregló su cabello en el espejo de cuerpo completo en el armario. Éste se le había hecho rizos en la parte final, dándole un aspecto natural ahora que no llevaba rastro de maquillaje, aún así notó las leves ojeras debajo de los ojos. Suspiró. Necesitaba hacer algo, Toneri le preguntaría si no estaba durmiendo bien, algo que no quería responder con total sinceridad. Tenía pastillas, la receta estaba ahí, tenía el permiso médico, pero dolía el estómago cuando las consumía.
Se preparó una última vez, repitiendo la misma frase de siempre. Regresa al mundo real, regresa al mundo real, regresa al mundo real. Abrió los ojos. La imagen de su madre, con su vestido rojo, los labios teñidos de rosas rojas, la mirada brillante de hada encantada y ese tacto venenoso sobre sus hombros.
―No soy como tú, madre. Lo siento ―murmuró―. No puedo serlo.
Cuando volvió a abrir los ojos, ella ya no estaba.
.
.
.
.
.
.
Kushina no esperó a salir del restaurante para llevarse del brazo a su hijo menor. Éste se limitó a seguir los juegos de la pelirroja, caminando a una esquina privada, dejando en manos de su padre despedirse de Naruto y novia.
―¿Era necesario ese tipo de comentarios sobre la mesa? ―los ojos violetas de Kushina Uzumaki flameaban―. ¿No pudiste esperar?
Menma se encogió de hombros, indiferente a los regaños de su madre. Eso funcionó que tenía siete.
―Solo hice lo que todo buen hermano hace.
―Menma, no juegues conmigo. Soy tu madre, te conozco.
―Y aún así me invitaste. Creo que no me conoces del todo, mamá.
Kushina suspiró, tremendo dolor de cabeza que ese mocoso le daba. Y pensó que Naruto era el rebelde.
―Sakura es una buena mujer. No está detrás del dinero de Naruto. De ser así, ya me hubiera dado cuenta. Nunca dudes del instinto materno.
―Ah, claro, el famoso instinto materno ―replicó Menma, con una sonrisa ácida―. ¿Funcionó esa vez que quería verlos en mi recital y nunca se presentaron? No deberías confiar tanto en tus corazonadas, mamá ―el Uzumaki menor no se inmutó ante la cara de dolor de la pelirroja―, la edad afecta en esas cosas.
―Menma ―lo llamó de manera triste.
Él solo suspiró, cansado. Por eso no quería ir.
―Solo dije lo que vi. No quiero que después me andes llamando para pedirme buscar a Naruto en cada bar de la ciudad. A comparación de él, yo sí tengo un trabajo serio.
―Tu hermano también tiene un trabajo importante, Menma.
―Claro, golpear pelotas con un bate. Súper importante.
―Menma ―Kushina usó un tono de voz a modo de advertencia. A veces su hijo menor solía ser muy cruel. ¿De dónde habría heredado aquella conducta?
―Perdón, mamá, me llevaré bien con mi hermano mayor a partir de ahora ―dijo en tono burlón, pese al notable enojo reflejado en las facciones de su madre―. En fin, tengo que irme. Dile a Sakura-san que disculpe mi comportamiento, prometo respetarla la próxima vez que no sea tan obvia su fijación por las cosas caras. Especialmente las perlas que, siendo sincero, no le favorecen. Deberías aconsejarle a Naruto que le regale algo de jade o esmeralda.
Rió divertido de la expresión de su progenitora. No le afectaba. Era un adulto, con su vida hecha, no necesitaba el permiso de mami para decir lo que pensaba.
―Te veo la próxima vez, mamá. Despídeme de papá, lo veo muy animado con su futura nuera. Espero que no se decepcione cuando descubra que es una caza fortunas ―no le dio tiempo a su madre de replicarle ni que le dijera que bajara la voz. Se acercó a ella, besando superficialmente la mejilla de la mujer, alejándose rápido―. Cuídate, mamá. Linda cena, deberíamos repetir esto más seguido.
Con el beso de Judas, Menma se fue, dejando atrás a sus familiares en su drama. Él no participaría, prefería seguir siendo el Árbol Número 2, que nunca participaba en las decisiones de los protagonistas principales y se quedaba quieto, observando nada más, sin hacer nada.
El valet del estacionamiento no tardó en mostrarse con su auto. Tomó las llaves y se subió de inmediato. Aceleró en cuanto estuvo adentro por la calle principal, dirección a la zona rica de Tokio donde tenía su departamento. Puso algo de rock para relajarse, observando los semáforos rojos que lo esperaban adelante. Desató la corbata, sentía como si una serpiente lo estuviera ahorcando y bufó, molesto e irritado. No tenía problemas en identificar sus emociones, frecuentemente experimentaba aquello siempre que se reunía con sus padres, además de ver que seguían vivos.
Avanzó cuando la luz cambió a verde, dejándole la vía libre para continuar.
.
.
.
.
.
.
La luz del Sol la despertó, no la alarma de Toneri. Se incorporó en el mullido colchón y espantó los rastros de sueño. Hinata no se avergonzó de mostrar sus senos completamente desnudos, observando el resto de su ropa descansar en el taburete de su tocador. Vio a su esposo dormitar a su lado, con respiración suave y casi silenciosa. La imagen resultó enternecedora que no pudo evitar pasar sus dedos por los cabellos revueltos del albino.
Se puso de pie sin importarle la desnudez de su cuerpo, yendo hacia sus prendas y volverlas a utilizar. Lavó sus dientes e hizo sus necesidades, abriendo la regadera para bañarse con agua fría. Tembló pero no se quejó, había algo de masoquista en ella. Toneri siempre le decía que tuviera cuidado, no quería que se enfermara y ella le decía "Sí, querido" para luego no hacerle caso. ¿Qué le haría Toneri si veía que no le hacía caso? ¿La castigaría? ¿Le haría bañarse con agua caliente? ¿O le daría una lección?
Estudió su cuerpo libre de marcas. Toneri era tan considerado, no quería arruinarle la piel con las uñas ni los dientes, siempre procuraba besar en lugar de morder. Las marcas de anoche resbalaron de su cuerpo con demasiada facilidad.
Limpia, Hinata salió de la ducha, usando una bata y con el cabello escurrido. No tenía por qué levantarse temprano, Kanade siempre le hacía el desayuno a Toneri, mientras ella bebía su té de hierbabuena en la terraza, viendo el jardín, disfrutando del aire mañanero y la primera oleada cálida del Sol tocar su piel, sentir el pasto sobre sus pies desnudos y tararear en su mente melodías infantiles.
Secó su cabello con la secadora silenciosa que Hanabi le regaló el año pasado, siendo útil para no despertar a Toneri. Se puso sus cremas e hizo especial énfasis en las leves ojeras. Dio lubricación a sus ojos a través de las gotas y lista. No usaba maquillaje cuando estaba en casa, solo en reuniones o eventos especiales.
Casi no salía a no ser que fuera necesario. No disfrutaba mucho del exterior, siempre había sido así. Era una persona hogareña, se enjaquecaba con facilidad, especialmente en lugar con enormes multitudes de gente. Kanade siempre se encargaba de las compras, gesto que agradecía. Si había una cosa que le gustaba, prefería pedirlo por Internet. O Toneri se lo llevaba directamente. Sus pedidos eran sencillos, normales, nada raros.
Se vistió con unos sencillos pantalones negros de vestir holgados de la parte de abajo pero sin llegar a estorbar a sus pies. Una blusa sencilla de algodón tono mármol, con manga corta, pegada especialmente en la zona del pecho. No hizo cambios en su cabello, lo dejó suelto y simplemente se puso un par de arracadas de oro blanco, regalo de su primo Neji.
Salió de la habitación del baño, perfumó su cuello, clavícula y muñecas con una fragancia sutil. Rodeó la cama matrimonial y besó con cuidado de no despertarlo nunca a Toneri, que se removió debajo de las sábanas, dando una visión exquisita de su espalda ancha y musculosa sin llegar a la exageración. Hinata sonrió y lo cobijo más, no quería que se resfriara, debía ir a trabajar, ser el orgullo de la familia Otsutsuki y el prometedor yerno de Hiashi Hyuga.
Salió despacio de la habitación, descalza. Le gustaba el frío, aunque Kanade-san siempre la regañaba, pidiéndole que se cuidara más, a lo que ella solo sonreía y le decía que así lo haría, la próxima vez. Pero nunca sucedía. Bajó de las escaleras, con sus pisadas sonando por el amplio lugar. Escuchó sonidos en la cocina. Oh, linda Kanade, siempre tan madrugadora.
―Buenos días, Hinata-sama ―saludó la mujer con voz maternal pero educada, ocupada más en los huevos fritos que en ver a la señora de la casa―. Hoy es una hermosa mañana. El rocío aún brilla sobre los pétalos de sus flores.
―Gracias, Kanade-san. Lo veré yo misma.
―Hinata-sama ―interrumpió la salida de la joven mujer, dando un suspiro al verla descalza, era temprano y aún hacía frío―. No ande descalza, por favor, puede enfermarse. Eso pone a Toneri-sama triste.
Hinata sonrió apenada.
―Lo siento, Kanade-san. No lo volveré hacer.
Y Kanade le sonrió. No había dudas ni segundas preguntas. Todo bien, como siempre.
―Es importante la salud, Hinata-sama.
Ella levantó una ceja, mira quién le decía eso.
―Así es, Kanade-san, es muy importante. Tanto para ti como para mí ―besó la frente de la mujer mayor, ella era un poco más alta que Kanade, no tenía problemas―. Iré al patio, si mi esposo baja le dices que estoy afuera.
―Hinata-sama, no olvide su té ―antes de que la mujer hablara, la anciana asintió―. Sí, hierbabuena, lo usual, ni muy caliente ni muy frío. Temperatura perfecta.
―Gracias, Kanade-san.
Tomó la taza y salió por la puerta corrediza. Piso con sus plantas desnudas la frescura del pasto aún con el rocío de la noche. Hacían cosquillas, se permitió reír como una niña pequeña, un capricho que se daba todas las mañanas. Bailó como una bailarina con un enorme escenario, danzando por aquí y por allá, escuchando en su cabeza el vals del Lago de los Cisnes que su madre amaba tanto.
Se acercó a su jardín. Le gustaba mucho, amaba las plantas y cuando leyó El jardín secreto siempre soñó con tener también el suyo. Toneri le cumplió el deseo. Por eso vivían ahí, había espacio, poca gente y lugar verde para plantar. Podía pasar horas ahí, dormiría ahí pero Toneri siempre iba por ella, diciéndole que la cama era más cálida que el césped.
―Hola mis preciosas ―saludó a sus flores, viéndolas cual madre orgullosa, acariciando con gentileza los pétalos suaves. Amaba a todas pero una de sus preciosa era su favorita.
La Trompeta del Diablo.
―Luces hermosa y peligrosa como siempre, mi más atesorada flor ―susurró, con sus manos en los costados, viendo como niña pequeña a la flor en espera de recibir una respuesta, una recompensa por sus palabras.
Pero nada. Como siempre.
Hinata suspiró. ¿Cuántas veces tendría que aprender la lección? Las flores nunca hablan.
―Claro que lo hacen ―respondió su madre, con el sombrero puesto en su cabello, overol manchado de tierra y guantes exclusivos para la jardinería―. Las flores hablan, solo es cuestión de tener paciencia y brindarles confianza.
Ella hizo un berrinche. No le hablaban a ella, en ningún momento, aunque su madre le decía que sí. Le preguntó una vez a su padre cuál era el truco que su madre usaba para hablar con las flores, sacando una risa al hombre para luego picar su nariz de manera juguetona diciendo que ese era el secreto de su madre.
«Es porque mami tiene dones de hada» se dijo una vez, admirada de que tal criatura fuera su madre. Deseó con todo su pequeño corazón heredar ese don.
Hablar con las flores y compartir secretos.
―Había olvidado que papá solía ser cariñoso ―una triste sonrisa apareció en el rostro de la mujer―. Qué nostalgia.
Hinata recogió la taza humeante, dando un sorbo para luego ir hasta la pequeña sala de jardín, sentándose sobre el cómodo asiento con dirección a los horizontes, la montaña Fuji, esperando al alba. Movió sus dedos sobre el pasto, relajándose, aspirando el aire fresco.
Y se mostró, el show más espectacular de todos, el amanecer, en todo su esplendor. Ella abrazó la calidez de los rayos, su alimento, un toque de esperanza, algo de vida. Cerró los ojos, disfrutando de la sensación, queriendo fundirse con el Sol. Vitamina E, diría su deontología, la especialista Ino Yamanaka, importante para ella, su piel y el hierro. O eso recordaba haberle escuchado decir. A veces no ponía suficiente atención cuando alguien usaba palabras complicadas y educadas, la hacían dormir.
La puerta corrediza la despertó de su trance, de aquel mini viaje a la Luna para revisar si las estrellas colgaban del Árbol Astral que su madre juraba haber visto en sus sueños. Observó al costado, era Toneri, sonriente, guapo y bien vestido. Le sonrió a modo de respuesta.
―Buen día ―era honesta, las mañanas eran buenas y hermosas.
―Buenos días, cariño ―beso sabor a hierbabuena y café―. ¿Me perdí el alba?
―Sí. Pero no te preocupes, no estoy enojada, sé que tienes que dormir.
Toneri besó la mejilla de su esposa, terca piel, delicado aroma y calidez. Amaba todo eso de ella.
―Me habría gustado verlo contigo.
Hinata sonrió.
―La próxima vez será.
Toneri asintió para mostrar lo que llevaba detrás de la espalda. Sus zapatillas, picudas y de tono coral pastel, casi traslucido.
―Señorita, debo recordarle que no debe andar descalza ―Toneri se agachó, no le importó ensuciar sus costosos pantalones, tomando sus pies, dando un beso en estos, haciéndole cosquillas, más que el pasto―. No quiero que se enferme.
―Prometo no hacerlo, Toneri-san.
Éste le sonrió, colocando las zapatillas en los pies, admirando lo hermosas que lucían en su esposa. Amaba consentirla.
―¿Cómo amanecieron tus pequeñas?
―Muertas no.
―Eso nunca sucedería, no con tu cuidado.
―Puede pasar, no soy perfecta. ¿Qué tal si de pronto quiero que se mueran?
Toneri rió, incrédulo. No, eso nunca sucedería. Hinata era demasiado gentil. No había ni una pizca de maldad en su alma.
―Eso no sucederá, no con tu toque de hada.
Hinata cerró los ojos, sonriendo.
―No soy un hada ―susurró para luego acariciar el rostro de Toneri―, soy una humana. No nací con halas ni tengo polvo mágico para hacer volar a los niños. Ni tampoco muero cuando alguien dice: "No creo en las hadas".
―Para mí lo eres ―a Toneri no le importaban sus palabras, él quería creer en lo que siempre quería creer.
Y ella se adaptaba.
―Entonces puedo fingir ser una para gustarte más.
―Eso es imposible. No puedes hacer que guste más de ti, sino se llamaría obsesión.
―La obsesión tiene su lado hermoso.
―No siempre, querida.
Hinata le dio un beso travieso a la barbilla de Toneri, aspirando su colonia. Fresca, neutral y limpia. Aburrida.
―Supongo que tengo mucho trabajo que hacer para que te obsesiones conmigo, entonces.
Y guiñó el ojo, caminando hacia el interior de la casa, dejando al hombre con el sabor de hierbabuena en la barbilla.
.
.
.
.
.
.
Hinata pasó la hoja de su última adquisición. A todos los monstruos les da miedo la oscuridad. Era interesante y definitivamente habían despertado su interés. Agradecía a la editorial Namikaze por traducir esa maravilla.
«Papá solía ser un monstruo. No. Es un monstruo. ¿A él también le dará miedo a la oscuridad?» divagó, mirando al techo, preguntándose una y otra vez lo mismo.
¿La debilidad de su padre era la oscuridad? Los monstruos le temían también.
―Hinata-sama ―la voz de Kanade y el sonido de sus zapatos lustrosos y de tacón bajó interrumpiera su divagación. Traía en la mano el teléfono―. Es Hiashi-sama, desea hablar con usted.
Hablando del monstruo.
―Gracias, Kanade-san.
La mujer hizo una reverencia, dejándola sola para hablar en privado con su progenitor. Hinata se preparó y puso el aparato en el oído.
―Padre ―saludó con formalidad, sin tartamudear, recordando todas las lecciones del profesor Ebisu―. No esperaba su llamada. ¿Ha sucedido algo?
―¿Toneri está contigo?
―No, salió a trabajar, como siempre. Eso lo sabe de sobra, padre. Nunca falta. ¿Desea dejarle un mensaje?
―Necesito que lo convenzas de asistir al hipódromo.
Hinata ladeó el rostro, viendo sus zapatillas. Por el tono que usaba su padre, eso debía solucionarse sí porque sí.
―A Toneri no le agradan las apuestas. Lo sabe.
―Kakuzu-san ama el dinero, apostar y los caballos. Lo convencí de asistir, es un importante negocio. Necesito a Toneri para darle confianza y que firme con nosotros. Hazlo venir.
―De acuerdo, padre. ¿Puedo pedirle un favor a usted también?
―¿Qué deseas?
Hinata sonrió. Era la rutina. Ella daba algo y su padre soltaba algo.
―El retrato de mamá. El grande, donde está con las rosas. Lo quiero.
Hubo un silencio sepulcral al otro lado de línea.
Ella se adelantó.
―Sé que lo tiene en el ático de la casona de campo. Puede dármelo si tanto lo detesta.
―Le diré a Ko que lo lleve a tu casa.
―Gracias, padre.
Cortaron la llamada e Hinata suspiró, dejándose caer en el diván, cerrando su libro y abrazándolo con fuerza.
―No, también la debilidad de papá es mamá ―se dijo mirando al techo con suma atención.
Dejó el teléfono a un lado para tomar de la mesita de té su smartphone. Escribió al chat personal que mantenía con Toneri.
¿Sabes donde se consiguen caballos para tu carrusel?
La respuesta no tardó. Ella rió como colegiala, debería estar trabajando, no atento a sus mensajes.
¿Quieres un carrusel?
Ella volvió a teclear.
No, quiero los caballos de un carrusel. Blancos, negros, de todos los colores. Pero solo hay un lugar en todo Tokio donde los hay.
¿Y cuál es ese lugar?
Hipódromo.
Esperó y esperó. Estaba segura que Toneri al otro lado estaba tomándose de la frente. No le gustaban los lugares de apuesta, a ella tampoco, pero era una obligación. No solo era la esposa bonita de Toneri, también era el arma secreta de su padre.
Él nunca iba a rechazar sus peticiones.
Entonces iremos al hipódromo, si es lo que deseas.
Te amo.
Y yo a ti.
