—Japón, lugar desconocido, doce con veinte de la noche, dos de marzo, año 2025.—
Las calles eran iluminadas por la luna situada en el punto más alto del cielo; Y los faros distribuidos a lo largo de cada calle daban una imagen más clara sobre el lugar.
La penumbra era acompañada por una leve llovizna y una risilla que sobresalía de varios puntos donde la luz era apenas perceptible.
Los charcos de agua formados con el transcurso de las horas daban a escuchar con claridad los pasos conformados de terror y angustia de buscar y encontrar rápidamente un lugar donde la seguridad fuera más certera que aquellas calles desiertas.
Aquel pelinegro estaba entrando en un estado de pánico.
—Vamos, juguemos.— Su acompañante no deseado hablaba entre murmullos a un nivel que solo su presa podía escuchar y hacerlo temblar.
El hombre, mayor de cuarenta, pasaba callejón tras callejón tratando de librarse de su perseguidor.
El corazón de ambos estaba acelerado, la única diferencia eran las motivaciones para hacerlo sentir así.
Aquel hombre, se encontraba entre la espada y la pared, pues justo, después de tanto correr, había llegado a un callejón sin salida.
Lo que sirvió para aterrarlo aún más, fue el fuerte sonido parecido a una caída justo a sus espaldas.
Al darse vuelta de manera brusca, lo vio.
Vio a su perseguidor, quién sostenía un cuchillo de doble filo en su mano derecha y de vez en cuando jugaba con el como si se tratará de una simple vara de madera.
Sus rojos cabellos se pegaban a su rostro gracias a la leve llovizna que había caído mojando por completó su rostro. De igual manera, su ropa estaba mojada por completó.
—Lo siento, lo siento, lo siento en verdad.— Su mayor se arrodilló. Se había dejado caer de manera tan brusca sobre un charco que había salpicado un poco de agua sucia a la ropa de su contrarió.
—Dame una semana más, solo una semana, pagaré todo lo que debo, ¡Lo juró!— El arrodillado suplicaba, sus palabras eran tan rápidas que apenas eran entendibles.
Alzó levemente su mirada, notando al instante aquellos ojos rojos llenos de pútrides y malicia sobresaliendo de la oscuridad.
—Eso no deberías de decírmelo a mi.— Su contrarió se acercó hacía él, lo suficiente para luego pisar su cabeza con algo de fuerza y restregarla un poco contra el suelo. —Yo solo recibo órdenes, y mi única tarea es cumplirlas al pié de la letra.
El pelirrojo se mantenía inexpresivo.
Tomó de los cabellos de su mayor y levanto su cabeza con brusquedad.
El hombre tenía lágrimas corriendo por su pálido rostro.
Sus labios temblaban.
—Haré lo que quieras, pero, por favor, no me hagas daño... Te lo ruego.
El pelirrojo río ante la humillación que el propio hombre se ocasionaba.
—No prometo nada.— Sonrió con burla. —Tú has pedido un préstamo, ¿Cierto?— El hombre asintió aterrado. —Prometiste pagar, pero... Esa deuda, ¿Cuánto lleva? ¿Dos? ¿Tres? ¿Cuatro semanas tal vez? Desde un principio sabías que no podrías pagarla, solo que quisiste probar algo nuevo, y eso fue el querer correr de la muerte, ¿No es así? Detesto a las personas como tú. Jugar con su vida tan fácil al meterse con las personas que bien sabes, son las menos indicadas.
El pelirrojo acomodó su cuchillo en su mano e inmediatamente poso el filo sobre el cuello de su mayor.
—Jugaste con fuego en un desierto, deberías al menos aceptar tu destinó.
El hombre cerró sus ojos, inmediatamente sintiendo el cuchillo deslizarse con rapidez sobre su garganta, se dejó caer como sacó de basura al ser soltado por el pelirrojo.
Este mismo se puso de pié, miro el cuerpo inerte del hombre por unos segundos y finalmente dirigió su mirada hacía la luna.
Suspiró.
Cerró sus ojos unos segundos, sintiendo de esta manera la fría brisa y las pequeñas gotas de lluvia que aún caían.
Su corazón aún latía con rapidez, sus piernas levemente temblaban, y el cuchillo en su mano resbalaba lentamente.
Pues hacer aquello, no era algo que le agradará precisamente.
—Debo irme, rápido.— Habló para si mismo. Dio un corto suspiró dedicado al viento para luego proceder a alejarse de allí.
• • • • •
