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Capítulo 5
"Un Recuerdo Desagradable"
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—Japón, Orfanato Garden Winds, Hace diez años.—
Era su cumpleaños número siete. Todos lo sabían, pero nadie lo celebraba más que ellos dos.
—Nagisa...— Nakamura se acercó por las espaldas del celeste. El susodicho volteó casi al instante y sonrió, observó las desgastadas prendas que Nakamura portaba.
—¡Feliz cumpleaños!
La rubia le extendió una pequeña flor rosa que había cortado del jardín. Era un pequeño regaló, pero Nagisa sabía que lo daba de corazón.
—¡Ah! ¡Nakamura! ¡Yo también te tengo un regalo!— Nagisa aceptó la flor sin ninguna excusa. Amaba esas demostraciones de afectó que su hermana siempre le daba. —¡Ésto! Es para ti, lo tomé de la cocina, así que no se lo digas a nadie.
Nagisa le extendió un pan con rellenó de chocolate que rara vez comían debido a la cantidad de niños que había en el orfanato, pocos recibían uno semanalmente, pero aún así, eran los favoritos de Nakamura. Lo sacó de uno de sus bolsillos. Sonrió.
—¡Feliz cumpleaños para ti también!
Ya habían pasado siete años desde que ambos habían sido encontrados en la puerta de tan particular iglesia en el centró de Negire, un pequeño distrito que no era muy visitado por varias personas debido a la pobreza que almacenaba.
Estar ahí, era como un completó infierno para las monjas que eran obligadas a trabajar.
Recibían poca comida semanalmente, a penas les alcanzaba, el agua usualmente era sucia y con un olor no muy agradable.
Y como no mencionar el orfanato del que estaban a cargó, los pasillos estaban agrietados. Tanto de las paredes como del techó, nadie se sorprendería si ese lugar se derrumbará en algún momento.
Las camas eran de madera vieja. Una sábana era lo único que cubría a los niños por las noches. Pasaban un infierno cuando llegaba el invierno.
Todos los cuartos tenían un olor a humedad, agradable para algunos, pero asqueroso y repulsivo para otros.
Además de los visitantes no deseados, las ratas eran lo más visto en el lugar.
Habían varias cosas que hacían destacar lo repulsivo del lugar. Pero esto no parecía ser un obstáculo para Nagisa y la persona que consideraba su hermana; Nakamura.
Pues ambos habían sido encontrados el mismo día. Ambos habían tenido la desgracia de caer ahí la misma tarde.
—La flor es muy bonita Nakamura, ¿Dónde la encontraste?
Ambos jóvenes se sentaron en una pequeña barda de concretó, mientras Nakamura comía, Nagisa veía la flor con un ligero brilló en sus ojos.
—En los jardines secos de atrás, era la única que había. Es muy especial ya que era la única viva, por eso pensé en dartela.— Nakamura hablaba con la boca llena. Una que otra migaja salía sin permiso.
—Ya veo.
—¿Y tú? ¿Cómo conseguiste el pan? Creí que nadie más a parte de las brujas tenían derecho a entrar.— Nagisa río un poco ante el comentario de Nakamura.
Y así era, esas monjas tenían más parecido a unas brujas.
—Pase desapercibido, nadie me vio.— Sonrió victorioso de su cometido.
—Vaya, Nagisa es muy bueno en ocultarse. ¿Has pensado en ser un espía o algo así?
El celeste lo pensó, ¿Qué si había pensado en eso?
Era más que obvió que no, sus pensamientos rondaban en cosas que él consideraba más importantes.
Así que negó.
Para esos momentos, Nakamura ya llevaba un poco más de la mitad del pan. Los restos de chocolate delataban en los bordes de sus labios, realmente amaba esos panes.
—Woah, ¿De verdad? A decir verdad, se me hace muy difícil el creer que Nagisa nunca haya...
—¡Así que aquí estaban mocosos!
La voz de autoridad a sus espaldas llamaron a ambos chicos.
Ellos voltearon aterrados. Pues sabían que esos llamados nunca podían ser buenos.
—¡Levántense, maldición!— La monja que los había estado buscando, tomó la mano de Nakamura obligándola a ponerse de pié en un doloroso jalón que la obligó a tirar el pan que casi terminaba. —Así que aquí está el pan que faltaba, ¡¿Sabes en que líos nos hemos metido por tu culpa?! Éstos panes ni siquiera eran para ustedes, par de mocosos imbéciles.
—¡No! ¡No es así! Yo solo quería...— La rubia intentaba soltarse.
Aquella mujer obligó a Nakamura a caminar entré los pasillos. La joven se resistía, pero nada detenía a la monja de avanzada edad.
Nagisa no sabía que hacer, él estaba aterrado. Su miedo no le dejaba hablar.
Y ahora por su culpa... Su hermana sería llevada a la jaula...
—Te ganaste un castigo de un día enteró por esto, ¡Aprenderás que no se debe meter mano donde no te llaman!— La mujer que llevaba a rastras a la joven rubia, abrió la puerta de un cuarto. Tenía tenía la similitud de un calabozo.
Después de ese momento, Nagisa no pudo ver a su hermana el restó de la tardé.
Se culpaba, se sentía mal. Pues había sido él quien literalmente la había condenado a pasar por ese infierno una vez más. Él ya lo había pasado, solo una vez, pero era horrible. El aire, el olor, la soledad que uno sentía daba una agria presión al pecho que un niño de siete años no era capaz de aguantar.
Fue hasta la noche del día siguiente en que Nagisa finalmente pudo verla, y abrazarla de nuevo.
—!Lo siento¡ ¡Lo siento mucho! ¡Todo es mi culpa!
Nagisa se disculpaba mientras veía el rostro inexpresivo de su hermana, las lágrimas aún corrían de su rostro.
Nakamura ya había pasado por ese infierno, pero esa fue su quinta vez ahí dentro. Y nunca le importó, pues siempre ocasionaba travesuras que la llevaban a esa lamentable situación.
Así que podía casi decir que estaba acostumbrada.
Nagisa sabía el numero de veces que había pasado por la jaula, pero siempre salía sana y salva, con una sonrisa como si no hubiera pasado nada más.
Pero ahora, Nagisa sabía que esa vez había algo diferente. Nakamura no sonreía como habitualmente lo hacía.
Había algo más ahí. Y Nagisa estaba al consiente de ello.
—No te preocupes, Todo... Está bien.— Una lágrima cayó de los ojos de Nakamura. Sonrió destrozada.
Aquella vez, fue la primera en que la rubia no quería contarle a Nagisa lo que había pasado.
Solo quedaban las sospechas del peliazul.
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—En la actualidad, hogar de Tadaomi Karasuma.—
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—¡Hey! ¡Nagisa! ¡Despierta!— Los constantes llamados de su hermana lo hicieron abrir sus ojos.
Karasuma estaba en frente de ellos, ahora, con su celular en manos.
Nagisa ni siquiera había caído en cuenta de cuando fue que se durmió. Pero al parecer habían sido menos de veinte minutos.
En cuanto aquel recuerdo paso por su mente. Un desagradable sabor inundó su boca.
¿Por qué justamente recordaba ese mal momento?
Había pasado bastante, no creía que su subconsciente aún recordará algo tan desagradable.
—¡¿He?! ¡Lo siento! ¡No me di cuenta cuando me dormí!— Se levantó rápidamente e hizo un gestó de disculpa.
Karasuma suspiró un tanto molestó.
—Su cumpleaños se acerca, ¿No es así?— Habló de golpe, sorprendiendo a ambos chicos.
—He... Sí, supongo que sí...— Nagisa fue el que volvió hablar.
Notó como Nakamura guardaba silenció y se dedicaba a escuchar.
—¿Y cuántos cumplen?— Aunque Karasuma ya lo supiera, decidió preguntar para hacer un poco más de tiempo. El alcohol que había bebido no le sirvió para nada en controlar sus nervios.
—Hummm... Dieciocho.— De nuevo, fue Nagisa el que contestó.
—Así es, ahora cambiense de ropa, esta vez sin juegos. Iremos a un lugar que tal vez les agrade. Apúrense o los dejaré.
En cuanto Nagisa dirigió su mirada a Nakamura, vio que está estaba con su cabeza gacha. Como todos los años, como siempre había sido después de aquella... Tarde en el orfanato...
Nunca le había importado, incluso se obligó a olvidarse de ello y a no recordarlo durante todos los años pasados. Pero ahora... Su mente no lo dejaba tranquilo.
—Vamos, Nakamura.
Nagisa la llamó.
Ella se limitó a asentir.
Antes había visto esa actitud. Pero nunca le había preocupado tanto como ahora.
Tal vez, finalmente una venda más descubría sus ojos. Tal vez, una nueva etapa de preocupación por los demás comenzaba a abrirse justo frente a él. O tal vez, simplemente estaba comenzando a aceptar la verdad.
No lo sabía, pero había algo de lo que Nagisa sí estaba seguro.
Haría todo lo posible por saber que paso esa vez en su cumpleaños número siete.
Cuando finalmente Karasuma los perdió de vista, de nuevo sacó su celular y entró a la aplicación de mensajes.
«Prepara mi oficina, vamos a tener algunos visitantes.»
Koro; Decía el nombre del contactó a quien iba dirigido.
Tampoco tardó en recibir una respuesta.
«¡Oh! ¡¿Acaso serán tus adorables hijos de los que tanto me has contado?!»
Podía ser solo un mensaje, pero en las simples palabras que Koro había escrito, Karasuma ya podía ver la emoción que este desprendía.
«Sí, ahora has lo que te dije. Y una cosa más, has el favor de no llamarlos adorables.»
«¡Como diga jefe!»
«Tampoco me llames así, maldición.»
«¿He? ¡¿Por qué?!»
«Por la simple razón de que esos apodos no me van.»
«Entonces, ¿Comandante?»
«Olvídalo.»
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