Los muchachos borraron sus sonrisas e intercambiaron miradas en una silenciosa petición por que alguien respondiera.
—Este… —habló Renoir— También teníamos pensado mostrarles París a ti y a Sota —Encogió de hombros.
—¿Y no podemos cancelarlo? —cuestionó Ken.
—Es que sólo es jugo, no sé si Marie esté de acuerdo… —Jean pausó y chasqueó los dedos— ¡Lo tengo! Podemos aprovechar el paseo para revisar distintos locales.
—Suena bien —contestó Ken en lo que el resto del equipo asentía.
—Conocemos bien la ciudad —agregó Ruck—‚ no te preocupes por nada.
—¿Están todos listos? —Marie llegó junto con Sota.
Este lucía su camiseta naranja junto a un overol.
El grupo partió a ver los alrededores con su camioneta, en ello Ken aprovechó para preguntar en distintos locales acerca del jugo de tomate cada que se le presentaba la oportunidad.
—Temo que no tenemos jugo —Era la respuesta de cada empleado—, probablemente ni siquiera tendremos tomate hasta el lunes.
—Entiendo —Ruck bajó la cabeza—. Gracias de todos modos.
—¿Por qué tan interesado en conseguir el jugo? —cuestionó Marie al ver su insistencia junto con Ruck— Traten de relajarse un poco.
—Es que… realmente queremos ayudar —Ken encogió de hombros—, parecía algo muy importante.
—Lo entiendo y sé que Daina se enfadó mucho —Marie vio conmovida el gesto—, pero no es algo grave —Movió su abanico—. Podemos buscarlo en otro momento.
—Si usted lo dice…
A su lado, el ya no tan pequeño Sota miraba y escuchaba de reojo su plática.
—París luce enorme, seguro encontraremos algo después —intentó animarlo Sota—. Tal vez sea más divertido si nos relajamos un poco.
Optó por intentar seguir sus consejos, después de todo Marie no se veía tan preocupada y conocía bien al equipo. Sin embargo no dejaba de preguntarse por qué era tan importante para Daina, esa espinilla de duda era todo lo que evitaba que olvidara el asunto.
—¡Mira, creo que puedo ver el club de Wakiya! —Señaló Ken por unos binoculares en La Torre Eiffel.
—¡No es cierto, déjame ver! —Sota empezó a buscar.
El equipo reía por lo divertido de la situación aunque apenas pudieran comprender nada del japonés que hablaban entre ellos.
—Lo que sea que estén diciendo se nota que lo disfrutan —comentó Jean.
—Y que lo digas —convino Renoir—, por algo París es un destino tan elegido.
—Todavía recuerdo la primera vez que trajimos aquí a Daina —recordó Marie—. Primero le dio algo de vértigo pero lo superó enseguida.
—¿Y qué me dicen de cuando probó ese café? —recordó Ruck— Podríamos llevar a Ken y Sota a esos lugares.
Turistearon junto a Sota y Ken por El Puente De Jena donde apenas se detuvieron a mirar el paisaje al no haber mucho que hacer, el carrusel de La Torre Eiffel cerca de dicho lugar, y en particular una zona repleta de restaurantes y cafés al este del monumento, mismo que sugirió Ruck con anterioridad.
Allí, entrada la tarde y luego de pasar por alto el tema en busca de disfrutar de lo que la ciudad podía ofrecerles, Ken aprovechó una parada para merendar y preguntó por si tenían jugo de tomate.
—Me temo que no servimos el jugo como tal, señor —le respondió el mesero—. Lo usamos para elaborar salsas.
Tanto Ken como Sota arquearon una ceja un poco confundidos por el vocabulario, hasta que Marie les tradujo.
—Entiendo —contestó Ken algo desanimado—. Un jugo de naranja estará bien.
La noche se aproximaba y Ken seguía sin mucha suerte para conseguir el dichoso jugo, harto de la situación y de su suerte decidió insistir un poco más.
—Sé que este paseo es para nosotros… ¿pero podríamos ayudar a Clio con su problema ahora, por favor?
—De acuerdo, Ken —accedió Marie finalmente—. Ya tuvimos nuestro paseo así que pueden ir a buscar.
•••
Entre tanto, Clio y Daina pasaban el tiempo con un juego de naipes, con uno de los tantos mazos de cartas que Clio usaba para sus trucos y leer la fortuna de vez en cuando.
—Daina —Olfateó el aire— ¿Desde cuándo usas perfume?
—Desde… —Levantó la vista de las cartas— Desde que se me pegaron las costumbres de Francia. Ya sabes —Regresó a su mano—, el agua es cara y no nos bañamos tan seguido.
—Ah… claro —Volvió a centrarse en el juego—. Huele muy dulce.
—Je, ya lo creo —Rió algo nervioso—, así me gusta.
—¿Qué perfume es?
—Allure.
—¿Seguro? Dicen que huele de otra manera —recordó Clio.
—Ta-tal vez cada uno lo siente diferente, ¿qué saben los chicos de perfumes?
—Mira quién habla —Rió.
—Ah… buen punto.
—Cosa de chicos o no, me gustaría probarlo un día.
Daina tensionó la espalda.
—Claro, cuando quieras.
•••
Cuando al fin tuvieron la aprobación de Marie, Ken soltó un suspiro de alivio.
Recorrieron las tiendas siempre con los mismos resultados. No había nada de tomate o no tenían el jugo. Otras veces más les contestaban que acababan de entregarlo a unos restaurantes como el que visitaron con anterioridad.
—¡Esto empieza a molestarme! —exclamó Ken con Keru.
—Tal vez deberíamos dejarlo para mañana —pensó Jean.
—Pero Daina dijo que esto debía estar resuelto para la noche… —recordó Sota.
—Lo habrá dicho por el enojo —respondió Jean.
—Le llamaré a ver qué nos dice —Ken empezó a marcarle y en cuanto atendió lo puso en altavoz.
—¿Hola?
—Hola, Daina.
—¡Ken! —exclamó alegre en japonés— ¿Cómo va su paseo?
—Hermano, estás en altavoz —le avisó Sota.
—¡Ah! Lo siento —cambió de idioma— ¿Cómo va su paseo? —volvió a preguntar.
—Oh, muy bien de hecho —respondió Ken—. Pero nos preguntamos algo.
—¿Qué ocurre?
—Cuando mencionaste que querías resolver el asunto del jugo para esta noche ¿era en serio?
Hubo un pesado silencio por segundos que sintieron como varios densos minutos.
—Sí —de pronto su tono era más severo—. Quiero resolverlo para esta misma noche aunque debamos hacer el jugo nosotros mismos.
Los chicos se encogieron de hombros y murmuraron quejas en voz baja.
—Entiendo. Intentaremos conseguirlo.
—Gracias —pasó a un tono más neutro— ¿Necesitan algo más?
—No, eso era todo —Forzó un tono más positivo—. Trataremos de conseguirlo.
—¡Genial! Nos vemos luego.
—Nos vemos —Colgó.
—¿Y dónde más quiere que busquemos? —Jean llevó sus manos a la cintura— Ya hemos probado en todos lados.
—No todos —Ruck sacó su teléfono—, nos queda probar en locales más pequeños.
—¿Y vamos a encontrar algo ahí? —cuestionó.
—Déjalo ayudar —reprendió Marie con un movimiento de su abanico.
—Lo siento... —se retrajo.
Ruck tecleó un poco más en su teléfono.
—Clio usualmente toma de una marca específica —recordó Renoir— ¿No será un problema?
—No nos quedan más opciones —replicó Ken—. Tendrá que conformarse con lo que podamos encontrar.
—Hay una verdulería a unas cuantas calles —señaló Ruck.
—Tú mandas —Marie los llevó de regreso a la camioneta.
El equipo subió mientras Ruck le pasaba la dirección a Brand, el chofer del equipo. Sin embargo al ver la distancia hubo ligeros desacuerdos con los chicos.
—Eso está en las afueras de París —dijo Sota.
—Peor es nada —respondió Ken— y ya oíste a Daina.
—Bien… —Jean dejó ir un suspiro— Si el capitán lo dice lo haremos.
—Pero sigo sin saber por qué tiene tanta prisa —murmuró Renoir.
—Nos tomará toda la noche pero valdrá la pena —reiteró Ken.
En total recorrieron todo París hasta que llegaron a las afueras donde un vendedor atendía a un par de clientes. En cuanto se retiraron, pasaron a hablar con el vendedor.
En el caso de los tomates, estos no lucían tan rojos ni eran una cantidad tan vasta pues la mayoría del producto ya había sido vendido por las mañanas, pero peor era nada.
—Un kilo de tomates, por favor —pidió Marie con educación.
—¿Segura, señorita? —Levantó un poco las cejas— No están del todo maduros.
—Descuide, no hay problema por nuestra parte.
—En ese caso son tres euros por kilo.
—¿Hay alguna posibilidad de que, por un poco más, hiciera jugo para nosotros?
El vendedor contempló extrañado la petición, pero accedió al fin de cuentas.
—Serían otros cinco euros por los ingredientes y botellas.
—Me parece bien.
Dicho esto el vendedor recogió los tomates y se puso manos a la obra.
Tras lavar los tomates cortó estos en cubos, luego los llevó a la licuadora con una cucharadita de sal y otra de azúcar, una taza de agua y media taza de jugo de limón.
Durante los siguientes tres minutos intercalaba entre varias velocidades hasta que la mezcla adquirió la consistencia necesaria. Acto seguido lo surtió en un conjunto de botellas.
—Le agradezco que se tomara las molestias de preparar el jugo —Marie procedió a pagarle por el trabajo.
—Fue un placer, señorita.
Ni Ken ni Sota no lograban comprender del todo la conversación dado su limitado vocabulario, pero poco le importó pues ya sabía que habían cumplido con la petición de Daina.
—Ahora podemos regresar y calmar a esos dos —Sonrió Renoir.
—Y cuanto antes mejor —respondió Ken.
