Este fic es un regalo para Cuma (lo he acabado tardísimo, como siempre). Hace mucho que no escribo de esta ship (lo cual debería darme vergüenza, porque el primer fic que hice de ellos sigue sin acabar, y es casi un crimen), así que disculpad si hay algo OoC o que no es como suelo representarlos. Espero que lo disfrutéis a pesar de todo.

Título y letras: "One step at a time", de Elias.


Capítulo 1

I gotta force myself to go outside

Don't wanna talk to nobody I just wanna hide

The only things that I seek are the sheets on my bed,

Some wine and some garlic bread, aye.

-.-.-

Perderse en sus pensamientos es una actividad peligrosa. Nota el filo del arrepentimiento al acecho, frío y punzante, dispuesto a abrir en canal todos los muros que levantó entre él y sus demonios. Los años los han ido aplacando; puede considerarse una persona medianamente estable, medianamente cuerda, cosa que habría parecido imposible en su adolescencia. Su día a día, si bien agotador, carece de las tendencias autodestructivas de antaño.

Sin embargo, eso no quita para que algunas noches la oscuridad se filtre por los resquicios.

Es uno de los motivos por los que siempre ha tendido a entrenar hasta que no puede más. Hasta que lo único que hay en su cabeza es un zumbido y el cansancio vence al insomnio. No parece ser el caso esa noche.

Una sensación viscosa le trepa desde el pecho, repta por su cuello cristalizándose, dejándolo frío y agarrotando cada músculo. Cada respiración le produce una punzada y las ideas se le agolpan, rotas, inconexas. El hecho de que ya lo haya vivido otras veces no lo reconforta. No importa cuánta luz se cuele entre las cortinas, las sombras de los rincones parecen más negras y profundas que nunca, dispuestas a tragárselo. Y es frustrante. Saber que, aunque se supone que es un hombre hecho y derecho, una parte de él siempre será ese chiquillo al que dejaron solo durante demasiado tiempo.

Con un suspiro que suena a vacío, se incorpora sobre un codo y enciende la lámpara de la mesa de noche. La luz amarillenta hace que le sea un poco más fácil respirar.

Lo peor es que ni siquiera está solo. Podría llamar a Kuznetsov y en menos de media hora lo tendría plantado en la puerta con una copia del Call of Duty y dos packs de bebidas energéticas bajo el brazo. Yuri maldeciría a todos sus ancestros por interrumpir sus escasas horas de sueño. También se reiría un mes si acudiese al él por no ser capaz de dormir. Prácticamente puede oírlo.

«¿Después de todo lo que pasamos te preocupa un poco de insomnio? Te estás ablandando, Hiwatari».

La vocecilla burlona que conjura su cerebro es tan certera que Kai tuerce el gesto. No tiene muy claro qué sería peor. Si la condescendencia de Ivanov o la callada comprensión de Ian y Spencer. Esos dos tienen la suficiente inteligencia emocional para entender lo que le ocurre realmente —algo que Kai no está seguro de poder afrontar—, y eso los hace peligrosos.

Alarga la mano hasta el teléfono pero, en lugar de rebuscar entre sus contactos, entra en una de las aplicaciones. Tras unos segundos, la pantalla en blanco escupe un sinfín de fotografías. Kai no es muy dado a las redes sociales, como refleja el hecho de que en su perfil privado haya menos de una decena de fotos, casi todas de Hana, su shiba inu a la que, si se concentra, puede oír roncando en el salón. Pero Max le había pedido, suplicado y rogado que se crease una cuenta, y luego, cuando todo eso había fallado, lo había tentado con fotos de gatos.

Una parte de sí mismo se odia por ser tan básico, pero el caso es que le funciona y es bastante más sano que dejarse el hígado en la barra de un bar.

El algoritmo le ofrece un vídeo con una musiquita infantil de un gato que chapotea en el agua. Una diminuta sonrisa acude a sus labios de forma automática. Algo se le relaja por dentro a medida que pasa de una publicación a la siguiente. Se deja hundir un poco más en la almohada, que ya no le resulta agobiante y opresiva, sino suave y acogedora. Hasta que llega a un perfil conocido y el corazón le da un salto.

Es una sucesión de fotos. La primera muestra picos montañosos con tupidos cúmulos de vegetación que surgen de la niebla. Aunque ha visto ese paisaje en vivo varias veces, sigue pareciendo irreal. Las siguientes imágenes son similares, aunque sacadas desde cada vez más altura. Una de las imágenes le abre un vacío en el estómago. Está tomada desde una cornisa mínima tallada en la roca, que cuelga sobre una caída prácticamente vertical hasta un mar oscuro de árboles. Puede ver una mano agarrada a la pared de piedra clara y tiene la certeza absoluta de que eso es lo único que separa al fotógrafo de una muerte horrible.

No sabe si sentirse admirado o llamarlo para cantarle las cuarenta por inconsciente.

Aunque es evidente que la escalada acabó sin percances —quiere pensar que, de lo contrario, no se habrían preocupado por subir las fotos—, se le escapa un suspiro de alivio al llegar a la última imagen. Rei no suele publicar autorretratos —«Selfies», lo corrige mentalmente una voz que suena como Max y le hace chasquear la lengua—, pero ahí está, mostrando el paisaje desde la cumbre con el pelo revuelto y una sonrisa de oreja a oreja. (Y, como había sospechado, una ausencia total de equipo de escalada).

Kai supone que el paisaje debería resultarle majestuoso, pero toda su atención se centra en ese rostro de ángulos afilados y los ojos que le atraviesan piel y huesos para grabarse a fuego en su mente.

Es débil, y se odia, y se maldice en todos los idiomas que conoce, pero eso no evita que acerque dos dedos a la pantalla para agrandar la imagen. Los píxeles no le hacen justicia al dorado incandescente de aquella mirada, pero le basta para sumergirse en ella y olvidarse del mundo. Quizás demasiado. Porque Hana estornuda y el dedo se le va, y entonces sí que siente como si un abismo se abriese ante él.

Quiere reír, llorar y gritar al mismo tiempo, pero no puede moverse. Se limita a contemplar en silencio lo que ha hecho.

«Hiwatari, estás jodido».

-.-.-

Rei es lo suficientemente autoconsciente para saber que no es una persona elegante. Sabe lo que se espera de él y cómo mantener las formas de cara a la galería —mayormente, hacer el esfuerzo mínimo de no sacar a la gente de su error cuando confunden su apatía con calma—, a pesar de que, en un ambiente distendido, es una de las personas menos serias que te puedas echar a la cara.

Eso no implica que carezca de sentido del ridículo, lo cual en ese momento es una pequeña maldición. Le encantaría no notar la mirada de todo ser vivo que hay en esa tetería clavándose como alfileres en su ego.

—¿Qué pasa, nunca han visto a nadie atragantarse? —gruñe por lo bajo mientras intenta limpiar el líquido derramado.

Mao, sentada frente a él con una leve mueca de disgusto, enarca una ceja.

—Probablemente sí, pero lo curioso es ver a un hombre adulto echando el té por la nariz —dice.

—Pues me parece una discriminación muy fea, que lo sepas —replica en el mismo tono, para que sólo ella pueda oírlo.

La joven bufa, pero Rei la conoce demasiado como para no ver la sonrisa que se esconde tras su propia taza de té de jazmín. El aroma suave, pero que ahora mismo le inunda literalmente las fosas nasales, es uno que siempre ha asociado a su amiga. Lo lleva de vuelta a su infancia, a todas las excursiones que han hecho a propósito para visitar esa mista tetería, a los bollos de arroz que sirven y que Mao aprendió a hacer para sus cumpleaños, y le impide enfadarse con ella por no mover un dedo para ayudarlo a limpiar.

Lo que sí hace es pescar el teléfono de Rei y desbloquearlo.

—¡Oye!

—Shhh —lo silencia—, tú limpia.

—¡Mao! —Intenta recuperar el móvil, pero ella se inclina lejos de su alcance.

—A ver, a ver… —canturrea—. ¿Son las fotos que hiciste ayer?

Rei echa un vistazo rápido a su alrededor y ahoga un quejido. Podría recuperar su teléfono si quisiera, pero conoce a Mao y no va a dejarlo en paz hasta que confiese qué es lo que lo había sobresaltado, así que estaría montando una escena para nada.

Coge uno de los bollos y lo muerde sin muchas ganas, mientras observa a su amiga. Sabe el momento exacto en que lo ve, porque sus ojos se agrandan y poco a poco su boca forma una o muda.

—Rei.

—¿Hmm?

Hacerse el loco no va a salvarlo, pero eso no impide que Rei mire para otro lado, como si la cosa no fuera con él.

—Dime que no es… —Deja la frase colgando, pero Rei se niega a cooperar. Nop. Si quiere meterse en esa conversación, va a tener que hacerlo solita—. Tienes que hablar con él.

Rei inspira hondo.

—No es nada.

—Ese nada hace que casi te ahogues en un vaso de té —replica, severa.

Él cierra los ojos y se recuesta en su asiento. Hay una serie de cosas que puede admitir ante sí mismo. A regañadientes, pero puede. ¿Reconocerlo ante alguien más?

—No es nada de lo que quiera hablar —dice entre dientes.

Mao junta las manos y apoya el mentón en ellas. Rei es capaz de sostenerle la mirada durante unos tres segundos antes de desviarla, pero se mantiene callado.

Para su desgracia, Mao no.

—Sigues coladito por él.

El chico suelta un bufido.

—No tengo quince años, no estoy coladito por nadie. —Mao alza las cejas y esboza una sonrisa incrédula—. Me ha sorprendido, nada más.

Nada más —repite—. Pues menos mal, si te llega a dejar un comentario estarías de camino al hospital.

—Qué bruta eres.

—Pero me quieres igual. —Le guiña un ojo.

Rei suspira y coge otro bollo. Juega con él en sus manos, como si fuese la cosa más fascinante del mundo. Tiene una presión incómoda en el pecho. Normalmente puede mantenerla bajo control, pero en ese momento se pregunta si será mejor abrirse en canal y acabar de una vez. Dejar que se desborde y comprobar si es capaz de mantenerse a flote. Si es tan malo como imagina o si puede hacer pie.

—Hace casi dos años que no hablo con Kai —prueba a decir. Escuece, pero es soportable—. Ya sé que no es la persona más comunicativa del mundo, pero asumí que, si quisiera mantener el contacto, lo haría. Y ahora…

—Y ahora le da a "me gusta" a una de tus fotos —completa Mao.

Asiente con un cabeceo. Se lleva un trozo del bollo a la boca sólo por hacer algo. Algo que no sea gritar de frustración y tirarse de los pelos.

—No sé qué pensar.

Aunque no es del todo cierto. Lo que pasa es que ninguna de las opciones que se plantea le resulta del todo agradable.

Por un lado, es posible que Kai simplemente se hubiera olvidado de él hasta que se encontró con una de sus publicaciones, y que dejarle un "me gusta" no signifique nada aparte de "Conozco a este tío y sus fotos son decentes". Puro azar. Había pasado ahora como podría ocurrir en diez años. Por otro lado… El corazón le martillea contra las costillas sólo de considerar que Kai haya estado pensando en él todo ese tiempo, y aquella interacción mínima fuese el principio de algo.

«También puede haber sido un accidente» se dice, aunque la idea hace que un peso se le asiente en el estómago. «Que le hayan hackeado. Que Bryan le haya cogido el teléfono. O que lo hayan secuestrado y esta sea su forma de pedir socorro, porque está claro que jamás de los jamases interactuaría (conmigo) en una red social si no fuese a punta de pistola».

Conociendo su vida, era una explicación plausible.

—Eh —Mao chasquea los dedos delante de su cara—, deja todo lo que sea que estés pensando, seguro que al final todo es mucho más sencillo de lo que parece.

—¿Entonces no crees que pueda ser un grito de ayuda porque lo han secuestrado?

Mao arruga la nariz.

–Nah. No porque no crea que no le sucedería, es exactamente el tipo de persona que se vería envuelta en algo turbio. —Rei se muerde el labio, pensando que, de hecho, sí les había sucedido. Varias veces—. No, la cosa es que dudo que necesitase ayuda para deshacerse del pobre diablo que se atreviera a intentarlo.

A Rei se le escapa una risita.

—A lo mejor quiere que le ayude a cavar para deshacerse de los cuerpos. No debe de ser fácil con el suelo congelado.

—Sería más fácil disolverlos en ácido —dice Mao. Rei parpadea dos veces y ella encoge un hombro—. ¿Qué? Todo el mundo lo sabe.

—Ya…

—En fin… —Hace girar la taza de té, ya vacía. Rei cuadra los hombros. Su mirada le dice que la conversación va a volver a ponerse seria—. Creo que tienes una oportunidad, y no deberías dejarla pasar. Ni siquiera él puede pensar que un "me gusta" después de tanto tiempo no significa nada, no con la historia que tenéis.

—¡No tuvimos…! —Varias cabezas se giran hacia su mesa. Baja la voz—. No hubo nada entre nosotros.

—Oh, por favor.

—Fuimos compañeros. Amigos ya es decir mucho. Nada de eso es… —agita las manos— que yo le guste.

Mao suspira y entrelaza las manos sobre la mesa.

—Mira, Rei, no sé si en el rango emocional de ese bloque de hielo está la capacidad de gustar —levanta la mano en cuanto Rei abre la boca para protestar—, pero tengo claro que, si le gustase alguien, serías tú. Puede que nunca dieseis el paso, pero entre vosotros siempre hubo algo.

El chico cierra la boca tan rápido que sus dientes chaquean. Le encantaría creerlo. Le cosquillean los dedos de imaginar que esté a su alcance. Pero Kai y él…

—No voy a arriesgarme por una fantasía.

—¿Y qué tienes que perder? —Las palabras hacen que levante la cabeza como un resorte—. No digo que vayas a Rusia y le propongas matrimonio, pero de verdad, ¿cuál es el problema por decirle "Ey, ¿qué pasa, me echabas de menos?"? —Rei se nota enrojecer sólo de pensarlo—. Lo peor que te puede pasar es nada. Literalmente.

Rei abre y cierra la boca en una imitación bastante certera de un pez.

—¿Y si fue un accidente?

Mao se inclina hacia él con una sonrisa gatuna en los labios.

—Eso significa que se dedica a cotillear tu perfil. Y no hay una sola interpretación que no incluya que sigue tan coladito por ti como tú por él. —Le devuelve el teléfono—. Así que ya sabes qué hacer.

Rei vacila. Nunca ha dudado antes de encaramarse a una montaña, sin importar lo abrupta que sea la caída. Lógicamente sabe que, objetivamente, no hay nada que temer en este caso. No es más que un mensaje. Pero el aleteo en su pecho le dice que el silencio al que se expone es mucho más más que el que ha vivido hasta ahora.

«¿Seguro que es peor que quedarme con la duda?» se dice de pronto.

Cuenta tres latidos. Y alarga la mano.

-.-.-

Maybe I'm not making enough memories

Living off acquaitances and pleasantries

Probably won't have friends until I'm 70

But I'mma get my shit together eventually


No sé si todo el mundo está al corriente, pero por si acaso quiero aclarar que Hana no es invención mía. Takao Aoki sacó una ilustración (y no sé si luego aparecería en el manga) de Kai con una perrita llamada Hana.