El equipo llegó exhausto a la mansión donde los recibió Clio al bajar las escaleras con cierta prisa en su andar.
—Conseguimos… —habló Jean cansado— la reserva suficiente para unos días...
—Qué alivio —suspiró Clio ya relajado.
—¿Dónde está Daina? —habló Ruck.
Clio guardó silencio.
—Está descansando en su cuarto —Miró a donde las escaleras.
—Era de esperarse —Renoir suspiró—, son casi la una de la mañana.
«Algo no está bien...» Ken no pudo evitar sospechar de Clio, pues mostraba cierta inquietud.
—¡Ken! —llamó Sota— ¿Puedo ver a Daina? Quiero darle las buenas noches.
—No hay problema —respondió—, mientras no se haya dormido ya.
—Si quieres yo lo llevo —ofreció Clio.
—Está bien —Ken negó con la cabeza—, sabemos cómo llegar.
—¡Sí, vamos, Sota! —agregó Ken con Besu.
—No —Los detuvo Jean—, ya es muy tarde y necesitan descansar. Tuvieron un día muy largo.
—¡Oh, vamos! ¡Será rápido! —insistió Ken—. Seguro Daina también quiere despedirse —añadió con Keru— ¡Adiós!
Ken tomó a Sota de la mano y fueron directo a la habitación a través de las escaleras y unos cuantos pasillos repletos de cuartos con diferentes estilos vanguardistas, en particular del barroco y el renacimiento
—¡Hermano! —Tan pronto como llegaron allí Sota no pudo resistir y abrió la puerta sin antes haber tocado.
—No entres de esa manera —Ken le llamó la atención.
—Lo siento —respondió despreocupado al tratarse de su hermano.
Al pasar vieron con la luz que entraba desde el pasillo a Daina arropado hasta el cuello, lo extraño era que no se quitó la bandana. Incluso en su escritorio seguían sus cuadernos de francés que sacó el día anterior.
Se acercaron y encendieron la lámpara en la mesa de noche.
—¿Daina? —llamó Ken.
No pareció reaccionar.
—Hermano, despierta —intentó Sota, agitó un poco su hombro hasta que abrió los ojos.
—Ummm… ¿Ken? ¿Sota? —algo adormilado logró reconocer sus voces.
Giró hacia ellos y se incorporó.
—¡Hermano! —Saltó sobre la cama y quedó sentado frente a Daina.
—Hola, Sota —Sonrió.
—¿Todo bien? —preguntó Ken.
—Sí, todo bien —Miró hacia él— ¿A ustedes cómo les fue?
—Marie nos llevó a conocer París y pude probar muchos dulces franceses —contó Sota animado.
—Y nos dio mucho trabajo encontrar el jugo de tomate —Ken contó lo difícil que fue y todo lo ocurrido.
—¿De verdad? —Daina rió de imaginar a los chicos reunir los tomates y tratar de hacer el jugo— ¡Ojalá lo hubiera visto!
—Este… ¿y tu ropa?
Ken notó que llevaba puesta la camisa del pijama pero sus pantalones eran de su conjunto casual, hasta conservaba su cinturón y correa de adorno.
—¿Cómo?
Se miró a sí mismo para confirmar la inusual mezcla de prendas, miró hacia Ken y luego su escritorio extrañado.
—¿Al menos están tiradas en la silla?
Ken negó con la cabeza mientras Sota intentaba buscar dentro del armario.
—Tal vez tenía tanto sueño que me cambié a medias.
—Y dime —Ken tomó asiento junto con Daina— ¿Estuvo todo bien con Clio?
—Se puso un poco loco por el jugo de tomate pero estuvo bien.
Ken hizo una mueca poco convencido de esa frase.
—Y… ¿no te gustaría cenar con Sota y conmigo? Digo, ya que estamos de visita y estuviste tan estre...
—Espera, ¿de verdad no cenaron? —exclamó Daina e hizo una pausa— Es muy tarde pero les hará bien comer algo.
—Sí… Por cierto, me preocupaba lo que pudiera ocurrir si no regresábamos con el jugo —siguió Ken—, aunque por lo visto no pasó nada malo.
—¡Vaya! —gritó Sota al oír aquello— ¿tanto le gustan a Clio los tomates? —Cansado de buscar, regresó con ellos.
—Sí —cortó Daina.
—Creo que demasiado —afirmó Ken.
—Pero ¿Por qué…?
La duda de Sota fue interrumpida cuando oyeron tocar la puerta, a un ritmo rápido e impaciente.
—¡Pasa! —gritó Daina.
Clio entró en la habitación tan rápido como tuvo respuesta.
—¿Cómo estás? —quiso saber de inmediato— Lamento si te lo puse complicado.
Forzó una sonrisa que inquietó más a Ken, el primero en notar esto, seguido de Daina.
—No hay cuidado —Imitó el gesto—. En un rato vamos a cenar.
—¿A esta hora? —se les acercó— Nada de eso, Sota necesita dormir y todos ustedes también —Llevó sus manos a la cintura.
—¡Vamos! —insistió Daina— Sólo será un momento.
—No creo que sea una molestia que Sota cene junto a su hermano —añadió Ken mediante Besu.
—De acuerdo —suspiró y encogió de hombros— pero al menos quiero que conozca su habitación. Marie lo está esperando afuera.
Tras esto Ken volteó a mirar a Sota.
—Puedo ir a echar un vistazo —Bostezó— pero luego quiero cenar con Daina, ¿sí?
—Como quieras —respondió Clio.
—Nosotros nos quedaremos un poco más —dijo con Besu— ¡Nos veremos luego para la cena!
Clio se llevó a Sota con él y Marie.
—No puedo creer que por mis descuidos se les pasara la cena —alarmó Marie luego de que Sota le contara—. No es nada bueno para su salud. Tan pronto como veas tu cuarto… —su voz dejó de oírse a medida que se alejaban.
Una vez se fueron y tomaron suficiente distancia, Ken cerró la puerta con cerrojo y volvió con Daina.
—Estarás de acuerdo con que no es normal que ni siquiera recuerdes dónde dejaste tu ropa.
—Demasiado —Asintió.
—¿Por qué estabas tan nervioso por el hecho de que no hubiera jugo de tomate?
—Es que Clio de hecho… —hizo una pausa. Suspiró encogido de hombros y bajó los ojos— sí que es un vampiro, uno de verdad —confesó—. Y ese jugo lo ayuda a controlarse.
—¿Es en serio? —Arqueó donde debían estar sus cejas, tras segundos de silencio producto de la incredulidad— Ya sé que Clio se toma muy en serio el espectáculo y su papel ¿pero no crees que esto es demasiado?
—Ken, date cuenta —Lo miró a los ojos— ¿Cuándo me has visto así de preocupado?
Este lo observó con más detenimiento, tal vez su bandana no dejara ver del todo sus ojos pero la forma en que estaba el resto de su rostro lo dejaba en claro, el contorno de sus ojos un tanto más pequeño y la cara larga.
—Está bien, te creeré —procedió sin estar convencido— ¿Y pudo controlarse todo el tiempo que estuvimos fuera?
Daina posó su mano en la frente.
—En la noche empezó a tener problemas —trató de hacer memoria.
—¿Recuerdas algo más?
—Mmm… —Apoyó sus dedos sobre su mentón con la misma mano— En un momento salí corriendo.
—¿Por qué? —Abrió más los ojos.
—Clio estaba… —pausó— Era por algo para él… —Bajó la mano.
—¿Podrías ser más preciso?
Ken procedió a quitarse las marionetas y las dejó sobre sus piernas.
—No… —Presionó sus manos— no recuerdo nada más.
—Eh… ¿Me permites? Voy a revisarte —Apoyó una de sus manos en la mejilla de Daina.
Con tan sólo tocarle notó que estaba mucho más frío de lo que debería estar. En especial si estuvo arropado tanto tiempo, y el frío del otoño no llegaba a esos niveles, cosa que Daina no demoró en mencionar mientras frotaba sus brazos.
—Yo no siento nada de frío —Apartó su mano—, además estás mucho más frío de lo que deberías.
Daina se limitó a mantener el silencio, por la tensión en su mandíbula supo que empezó a angustiarse.
—Voy a buscar tu chaqueta para que te puedas abrigar ¿Está bien?
—Sí.
Ken dejó las marionetas sobre la cama y fue lo más pronto posible al armario, en caso de que Sota no buscara bien, pero tan sólo encontró viejos trajes de caballero propios de la época victoriana y un par de pantalones.
—Mejor no pregunto… —susurró para sí mismo— No tienes más chaquetas, ¿verdad?
—No.
—No es por pensar mal de ti —Regresó a la cama para luego agacharse— pero intentaré revisar si anda por aquí. Tal vez también esté tu Deathscyther —Recordó que siempre lo llevaba consigo en dicha prenda.
—¡Deathscyther! —Llevó su mano al rostro— ¡Es cierto!
—Tranquilo —Ken levantó un poco las sábanas—, seguro está en tu chaqueta.
Daina levantó las piernas y se quedó de rodillas para dejarlo buscar. Tras apartar algunos pares de ropa y un lanzador roto de algo interno por cómo colgaba la cuerda. Ken logró dar con la chaqueta casi en la cabecera de la cama.
—… ¿Y bien? —preguntó inquieto.
—¡Aquí está!
Tiró de la prenda a la vez que se levantaba y al hacerlo vio una mancha de sangre en el cuello que iba hasta el abdomen y la manga, también oyeron a Deathscyther caer y golpearse con el suelo, a los pies de Ken. Tan pronto lo vio se percató de que la prenda tenía sangre encima y dado su conocimiento en la utilería sabía que no era falsa.
—Da-Daina… —alarmado le mostró todo eso y él gritó cubriéndose la boca.
—¿Eso es…?
—Levanta la cabeza —indicó.
Hizo lo que le pidió, Ken dejó la chaqueta junto a Deathscyther, para luego revisar primero el lado derecho —que era la izquierda de Daina—. Al no ver nada pasa de inmediato al otro lado donde encontró la profunda marca de dos colmillos. El descubrimiento hizo retroceder a Ken un paso sobresaltado.
—Mejor dilo ya —Daina se había dado cuenta pero aun así quería escucharlo de Ken.
—Clio… sí te atacó.
Bajó la mirada a la par que esta se perdía viendo hacia la nada; sus pupilas se habían expandido.
—¿Daina? —llamó al verlo ensimismado y le cubrió la espalda con su chaqueta.
•••
—Daina… —llamó Clio con un hilo de voz.
—¿Clio? —Levantó la cabeza.
—No me siento nada bien… —Dejó caer las cartas de naipes sobre la mesa.
—Aguanta un poco más —Abandonó el juego y caminó a donde su amigo—. Ya falta menos.
—No puedo… —jadeó en lo que se había vuelto un hilo de voz, apoyado con un brazo sobre la mesa viendo hacia el piso— Ya son más de las diez, son como trece horas...
—Claro que puedes —Tomó su mano entre las suyas—, ya aguantaste hasta este punto, podrás otro poco.
—Daina… —Clio permaneció con la mirada baja.
—¿Sí?
—Por favor enciérrame —logró decir—, es muy peligroso.
—Como quieras —Asintió y le ayudó a pararse.
Caminaron desde el comedor al pasillo a pasos lentos hasta que Clio se soltó de Daina de un tirón y saltó hacia él. Daina fintó hacia un costado, el camino por el que habían venido, y se puso a correr por los pasillos.
—¡Merde! ¡Chicos, por favor apúrense! —Salió disparado por el pasillo en dirección al piso de arriba.
Podía escuchar a Clio acercarse pero caminaba tan tranquilamente que hasta era espeluznante.
Sin atreverse siquiera a mirar atrás corrió hasta la sala de audiovisuales a esconderse en el fondo, tras una fila de sillas. El sonido de los pasos se acercaba uno a uno a la puerta hasta que pararon frente a esta.
Daina contuvo el aliento, recorrió el lugar con los ojos y trazó una ruta que le permitiera huir de ahí lo antes posible. Tras varios segundos el sonido de los pasos se desplazó hacia la derecha, parecían alejarse hacia la oficina de Marie.
Alzó una ceja confundido. «Fácil... demasiado.» Asomó entre las hileras.
De pronto un singular ruido se escuchó en la fila más cercana a la zona del escenario, parecía que algo había arrastrado un poco una de las sillas. Daina dio un sobresalto y retrocedió con los ojos fijos entre las hileras en busca de qué fue. Tan pronto hizo eso pudo escuchar cómo otra silla más cercana a su posición comenzó a arrastrarse hacia la puerta.
«Bien, hora de largarme.» decidió con los ojos muy abiertos.
Salió disparado de su escondite en cuanto percibió esto y corrió directo a la puerta. De inmediato toda la hilera del frente se levantó y salió disparada hacia el frente hasta formar una barricada sobre la puerta junto con pedazos de madera vieja.
—¡¿Qué diablos?! —Frenó con un rechinido de sus zapatos.
Una de las sillas en el montón se levantó en el aire como si un fantasma la sostuviera, instantes después voló hacia su posición.
Daina fintó hacia un costado antes de que lo golpeara y fue a tratar de abrirse paso en la puerta mientras desde la parte de atrás una de las sillas levitó y fue directo a golpear contra las puertas, casi a nada de golpearlo. Ante esto brincó del susto y empezó a halar las sillas.
Comenzaron a oírse unos pasos tras él, entre toda la oscuridad y el ruido que algunas sillas provocaban al arrastrarse. Por otra parte, las que bloqueaban la puerta parecían dejar de ser parte del estruendoso show.
Inhaló nervioso, en ello dejó de tirar un momento y, tras unos segundos, giró a donde daba la espalda. Allí había una figura negra con capa, sus ojos violetas apenas eran apreciables entre la oscuridad, de pie como si nada sucediese, a la vez que una de las sillas se volvía a levantar.
—Demonios... —Volvió a concentrar sus esfuerzos en abrirse paso tan rápido como pudiera.
Las sillas no tardaron en desperdigarse por los lados, a la vez que aquella silla llegó hasta una de las dos puertas, logró abrirla un poco en el proceso, lo justo para pasar en el estrecho espacio y volver a correr.
Al desplazarse entre los pasillos los cuadros decorativos parecían seguirlo con la mirada y continuar observándolo, aun después de dejarlos atrás, cosa que ocasionó que los vellos del cuerpo de Daina se erizaran.
Probó suerte al ir de regreso a abajo y perderlo más adelante pero en los últimos escalones tropezó con algo, había una colorida cuerda de pañuelos atada en la parte inferior del barandal.
—¡¿Qué...?! —Agitó los brazos y se inclinó hacia atrás en un intento de recobrar el balance pero de todas maneras cayó—Aay… —Recogió sus piernas.
De nuevo escuchó pasos detrás de él, esta vez mucho más cerca. Ni siquiera consideró voltear antes de levantarse a trompicones y retomar la huida a pasos torpes. A la vez que escuchaba aquellas pisadas, pudo oír otras más provenir desde la zona izquierda de la mansión, frenó confundido de ello.
«Otro de sus trucos…» dedujo y tomó aliento. Corrió a la parte del teatro. «Mientras evite ir a donde sea que provenga el ruido estaré bien, espero…»
Al entrar encontró un pequeño montaje sobre el escenario: Un reflector sobre el centro del mismo con el ataúd de Clio debajo de este y algunas rosas alrededor.
Miró extrañado aparte de asustado. «¿Qué tan tonto cree que soy?» cuestionó.
Regresó a la puerta y al abrirla una colonia de murciélagos entró justo a la altura de su rostro, varios de ellos chocaban contra él. Gritó del susto y cubrió su rostro con los brazos, retrocedió y por instinto corrió a un costado del teatro lejos de la colonia. Uno de los maniquís extendió sus brazos tomándolo en un abrazo desde la espalda.
Maldijo del susto hiperventilado. Al notar que esa cosa no lo apresaba apartó los brazos y tiró el maniquí a un costado. Una vez más corrió hacia afuera, esta vez no hubo sorpresas pero cuando se acercó a la salida el ataúd cayó al suelo y ya no había rastro alguno de los murciélagos.
—No quiero saberlo —dijo para sí mismo y recorrió los estadios antes de poder llegar a los cuartos.
Aquellos pasos que le seguían el paso tan pacíficamente en anteriores momentos ahora demostraban que se acercaba corriendo hacia la dirección de Daina.
—No de nuevo… Ya no puedo más…
Volvió a correr jadeando en lo que notó la iluminación bajar como si fuera a ocurrir un apagón en cualquier segundo.
Por otra parte, una sombra podía visualizarse en la puerta de su habitación pero tras otro parpadeo de las luces esta desapareció.
Frenó y retrocedió con un brinco hacia atrás.
«Era demasiado obvio.»
Miró a su alrededor entre lo que distinguía antes de probar meterse a otra habitación, la de Ken y Sota. Nuevamente se apagó la luz por unos instantes, para luego encontrarse pegada en la pared una nota escrita con la letra de Clio: "Derrière" que significaba "Atrás"
Asustado, y de hecho temblaba un poco, trataba de entender cómo podía estar siempre un paso adelante, no una, sino en cada ocasión en la que tuvo que esquivar sus trucos. Volvió a ver la nota «Sería demasiado estúpido, pero ya no tengo más caminos.»
—¿Cansado? —preguntó Clio con peculiar amabilidad detrás de él.
Daina dejó caer el papel, helado al escucharlo, el corazón le latía a todo lo que podía entre correr y los constantes sustos. Volteó y dio un paso atrás muy despacio, en la oscuridad pudo sentir cómo una de las manos de Clio posaba sobre su hombro.
—¿Te ayudo a descansar?
—¡No! —gritó y le dio un manotazo— ¡Aléjate!
Todo volvió a oscurecer.
—¿Por qué esa descortesía? —cuestionó, pero se lo escuchaba mucho más lejos, como si aún estuviera entrando por la parte del pasillo.
Daina abandonó tan rápido como su fatigado cuerpo le permitía y entró al de Jean, cerró y puso el seguro despacio, contaba con que en la oscuridad no notara que se fue.
La ventana estaba cerrada y el cuarto parecía más helado de lo que debería. Aquellos pasos se aproximaban cada vez más a la habitación así que se ocultó detrás de la cama donde no sería visto pronto y contaba con más espacio para desplazarse.
Respiraba despacio y muy hondo, con la energía que le quedaba y alcanzara a recuperar tendría que arreglárselas.
En el silencio sonaba la manija deslizarse por las trabas de la puerta junto al seguro. «¡¿Cómo puede hacer eso?!» Escuchó incrédulo.
De pronto algo retumbó por el pasillo distrayendo a Clio. Sus pasos comenzaron a alejarse.
Daina no se relajó por estarlo esperando, bien podía ser otro engaño y con tantos trucos desconfiaba incluso de su propia sombra.
El silencio cubrió el ambiente, la luz de la luna era lo único que iluminaba sobre la puerta de la habitación. Una última vez se escucharon los pasos a través del final del pasillo, los cuales ya se perdían en la dirección contraria a los cuartos.
Daina miró a Deathscyther en la oscuridad antes de decidir si mirar aunque fuera por el ojo de la cerradura o quedarse ahí.
—Ayúdame —susurró— ¿Qué debo hacer, amigo?
Este lanzó un destello casi grisáceo, luego de eso lo guardó y dejó su escondite.
Todo parecía tranquilo, no había ningún ruido siquiera lejano a su posición.
«Supongo que puedo salir por esa ventana y enredaderas si lo necesito...» Miró de reojo antes de abrirla y acercarse lentamente a la puerta y asomar su ojo por la cerradura, era imposible distinguir nada.
No pasaron ni cinco segundos hasta que Clio le cubrió la boca y lo apresó con su otro brazo. Sus gritos ahogados pasaban por un chillido y como podía intentó forcejear.
Clio lo sujetó con más fuerza e intentó arrastrarlo de regreso a la parte de atrás de la habitación, Daina con los pies trató de frenar el arrastre y apartarse de Clio.
—Si te resistes será más doloroso —advirtió en tono de amenaza.
Al ver que no paraba decidió sacar una cuerda de su capa, dejando suelta su boca y con un movimiento rápido le amarró las manos tras la espalda.
—Clio, por favor no... —habló con la voz temblorosa.
Aunque no se notara con la luz de la luna, estaba pálido.
—Es un simple truco de magia —contestó como si de un juego se tratara.
Lo llevó hasta tenerlo contra el armario.
Daina tartamudeó algo incomprensible, sin dejar de ver hacia Clio. Este se alejó unos instantes, no pudo evitar mirarle fijamente al rostro y notar lo nervioso que se encontraba.
—Si quieres te tapo los ojos.
Daina arqueó una ceja sin comprender si intentaba burlarse o lo decía de verdad. Suspiró rendido al aflojar los hombros y bajar la mirada, apenas viendo hacia un costado. Clio se acercó unos pasos hasta quedar casi rozando con su rostro.
—Bien... —Levantó una de sus manos a la altura de su cuello pero antes de hacer otro movimiento paró en seco.
Daina acabó de cerrar los ojos con fuerza cuando notó eso, volvió a abrirlos y miró de reojo.
—¿Ahora qué? —se atrevió a preguntar aún asustado.
—¿P-por qué estás atado? —Clio tenía los ojos bien abiertos y se le oía balbuceando.
—¡Tú hiciste esto! —gritó.
—¿Yo? —Apartó poco a poco su mano boquiabierto.
—¿Pero cómo llegué hasta aquí?
—No me digas que no te acuerdas.
Si bien su tono era de enfado por todo lo ocurrido y que ahora pareciera que le tomaba el pelo, el nerviosismo y miedo seguían ahí.
Clio llevó una de sus manos a la barbilla, incluso cerró los ojos con cierta fuerza en el intento de recordar.
Daina por su parte, desvió la mirada unos segundos a la ventana y volvió a concentrarse en él. «Si me puedo liberar podría aprovechar y correr, luego... a la pequeña alegría, la suerte.»
Tocó la madera del armario con un giro de la muñeca y le dio suaves palmadas. Probó forcejear la cuerda para encontrarse que no estaba tan ajustada como creía. Sonrió un poco.
—Era... algo rojo... —aún tenía cerrados los ojos y con una de sus manos sostenida en puño, la otra parecía temblar.
—Clio —pausó, luego de unos movimientos se quitó la cuerda y la guardó por si acaso—, estabas haciendo muchas bromas —probó entretenerlo mientras caminaba despacio sin dejar sus manos a la vista.
—¿Bromas? —Empuñó la mano que aún temblaba— Creo que ya recordé…
—Calma, intenta respirar un poco —Ya le faltaba nada para llegar a la ventana—. Dime lo que recuerdas.
Clio volvió a abrir los ojos como si fueran mecánicos y su vista fue hacia donde Daina se encontraba.
—¡Ey! ¡Aún no terminamos!
—¡¿Ah?! —sobresaltó.
«Estoy en la galera, ahora sí.» Tomó algo de aire.
—Lo siento, Clio —Retrocedió a la par que se le acercaba. Antes de que le hiciera algo volteó, corrió y saltó por la ventana.
—¡Todavía no!
Tomó a Daina del cuello de su chaqueta y lo llevó de regreso al suelo con tal fuerza que incluso rompió una caja de cartón en la que Jean traía su ropa. De hecho en el movimiento Deathscyther voló de la chaqueta de Daina y rebotó en el suelo.
—Salaud! —bramó por el dolor del golpe.
Al sentir con qué fuerza lo sujetaba no se molestó en intentar pelear, además de estar demasiado aturdido y cansado para ello.
—No dolerá…
Arrastró a Daina hasta la parte central de la habitación mientras este soltaba una lágrima. Finalmente Clio le cubrió el rostro con su otra mano y comenzó a clavarle sus colmillos.
Bramó del dolor en cuanto sintió la mordida, aterrado también se retorció. La sangre comenzó a brotar, caía un hilillo sobre el piso de la habitación y salpicaba a Deathscyther. Parte de dicha sangre comenzó a absorberse por la ropa mientras Clio clavó un poco más los colmillos. Pronto parte de la chaqueta y camiseta quedó manchada con sangre e incluso relucía un poco entre la escasa luz que entraba.
—Ya... basta…
Suplicó Daina con un hilo de voz al empezar a perder fuerza, apenas sosteniendo la mano con la que le cubría la cara mientras el resto de sus brazos estaban sujetos con demasiada fuerza para él; sólo podía levantarlos.
Clio no se detuvo, seguía incluso haciendo más profunda la herida. Conforme seguía Daina empezaba a sentirse con frío, mareado y su respiración se volvía más lenta y pesada.
Deathscyther brilló en una luz opaca apenas perceptible. Al cabo de un tiempo Daina estaba helado, había dejado de oponer resistencia y se encontraba débil al punto en que sus ojos —cuya mirada lucía perdida y ausente— empezaron a cerrarse, su mano cayó inerte y fue todo lo que pudo recordar antes de que su visión oscureciera.
···
—¿Amigo?
Ken lo llamaba con una mano sobre su hombro, entre más tiempo tardaba en responder mayor era su preocupación.
—Y-ya —tartamudeó— ya recuerdo lo que pasó…
—¿Y… —pausó antes de atreverse a preguntar— qué sucedió?
Daina narró los hechos lo mejor que pudo, con numerosas pausas debido a que continuaba sintiendo pequeños temblores a causa del terrible recuerdo, nerviosismo y trabas al hablar o simples vacilaciones.
Ken por su parte tuvo que tomarle la mano para ayudarlo a calmarse, quedó con los ojos muy abiertos e incluso sus pupilas se dilataron conforme escuchaba, imaginarse aquel horror le causó un escalofrío.
—Eso explica por qué Clio estaba tan raro cuando llegamos —habló finalmente.
—Dudo que esté en paz sabiendo lo que hizo —Daina expresó su lástima por él.
—Fue algo evasivo cuando Sota pidió venir a verte —Ken permaneció pensativo unos segundos—. Entonces, si Clio te mordió pero despertaste…
—Y además estoy helado… —Desplazó un dedo entre sus dientes en busca de algo que se sintieran como colmillos.
«Todo apunta a que sí estoy muerto.» pensó Daina, a continuación buscó sus latidos y luego su pulso sin éxito.
«Quiero creer que no murió y está frío solo por la falta de sangre…» pensaba Ken «pero es demasiado obvio para seguirlo negando… ¿o no?» Miró por última vez la chaqueta.
—¿Planeas decirle al resto lo ocurrido?
—Probablemente. No tardarán en notar que algo pasa —Alzó la vista—. Pero mi mayor preocupación es Sota —Tragó saliva—, no puedo pensar en cómo se lo va a tomar.
—¿Tal vez luego de la cena? —Le ayudó a acomodar la chaqueta— Podría asustarse si se lo dices muy de repente… o no creerte.
—Tal vez... —Miró su chaqueta inquieto— Amigo, mejor me pongo otra cosa —Se la quitó de los hombros— ¡Esto tiene demasiada sangre!
—La ropa del armario está llena de polvo —recordó—, eso es todo lo que tienes para taparte.
—La parte negra quizá lo disimule un poco pero la tela morada me delata.
Dejó la prenda para recoger la camiseta naranja que quedó en el suelo al arrastrarla con la chaqueta, lucía igual o peor.
—Y ni hablar de… esto —Señaló dicha prenda.
—Entonces sí usaremos los trajes de Marie —comentó poco convencido al no parecer del agrado de Daina si llevaban tanto tiempo guardados y empolvados.
—Usaré el menos llamativo —confirmó el pensamiento de Ken—, hay uno de color negro.
—¡Permíteme!
Corrió hasta el ropero y al retirar un traje con aquella descripción, una nube de polvo salió del ropero.
—¡¿De qué año es esto?! —Tosió y tras unos segundos más regresó de inmediato con Daina.
—A Marie le gustan las cosas victorianas —respondió mientras Ken volvía—. Cuándo fueron hechos, no lo sé.
—¿Sabes? —hizo una pausa mientras le entregaba el traje— Estás demasiado relajado sabiendo —pausó de nuevo— lo que te acaba de ocurrir.
—No lo estoy —negó antes de quitarse el pijama junto a su collar—. Claro que estoy preocupado pero Clio me puede ayudar —le tembló el labio—, tengo quien me guíe y eso me calma un poco.
—¿Pero Clio no nació siendo vampiro? —analizó en lo que ayudaba a Daina a vestirse— Tú en cambio… ¿Acabas de morir?
—Es algo irónico —pausó— pero sí, estoy muerto.
Le tembló el labio de nuevo y le flaqueó la voz al afirmar en voz alta.
Después de ponerse la ropa concluyeron que la marca pasaría inadvertida para los demás.
El traje consistía en una camisa blanca debajo de un chaleco negro con un pañuelo acomodado en cascada que tapaba el pecho. Todo esto cubierto por un frac también negro, liso y sin detalles. No le pareció mal conservar el resto de su ropa así que decidieron que estaba bien así.
—¿No tienes miedo de llegar a atacar a Sota durante la cena o... —Ken miró por última vez a Daina, los colmillos ahora eran un poco más notorios que antes pero aún diminutos— a mí?
Daina tensó los hombros y mordió su labio.
—No… no creo que pase tan pronto —Volvió a ponerse el collar—, esto nos lo puede decir Clio.
—Yo no confiaría tanto en él después de lo que hizo —contestó angustiado con Keru.
—No estaba siendo él mismo, no fue su intención —abogó.
Acabó de acomodarse la ropa, en ningún momento hizo contacto visual.
—¿Y qué hay de ti? —continuó con Besu.
—¿Yo qué? —Volvió hacia él.
—No quisiéramos desconfiar de ti —siguió con la marioneta— pero ¿Cómo sabremos cuándo deberíamos salir corriendo o no? —finalizó la frase con Keru.
—Buen punto —pensó cruzado de brazos y suspiró—. Estate atento a mi forma de mirar —Señaló sus ojos—, imagino que si se me antoja… ya sabes —vaciló— mis ojos lo van a decir todo.
—Viejo… —tembló su voz— Así como lo dices da mucho miedo —acabó la frase con Keru.
—¿Tienes otra idea?
—No… —Bajó la mirada junto a sus títeres.
—Todavía estoy cambiando, no creo que pase nada aún —razonó al no sentir tan grandes sus colmillos al pasar su dedo entre ellos una vez más—. Aun así me cuidaré de no abrir demasiado la boca.
—Nosotros cuidaremos de Sota —exclamó con Besu—. Todo estará bien —animó Keru y Ken sonrió.
«Nunca me ha fallado, puedo confiar en él.»
—Gracias, amigo…
De pronto su aparente calma comenzó a decaer, viéndose ello en su voz y sonrisa cada vez más forzadas hasta que ya no pudo mantenerlas.
—¿Daina? —Desapareció su sonrisa mientras lo veía bajar la vista, lo oía respirar como si sollozara y lo veía apretar sus puños temblorosos.
—No puedo —confesó con la voz quebrada—, no puedo con esto —Las lágrimas brotaron de sus ojos.
Ken no estaba seguro de qué podía decir para reconfortarlo, sólo podía permitirle desahogarse. Extendió los brazos para él. A Daina no le gustaban los abrazos pero en aquella ocasión se abalanzó y lo abrazó fuerte mientras lloraba, como un pequeño niño asustado.
Ken le abrazó con más suavidad.
—Todo esto —gimoteó—, pensar que yo podría… —no se atrevió a completar la frase— Saber que los voy a ver morir… Y mientras yo sólo...
Ken le acarició la cabeza con lástima mientras lloraba sin poder acabar oración alguna, hasta dejó ir una lágrima.
—Apenas puedo imaginarlo —dijo— pero sea como sea estaremos contigo hasta el final.
—P-pero tú lo dijiste —tartamudeó y levantó la cabeza—, podría la-lastimarte a ti, a los chicos o a Sota...
—Daina… —Sonrió para la comodidad de él—, no pienses en eso, confío en que todo estará bien.
No respondió, lloró hasta que pudo hablar otra vez.
—¿Por qué —pausó— … por qué estás tan seguro?
—Bueno, porque tú lo dijiste. Clio te puede ayudar, y también porque confío en ti.
—Gracias, Ken —Levantó la mirada hacia él, tenía los ojos algo rojos.
—No es nada. Vivo o muerto sigues siendo tú —Separó a Daina y posó a Besu en el pecho de este para señalar su corazón—. Lo que sea que te mantenga —se detuvo a buscar alguna palabra— no-muerto, no te ha cambiado.
«Su corazón… Realmente está muerto.» pensó al ver por sí mismo que su corazón no latía ni lo sentía respirar. «No es ninguna broma pesada…»
—Tienes razón —Frotó sus ojos.
—Con todo y registro de trampas —bromeó con la voz de Keru.
—¡Oye!
—Así que… si ya te sientes mejor, vamos. Sota debe estarse preguntando por qué tardamos tanto.
Ambos chicos salieron camino al comedor, junto a la puerta los esperaba Clio quien tenía la mirada perdida e inundada de culpa.
Los chicos intercambiaron miradas.
—¿Nos habrá escuchado? —preguntó Ken.
—Lo dudo —Negó con la cabeza—, le enseñé algo de japonés pero no sabe tanto para conversaciones.
Ken mantuvo la distancia y su mirada baja, más allá del temor, lucía como algo demasiado privado entre ellos.
Clio no era capaz de mantener contacto visual.
—Daina, yo…—buscó las palabras— lo que pasó allá... —Sopló— Lo siento... ¡Lo siento mucho!
Se inclinó hasta arrodillarse y posar su cabeza en el suelo, una de las formas de arrepentimiento en Japón y la máxima de ellas, según le había enseñado Daina una vez.
Él miró directamente a Clio, notaba cómo sentía la culpa de lo que sea que ahora le estuviera sucediendo a su cuerpo.
—Clio —pensó unos momentos en lo que iba a decir—, no fue tu culpa. Al fin y al cabo —pausó unos instantes— no estabas consciente de lo que hacías.
Cerró por un par de segundos sus ojos, esforzándose por no recordar de nuevo la última escena de su intento fallido de escape. Tocó por un momento la parte donde Clio lo mordió, para luego abrir los ojos nuevamente en lo que se levantaba de nuevo.
—Fue culpa nuestra por no tener cuidado al practicar… —finalizó.
—¡Aun así te debe una disculpa sincera! —gritó Ken con Keru.
Daina miró hacia él, aún se mantenía cabizbajo y con Keru tapando su boca.
Clio trató de no mirar donde Daina había apoyado su mano, en su lugar miró a Ken.
—Ya dije que lo sentía… —suspiró— Con una o dos botellas de jugo de tomate al día será suficiente para mantenerlo bajo control.
Ken se atrevió a levantar la mirada otra vez y mantener el contacto visual, todavía algo angustiado.
—Hay un pequeño problema con ello… —advirtió con Besu.
—¿De qué hablas? —Daina volteó hacia él una vez más.
—Sólo hicimos lo suficiente para que Clio tenga por tres días—explicó con Keru—. Las tiendas no volverán a surtir hasta el lunes… —agregó con Besu.
—Tal vez si lo racionamos podamos extenderlo un poco más —pensó Daina.
—¿Tú crees que eso no afecte?
Clio se veía preocupado de escuchar aquello, pues Sota y Ken se iban a quedar todo el fin de semana en AS Gallus.
—Ni siquiera sabemos si hicimos lo preciso para que Clio aguante hasta entonces —alertó Keru.
—Nos repartiremos las botellas —decidió Clio—, cargaremos una durante el día cada uno y tomaremos sólo cuando lo creamos necesario, no todo de una sola vez.
Daina miró lo preocupado que lucía Ken quien nada más miró hacia otro lado que no fueran ellos dos, y luego regresó su mirada a Clio.
—Bueno, confiaré en ti —habló de una vez.
—De a poco le tomará el ritmo y será más sencillo —explicó Clio.
—¿Y Sota? —Ken trató de evadir el tema que comenzaba a incomodarlo.
—Ahora debe estar esperando en el comedor con Marie —respondió Clio.
—Vamos. Después hablamos sobre esto…
Daina tomó camino hacia el comedor, Ken le siguió el paso sin dejar de mirar a Clio hasta un par de metros más adelante.
