Capítulo 3

If I could go back and change one thing

I'd leave it all the same.

Except my shitty attitude,

I'd swap pity party pouting for some gratitude.

-.-.-

Rei K.

[¿Sabes cuál sería el negocio definitivo?]

[Una librería veinticuatro horas.]

Ese es el mensaje que lo recibe esa mañana al despertar. La sonrisa y el repiqueteo en las costillas son instantáneos. Llevan apenas unas semanas hablando a diario, pero ya se le hace difícil pensar en levantarse y no ver varias notificaciones.

[Una librería-cafetería de gatos veinticuatro horas.]

Rei K.

[:O]

[That's the dream!]

Pone la tetera al fuego mientras Rei le escribe acerca de su noche en vela. La diferencia horaria implica que, para cuando él se levanta, Rei ya lleva varias horas en pie y trabajando, pero el chico usa sus descansos para hablarle de lo que sea. De los gatos que ha visto ese día. De algún cliente repelente que haya ido al restaurante. De que cuando no puede dormir sale a dar vueltas por las calles de su aldea, porque si se queda en casa siente que las paredes se le caen encima.

Kai conoce bien esa sensación. Una presión envolvente que lo persigue allá donde vaya, y que empeora estando a oscuras y en soledad. Lo que le sorprende es descubrir que Rei pase por lo mismo porque, aunque es una persona independiente, se supone que tiene gente a su alrededor. Él mismo sabe que puede plantarse en casa de alguno de sus amigos en mitad de la noche. Y puede que se gane algún gruñido por despertarlos, pero no le darían la espalda. Después de todo, ellos son el motivo de que en ese apartamento haya una segunda cama.

Para las noches realmente malas.

Kai le había extendido a Rei la oferta de conocer a Hana casi por impulso. Ahora lo hace de manera deliberada.

[Si quieres cambiar de aires, tengo una habitación libre.]

La burbuja con los puntos suspensivos aparece y desaparece. Pasan varios minutos así. Kai vierte el agua caliente sobre la bolsita de té, que poco a poco va desprendiendo su aroma a medida que el líquido se tiñe de un pardo rojizo.

Puede imaginárselo. A Rei. Mordiéndose el labio y dividido entre lo que quiere y lo que piensa que debería querer. Es casi trágico que de entre todo lo que que comparten haya tantas cosas malas. Aunque la familia Hiwatari no se parezca mucho a la de Rei, al final les han dejado mellas muy parecidas.

Lo bueno del asunto —dentro de lo malo—, es que Kai sabe qué es lo que funciona para romper esa falsa encrucijada. Y ser brutalmente honesto es una de sus especialidades.

[Mira, si no quieres venir porque no quieres venir, está bien.]

[Tengo muy asumido que no soy la compañía favorita de nadie.]

[Pero ni se te ocurra comerte la cabeza por lo que puedan a decir de ti.]

[Al mundo le da igual si eres feliz o no, lo que les interesa es que pases por el aro. Y aun así nunca será suficiente. Hagas lo que hagas alguien le va a encontrar pegas, aunque no sea de su incumbencia.]

[La única forma de salir de ese juego es preocuparte por ti. Porque, si no pones por delante tus intereses, nadie más va a hacerlo. Y te lo mereces.]

[Te mereces ser feliz.]

Se lo piensa un segundo antes de añadir:

[Siempre puedo secuestrarte yo mismo, si quieres.]

Los mensajes quedan flotando sobre el fondo blanco del chat, con la palabra Visto en gris claro al final de todo. El tic tac del reloj de cocina resuena como un eco en su cabeza. El ego le escuece un poco, pero no se trata de la angustia ardiente que siempre lo ha espoleado a ser perfecto. A necesitar ser el mejor y no dejar una sola vulnerabilidad al descubierto.

Ha tomado el riesgo de exponerse y tiene que lidiar con ello.

Con un suspiro se acaba el té y coge la correa de Hana, que salta del sofá y corre a la puerta de entrada en cuanto lo ve moverse. Nada más salir del edificio el frío los golpea como un camión. La shiba resopla y lo mira fijamente.

—Lo siento, peque —le palmea la cabeza—, aquí fuera no se puede regular el termostato.

Hana deja escapar un ladrido acabado en un gimoteo y tiene que reírse.

A pesar del aire cortante y la nieve que le entorpece los pasos, tiene el pecho ligero. Aunque la ausencia de una respuesta inmediata sigue ahí, como un poso amargo, la honestidad le sienta bien.

El paseo es más corto de lo habitual, apenas un par de bloques antes de que Hana decida que congelarse las patas no vale la pena por un poco de libertad, especialmente cuando hay una cama calentita esperándola.

Kai no puede decir que no la entienda. Aunque no le disgusta el crujido de la nieve bajos los pies y de que está hecho a condiciones meteorológicas más adversas, hace tiempo que empezó a valorar su integridad física lo bastante para no arriesgarse a una hipotermia. Su "yo" adolescente probablemente lo llamaría blando. El Kai adulto prefiere considerarse sensato.

Si pudiera volver atrás, le gustaría cambiar aquello. Su actitud. Desde su perspectiva actual era capaz de entender, y hasta cierto punto perdonarse, muchas de las cosas que había hecho. Había sufrido lo indecible a manos de otros, personas que lo habían usado y planeado un futuro en el que su voluntad no tenía cabida. La crueldad para con la gente había sido su única opción.

Hasta que había dejado de serlo.

A veces no puede evitar preguntarse cómo habría sido. Ser capaz de confiar en sus amigos desde el principio. Dejarse ayudar. Tratarlos como se merecen. Les habría ahorrado mucho dolor a todos.

En cuanto llegan al apartamento le quita la correa a Hana y la seca con una toalla limpia antes de dejar que se hunda en los almohadones del sofá. Luego, enciende el ordenador que tiene en una esquina de la sala de estar y se cambia la ropa de calle por algo cómodo.

Técnicamente falta algo más de una hora para que comience su jornada laboral, y normalmente aprovecharía para ir al gimnasio un rato mientras Hana dormita. Pero el impulso de mirar el teléfono cada dos minutos le cosquillea en los dedos, e intuye que ponerse los auriculares y sumergirse entre tablas de Excel va a ser lo más efectivo para ocupar su mente.

Demasiado, quizás, porque para cuando Hana lo interrumpe ya casi es hora de comer, y se encuentra con varios mensajes y una llamada perdida. Las manos le tiemblan y los latidos le tropiezan, y normalmente se reiría de semejante patetismo, pero las últimas semanas han ido modificando su orden de prioridades.

Hacerse el duro está ahora bastante más abajo.

«No puedo cambiar el pasado, pero puedo decidir sobre el presente».

Pulsa sobre el contacto. La llamada se descuelga antes de que acabe el segundo tono.

—Rei.

-.-.-

[Tengo muy asumido que no soy la compañía favorita de nadie.]

Rei respira hondo y apoya la sien contra la ventanilla del avión, todavía sin acabar de creerse lo que está haciendo.

Todos y cada uno de los mensajes de Kai de aquella mañana, la semana anterior, habían parecido diseñados para poner su mundo del revés. Todos y cada uno habían pulsado una cuerda en su interior de un modo escalofriante. Hasta la tontería de la librería-cafetería de gatos le había dejado el cuerpo caliente y la boca seca porque Por qué me conoces tan bien. Todo lo que había venido después le había dejado claro que "gustar" se le estaba quedando pequeño para lo que siente por Kai. Sin embargo, el cerbero de Rei se había quedado encasquillado en aquel mensaje concreto.

«No soy la compañía favorita de nadie.

Joder, Kai, si me tienes de rodillas sólo con mirarme».

Sacude la cabeza en cuanto el doble sentido le cala. Espera no haberse equivocado leyendo las señales, porque si no está a punto de pasar por los días más incómodos de su existencia.

Debería ser ilegal. Que alguien tenga ese efecto en otra persona. Le había costado hasta el último gramo de valor hacer la llamada solo para que Kai no le cogiera. Las horas —veinte minutos en tiempo real— hasta que Kai le había llamado de vuelta habían sido agónicas. ¿Le había hecho esperar demasiado antes de responder? ¿Le había ofendido o, peor, hecho daño después de que se abriese con él?

Entonces había entrado la llamada, y Rei da gracias a todas las deidades que se habían alineado para que lo pillase llegando a casa, porque el sonido de su nombre con la voz de Kai en su oído era más de lo que podía soportar sin convertirse en gelatina. Para cuando su cerebro había vuelto a estar a pleno rendimiento, ya estaba a medias de reservar un vuelo de ida. La idea de tener a Kai en persona había hecho el resto.

«Más vale que yo sea tu compañía favorita (o como mínimo después de Hana), porque no creo que pueda renunciar a ti aunque me lo pidas.

Por favor, no me lo pidas».

Apenas consigue dormir en todo el trayecto. Cada una de sus terminaciones nerviosas parece alerta, la adrenalina por las nubes como cuando escala los desfiladeros más escarpados. Todo se le hace eterno. Le cabe toda una vida desde que el avión comienza a descender hasta la cola para recoger su equipaje.

Y sin embargo, en el momento en que se ajusta la bandolera al hombro, a punto de salir por las puertas de la terminal, todo parece demasiado rápido. Como si se estuviera saltando pasos.

El camino que se abre ante sus pies es totalmente desconocido, y la punzada de inseguridad que le atraviesa el pecho es desoladora, casi tan fría como el aire que se cuela desde el exterior.

«Venga, Rei» se dice, tragando saliva, «ya has llegado hasta aquí. Sólo un paso más.»

Al atravesar las puertas el escalofrío es instantáneo, y no tiene nada que ver con la trepidación que le tamborilea bajo el esternón. No deja de resultarle fascinante que haya gente viviendo así, a bajo cero, por voluntad propia. Se sube más el cuello del abrigo y se abraza para conservar mejor el calor. Está tentado de abrir la maleta y embutirse en dos o tres capas más de ropa, pero entonces una figura se le acerca y decide que, a lo mejor, ese clima tiene algunas ventajas.

—Rei…

Como ver a Kai con la punta de la nariz sonrosada, su aliento convertido en nubes de vaho cada vez que habla. Real, humano y dolorosamente guapo.

—Con la pasta que tienes ya podías haberte comprado una isla tropical o algo —es lo primero que suelta.

Es la primera idiotez que se le ocurre, pero no tiene la menor intención de avergonzarse. Si ha llegado hasta aquí, no ha sido a base de hacerse el listo.

Quiere que Kai lo quiera a él, no a una imagen prefabricada para sus admiradores.

Y funciona. Sabe que funciona en cuanto la confusión resquebraja el semblante estoico de Kai. Le sigue un bufido y la sonrisa que intenta esconder bajo la bufanda. Cuando vuelve a mirarlo, los iris rojizos están llenos de un afecto que le corta la respiración.

—Te he echado de menos —dice, y es todo el aviso que Rei tiene antes de que lo abrace.

—Y yo a ti —responde contra su hombro, invadido por una calidez que le llega hasta los huesos.

Los brazos lo ciñen con más fuerza, suficiente para juntar cada esquirla de su ser, para hacerlo sentir entero y seguro por primera vez en mucho, mucho tiempo. Cierra los ojos y se deja envolver por el frío, el calor, el aire de Moscú, la colonia de chico, el ruido del tráfico y la cadencia de sus latidos.

El camino que se abre ante sus pies es totalmente desconocido y no sabe adónde va a llevarlo. Pero no tiene que recorrerlo solo.

-.-.-

I'm just following my feet step blindly,

Wrong steps help me learn the right ones' timing,

Only look back to learn from what's behind me now.