Capítulo 4
Maybe I lost myself again
Maybe I lost myself again
Again
-.-.-
La presencia de Rei se le marca en la piel, como un hierro al rojo, pero sin dolor. Si cierra los ojos es capaz de recrear su solidez entre los brazos, contra el pecho. La sensación fantasma no hace más que acrecentarse cada vez que posa la mirada en el chico. Quiere extender la mano y apaciguar el cosquilleo con su calidez, pero hay algo que no se lo permite.
Cada una de las interacciones entre Rei y Hana no hacen sino empeorarlo. Son tan, tan… TAN.
—Lady Hana —canturrea su amigo desde el sofá, enarbolando un cepillo—, ven, hora de acicalarte.
Palmea su rodilla y la shiba acude rauda. Se echa sobre su regazo, toda sinvergonzonería y sonrisas. Llevan así desde el aeropuerto, cuando Hana había interrumpido su abrazo con un gimoteo para que le prestasen atención.
Y había sido amor a primera vista.
—Así que esta es Lady Hana —había dicho Rei, agachándose para quedar a su altura.
Hana se había dejado rascar entre las orejas, bajo el mentón, y había parecido encantada cuando Rei le había achuchado los mofletes mientras le murmuraba dulzuras. Kai ha tenido el privilegio de ver distintas facetas de Rei desde que lo conoce. Lo ha visto pasar del adolescente de mejillas redondeadas y ojos brillantes, una mezcla a partes iguales de caprichosas maquinaciones y madurez, al hombre sagaz y diligente que es hoy. Sin embargo, esa voz varias octavas más agudas y la mirada llena de estrellas mientras mima a Hana es nueva.
Y familiar.
Mientras lo contempla desde el quicio de la puerta, reconoce en el otro esa parte de sí mismo. Esa felicidad inocente y sin tapujos cada vez que logra que un gato callejero confíe en él, o cuando Hana busca su compañía o simplemente existe dentro de su campo visual. Da igual quién sea o que tenga escarcha en las venas: si un animal le da la mínima muestra de confianza, su gesto se relaja y la voz se le suaviza. Comprobar que Rei se rige por la misma Ley Universal es reconfortante.
—¿Por qué eres tan bonita? —murmura Rei en voz bajita sin dejar de cepillar a la shiba.
Como si supiese que está siendo halagada, Hana amplía su sonrisa y mueve la cola.
—Eres bonita y lo sabes, ¿a que sí?
Ella ladra y Rei se ríe. Kai también. Eso parece sorprender a Rei, que lo mira con los ojos muy abiertos antes de volver a centrarse en Hana. Se diría que lo hubiera pillado haciendo algo malo, pero Kai no está tan desconectado del mundo como para malinterpretar los gestos de Rei. Y sus vacilaciones se disuelven, como si nunca hubieran existido.
—Y tanto que lo sabe, es más lista que el hambre —dice, acercándose a ellos.
El sofá es lo bastante grande para que dos personas se sienten tranquilamente sin rozarse, pero Kai se acomoda justo a su lado, girado hacia él y con un codo en el respaldo. No llegan a tocarse, pero compartir su espacio personal basta para arrancarle un cosquilleo en la punta de los dedos. Dentro del pecho. En los labios.
Sabe que el sonrojo que traía Rei después de abrazarlo no era —sólo— por el frío. Sabe que no ha viajado miles de kilómetros por jugar con Hana, por muy encantadora que sea.
—Habrá salido al dueño —responde Rei. La voz ronca, los ojos de oro fundido.
—Hmm. —Se inclina unos centímetros hacia él—. Si fuera la mitad de listo que ella, no habría esperado tanto —murmura.
No hace falta que especifique a qué se refiere. A Rei se le escapa una risa floja y de pronto tiene sus labios contra los suyos, una mano sobre su rodilla y la otra en la nuca. Kai por su parte le rodea la cintura y lo acerca un poco más, ladeando la cabeza para poder profundizar el beso. El calor lo consume de dentro a fuera, pero es un fuego que no deja cenizas a su paso, sino que lo convierte en algodón.
Rei todavía huele a su gel de ducha y champú de la ducha rápida que se había dado para quitarse el olor a veinte-horas-encerrado-en-un-avión, y algo en esa combinación de la esencia propia de Rei con algo suyo le arranca un ramalazo de posesividad que no sabía que tenía. No hacia una persona.
Se separa un instante para respirar y aprovecha para dejarle un reguero de besos en el cuello mientras le enreda los dedos en el cabello. Las manos de Rei exploran su pecho, que tiembla con un jadeo cuando nota el filo de sus dientes en el lóbulo. Su aliento le hace cosquillas y le acelera los latidos, que seguramente podría notar sólo con rozar la piel fina justo debajo de la mandíbula.
Una parte de él se revuelve ante esa posición de vulnerabilidad. Sin embargo, sus protestas son más endebles de lo habitual. Silenciadas por el burbujeo ardiente que recorre sus terminaciones nerviosas.
Inclina la cabeza y Rei no se hade de rogar. Probablemente le queden marcas, obvias en la piel clara, y la perspectiva le hace morderse el labio y las ganas. Porque de lo contrario no va a poder contenerse. Le tira ligeramente del pelo, sin hacer daño, y le busca la boca de nuevo.
En algún punto —podrían haber sido horas o minutos, Kai no lo tiene claro—, Hana lanza un ladrido de protesta desde su cama —ni siquiera se habían dado cuenta de que había bajado del sofá. O de que seguía existiendo en general—, que los interrumpe con el sobresalto. A Kai le lleva unos segundos recuperar la consciencia de sí mismo, y cuando lo hace se encuentra con que tiene a Rei prácticamente subido en su regazo, tan desubicado como él pero con las manos aún sobre su pecho. Él mismo sigue enredado en él, una mano entre los mechones largos y oscuros, todavía algo húmedos, y otra en su cadera. No tiene muy claro cuándo la llevó hasta ahí. Pero Rei no lo aparta y Kai no tiene intención de avergonzarse porque, cuando Rei lo mira, encuentra de todo menos arrepentimiento en su expresión.
Hana suelta un gañido antes de que puedan plantearse siquiera el seguir donde lo habían dejado. A Rei se le escapa una carcajada y esconde el rostro en su hombro, y Kai se encuentra pensado que, vaya, eso puede ser la felicidad.
—Cre… —carraspea. Las palabras apenas le obedecen—. Creo que tiene hambre, voy a…
Rei murmura un «Sí» y deja que se levante. Hana corre a su lado en cuanto se acerca al estante donde guarda sus latas y a Kai lo invade una sensación de ingravidez. Como si lo hubiesen abierto en canal y llenado de helio. Porque Hana le sonríe y le hociquea la pierna, y Rei lo mira con los ojos brillantes y los labios enrojecidos.
Y, sí, puede que acabe de dar con lo que de verdad quiere en la vida.
-.-.-
El amanecer encuentra la habitación de invitados tan pulcra y ordenada como siempre, las sábanas lisas e inmaculadas y ni un cojín fuera de lugar.
La habitación de Kai es otra historia.
—¿De verdad tienes que levantarte?
—Si no voy vendrá a buscarme, así que…
Rei emite un quejido y se hunde más —si es que es posible— en su almohada improvisada. Es una pena que dicha almohada tenga otros planes, porque es lo más cómodo que ha estado en mucho tiempo.
El colchón se hunde cuando Kai trata de incorporarse, pero Rei suelta un murmullo de protesta y se niega a deshacer su abrazo. Tal vez tendría más reparos a comportarse como un gato consentido si no fuera por la risa floja y satisfecha de Kai y sus caricias.
Como para no aprovechar.
—Sé buen chico —oye en su oído, y una descarga le sube por la espina dorsal, haciendo que le dé vueltas la cabeza.
O quizá dé vueltas de verdad, porque de pronto tiene la espalda contra el colchón y el peso de Kai sobre él. Y muy pocas ganas de portarse bien. Todavía no.
Kai se prodiga en besos, roces suaves en sus mejillas y en la comisura de los labios, haciendo que Rei lo persiga. «Mimoso» le recrimina con afecto y una sonrisa tranquila que tiene a su corazón dando volteretas.
Con un último beso en la punta de la nariz, Rei afloja el abrazo. Nota de inmediato su ausencia, sus manos queriendo enredársele en el cabello, ahora que ha podido comprobar lo suave que es, pero deja que Kai se levante por fin y empiece a vestirse. Apenas ha acabado cuando Lady Hana lo reclama.
Rei se echa de nuevo entre el revoltijo de sábanas con una carcajada.
—Te tiene más amaestrado a ti que tú a ella.
Nota un beso sobre la sien.
—No lo sabes tú bien.
Oye pasos y la puerta se abre y se cierra casi sin ruido. Sigue con atención los sonidos; Hana apenas ladra un par de veces y no es capaz de distinguir las palabras de Kai, pero el simple murmullo es un bálsamo que le relaja los músculos. Tiene la costumbre de levantarse en cuanto raya el alba, con la necesidad de moverse estrujándole el pecho, pero las mantas siguen calentitas y suaves, y huelen a Kai y a él. A que todo está bien y puede darse el capricho.
No sabe cuánto tiempo pasa, pero es vagamente consciente de que está a solas en el apartamento. La claridad se cuela por las cortinas que no se molestaron en cerrar y disipan los restos de sueño que aún le anidan tras los párpados. Después de estirarse a conciencia reúne el valor para poner los pies descalzos en el suelo.
No es tan frío como temía, pero aun así se da prisa en ducharse y vestirse con lo primero que saca de la maleta, todavía por deshacer. La tarea de separar la ropa que han dejado esparcida por el suelo puede esperar.
Kai todavía no ha regresado para cuando Rei emerge de la habitación. Se encuentra plantado en mitad de la sala, sin saber muy bien dónde están los límites ahora. Es decir, se ha metido hasta en su cama, y al parecer no tiene problema en dejarlo a sus anchas en su casa, pero, ¿eso le da derecho a hurgar en la alacena de Kai?
«¿Qué somos ahora?»
Se acoda en la isla de la cocina y repasa los armarios de color crema. Es una pieza de información importante la que tiene al alcance de la mano. Los gustos culinarios de Kai. Ladea la cabeza, pensativo, pero no recuerda nada llamativo acerca de sus preferencias de los años en que compartieron equipo. Nada del palo de Max inundando su plato de mayonesa y mostaza, o Takao haciendo muecas ante cualquier cosa mínimamente amarga o picante. Kai no se quejaba y tampoco parecía tener especial devoción por una comida concreta.
Su mirada cae en un punto junto a los fogones, y descubre una tetera y un par de cajas en las que no había reparado antes. Bolsas de té. Una de las cajas, de Earl Grey, está abierta y casi por la mitad. La otra, todavía sellada, es de té de jazmín.
Rei traga, pero la presión que se le acumula en la garganta no se va.
Rompe el plástico ignorando el leve temblor de sus manos y las palabras que germinan en su pecho y amenazan con desbordarse. Es pronto, muy pronto.
«¿O no?»
Por desgracia, esa es una pregunta que no está capacitado para responder él solo. Así que tendrá que conformarse con el té.
El armario donde están las tazas tiene las puertas traslúcidas, así que no tiene que rebuscar para encontrarlas. No hay dos iguales, y Rei tiene que admitir que no es lo que se esperaba. O sí. En realidad, si se para a pensarlo, una taza con la frase «Life happens, vodka helps» es algo del todo normal, un efecto colateral esperable cuando eres amigo de Bryan Kuznetsov. Al final elige una que pone «I'm sorry, did I roll my eyes out loud?», porque es la cosa más Kai que ha visto jamás, y el hecho de que se encuentre entre sus posesiones es absolutamente perfecto.
El borboteo del agua y el olor delicado del té lo anclan de nuevo a la realidad. Está a varios miles de kilómetros de su casa, en el piso de Kai, preparándose una infusión él mismo como si fuera una mañana cualquiera.
Se sienta en la isla y no tiene que esperar muchos sorbos antes de oír un manojo de llaves y el chasquido de la cerradura. Hana entra como un vendaval y Kai tiene que sujetarla para poder quitarle la correa antes de que salga disparada hacia Rei. Lo doméstico de la estampa le saca una sonrisa.
—A ver, estate quieta —rezonga Kai—. Buenos días, Rei.
—Perdón por empezar sin ti —se disculpa, levantando la taza.
Kai lo mira un segundo, antes de volver a pelearse con el cierre del arnés.
—Estás en tu casa —dice, y a Rei le quita el aire de golpe.
Son palabras sencillas, comunes, y totalmente distintas. Porque Kai no habla por hablar y no es amigo de las cortesías huecas. Y si Rei quisiera quedarse ahí, a recibirlo cada mañana con una taza de té y acurrucarse a su lado por las noches, sería más que bienvenido.
—Me gustas —se le escapa—. Me gustas muchísimo.
Y puede que no sea demasiado pronto, porque ahora Kai lo mira, con el abrigo a medio quitar, como si acabase de ver algo mágico. Trae el frío de la calle, pero a Rei no se le pasa por la cabeza alejarse cuando lo abraza. Cuando lo besa. «Tú también me gustas mucho» parece decir la caricia que le acuna la mejilla. «Muchísimo» dice al estrecharle la cintura.
A lo mejor aún no sabe qué son, pero sabe cuáles son los próximos pasos y que quiere darlos con Kai a su lado, con su taza de Earl Grey con sus notas cítricas de bergamota mezclándose con el jazmín.
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Después de cierto tira y afloja, Kai le da permiso para subir una foto con sus tazas. Aunque no lo etiqueta, Bryan las reconoce al vuelo y, a juzgar por el mensaje privado que Kai recibe al instante —«Pórtate bien. O no ;) »—, ata cabos con una precisión inquietante.
—Necesitas amigos nuevos —dice Rei, claramente divertido.
Las risitas le duran hasta que Mao escribe, en la propia publicación y a la vista de todos, «Pienso daros una vajilla nueva como regalo de boda». Y el caos se extiende con la rapidez de un incendio.
—Ya. —Enarca una ceja—. Creo que no soy el único.
Rei silencia las notificaciones y se limita a sorber en silencio, rojo hasta las orejas.
Esa va a ser su vida ahora. Y le parece absolutamente correcto.
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But even though I lost track
I'm on my way back,
Get there one step at a time
The end.
¡Muchísimas gracias si habéis llegado hasta aquí! Eso es valor jaja. Espero que hayáis disfrutado de este viaje tan... TAN. Gracias por volver a este fandom que tan importante es para mí, aunque sólo sea por un ratito.
(Por cierto, las tazas mencionadas existen. No, no las vendo yo. No, tampoco me pagan la promoción).
¡Nos leemos!
