«Eso es demasiado. No sé si podré.» respondió Daina.

Realmente es muy simple. Nadie notó nada cuando Clio te mordió.

Ruck continuaba hablando pero Daina no podía escuchar nada

A nadie le interesó siquiera qué tal estuvo la pesadilla de ayer. Ya hazlo y no le des más tiempo al apetito —pausó— ¿O acaso quieres dejar espacio para Sota?

«… Creo haberte dicho…» flaqueó «¡que no metas a Sota en esto!»

Pero es cierto. Acaba con él antes de que la víctima sea él o Ken —exigió siendo aún más frío y autoritario.

—En serio desearía haber visto todo eso —le comentaba a Ruck con inocencia actuada—. Lástima que estuve tan atareado en la mañana.

En cuanto acabaron de entrar al almacén Daina cerró la puerta tras ellos. Ruck a duras penas podía ver entre tantos objetos y la oscuridad.

—Daina... ¿por qué estamos en el almacén?

Sabes cuánto ansías saciar el deseo… —se entrometió la ilusión una vez más.

«Y tanto que quiero...» Daina sonrió enseñando los colmillos.

—Creo que este era el estadio favorito de Marie cuando era niña.

Ruck reconoció la figura de este entre las sombras, con rasgos propios del renacentismo: una ilustración de unos ángeles en el cielo que recordaban a las cúpulas y además aprovechaba la profundidad del estadio para favorecer la perspectiva, realmente parecía una cúpula vista desde abajo.

Disfrútalo —dijo la ilusión un tanto alegre.

—Oh… ¿en serio es ese? —Caminó un poco hasta estar detrás de él.

—Sí —Recogió una vara de metal ancha—. Esto era un tubo de refinería —suspiró—, estadios de la era Bakuten… Desearía poder probarlos algún día.

Pensó en las historias de Marie acerca de aquellos tiempos y unas cuantas de Metal fight y el chico loco con bufanda y pelos parados.

Desprevenido entre sus pensamientos, finalmente Daina se le echó encima.

•••

Jean limpió el bey de Daina con el calcetín y al retirarlo se dio cuenta de que había un poco de sangre en el decorado interno.

—¿Sangre? —Parpadeó— ¿C-cómo…?

—Eh… ¿se habrá golpeado con algo? —Ken fingió suponer.

—Ken, esto no es un golpe.

—Sólo estoy suponiendo —Bajó las marionetas—, hay muchas formas de lastimarse.

•••

Clio se encontró con Renoir y al ver los libros se dio cuenta de dónde había estado.

—¿Has visto a Daina? —preguntó esforzándose por ocultar lo desesperado.

Renoir volteó hacia Clio.

—¿Eh? —Miró lo agitado que estaba por andar corriendo— ¿A qué se debe tu prisa?

—¡DIME SI LO VISTE! —insistió.

Un poco sorprendido de la actitud de Clio respondió: —Lo-lo vi caminando con Ruck hacia el lobby…

—Oh no… —murmuró antes de partir tan rápido como podía y pasó por el gimnasio.

—¡¿Ruck?! —se alejó de ahí— ¡El almacén! —Corrió nuevamente.

•••

—¡Daina! ¡¿Qué demonios te pasa?! —gritó Ruck tratando de quitárselo de encima.

Daina no atendía razón alguna, tomó ventaja de sus intentos de empujarlo para agarrarle las manos, inmovilizarlo en el piso y enseguida morderlo. Ruck lanzó un grito ahogado.

—Bas...ta... —con las escasas fuerzas que le quedaban forcejeó contra Daina.

Era así de simple —la ilusión se apagó.

Daina continuó así hasta que suspiró aliviado, aunque con su apetito saciado estuvo de vuelta en sí y al ver tal escena su satisfacción desapareció para darle lugar al espanto.

—¡¿Qué fue lo que hice?! —Retrocedió lejos del cuerpo sin dejar de verlo.

—¡Ruck! —resonó la voz de Clio afuera junto con el sonar del metal de la vieja cerradura.

—Lo siento… —lloró.

Retrocedió a buscar dónde esconderse entre los montones de chatarra.

La luz entró a medida que Clio empujaba la pesada puerta, lo que iluminó el cuerpo pálido.

—¡Ruck! —Corrió a socorrerlo.

«Lo siento, Ruck...» lamentaba Daina «No quería lastimarte... te lo juro.» Se inclinó un poco y asomó de su escondite.

Clio encontró un hilillo de sangre que salía desde un par de cachibaches, misma que provenía cual fuente del cuello de Ruck, eran claras las marcas de dos colmillos pero eso era lo de menos. Tomó de inmediato el pulso y colocó su mano cercana a la nariz.

—Aún respira… —Susurró para sí mismo mientras con algo de esfuerzo levantaba el cuerpo de Ruck, el terreno era complicado entre tanta chatarra pero no imposible, no tomó tanto llegar hasta la salida.

Renoir se encontraba próximo a encontrarse con Clio.

—Ey, ¿pudist…? —Paró en seco al ver el estado de Ruck— ¡¿Qué le pasó?!

—¡Eso no importa! —Continuó con prisa hacia el lobby— ¡Necesitamos llevarlo a un hospital!

—¡De acuerdo! —Abandonó el lugar a toda prisa en busca del resto— ¡Marie, chicos! ¡Llamen una ambulancia ahora!

—¡Marie no está y no hay tiempo! —gritó— ¡Ayúdame a pedir un taxi y avisa al resto!

—¡Seguro!

Clio observó preocupado por las marcas en cuanto se fue.

—Al menos sigue con vida… —murmuró un poco fuerte por la preocupación— Pero él también sufrió por mi culpa...

Jean por su parte corrió a alertar a los demás, no tardó mucho en ir a pedir un taxi. Tras eso fue de inmediato al lobby con tal de llegar a tiempo junto con los demás, llamó a Renoir a través del pasillo y este resonó entre ecos. Se aproximó tras él mientras observaba el celular de Daina sonar con un clásico y popular londinense, Ghost Town; era Wakiya pero decidieron no contestar. Ambos chicos abrieron la puerta donde Clio aún acomodaba a Ruck en uno de los asientos.

—¿Alguno quiere acompañar a Clio al hospital? —preguntó Renoir— Yo voy a ir.

Jean volteó unos instantes hacia Ken y Sota.

—También voy —respondió.

—Me quedaré cuidando a Sota —decidió Ken—, seríamos demasiados.

Jean se quedó algo sorprendido por la decisión pero luego lo comprendió.

—Bien —Entregó el celular de Daina—. Les llamaremos lo más pronto posible —Apresuró en subirse al taxi y partir con los demás.

—¿Qué está pasando? —Sota dejó sus marionetas y dirigió su vista a Deathscyther— ¿Y dónde está Daina?

Si bien estaba preocupado por el bienestar de Ruck, el hecho de que su hermano llevara todo el día desaparecido lo angustiaba aún más. Ken notó aquello por lo que intentó animarlo.

—Donde quiera que esté estoy seguro de que volverá —aseguró o más bien esperaba— Mientras, ¿qué te parece si seguimos practicando ese show para tu hermano? —ofreció con Besu.

—¿Y por qué ni siquiera dijo nada? —añadió triste de no disfrutar la visita al club como lo planearon.

—Debió ser algo muy urgente.

Sota no se veía nada convencido, pero aceptó con pocos ánimos.

«Sólo espero que todo este problema no haya sido su culpa...» Ken imaginó por unos segundos una terrorífica escena donde Daina atacaba a Ruck. «¡No! ¡Él no es tan débil como para caer en eso!» Cerró los ojos muy fuerte con tal de eliminar ese pensamiento.

Sota se percató de esto, interpretándolo como preocupación intentó animarlo haciéndole una pequeña broma; mordió su nariz con los títeres. Ken reaccionó a ese gesto tan dulce con una sonrisa.

—¿Vamos a nuestra habitación a practicar? —invitó de nuevo con Besu— ¡Hagamos un gran show! —añadió con Keru.

—¡Sí, vamos! —exclamó Sota.

—¡¿Qué tal unas carreras?! —preguntó alegre— ¡El último en llegar recibe una mordida!

Dicho eso Sota salió a toda velocidad mientras reía, Ken le siguió el paso con ambas marionetas hacia el frente.

—¡Voy a ganar! —gritaba.

—¡Claro que no! —respondió con Keru.

Ken hacía lo posible por mantener su mente alejada del asunto de Ruck.

•••

Por otro lado, los chicos tenían una peculiar suerte, pues el tráfico los beneficiaba con espacios con los que pudieron adelantarse, algo sorprendente viniendo de París en fechas de entrada al otoño, el conductor hacía lo posible para aprovechar cada semáforo en verde.

—Aguanta, amigo… —murmuró Jean.

—¿No era más fácil pedir una ambulancia?

Renoir hacía lo posible por mantener estable el cuerpo de su amigo, entre los acelerones repentinos del vehículo.

Clio, por su parte, intentaba mantener el cuello de Ruck cubierto y ayudar a que no cayera.

—El hospital nos queda a unas calles —Jean se sujetaba de uno de los asientos, intentando no marearse— y la ambulancia hubiese tenido que rodear hasta el otro puente.

—Es que…

—¡Ey! —el taxista acomodó el espejo de forma que daba directamente hacia Clio durante el trayecto— Eres el del anterior viaje.

Este estaba bastante perdido en su angustia por llegar lo más pronto al hospital como para ponerle atención, aunque, por otro lado, podía esquivar las preguntas de sus compañeros.

—¿Qué le pasó a tu amigo?

El hospital no estaba tan lejos y ya era visible desde uno de los puentes.

—Eh… bueno… un accidente…

—Llegamos.

El conductor descendió del taxi para abrirle la puerta a los chicos, sin embargo, Clio se les había adelantado, cargando con el cuerpo de Ruck, y con unas maniobras de una carta de poker dentro de su manga izquierda, con la que aprovechó el filo, dibujó una herida más profunda pero sin empeorar la situación de su amigo, ahora los colmillos estaban camuflados.

Renoir y Jean apenas retiraron los cinturones de seguridad, aunque el taxista veía algo extrañado los movimientos de Clio.

—Renoir, págale al taxista —apuró, haciendo lo posible por cargar con el cuerpo de Ruck— ¡Jean, ve directo a pedir una camilla!

Ambos asintieron, Renoir retiraba un par de euros de su billetera para entregarle al taxista, Clio mantenía en brazos el cuerpo de su amigo, aproximándose a la rampa y Jean se abría paso entre algunas personas.

—¡Discúlpeme, señorita! —Ignoraba el resto del entorno, abriendo paso hacia la recepción— Necesitamos una camilla para un herido —explicó lo más rápido y claro que las prisas le permitían.

—¿Nombre de su jefe o institución? —la recepcionista continuó tecleando sin perder la atención sobre el chico.

—Asociación Gallus.

Jean volteó hacia sus espaldas, encontrándose con Marie, quien llevaba esperando desde hace un par de minutos; la voz de la mujer estaba quebrada y consternada, al igual que el resto.

—Marie… —susurró para sí mismo al escuchar lo quebrado en sus palabras.

—Llegué en cuanto Renoir me escribió.

La enfermera usó el parlante para comunicar a los enfermeros que se presentaran lo más pronto posible a la zona exterior del lobby, pocos fueron los segundos que pasaron para que dos enfermeros corrieran entre el pasillo con una camilla, ambos de inmediato se aproximaron a Clio. Ajustaron la altura del equipo para mover lo menos posible el cuerpo de Ruck, que fue colocado cuidadosamente sobre la camilla.

—Era más fácil que encargasen una ambulancia —dijo uno de los enfermeros hacia su compañero quien solo asintió.

La recepcionista aún organizaba los últimos detalles.

—En la sala de urgencias número 7 —Señaló la mujer un elevador al final del pasillo derecho—, por el pasillo a la derecha.

—¿Va a estar bien? —preguntó Jean— ¿Y qué le pasó?

Clio por su parte se hallaba perdido intentando responder la misma pregunta, aunque al final logró decir una vaga respuesta:

—Quisiera saber lo mismo, querido amigo… —recordó las marcas en el cuello— pero, vamos, seguramente estará bien —ni él mismo estaba seguro de la respuesta.

—Clio, tú lo encontraste —habló Marie—¿Seguro que no tienes ni idea?

—Estaba en el almacén —iba a ser honesto pero no del todo— y lo encontré herido junto al viejo estadio.

—¿Y qué hacía en el almacén? —continuaba quebrada y limpiaba alguna que otra lágrima con su pañuelo.

—No lo sé... —en realidad sí, lo podía intuir a la perfección— sólo sé que perdió mucha sangre.

—Estabas muy alarmado cuando me preguntaste por él —recordó Renoir—, tal vez sea inoportuno pero ¿podemos saber por qué tanta urgencia? —sospechó.

Por un segundo Clio se sintió acorralado.

—Debía hablar de algo importante con él, además de con Daina—añadió—. No es momento para hablar de eso —buscó cortarlo rápido—, no estoy de ánimos.

—Ya.. ya veo.

Continuaron esperando a lo largo de quince minutos hasta que el doctor los invitó a pasar.