Disclaimer: el manga/anime Bleach no es de mi propiedad, así como tampoco sus personajes. Esta historia es sin ánimo de lucro y sólo realizada con el propósito de entretenerles.
Notas: "Maloo" es debidamente pronunciado como "Malú"
Resumen: El día de Hinamori da un giro inesperado cuando se encuentra a un cachorro de perro en una vieja caja. Desde el momento en que lo rescató nunca imaginó lo sensacional que sería cuidarlo. Y sobre todo teniendo la ayuda de Toshiro Hitsugaya.
Maloo
By: Naomic
Aquella tarde en la Sociedad de Almas parecía que el cielo se caería. Las nubes tumultuosas en la lejanía comenzaban a ponerse oscuras y amenazantes por los truenos.
Momo Hinamori, que apenas salía de la Primera División por estar entregando el reporte de una misión, decidió apresurar el paso por el torrencial aguacero que caería; transitando a una gran velocidad entre los rojizos tejados de los escuadrones sin complicaciones.
Cerca de la Cuarta División, y como si el clima hubiera escuchado sus temores, comenzó a llover dificultando la visibilidad. Paró sintiendo las gruesas gotas que se estrellaban contra su rostro, estuvo a punto de emprender nuevamente su camino, cuando observó a unos metros de ella una caja sucia y vieja moverse. Frunció el ceño.
«¿Será una rata?», pensó curiosa.
Decidió acercarse ya sin importar mucho que comenzaba a empaparse. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, con duda e intriga, estiró su mano hasta la tapa de la caja, y con suma rapidez la levantó.
Lo que encontró la dejó sorprendida, una pequeña cara peluda y cobriza se asomaba por el extremo de la caja. Era un cachorro. Sin poder resistirse, se agachó a su altura.
―Vamos, perrito, sal de ahí ―murmuró suavemente―. ¿Cómo habrás llegado aquí?
Miró por los callejones aledaños. No había nadie, estaban solos.
Con ternura miró al pequeño cachorro peludo.
―Debes tener hambre, ¿verdad?
El perro pareció comprender lo que decía porque soltó un corto ladrido. Hinamori sonrió.
―Oh, ¡pero qué lindo eres!
Enternecida, lo alzó entre sus manos, era bastante menudo y de color canela, con unos ojos negros preciosos que a su gusto eran los más tiernos del mundo. La lluvia se hacía más fuerte y le daba pena dejarlo allí tirado. Pero no podía llevarlo a la división. No lo tenía permitido. Se mordió el labio sin saber qué hacer. ¿Dejarlo o llevárselo?
Mientras debatía mentalmente la decisión, el cachorro acercó su rostro al de ella para comenzar a dar leves lengüetazos a su mejilla. Momo no pudo con tanta dulzura. No podía dejarlo a su suerte, estaba segura que si alguien más lo encontraba sabrá Dios qué le harían y, después de todo, era un bebé. Seguidamente se enderezó con el perro en brazos y emprendió su camino de regreso a la división. Ya vería como lo escondería de su capitán.
Una vez dentro de las instalaciones de la Quinta División, anduvo sigilosa como el viento entre los pasillos, esquivando a cualquier subordinado hasta estar frente a la oficina principal. Descorrió un poco la puerta y escondiendo al perro atrás de su espalda, asomó solamente la cabeza entre esta. Dentro, Hirako se hallaba hastiado con unos documentos.
―Capitán Hirako, ya entregué los informes que me pidió ―comunicó, rogando mentalmente que el perrillo no ladrara―. Y… quiero pedirle permiso para retirarme.
El hombre esta vez sí alzó su mirada y frunció el ceño.
―¿Por qué la prisa?
―Mmm… ―Comenzó a ponerse nerviosa. Hinamori se fijó aún más en su expresión mientras trataba de guardar la compostura―, tengo algunas cosas personales que resolver.
Shinji arqueó una ceja sin creer absolutamente nada de lo que Momo alegaba. Pero prefirió no darle mucha importancia así que, con un seco ademán de su mano, la corrió.
―Muy bien. Vete.
Hinamori sonrió de oreja a oreja, infinitamente aliviada.
―¡Gracias, capitán! Que pase buen día.
Nada más tener luz verde, emprendió otra carrera hasta su vivienda donde, en cortos minutos, llegó sin aliento y con el perrillo agitado entre sus brazos. Descorrió la puerta de la pequeña estancia dejando al cachorro en el suelo y este lo primero que hizo fue sacudirse para luego correr en ladridos contentos hacia el sofá.
Hinamori lo miraba con cariño mientras pensaba en lo divertido que sería quedárselo. Pero de inmediato se reprendió. No podía, o más bien, no debía hacerse cargo de ese cachorro por muy bonito que fuera. Ella casi nunca estaba en casa. Siempre muy ocupada con su trabajo y eso significaba no darle la debida atención que requería...
Sin embargo, prefirió desechar esos pensamientos por el momento.
Mientras tanto permanecería con ella, y a este le parecía muy buena la idea porque corría como un loco, de un lado a otro bastante animado. Momo sonrió mientras se dirigía hasta la pequeña cocina. Abrió la nevera sacando el bote de agua, un poco de comida que había sobrado del día anterior y echó cada una en un respectivo cuenco.
Cuando salió con lo servido a la salita de estar, consiguió al perrillo mordiendo una pata de la mesa del té.
―Hey pequeño, ven…ven a comer ―lo llamó colocando los cuencos en el suelo. En cuando lo dijo, el cachorro se abalanzó con apetito voraz.
Decidió dejarlo comer tranquilo mientras ella se disponía a un buen baño caliente, la lluvia del camino comenzaba hacer efecto pues ya sentía los escalofríos. Dispuso a llenar la tinaja, retiró el mojado uniforme de su cuerpo y por ultimo llevó las manos hasta el rodete soltando su cabellera. Cuando su piel hizo contacto con el agua tibia, sintió un enorme alivio recorrer cada fibra de su ser, por lo demás, enjuagó su cuerpo disfrutando del instante.
Después de unos minutos el baño resultó de maravillas. Y ahora con el cuerpo envuelto en una yukata blanca y el cabello ligeramente húmedo, se dirigió a revisar unos informes de suministros anuales para la división. Siempre traía un poco de trabajo a la casa cuando en la oficina se volvía muy agobiante. Ya a las cinco de la tarde decidió dejar el papeleo por ese día para concentrarse en su nuevo inquilino.
El perro era bastante divertido. Momo disfrutó en todo momento jugar con su peludo amigo, aunque cada tanto tenía que estar al pendiente de que no mordiera sus cojines y con la fregona en manos porque no daba chance de sacarlo. Cerca de las seis de la tarde decidió darle una buena lavada para quitarle el olor a perro mojado. En el baño descubrió que en efecto, era un macho. Había quedado limpio, oloroso y con pelaje reluciente haciéndolo más precioso aún. Mientras lo terminaba de secar pensaba en qué nombre ponerle. Debía ser original, que destacara. Pensó en "Canela" pero era muy femenino para el perrillo.
Ya en la noche se encargó de preparar algo comestible para ambos, y ahora sentada frente a la mesa de baja estatura con el cachorro cerca devorando otra tanda de comida, cenaba con tranquilidad.
―¿Qué te parece… Choko? ―adujo Momo remojando un pedazo de carne en salsa. El perrillo paró de comer un segundo y gruñó―. Cierto, a mí tampoco me gusta. ¿Y Kichiro?
Esta vez ni le prestó atención. Momo soltó un suspiro retomando la comida. Nunca hasta ese momento había tenido mascota. Aunque tampoco podía ser tan difícil cuidar una. Posteriormente su mente se disparó otra vez imaginando cómo sería tenerlo a su cuidado. ¿Necesitaría atenciones especiales? Sabía estar a cargo de una división pero no específicamente de un perrillo. De hecho, recordaba vagamente una vez, cuando vivía en Jurinan, haberle tomado mucho cariño a un lindo gatito que ni siquiera tenía dueño, sólo vivía en las calles. «Sora» recordó; ese era el nombre que le había colocado.
―¡Eso es! ―exclamó Momo. El cachorro soltó un sonido que la hizo sonreír―. ¡Maloo… ese es el nombre perfecto para ti!
El recién nombrado Maloo, ladró agitando el rabito y moviendo sus patitas.
―Sabía que te gustaría ―repuso Momo mientras lo observaba enroscarse sobre la alfombra aún con la carita sucia de migajas.
Fue entonces que al llevar una porción de comida a su boca con los palillos, sintió una extraordinaria presencia muy familiar. Momo casi se ahogó con los vegetales encurtidos que estaba consumiendo. Miró la puerta horrorizada, soltó los palillos con prisa y tomando a Maloo por sorpresa, lo llevó hasta su habitación colocando una vieja manta en el suelo, dejándolo jugar con esta, ignorante de todo lo que se avecinaba.
Volvió de prisa a la estancia moviendo los cojines en su lugar y después se paró justo frente a la puerta. No podía entender que mala broma del destino lo traía a su casa esa noche. ¡Él casi nunca la visitaba! Y tenía que ser precisamente hoy cuando aparecía. Algún todopoderoso debía estar riéndose de ella en esos momentos, se dijo con nervios.
Apenas lo sintió justo frente a la puerta, no le dio tiempo de anunciar su llegada cuando abrió en un dos por tres, tratando de aminorar cualquier rastro de ansiedad.
Pero, a aquellas alturas, eso no tenía importancia.
―¡Hitsugaya-kun! Qué bueno verte ―manifestó con fingido entusiasmo, pasando por alto el paquete que llevaba en las manos.
El muchacho la detalló un momento, con su típica seriedad, levantó una ceja clara, y su mirada la hizo sentirse increíblemente minúscula ante su comportamiento.
―El capitán Hirako mencionó que te fuiste temprano, ¿por qué? ―la interrogó él.
« ¿Y ahora qué le digo? Me va a descubrir de inmediato», pensó Momo mordiéndose el labio inferior por impulso. Pero acto seguido dejó de hacerlo. Debía actuar lo más serena posible.
―Tenía algunas cosas que hacer ―respondió al instante, mintiendo. Seguidamente se hizo a un lado dejándolo pasar―. Y… ¿por qué has venido?
Toshiro caminó hasta la sala y, como respuesta, tiró el paquete rosa con detalles dorados sobre la mesa junto a la comida, haciéndola resonar.
―Dejaste eso en la habitación de Matsumoto. Y yo lo tuve que traer porque como de costumbre, y lo inútil que es, se fue a una de sus clásicas borracheras ―adujo Toshiro cínicamente.
―¡Es cierto! ―exclamó acercándose hasta el paquete y abriéndolo―. Es la yukata que compré con ella hace dos días. La había olvidado por completo.
Toshiro asintió sin decir una palabra. Entonces, como si de una mala broma se tratara, unas rasgadas rompieron el silencio. Hinamori se puso en alerta de inmediato.
―¿Qué es eso? ―le inquirió él.
Sin embargo, sudando frío, Momo le respondió:
―¿Qué es qué? Yo no escucho nada.
―Eso que suena. ―Y como corroborando sus palabras el sonido del cristal romperse resonó.
―Ah… no te preocupes. No le pongas cuidado, Shiro-chan. ―A Momo el corazón le latía a millón. La descubriría. Los descubriría.
Hitsugaya la miraba con severidad. No le impresionaba lo mala mentirosa que era Hinamori.
―Viene de tu habitación ―repuso Toshiro implacable, caminando hasta las corredizas puertas. Pero antes de siquiera abrir, el menudo cuerpo de Momo se interpuso en su camino.
―Quizá no es nada grave, yo lo soluciono. Pero, ¿no crees que ya es tarde? Deberías descansar un poco, seguro tienes mucho trabajo y no me gustaría distraerte ―sugirió tragando grueso, rogando al cielo que se fuera.
Al caer en la cuenta, lo siguiente que salió de la boca de Toshiro silbó como aspas.
―¿Me estás echando? ―El rostro del joven mostró su irritación.
Momo se obligó a reaccionar.
―Uh… no… bueno sí pero no.
Era evidente que los nervios la harían estallar.
―Déjate de estupideces, Hinamori y quítate de mi camino. ―Toshiro Hitsugaya estaba comenzando a perder la escasa paciencia.
Momo se retiró el flequillo de la cara, sumamente asustada de que los descubriera. Luego se mordió el labio con fuerza y, sin más opción porque Toshiro la tenía encasillada, se apartó bastante renuente. No podía contra él.
El joven le dirigió una de sus frías miradas por, según él, esa inapropiada conducta. Y de un solo golpe abrió las puertas. Lo primero que escuchó fue un ladrido, luego una cosa peluda comenzar a pasar entre sus piernas como lo más habitual del mundo. Toshiro volvió sus letales ojos verdes a Momo.
―Explícate.
Ella suspiró profundamente al ver su gesto, sabiendo la reprimenda que le venía.
―Lo conseguí esta tarde cerca de la Cuarta División ―admitió finalmente Momo, titubeando un instante. Toshiro la escuchaba molestándose por los jugueteos de Maloo―, y estaba lloviendo, ¿cómo iba dejarlo por ahí?
―Hinamori, sabes muy bien que están terminantemente prohibidos los animales dentro de los escuadrones ―sostuvo él, rotundo.
―Lo sé… ―se apresuró a decir Momo, preocupada―, pero no tuve corazón para abandonarlo. Prometo que será por un par de días mientras le consigo un nuevo hogar.
―Estás consciente de las consecuencias que puede traerte esto, ¿cierto?
Hinamori asintió con la cabeza.
―Sí pero… ―La joven alzó al cachorro entre sus manos y lo acercó al rostro de Hitsugaya ―, ¿cómo decirle que no a esta carita?
Toshiro bufó, apartando a Maloo de su rango de visión. Sí, el perro era simpaticón pero eso no justificaba sus acciones.
―Y tú no dirás nada, ¿verdad? ―prosiguió Momo, en un tono de voz bastante dulce y con sus ojos pardos esplendorosos tan suplicantes.
Hitsugaya estuvo a punto de gritarle por lo ridículo del asunto. Pero se dio cuenta que sería imposible negarle algo a esa cara. Y no precisamente a la de Maloo. Cerró los ojos, pero eso sí, sin dejar su severo ceño fruncido y soltando un sonoro suspiro.
―Más te vale deshacerte del perro lo antes posible, si no, me veré en la obligación de reportarlo. ―Su voz se suavizo para ella.
―¡Sí, lo prometo! Haré todo lo posible. Gracias, Shiro-chan.
La sonrisa tan encantadora que le dedicó Hinamori lo crispó.
―¡Deja el estúpido apodo! ―gruñó él―. Más bien dime: ¿cómo harás con Hirako?
Momo hizo un grácil mohín con sus labios, pensativa, acariciando a Maloo entre sus brazos.
―Pues… mañana es viernes y…
Toshiro asintió, alentándola a seguir.
―Lo que quiero decir es que los viernes mi capitán suele desaparecer casi todo el día, no tendré problemas si lo llevo mañana a la oficina.
―¿Y después?
―Bueno… ―Hinamori se encogió de hombros sonriendo―, ya veré.
Toshiro arqueó una ceja. Esta vez, tampoco mostró mucho interés en refutarle. Simplemente asintió dando media vuelta para retirarse de la habitación, pero antes de salir se volvió hacia ella. Y con su indiferente mirada le comentó:
―A la próxima, intenta evitar los problemas para variar. ―Sin decir más, desapareció en un simple instante en el sereno de la noche.
Momo soltó una honda exhalación y, colocando al perro en el suelo, cerró la puerta. Miró la hora en el reloj de la estancia notando que iban a ser las nueve de la noche.
―Muy bien, Maloo, hora de dormir.
A continuación recogió y limpió todo. Después se dirigió a su habitación con el cachorro siguiéndole los pasos muy de cerca. Diez minutos después Momo se encontraba lista, cogió a Maloo del suelo, lo subió al tatami y, finalmente, se quedaron profundamente dormidos.
.
.
.
A la mañana siguiente, ya con Maloo en la oficina, desayunaba una leche caliente de frutilla con unas galletas frente a su escritorio. Por milagro divino pudo levantarse temprano, más que nada gracias a Maloo quien había saltado sobre ella lamiéndola y reclamando comida. Ahora el perrillo corría de un lado a otro frente a sí, volviendo todo patas arriba. Su trigueño pelaje relucía en su pequeño cuerpo de cachorro. Lo miró con una punzada de nostalgia. Lo extrañaría tanto cuando se fuera, le había tomado cariño con demasiada rapidez.
Un sonido requebrador resonó por la habitación sacándola de sus reflexiones.
―Oh…no ¡Maloo!
La muchacha se levantó del asiento, aproximándose hasta la lámpara rota y tomó los pedazos en sus manos, menos mal podía reponerla. Sin poder hacer más, llevó las piezas hasta el cesto de basura.
―Tienes que tener cuidado y hacer silencio ―dijo, volviéndose a Maloo, y con los brazos en jarras, añadió―: Si no, vamos a estar en serios problemas.
El perrillo sólo rodó en el suelo hasta quedar panza arriba. Momo negó en gracia sin poder evitarlo.
―Eres todo un caso ―continúo, acuclillándose a su lado y acariciando su peluda pancita.
Fue nada más mencionarlo para que sucediera. Escuchó a su corazón retumbar, claro y fuerte, demasiado alto. Giró la cabeza notando que se trataba de la puerta. Se estremeció. ¡No podía ser posible! Y poniéndose en pie de un salto, casi corrió con Maloo hasta el baño.
―Lamento encerrarte, pequeño ―le susurró Momo desde su altura. Nada más mirarlo, se agobió―, pero por favor, no hagas ruido. Es por tu bien.
Cerró tras de sí y se aproximó a la puerta con rapidez. Al abrir vio que era su tercer oficial. Suspiró aliviada, por un momento pensó que se trataba del capitán Hirako.
―Buenos días, teniente Hinamori ―comentó alegremente―, vengo a informarle que mañana a primera hora los jóvenes de nuevo ingreso estarán en el campo de entrenamiento para la clase especial de kidō. Fue lo acordado ayer en la tarde junto al capitán Hirako.
Como siempre, con una sonrisa amable que pretendía ocultar cualquier tensión, Momo asintió.
―Bien, gracias, Uburo-san. Estaré allí a las ocho en punto, dale aviso a los chicos, por favor.
―Como desee, teniente.
El joven muchacho le hizo una leve reverencia y se retiró. Cuando no lo sintió en las cercanías, Momo cerró la puerta y se apoyó en ella, volviendo a respirar tranquila.
«Eso estuvo cerca», pensó para sí misma.
Tristemente tenía que conseguir un nuevo hogar para Maloo. Sólo tenía dos días con ella y ya había pasado varios sustos. Era una enorme responsabilidad cuidarlo. Aunque admitía que tener compañía en casa sonaba sensacional. Había hecho las últimas horas sus días diferentes pues se divertían de lo lindo.
De súbito, sin esperarlo, la puerta fue deslizada de sopetón. Y por lógica, ella empezó a caer hasta dar de bruces contra el suelo, aterrizando de forma poco elegante y dolorosa.
«Uh…eso dolió», se dijo mentalmente, recuperándose del malestar.
―¿Se puede saber qué estás haciendo?
Era evidente que aquella voz masculina estaba cargada en un tono muy perspicaz y despectivo a la vez.
Momo alzó la vista hasta su interlocutor.
―Hitsugaya-kun… ―murmuró perpleja, mirando el semblante extrañado de Hitsugaya. Los pardos ojos de la teniente estaban expandidos por el asombro, dejando entrarles la luz mañanera y concediéndoles un resplandor precioso―. Sólo estaba cerrando la puerta.
La contestación de Hinamori lo hizo ser juicioso ante la chica así que asintió, tendiéndole su mano para ayudarla. Cuando ella estuvo a su altura aún con sus manos unidas, Toshiro pudo sentir, como otras veces, lo fina y pequeña que era la de ella. Sin saber el porqué, un extraño hormigueo surgió en la suya.
Prefirió dejar sus perspicaces pensamientos en lo profundo de su mente mientras trataba de guardar la compostura. Soltó su mano entrando a la oficina, cerrando atrás de ellos y de inmediato, Toshiro fue testigo del enorme desorden que presidía en la habitación.
―¿Qué demonios pasó aquí?
Momo, quien se había dirigido a sacar al cachorro del baño, contestó―: Maloo es un poco inquieto.
―¿Maloo? ―repitió él, no sin cierto sarcasmo―. Olvídalo, no quiero saber ―agregó―. Vengo de hablar con el capitán Iba, me atreví a comentarle extraoficialmente sobre el perro, y mencionó que podía tener el lugar perfecto para el.
Momo se quedó atónita.
―¿En serio?
El joven asintió con la cabeza, sentándose en el gran sillón en medio de la estancia dejando a un lado la bolsa de papel que llevaba.
―Tenemos que llevarlo por la tarde a la división.
Hinamori, nada más escucharlo, aplaudió emocionada.
―¿Escuchaste eso, Maloo? ―La chica tomó al perrillo que daba vueltas frente a ella entre sus brazos, dándole un tenue abrazo―. Tendrás nuevo dueño y un lugar fijo donde quedarte. ¡Qué suerte tienes!
Una muy imperceptible sonrisa apareció en los labios de Hitsugaya. Hinamori tenía formas de actuar terriblemente tiernas, que en vez de molestarle, a su juicio le concebían un aire precioso. El joven aclaró su garganta ahora con la mente en el segundo asunto que lo había traído hasta allí, así que tomando la bolsa de papel, sacó un paquete de galletas para abrirla y colocar un puñado en el suelo.
―Hey, perro ―llamó Toshiro con voz escueta. Se negaba a llamarlo por su ridículo nombre. A Maloo no pareció importarle pues brincó de los brazos de Momo y con apetito voraz se lanzó sobre las galletas con forma de hueso.
Hinamori se acercó hasta ellos para sentarse junto a Hitsugaya en el sofá.
―¿Qué es eso?
―Comida apropiada para perro ―respondió con calma―. El dependiente de la tienda mencionó que están formadas a base de varias proteínas. ―Toshiro se encogió de hombros―. Aparentemente muy buenas para los perros en desarrollo.
Momo asintió sin decir palabra, observando a Maloo terminar de comer. Le parecía un gesto muy lindo por parte de Toshiro hacia el cachorro. A pesar del perfil serio, siempre encontraría a un caballero en él, eso sí, a su particular estilo.
El perro comenzó a olfatear al capitán para posteriormente dar brincos sobre sus piernas, gimoteando por más comida. El joven viendo esto, le tiró el paquete a Momo que sujetó por los pelos. La muchacha tomó otro poco de galletas y se las sirvió al perrillo.
―Le gustan mucho ―comentó ella dejando las galletas a un lado volviéndose hacia él―. Es un bonito gesto, no te hubieras molestado.
Hitsugaya se sintió incómodo. De no ser por su temperamento prudente, un vasto sonrojo hubiera aparecido en su rostro. Hinamori lograba provocar en él reacciones tan agradables e importunas tremendamente adversas. Le sorprendía que a la largo de los años no hubiera perdido la cordura.
―Olvídalo ―objetó él, recuperando su dignidad altiva―. Paso en la tarde para llevarlo a la Séptima División ―añadió, levantándose del sofá y encaminándose hasta la salida.
Hinamori observó al capitán irse con una divertida sonrisa. Toshiro a veces era tan previsible.
―¿Ves, Maloo? También le agradas.
.
.
.
No hacía falta mencionar que el resto del día fue una auténtica odisea para ella. Entre el papeleo, las inesperadas visitas y las travesuras de Maloo casi no tenía aliento. Si cinco minutos los dedicaba a sellar y firmar, otros veinte eran para tratar de acomodar la oficina y limpiar los regalos de Maloo. Para ser sólo un cachorro tenía demasiada energía.
Estaba terminando de recoger unas hojas del suelo cuando abrieron la puerta.
―¿Ya estás lista?
Momo dio un respingo del susto, girando hacia el recién llegado.
―¡Shiro-chan deja de hacer eso! Me asustas.
Hitsugaya se encogió de hombros sin importarle mucho sus berrinches.
―Déjame tomar a Maloo y nos vamos ―pidió Hinamori dejando los papeles sobre el escritorio, cuando buscó a Maloo con la mirada lo vio juguetear alrededor de Toshiro. Con humor le preguntó―: ¿Quieres llevarlo?
Cuando Hitsugaya ancló sus ojos centellantes en ella, no pudo retener la risa que había estado conteniendo. El joven capitán sólo gruñó.
―Lo siento, pero le agradas mucho a Maloo ―adujo tomando las galletas del sofá hasta acercarse a ellos.
―No puedo decir lo mismo.
La muchacha tomó al perrillo con su otra mano, pero más rápido de lo que hubiese podido esperar, Hitsugaya ya había tomado al cachorro entre las suyas dando media vuelta y caminando por el pasillo. Hinamori lo miró sorprendida, iba a hacer un comentario pero, al final, prefirió callar. Sin lugar a dudas Toshiro Hitsugaya era todo un particular caballero.
Cruzaron las divisiones entre tejados y tejados de manera veloz. Con el inicio del atardecer como cierre de tan distintiva aventura. Un fondo más que apropiado para ellos. Cuando estuvieron en los alrededores de la Séptima División y les fue permitido el acceso, el capitán Iba los esperaba en la entrada de su despacho.
―Capitán Hitsugaya, teniente Hinamori, es bueno verlos ―manifestó Iba una vez tenerlos frente a él.
Los dos jóvenes asintieron y Toshiro fue el primero en hablar.
―Aquí está el perro que le mencioné, espero el lugar que le tiene sea el más adecuado ―pidió Hitsugaya.
Tetzusaemon asintió. Le parecía poco usual que el frío capitán Hitsugaya se preocupara demás por un perro, pero luego su vista pasó momentáneamente a la teniente de la quinta. Obviamente no había otro motivo.
―No se preocupe capitán, lo llevaré a la colina Oojiji, allí vive una persona que le dará un buen cuidado.
Hinamori sintió alivio al sopesar de quién se podía tratar. Si era quien creía, podía dar una fe ciega de que Maloo estaría perfectamente. Toshiro le cedió el perrillo a Iba, y este comenzó a olfatearlo con agrado. Momo tuvo que hacer un gran esfuerzo por no llorar ahí mismo.
―Le gustan mucho estas galletas ―comentó Hinamori tendiéndole el paquete a Tetzusaemon. Él las tomó viendo como el cachorro pedía por ellas.
―Y su nombre es Maloo ―prosiguió Momo―. Me gustaría que lo conservara. ¿Cree que sea posible? ―le preguntó ella estirando su mano y acariciando al perro.
―Por supuesto, no habrá problema con eso ―concedió el hombre, asintiendo.
―Bien, entonces ―intervino Hitsugaya―, gracias por su ayuda capitán Iba. Nos retiramos.
Hinamori, afectuosamente, seguía acariciando a Maloo entre sus pequeñas orejas. Y este le devolvió el gesto lamiéndole los dedos. La muchacha sonrió, abrumada.
―Adiós, Maloo. Prometo que te visitaré.
Fue nada más despedirse y salir de la Séptima División para que el corazón de Momo se estrujara como un puño. Tanto así, que enjuagó sus lágrimas reteniendo el llanto. ¿Sólo habían estado juntos dos días? Ante tal constatación, Momo se quedó sorprendida. Le daba la sensación de que había convivido con aquel simpático cachorro toda una vida.
―Me hará mucha falta. Es muy bonito y juguetón ―reveló ella en las afueras de la división.
―Lo sé, pero es lo mejor para el ―sostuvo Toshiro, mirando el semblante triste de Hinamori―. Hiciste bastante al rescatarlo.
―Y tú consiguiéndole un nuevo hogar. Creo que no hay mejor lugar que ese. ―Hizo una pequeña pausa―. Sé que ya lo he repetido bastante pero te lo agradezco, Shiro-chan. No sé qué haría sin ti ―murmuró devolviéndole la mirada.
―Vamos, Hinamori. Regresemos ―le habló él, con voz serena.
Ella asintió con un gesto de cabeza. Y con una sensación agridulce en el corazón, deseó desde el fondo de su alma lo mejor para Maloo en su nueva vida.
.
.
.
Un nuevo día de trabajo comenzaba en todo el Gotei Trece. Momo se dirigía hacia los campos de entrenamiento de la Quinta División para instruir a los nuevos integrantes con clases especiales de kidō. Era temprano así que todavía tenía tiempo.
Estaba cruzando el pasillo hasta el campo cuando captó la presencia de Toshiro a unos metros de distancia. Detuvo sus pasos frunciendo ligeramente el ceño, extrañada. ¿Qué hacia allí?
Terminó de acercarse hasta el joven notando una mediana caja rosada entre sus manos. Volvió su vista a él.
―¿Hitsugaya-kun qué haces aquí?
―Sólo estoy de pasada ―alegó, y seguidamente le cedió la caja―. Ten.
Ante ese acto, Momo no supo cómo reaccionar a su enrarecido proceder. La joven se quedó pensando en lo inusual que resultaba Toshiro al darle un obsequio sin algún motivo en especial. Sin embargo, era Toshiro y sólo por ser él ya era imposible rechazar alguna iniciativa de su parte.
―¿Qué es? ―le interrogó ella curiosa, tomando la caja.
―Ábrelo y sabrás. ―Fue su respuesta, apoyado contra la pared y mirándola fijamente.
Momo le devolvió la mirada a esos serios ojos verdes, notando su templanza. Su mirada era tan insondable que ella sintió su corazón agitarse. Se dispuso abrir la caja y lo que había ahí la pilló desprevenida. Hinamori alzó la mirada, fascinada.
―Hojaldres con melocotón, mis favoritos… ―murmuró Momo sin salir de su asombro―. Pero, ¿por qué?
El joven capitán encogió sus hombros en una acción bastante usual.
―A ver si quitas esa cara que tienes desde ayer. El perro está en buenas manos, despreocúpate.
Luego, Hitsugaya se dio media vuelta como ya venía siendo costumbre, le deseó un buen día y se marchó haciendo un gesto con la mano. De ese modo desapareció, perdiéndose entre el maravilloso día soleado.
Mientras tanto, Momo se había quedado con sus dulces favoritos en mano, atónita.
Al final, Toshiro podía compararse con una inusitada sandía: duro por fuera y muy, muy blando por dentro.
…
¡Hola, hola, hola!
¿Cuánto ha pasado? ¿6 años? ¡Demasiado tiempo! Pero jamás se está demasiado joven o demasiado vieja (mi caso) para volver a esas cosas que nos gustan.
Por cierto, agradecería su paciencia, me estoy volviendo a empapar de toda la información con respecto a Bleach, siento que estoy más allá de oxidada, tanto en la serie como en la escritura. Tengo muchas historias que hice en todo este tiempo, algunas las publiqué un poco antes de ser Houdini, otras se las brindé a una amiga, pues ella con el afán de animarme a volver las publicó en otro fandom (se escribe así ¿verdad? me da flojera buscarlo en internet, jajajaja) pero bueno, sin presiones.
Esta historia creo que ya la había publicado si mal no recuerdo, pero lo importante aquí es que quiero abrir con el mi oficial regreso por estos lares. Respectivo confeti, por favor, jajaja. Pero hablando en serio, ahora me estoy dando un respiro de la vida cotidiana de ser adulto responsable, entonces me tendrán por aquí de vez en cuando.
Ahora, las referencias:
Maloo, viene de una idea fugaz, nada complicada, sencilla y apegada al patrón del anime/manga. Esto fue lo que resultó, entonces espero que les gustara, «3. Sobre el título en sí, sólo surgió de un momento de ocio e improvisación.
No sé si realmente los animales (mascotas) están prohibidos en la Sociedad de Almas, pero ya que es una sociedad de elite militar quiero imaginar que sí. Aunque el antiguo capitán Komamura (aparte de ser un perro, hombre lobo o lo que sea) tenía un perro, así que… ¡No lo sé!
¡Muy bien! Espero que este one-shot haya estado a la altura, agradecería las sugerencias, críticas, limosna, ofrenda en dólares… Lo normal. Tengan una excelente semana gente hermosa y trabajadora.
Naomic.
.
