—Ken… —Miró directo a sus ojos.
—¿Necesitas algo? Sé que dije que lavaría los platos pero necesitaba decirle a Daina sobre Ruck, Clio me llamó mientras estaba en la cocina y…
—¿Exactamente qué fue lo que le pasó? ¿Qué fue lo que hizo Daina? —Sota atacó directamente.
Ken abrió los ojos tanto que parecía que se saldrían de sus cuencas y su corazón empezó a latir con más fuerza.
—¡¿Cómo dices?! Daina no-no le hizo nada, es sólo que…
—¿Sólo que qué? —Frunció las cejas.
—Daina lo envió por algo al almacén y entonces se culpa por…
—¿Y por eso se hablan como si estuvieran peleados? —interrumpió con un tono más alto— ¿Pelean porque se culpa por que "algo" atacara a Ruck?
Ken no tuvo más remedio que agachar la cabeza.
—¿Qué tanto escuchaste?
—Que Clio llamó, que quería hablar con Daina y luego que él le hizo algo a Ruck.
Ken tomó mucho aire y lo dejó salir sin mirar a Sota a los ojos.
—De acuerdo, Daina sí tiene la culpa de lo que le pasó a Ruck —confesó— y antes de que viniera a jugar con nosotros discutimos por el incidente.
—¿Por qué hizo esto?
—Es la única parte que no te puedo decir, ni a nadie —Levantó un poco la mirada.
—¿Por qué no? —Sota entrecerró los ojos.
—Si te lo digo no vas a creerme.
—Dímelo —pronunció las sílabas casi una por una.
—Bien —Sopló y miró a Sota a los ojos.
Conforme Ken tenía una acalorada y nada grata conversación con Sota, Daina había entrado a su habitación en lo que marcaba a Clio lo antes posible. Tenía unas llamadas perdidas de Wakiya pero las desplazó para otro momento.
—Hola, Daina —respondió.
—Hola, Clio. Ken dijo que querías hablarme.
—Sí, es sobre el estado de Ruck y… su discusión.
Daina se dejó caer en su silla acompañado de un resoplido.
—Te escucho.
—Para empezar, Ruck… —Empezó a contarle los mismos hechos que le dijo a Ken— Tiene suerte de estar vivo, no tomaste tanta como imaginé.
—Entiendo… Por lo menos estamos en una posición segura.
—Aún tenemos mucho que explicarle, pero sí —Asintió Clio, aunque no pudiera verlo—. Ahora, sobre tu "pelea" con Ken…
—No es mi culpa —interrumpió—, él dijo que no me dejaría ver a Sota y salió huyendo aun después de darme el jugo.
—Ya sé, ya sé, sé que te dolió mucho —Clio trató de calmarlo—. A lo que voy es que, y lo mismo que le dije a él, no seas tan duro con Ken, está tan mal como tú acerca de todo esto, y asustado.
—Lo entiendo pero… —Miró una foto de su hermano junto a él en el escritorio— no puede prohibirme ver a Sota, menos cuando este viaje era para él.
—El problema es que no sabe distinguir si eres tú o no, ya viste lo que pasó con Ruck y...
—¿De qué lado estás? —Arqueó una ceja.
—Daina, intento ser la voz de la razón entre ustedes dos —recalcó en un tono firme—. Sé que estás enojado pero así sólo vas a empeorarlo todo.
—De acuerdo —Tomó aire para calmarse— ¿Qué me decías?
—Ken no quería prohibirte ver a Sota, sólo estaba muy alterado para hablar bien.
—Bastante… —recordó Daina.
—Mi consejo es que deben apoyarse mutuamente —continuó Clio.
»No lo presiones, dale su tiempo y espacio para procesar lo que está pasando y, si alguna vez quiere hablar de ello, escúchalo, sin ponerte a la defensiva pero tampoco dejando que tenga ideas erróneas. Explícale poco a poco si ves que lo necesita.
—Lo eché a perder —dijo Daina después de unos segundos de silencio—, ¿no es así?
—Un poco, pero todavía puede remediarse.
—Iré a pedirle perdón por tratarlo así.
—Hablando de disculpas… —Clio hizo una pausa y alargó la última vocal.
—¿Sí?
—Yo soy el que lo lamenta, empecé todo esto y para colmo no puedo estar allí para apoyarlos y hacerme responsable —habló con un hilo de voz—. Ni aunque me explaye en una actuación dramática alcanzaría para decirte cuánto lo siento.
—No, Clio, tú ya nos ayudaste mucho —Miró de reojo su teléfono—. Nos cubres la espalda, evitas que Ruck desate la locura y ahora nos ayudas a Ken y a mí a reconciliarnos.
—Gracias, amigo.
—Ahora si me lo permites tengo que hacer las paces.
—Buena suerte. Yo seguiré cuidando que no pase nada.
Daina cortó la llamada y fue directo a buscar a Ken en la cocina; al haberse ido por direcciones opuestas dedujo que no estaría en su habitación, sin embargo, allí sólo estaban los trastes recién lavados.
—¡Oye, Ken…! —Cuando se dispuso a buscarlo por el resto de la mansión pasó por los baños donde lo encontró decaído frente a Sota con un gesto nada propio de él.
—Ken, tal vez sea muy inocente, pero ya no soy un niño pequeño como para creer en esas cosas —exclamó.
Daina abrió más los ojos ante tan extraña escena.
—Oigan —Caminó hacia ellos—, ¿qué está pasando?
Ambos giraron hacia él con las mismas expresiones de abatimiento y enfado.
—Escuché su conversación sobre Ruck —habló Sota, a lo que Daina reaccionó quedando boquiabierto—, y Ken intenta hacerme pensar que eres un vampiro o algo así.
—Sota… —Daina no encontraba las palabras, pues jamás lo había visto así ni mucho menos estaba listo para contarle todo.
—¿Al menos tú podrías decirme la verdad?
—Lo que Ken dice es —vaciló— es cierto. Y si no me crees —Se encogió de hombros—, sólo mira mis colmillos o busca mi respiración o mis latidos…
—¡Hermano, no estoy jugando a…!
Daina agarró la mano de Sota y la puso en medio de su pecho, lo que lo molestó un poco más.
—Ya puedes dejar de contener el aire… —En cuanto notó que no sentía el pulso de su hermano su mirada de furia pasó a los ojos bien abiertos y hasta palideció un poco mientras busca sin éxito los latidos de Daina— ¿Có-cómo estás haciendo eso? ¿Traes algo debajo de la ropa?
—Ojalá así fuera —Apartó el pañuelo que adornaba su traje y abrió los botones para dejar a la vista su pecho sin ningún truco, además de las marcas de mordida en su cuello.
Sota miró más de cerca todavía con una pizca de incredulidad y volvió a palpar en busca de alguna señal de pulso en el cuello de Daina sólo para encontrarse con un cuerpo helado y aparentemente sin vida. A esto se le sumó ver los grandes colmillos de Daina que, con verlos de cerca, era evidente que eran calcio y no alguna clase de utilería.
—E-entonces tú de verdad… —Retrocedió un par de pasos con los ojos fijos en Daina.
Ken por su lado estaba tan pálido como Sota, ahora mismo su cabeza era un tornado de los posibles escenarios que ocurrirían en los siguientes segundos. Incluso ocultó su rostro tras sus marionetas.
—¡Eres un monstruo! —Corrió a un costado de Ken quien trató de pararlo sin suerte pues lo esquivó.
—¡Sota! —Daina extendió su mano en un intento de alcanzarlo.
—¡Espera! —gritó Ken.
No les hizo ningún caso y salió huyendo a alguna parte de la mansión, tal vez a encerrarse en su habitación.
Los ojos de Daina pronto se llenaron de lágrimas.
—Daina… —Las palabras de Clio resonaron en la mente de Ken.
—Tenías razón —Frotó la manga contra sus ojos—, no debí acercarme a Sota.
—¡No! Yo no debí dejarme llevar por el miedo —repuso.
—Pero —gimoteó— si me hubiera apartado tal vez esto no estaría pasando —Agachó la cabeza—. Ahora sabe que soy un monstruo…
—No… —Ken sintió un apretón en el pecho al escuchar a Daina hablar de sí mismo así— No eres un monstruo.
—¡Casi mato a alguien y ni siquiera puedo comer como una persona normal! ¡¿Qué me hace humano ahora?! —chilló— ¡¿Qué me hace diferente de un monstruo?!
Ken guardó silencio en busca de alguna respuesta que no llegó.
—Tenías razón —hipó Daina—, lo arruiné todo…
—No —exclamó Ken—, yo lo arruiné, es mi culpa por dudar de ti.
Daina se tomó algunos segundos antes de volver a hablar mientras hacía un esfuerzo por controlar sus emociones y procesaba lo que acababa de ocurrir.
—Ambos lo echamos a perder —habló.
—Sí… si tan sólo hubiéramos escuchado al otro al menos una vez… —Miró sus marionetas.
—Lamento haberte tratado así —Daina alzó la cabeza hacia Ken.
—Y yo siento haber desconfiado de ti.
—No, tú lo dijiste: estabas asustado —respondió—. Yo actué con enojo.
—¿Volvemos a ser amigos? —Sonrió un poco.
—Amigos —Asintió—. Pero si necesitas hablar sólo dímelo.
—Lo mismo iba a decir.
—Ya casi es hora de la cena —Ken miró el reloj en su teléfono—, podemos intentar hablar con Sota.
—No, déjalo procesarlo —Daina recordó las palabras de Clio—. Si quiere hablar de esto que él lo diga.
—De acuerdo… ¿Me acompañas a cocinar? —intentó cambiar de tema.
—¿Qué se te antoja? —preguntó Daina todavía un poco lloroso.
—¿Seguro no quieres desahogarte unos minutos? —Ken hizo una mueca al escucharlo así.
—Me vendrá mejor despejarme —respondió en un tono más neutro— ¿Qué te gustaría?
—Sorpréndeme —Sonrió.
—¿Un quenelle? —pronunció en francés.
—Quen… —Trató de repetir— ¿Qué?
—Que-nelle —pronunció más despacio—, algo así como "kuneru" en japonés. Son como unas croquetas que puedes rellenar con la carne que quieras.
—¡Suena deli…! —vaciló al recordar que Daina no podría comer.
—Dilo, ya me acostumbraré a esto.
—Suena delicioso —dijo sin tanta energía como hace un momento.
—Y lo son —Asintió—. Todavía recuerdo lo bien que saben.
—¿De verdad no hay nada que puedas comer aparte de… ya sabes?
—Pues… una vez vi a Clio comer carne cruda —redorcó Daina—, pero no pienso comer eso frente a ti ni Sota.
Ken imaginó con asco la escena, a menos que fuera pescado, la sola idea le hizo un nudo en el estómago que casi le quitó el apetito.
—Como digas, ¿vamos a cocinar?
—Cuando quieras —Sonrió un poco.
···
Sota se encerró en su habitación y colocó el seguro sin ningún razonamiento, ahora mismo su mente era una amalgamación de emociones, pensamientos y recuerdos a los que sumaba el rellenar los huecos por los que tanto se había estado preguntando. Respiraba ajetreado por haber corrido y por la sensación de shock.
—Esto tiene que ser una broma pesada —balbuceó con la mirada hacia el vacío, recargado sobre la puerta.
Las escenas tan fuertes no lo ayudaban a buscar una explicación lógica, desde la idea de su hermano siendo cazado y en cierta manera devorado por Clio sin poder hacer nada, hasta Daina repitiendo el patrón con Ruck. A ello se le sumó el recuerdo de los colmillos, brillantes, alargados y afilados, además del estado del cuerpo de Daina. Por mucho que lo pensara o lo hubiera visto, no había encontrado señales de plástico en los dientes ni nada que pudiera ocultar los signos vitales de Daina.
—¿De-de verdad existen los monstruos? —Continuó sin mirar a nada en particular.
Se dejó caer con la imagen de los colmillos grabada en sus ojos.
—Eso explica por qué Ken no quería dejar pasar a Daina —razonó—, y por qué estaban peleados. Podría mordernos en cualquier momento.
Pensó en los últimos momentos cuando ocurrió el ataque y el relato de Ken.
—¿Entonces... ya no es mi hermano? —Miró la marioneta de El Señor Invencible.
Tomó la marioneta entre sus manos, misma para la cual tomó como inspiración a Daina mientras estaba en el hospital y recibía las visitas de Ken. La presionó entre sus dedos con fuerza y la guardó en el fondo de su mochila.
—Si ya no es mi hermano —se le quebró la voz—, ¿quién o qué es?
···
Tras su llamada, Clio regresó desde un pasillo vacío hasta donde la habitación de Ruck donde todo el equipo permanecía junto a él.
—¿Qué te dijo Daina?
Marie preguntó ansiosa, pues la primera vez Clio llamó a Ken sin decirles nada sobre Daina, pero esta vez lo supieron debido a que él le marcó a Clio.
—¿Se encuentra bien? —sumó Jean.
—Está muy bien —Asintió—, pero necesita procesar lo que acaba de ocurrir.
—¿Y te dijo dónde estaba al momento del incidente? —preguntó Renoir.
—Dijo que dejó el almacén por algo y cuando escuchó el alboroto se escondió del miedo.
«Al menos piensa una excusa más creíble...» pensó Ruck ante la historia que Clio pretendía venderles.
—¿Y está bien? —repitió Jean— Había sangre en su bey —recordó.
—¡¿Sangre en el bey de Daina?! —chilló Marie— ¡¿Y hasta ahora lo dices?!
—¿No te dijo si se lastimó o le pasó algo? —preguntó Jean.
—Por favor, dime que Daina no está herido o algo peor —Marie agitó su abanico inquieta.
«Veamos, Daina no traía su bey en el momento del accidente» Clio pensó rápido «¿Qué no lo había limpiado?»
—Ahora que lo dices, sí se lastimó mientras limpiábamos los cristales rotos —improvisó—. Fue un corte muy pequeño así que no nos preocupamos tanto.
—Qué susto… —Marie dejó ir un soplido de alivio y dejó de sacudir el abanico.
—Lamento que los hayamos asustado con ese detalle.
—Descuida. Ahora lo importante es que sepamos qué fue lo que pasó, revisaré el almacén tan pronto como Ruck esté listo para salir.
«¿Por qué esta historia tiene tantas vueltas?» se cuestionó a sí mismo Clio de un modo más metafórico.
