Clio lograba controlar la situación bastante bien gracias a su desarrollada capacidad en la impronta, sin embargo, en el fondo era consciente de que tarde o temprano tendría que confesarles la verdad dado el repentino cambio que verían en el estilo de vida de Daina y las sospechas que levantaría si es que no lo había hecho ya. Sin mencionar las posibles medidas que tomarían para descubrir lo que pasó, estas quedarían en la nada, en un caso aparentemente sin explicación cuyo desconocimiento lo hacía tan aterrador como la verdad misma.
—Ojalá podamos averiguarlo… —comentaba Renoir— ¿Qué clase de animal puede causar esa clase de heridas?
—Más que un animal yo creo que pudo ser algún loco —respondió Marie—, aunque me pregunto cómo no lo vimos...
—Chicos —interrumpió Clio—, no frente a Ruck, por favor —pidió con cierta delicadeza.
—Sí… —Ruck le siguió el juego, aunque en el fondo sí estaba incómodo— no me gustaría hablar u oír de esto ahora —Miró sus manos juguetear con las sábanas.
—¿De qué te gustaría hablar? —preguntó Jean.
—Lo que sea estará bien —Sonrió un poco—, tal vez sobre las pinturas de Renoir.
—¿De verdad te gustaría? —preguntó él con los ojos brillantes.
—Claro —Asintió más tranquilo al verlo feliz.
—Por la urgencia sólo traje mi teléfono con algunas fotos —Sacó dicho objeto— ¿pero con cuál quieres empezar?
A lo largo de la ahora más amena plática, Clio siguió con su monólogo interior, por fuera era el animado compañero en busca de reconfortar a Ruck pero por dentro la culpa e inquietud crecía cual maleza y podía apostar que Ruck también estaba en una posición similar, en busca de algún alivio al no poder decir la verdad.
«Si lo llegan a saber ¿nos echarán a los dos del equipo?» pensó «¿Cuánto tiempo podremos mantenerlo hasta que noten más cosas extrañas? O más aún… ¿De verdad podrán perdonarme por todo este desastre?»
Como si fuesen flores al brotar en primavera, los recuerdos de sus actos hasta ahora borrosos para él aparecieron en la mente de Clio, donde resaltaba por encima de todo el rostro aterrado de Daina y sus súplicas como últimas palabras antes de morir y adquirir la maldición del vampiro.
«Ni siquiera puedo perdonarme a mí mismo…» finiquitó.
···
—Ve por Sota —Daina sirvió dos platos de quenelle en la mesa.
—¿Nos quieres acompañar? —preguntó Ken.
—No sé si Sota esté listo para verme —Miró hacia el piso—, o si yo lo estoy.
—Iré a buscarlo, tú espera y escucha de lejos.
—¿Y si no quiere verme?
Ken guardó silencio, por mucho que entendiera el malestar de Daina, no podía culpar a Sota por querer mantener la distancia.
—No digas eso, tal vez quiera hablar.
—¿De verdad crees eso? —Daina arqueó una ceja.
—No en realidad —Encogió de hombros— ¿Pero qué quieres que te diga?
—Sólo —suspiró— vamos a verlo.
Ambos caminaron rumbo a la habitación hasta que Daina se ocultó en su habitación —que estaba después de la de Renoir— con la puerta entreabierta a fin de facilitarse escuchar la conversación. Antes de tocar la puerta, Ken tomó aire un par de veces con los ojos cerrados en busca de valor para lo que Sota pudiera llegar a preguntar o decirle.
—¿Quién es? —Escuchó luego de oír los suaves golpes a la puerta.
—Soy yo, Sota —respondió— ¿Podrías abrir?
Pasaron unos pocos segundos hasta que le abrió.
—¿Qué pasa, Ken?
—La cena está lista —respondió con dudas sobre cómo reaccionaría Sota—, pensé que tendrías hambre.
Sota vaciló y por un segundo desvió la mirada hacia un costado.
—Pues no puedo quedarme sin comer nada —Le regresó la mirada—. ¿Y Daina nos va a acompañar?
—Sólo si quieres.
—¿Dónde está? —Miró a los lados del pasillo.
—En su habitación.
Sota centró su mirada en lo que podía ver a la lejanía de la puerta de Daina, entreabierta y con las luces apagadas, pues no salía ningún rastro de iluminación.
—Mejor que siga durmiendo —respondió.
Daina sintió un vuelco en el corazón ante el significado de esas palabras.
—Como quieras —Ken no tenía idea de lo que debía decir— Vamos antes de que se enfríe.
Escuchó a ambos retirarse, los pasos no demoraron en desvanecerse en la lejanía. Acercó su mano a la puerta y vaciló en el último segundo para luego regresar su mano.
—Sé que debo darle tiempo, pero —pausó y tomó aire al quebrarse en la última palabra— es muy difícil.
Agachó la cabeza en la segunda o tercera vez que recapitulaba todo lo ocurrido apenas en un día, hasta que recordó que el almacén seguía hecho un desastre.
—Mejor me encargo de limpiar ahora.
···
Ken y Sota comían el quenelle en silencio, excepto por el sonido de los cubiertos sobre la comida y rozando con los platos, y ninguno de los dos parecía poder mantener el contacto visual con el otro.
—¿Te… te gusta? —Ken movió un pedazo de su comida con el tenedor antes de pincharlo.
—No está mal —Sota respondió algo seco.
—Sota —Inhaló—, sé que todo esto es un shock para ti, y sé que debimos decirte la verdad primero…
—No quiero hablar de eso —interrumpió cortante.
—... —Ken se dio unos segundos— No digo que no puedas sentirte mal, sólo…
—¿"Sólo" qué? —Paró de comer y alzó un poco la voz.
—No es algo fácil de asimilar, lo sé, lo que trato de decir es que entiendas las dos caras de la moneda.
—Te escucho —Cerró un poco los ojos.
—Por un lado estás tú… y yo, asustados por toda esta locura que parece salida de un cuento de miedo que cualquiera pensaría que es una mera historia —Bebió un poco de agua con la mano algo temblorosa— y por el otro está tu hermano que apenas puede comprender lo que le está pasando.
—Entiendo, pero… —pausó y desvió la mirada con una mueca.
—¿Sí?
—¿Cómo estás tan seguro de que… lo que sea eso —Miró a Ken a los ojos—, sigue siendo mi hermano?
Ken palideció y casi soltó el tenedor ante esa pregunta sin mencionar la manera en que se dirigió a su propio hermano, incluso comenzó a comprender el dolor de Daina durante su discusión.
—Aún se preocupa por ti y te quiere mucho —trató de no quebrarse pero su voz flaqueaba—, hubieras visto su cara cuando lo llamaste monstruo, o cuando descubrió lo que le pasó. Lo primero que hizo fue pensar en ti y cómo iba a decírtelo.
—También lucía así de "amistoso" cuando se atacó a Ruck, ¿no? —cuestionó—. Hasta tú lo dudas, ¿o ya olvidaste cómo te pusiste cuando quiso entrar a jugar con nosotros?
—Sí… tienes razón —Agachó la cabeza.
—¿Entonces qué te hace confiar en él?
—Yo… —vaciló— no sé, debe quedar algo de humanidad en él, ya viste que...
—¿Y cómo sabes que no es un monstruo tratando de engañarnos?
—Sota —presionó sus manos debajo de sus marionetas—, si Daina quisiera hacernos daño ya lo hubiera hecho, como cuando te abrazó. ¿No te parece?
Parpadeó ante esa mención.
—Bueno, sí —admitió—. Pero no estoy seguro de nada —Se encogió de hombros.
—Tómate el tiempo que necesites, sólo te pido que entiendas.
—Trataré. Pero no quiero verlo por ahora.
Con el dolor y peso de esas palabras cayendo sobre él como rocas, Ken asintió. «Luego debo hablar de esto con Daina.»
Daina entre tanto limpiaba el almacén con agua oxigenada, trapeador, aromatizante, desinfectante y todo lo que pudo encontrar que le pareciera útil para remover la sangre, su aroma dulce, aunque no tan apetecible al estar mayormente seca, salvo por la del piso; y los rastros de ella. Cosa que le causaba un nudo en el estómago en compañía de la culpa.
—Al final… yo tenía razón —como si volver a la escena y encargarse no bastara, la voz hizo presencia—, ahora tu hermanito sabe que eres un monstruo.
Daina no dio respuesta en palabras sino que presionó el trapo y empezó desplazarlo con más fuerza contra los bordes del tubo de refinería, en compañía del sonido efervescente del agua oxigenada reaccionando con la sangre.
—¿Estará pensando en regresar a Japón para ya no verte más?
Continuó igual, en espera de que cerrara la boca.
—No puedes ignorarme por siempre, mucho menos a la realidad.
—¿Ya terminaste? —Siguió frotando más despacio.
—¿Cuándo te volviste tan aburrido?
—Cuando quedé harto de todo esto —Escurrió el trapo sobre el balde.
—No te servirá reprimir tus emociones. Puedo sentirlas —Probó atacar directo al corazón de Daina—. Tu terror ante tus miedos hechos realidad y la posibilidad de que el resto se cumplan, tu rencor hacia Ken por cómo se alejó de ti, tu tristeza al ver a Sota huir de ti…
—Yo-yo perdoné a Ken —replicó Daina al aire.
—No me mientas, en el fondo todavía guardas resentimientos; te duele saber que no confía en ti del todo.
—Bueno, sí —Miró por momentos el trapo en sus manos antes de pasar a limpiar el piso con el trapeador.
—¿Entonces por qué te esfuerzas por ser amable?
—Yo —vaciló y detuvo sus brazos—, yo…
—No me digas de nuevo que porque son tus amigos y familia —pronunció de forma burlesca—, ahora parecen todo menos esos seres queridos que conocías.
Daina no dijo nada, regresó a la limpieza del almacén acompañado de algunos gimoteos.
—Estás rodeado de gente y sin embargo estás más solo que nunca— resonó en un eco.
La voz desapareció y asimismo Daina continuó sin articular palabra.
—Un monstruo… Solo… —Le tembló el labio— En la oscuridad.
