Antes de saberlo ya era de mañana y Daina no había pegado el ojo entre la limpieza y lo triste que estaba, sin embargo no sentía cansancio, al menos no en gran medida.
Con suma discreción se asomó en los cuartos para confirmar que Ken y Sota continuaban dormidos, por lo que decidió aprovechar para buscar algo de desayuno para él en la cocina, antes de tener que volver a guardar distancia de Sota cuyas palabras aún resonaban en su cabeza como si su hermano las repitiera una y otra vez: Mejor que se quede. Eres un monstruo. De hecho fue todo lo que lo detuvo de siquiera intentar acariciar el cabello de Sota mientras dormía abrazado a la marioneta de Inu; no tenía idea de dónde estaría la marioneta de El Señor Invencible.
—Sota —murmuró mientras apartaba su mano de él—, cuando estés listo para verme, te prometo que verás a tu hermano mayor de siempre.
Ya en la cocina revisó la nevera de donde sacó un filete de carne roja, un poco grande, como sus dos manos juntas. Acto seguido lavó sus manos y empezó a cortarla en cubos y retirar los restos de grasa.
—Es un poco raro —reconoció— pero vamos, he comido pescado crudo, no puede ser tan diferente —continuó hablando consigo mismo—. Si a Clio le funciona, las carnes crudas podrían ser una segunda opción muy buena —Vertió los cubos en un tazón.
Tomó asiento con el bol lleno de carne y empezó por un bocado por el cual se tomó unos segundos antes de comerlo.
Era muy suave, fresco, balanceado entre dulce y salado, y la textura recordaba a las gomitas. Si ignoraba el hecho de que era carne cruda podía pasar por un platillo como los que solía disfrutar cuando era humano, ni siquiera le costó trabajo tragarlo, aunque sí le generó cierta impresión al principio. Devoró su pequeño banquete como un niño comería sus golosinas favoritas, hasta que escuchó a Ken y Sota aproximarse en compañía de algunas risas. No tuvo tiempo de dejar su tazón en el fregadero cuando llegaron y lo encontraron ahí.
Los tres intercambiaron miradas incómodas.
—Eh… buenos días, Daina —saludó Ken, dadas las circunstancias con Sota, le costaba sonreír.
Sota todo lo que hizo fue desviar la mirada a un costado.
—Hola —pausó Daina—. No se preocupen, ya-ya me iba.
—Espera —Ken llamó su atención—. Quiero hablar contigo de esto.
—Tal vez luego —En ese momento dejó a la vista el dolor en sus ojos.
Ken miró hacia Sota no muy seguro de qué decirle. Él por su parte tenía los puños presionados y lucía muy tenso mientras Daina andaba cerca, al irse pareció calmarse.
—¿Quieres unos panqueques? —trató de cortar la tensión.
—Sí —Asintió.
Daina fue por su equipo de blader y de ahí al gimnasio a practicar un poco. En el camino intentaba no volver a pensar en el hecho de que Sota no quisiera verlo, así como su negación-aceptación por el resentimiento que sentía hacia Ken pese a que en teoría habían hecho las paces.
—Sólo dales tiempo —Sintió la voz de Deathscyther.
—Ya lo sé —Miró su bey—, pero Clio dijo que estemos unidos.
—Cierto. Pero no puedes forzar las cosas.
—Buen punto —Bajó un poco la cabeza—. Eres el único que no me juzga, ni me tiene miedo.
—Je, no es tan fácil asustar a la muerte.
—Gracias, amigo —Preparó su lanzador— ¡Let it… rip!
Durante la siguiente hora practicó lanzamientos y movimientos junto a su bey.
—¿Y qué tal el desayuno?
—Bastante bien… —reaccionó— ¿Tú de nuevo?
—Dulce, ¿verdad?
—Sí, muy rico.
«No sé si es mejor o peor… Es raro que suene tan… ¿inofensivo?» Recogió su bey del estadio.
—Y no tuviste que estar media hora vomitando —bromeó y hasta rió de un modo más amistoso.
—Pues sí, también, me alegra tener otra opción —Sonrió.
—¿Sabes qué podrías probar? Darte el lujo de averiguar qué te gusta más.
—No te entiendo —Hizo una mueca extrañado.
—Tu paladar pide algo más excéntrico —alargó la última vocal como si cantara—. Hay algo por ahí con una sensación suave, dulce pero sin llegar a empalagar, fácil de consumir, no tan difícil de conseguir.
—Con que eso era —refunfuñó y puso los ojos en blanco—. Olvídalo, ni siquiera tengo hambre.
—¿Estás seguro?
Como si su cuerpo y la voz se hubiesen puesto de acuerdo, sintió su estómago gruñir.
—Si fuera tú no desperdiciaría mi talento en la cocina.
—Pues esta vez lo voy a desperdiciar —Siguió con sus lanzamientos.
—Vamos, un poco no te hará daño.
—¿Por qué está pasando esto? —Se llevó las manos al estómago que no paraba de sonar— Si ya comí algo.
—Puedes sentirlo, ¿verdad?
—No otra vez… por favor… —Cerró los ojos con fuerza.
—Son tus instintos, escúchalos —murmuró en un tono hasta provocativo.
Daina dejó escapar una sonrisa retorcida.
—La textura, el aroma, ese sabor… una porción de paraíso.
—Y lo suave que es… —reaccionó— ¡Basta, idiota!
—¿No ves que sí la deseas?
—Sí, pero no…
Dentro de la mente de Daina la línea entre sus pensamientos y su lado vampiro empezaba a difuminarse y le costaba diferenciar si lo que pensaba era realmente él o no.
—El oro rojo, un manjar digno de reyes.
—Cállate, cállate, cállate… —abandonó el gimnasio con Deathscyther abrazado a él.
El eco de sus gritos se perdía en los pasillos y no lograban llegar a ninguna parte, razón por la que ni Ken ni Sota se daban cuenta de lo que ocurría. Ante esto intentó marcarle directamente a Ken. Un peculiar frío se concentró frente de él... finalmente la ilusión hizo presencia. Daina paró en seco ante esto detuvo su andar.
—Ese deseo no se va a ir —Tomó su mentón y luego apoyó la mano donde la mordida de Clio—, y lo sabes.
—N-no… —Dejó caer el teléfono.
—Sientes el deseo de satisfacer ese vacío…
···
—Siento mucho que la visita no sea lo que esperabas —platicaba Ken.
—Supongo que es mi culpa —Sota tomó de su café—, después de todo yo causé el accidente… aunque mi… Él, pudo haber guardado el jugo en otra parte antes.
—No, no tiene caso buscar culpables —Dejó a un lado su tenedor.
—Si tú lo dices.
El teléfono de Ken empezó a sonar y al ver que era Daina decidió salir.
—Un momento Sota —Giró hasta quedar de perfil y atendió— ¿Hola?
—No, no quiero hacerlo ¡Basta! —escuchó gritar.
—Puedes escuchar a tu estómago pedirlo…
—¿Da… Daina?
—Sabes que te encantará... Su sabor...
—No me interesa... por más que sienta eso no puedo hacerlo…
—Son sólo presas... Sólo existen para ser tu alimento...
—Oh, no... —Kensuke bajó el teléfono tembloroso y pálido.
—No son eso… —Daina se movió a un lado de donde tenía la ilusión.
Kensuke se apresuró en colgar y dirigirse a Sota.
—Sota, tienes que venir conmigo —apresuró.
—Ya casi puedes sentirla…
Esa alarmante sonrisa se trazó de nuevo en el rostro de Daina, tal vez por estar cayendo, por saber que alcanzó a ponerlos a salvo o ambos. Como sea, gastó lo poco que le quedaba de cordura para vacilar y darle tiempo a Ken de ponerlos a salvo.
—¿Qué tal si vamos por ellos?
—Sí… vamos.
