CUANDO EL AMOR LLEGA
CAPÍTULO 2.
Eso había sido todo, sesenta días atrás. Piensa ahora Candy en ello, recordándolo mientras, excitada por la curiosidad , su corazón late tan deprisa que a veces debe detenerse para recobrar la calma, camina procurando no llamar la atención pues seguramente cualquier persona podría escuchar el latir desenfrenado de su corazón. Mantiene la cabeza gacha con cautela; a esa hora el centro de la ciudad hormiguea de gente y es fácil pasar inadvertida. Después de diez minutos ve en la distancia la librería con su escaparate iluminado. Es un pequeño local , el más pequeño que hay a comparación de los otros a su alrededor pero también es su trabajo el cual sólo es de unos días entre semana, y los fines de semana. No ha podido encontrar algo mejor, pero esto le sirve para llevar la vida tranquila. No necesita nada más. Entra en el local pequeño con el nombre. Saber Book store . Nada más entrar, su jefe se pone a parlotear. A Candy le da un poco de risa lo impactante que es, pero es buena persona y ella lo aprecia mucho.
—An llegado nuevos libros "Las aventuras de Guillermo". — Le informa Poter, su jefe. .
—Muy bien. — Asiente Candy.
—Y he vendido ,«La montaña mágica», que nos quedaba. Habrá que reponer ejemplares.
—Claro… Me ocuparé de eso.
—Acaba de venir la luz, así que he dejado el escaparate encendido. En ocasiones el problema es que no tienen luz estable, Al encontrarse tan cerca de las embarcaciones las corrientes de aire afectan la electricidad.
—Yo lo apago — Le dice Candy —, no se preocupe puede ir a descansar y dígale a Clara que pronto iré para verla— Le dice Candy recordando a la esposa de Poter.
—Muy bien , le dire. Buen día .
La librería está en una buena zona, junto a la tienda de artículos para surf. Una farmacia cruzando la calle. La tienda de comestibles dos establecimientos más adelante. Aunque la tienda de comestibles no tenga mucho para escoger. Así que no tarda en ocuparse un poco. La tienda de Surf siempre está ocupada. A los surfistas les gusta leer. Las horas siguientes pasan rápidamente. Lo que es bueno piensa, así mantiene la cabeza distraída. Le ayuda a que se concentre en atender las preguntas y a la venta, pues sus pensamientos se enfocan en los clientes. Más tarde el lugar está tranquilo, también el mar está tranquilo y sólo se escucha el rumor leve del agua que lame con suavidad la arena, donde un tenue reflejo señala el contorno de la orilla. Y como todos los días desde que Terrunce había ocupado un lugar en su hogar, y al que no puede sacarse de cabeza regresa a su memoria. En ocasiones el llanto es inevitable, otras sólo recuerda el momento en que él iba a besar sus labios. Para no comenzar a recordar se ocupa en hacer cierre a la caja registradora. Coloca el dinero de la venta del día, dejando el que corresponde en la caja. Cuenta las ganancias. No ido mal, piensa.
Falta un cuarto de hora antes de cerrar la tienda , contempla satisfecha el escaparate iluminado por dos bombillas: modesto como el local, expone una veintena de títulos que ella selecciona cuidadosamente, combinando libros de fácil venta con otros menos solicitados. Está distraída pensando en que necesita encargar ejemplares. Así que antes de cerrar se devuelve para encargar la orden. Llena el formulario y lo pone en un sobre. Tendría que detenerse en el correo postal piensa todavía distraída . Cuando cierra el sobre , su vista cae en los periódicos informativos que el repartidor dejó por la mañana. Agarra el manojo de papeles para guardarlos en las estanterías una en la que dice «viejos»cuando uno de ellos llama su atención.
La nobleza dedicará un momento para dar a conocer las últimas noticias del secuestro del Duque de GrandChester; el día más importante de su vida.
Acompañemos en su dolor a la Duquesa Lidia de GrandChester. En el palacio GrandChester este próximo viernes.
Un recuerdo le viene de pronto, GrandChester. Donde escucho ese apellido. Y así como busco en su memoria, lo encuentra . Fue en puerta de su casa en un vehículo elegante con dos hombres fuertes y bien parecidos. Uno había dicho Terrunce GrandChester. Candy está a punto de dejarlo y ocuparse de sus asuntos —ha venido en autobús a la ciudad para administrarse de algunos productos que ya comienzan a estaquear en su hogar—, pero en el último momento cede al impulso. A la curiosidad que la incita desde aquella mañana en la playa y en su casa cerca del puerto . Al deseo de saber más del desconocido que hace dos meses ocupó dos semanas de su vida, del que no había vuelto a tener noticias, y al que no ha podido olvidar. Tarda ella en decidir, pensando en el periódico que tuvo por la mañana en la librería . En los dos hombres a los que se lo llevaron. Ella sabe que está vivo. Muchas preguntas empiezan a invadir su cabeza. Entre ellas la palabra «Duque».
Cubierto por una gabardina negra y un sombrero de igual color mira el entorno con cautela. No puede ser reconocido . Hay dos mujeres conversan a la puerta de la tienda de surf, el dueño de la tienda de ultramarinos recoge el género expuesto en el exterior, hay niños que juegan en la calle y mujeres que charlan sentadas en sillas. El día languidece apacible, rutinario: el cielo se torna cárdeno sobre las terrazas de las casas y la luz crepuscular alarga y extiende las sombras. Antes de salir de la tienda, la observa como , contempla satisfecha el escaparate iluminado por dos bombillas modesto como el local, expone una veintena de títulos que alguien selecciona cuidadosamente, paren combinando libros de fácil venta con otros menos solicitados, es bajo el influjo de esa imagen, que él la ve cada día que ella esta en la tienda pero que por algún motivo hoy advierte con más intensidad, como la joven se regresa escribe algo y luego apaga la luz, echa el cierre, le quita la cadena a la bicicleta apoyada en la puerta, y se aleja pedaleando hacia el puerto. Dónde sabe esta el pequeño, pero cómodo hogar que ella compartió con él. En las últimas semanas la observa todos los días. No ha podido olvidarse de ella. Recuerda cada detalle de su rostro, su cuerpo de curvas suaves pero firmes, el color de su piel y la suavidad que palpo en sus dedos el día que no pudo resistir tocarla. El deseo que sintió por besarla. Nunca una mujer despertó el instinto de posesión.
Ella también recuerda los ojos verdosos e intensos que la estudiaron suspicaces y luego agradecidos, y la última mirada que le dirigió cuando dos hombres a los que ella no había visto nunca vinieron en su busca en un automóvil, ayudándolo con una manta sobre los hombros. Y mientras uno de ellos,fornido, alto,con acento extranjero, le decía a estamos en deuda con usted y confiamos en su prudencia y su silencio, con un gesto que era amable y equívoco al mismo tiempo, el hombre venido del mar la miró por última vez, muy intenso y muy fijo. Y los labios, que recobraban el color, se distendieron en una sonrisa agradecida, luminosa y blanca, de la que no brotó ninguna palabra, pero que ella pudo entender que le decía gracias. Permanece de pie en el centro de la ciudad, contemplando la fotografía. Sumida en el sabor amargo y dulce de la memoria que reciente, todavía en carne viva.
Los días pasan turbios, exactamente desde el día que leyó las noticias, no a podido descansar, Candy esta llena de inquietud, casi llegando a sentirse desesperada. No saber nada , es demasiado inquietante, piensa. Por una parte siente que no es asunto suyo, porque no debería importarle lo que esta pasando, por otra su corazón tonto no la deja estar tranquila . Recuerda de pronto algo y, sin poder contenerse se dirige al aparador y abre un cajón. Un medallón de plata, o quizás oro blanco, es pesado, como que el hombre que salió del mar llevaba consigo está allí desde entonces. Ella se lo retiró del cuello mientras lo atendía, y ni él, ni quienes fueron a buscarlo pensaron en cogerlo cuando se fueron. Se llevaron el resto de la ropa pero olvidaron eso. Lo descubrió en el suelo cuando ya se apagaba el ruido del automóvil, y estuvo un rato estudiándolo antes de guardarlo en el cajón, oculto bajo telas, manteles, y servilletas doblados, a la espera de que alguien viniese y lo reclamara. Pero nunca vino nadie, y ahí siguen, tres meses después. Los primeros días después de su partida estuvo deseando que ese fortuito encuentro no terminase así. Pero no fue así. Qué esperaba, acaso no había sido ella quien le pidió que no la recordase, acaso no fue ella quién le dijo también que ella no lo iba a recordar. Entonces. Eso es realmente lo que tiene en la cabeza. Terrunce GrandChester, recuerda; y por alguna extraña razón se estremece al hacerlo, hasta el extremo de que, sentada en el suelo de su hogar , aparta las manos del cajón y cruza los brazos como si de repente sintiera frío. Ya no tiene ganas de seguir recordando . No, desde luego, esta noche. Así que ni siquiera lo intenta. Permanece en el suelo en el centro de la habitación, contemplando el medallón.
Y así, a la siguiente mañana por primera vez en cuatro años, Candy, se aleja del puerto a un lugar desconocido.
Es el guardaespaldas del Duque quien primero se fija en la mujer: delgada y más rubia que las mujeres inglesas, con un vestido claro, ligero, que moldea sus piernas y cada curva de su cuerpo. La descubrió hace un momento entre la gente que, ocupaba las filas frente al balcón de la realeza , el más próximo a la entrada del palacio. La vio de lejos, sentada y bebiendo algo, con un sombrero de ala mediana que cubría parte de su rostro, le dirigió entonces una rápida ojeada valorativa —es inglés y le gustan las rubias, tan parecidas a las mujeres de su ciudad— La analiza detalladamente para estar seguro de que no de equivoca
Continuará...
