Conforme regresaba Clio con Ken y Sota, este atendía a Ken con ayuda de un botiquín auxiliar; ya acababa de desinfectar la herida.
—¿Qué crees que Clio le hizo a… ese tipo? —Sota volvía a dudar acerca de cómo dirigirse a Daina.
—Nada malo, espero —Ken aguantaba el escozor de la herida.
—Ya sé lo que dijiste, pero ahora que lo vi fingir así —pausó y buscó las gasas y algo de cinta médica—, ¿de verdad sigue siendo mi hermano?
—No sé… —Desvió la mirada— pero ahora con Clio aquí —Regresó sus ojos a Sota— podremos saber cuándo es él de verdad.
Sota tomó algo de aire.
—Me sorprende que puedas perdonarlo después de todo —suspiró—. En cambio yo, su propio… hermano —dudó—, no puedo ni mirarlo y cuando creí que sí… —recordó el ataque a Ken.
Sostuvo con unos dedos la gasa y encima colocó varias piezas de cintas a modo de parche.
—No todos lo procesan igual —explicó Ken— y, para ser honesto, ni yo estoy del todo seguro de esto, sólo intento apoyarlo.
—Será mejor preguntarle a Clio —Acabó de asegurar las cintas—. Con esto debería bastar.
—Gracias, Sota —Puso su mano donde la herida.
—No fue nada —Sonrió—. Ahora vamos a limpiar tu traje antes de que alguien lo note. Algo de agua oxigenada será suficiente.
Ken se retiró la camiseta verde junto a su cuellera, quedando con su camisa azul debajo, y se la entregó a Sota. Él por su parte tomó la botella de agua oxigenada y empezó a esparcirla por la mancha de sangre que cubría la mitad de la cuellera y gran parte del hombro.
—Estará como nuevo pronto —siguió conforme limpiaba—, sólo es cuestión de que se seque.
Clio llegó con ellos mientras intentaban secar más rápido las prendas con ayuda de sus manos como abanicos.
—Ya pude —pausó en busca de una palabra— contenerlo.
—Me atreveré a preguntar —habló Ken— ¿Qué hiciste?
—Lo encerré en mi ataúd —respondió nada cómodo con la idea.
—Viejo… —Ken quedó boquiabierto— cuando Daina vuelva en sí estará aterrado.
—Era eso o mantenerlo amarrado.
«¿Pero no es mejor para Daina eso que estar metido en una caja?» cuestionó. «¿O podría haberse soltado de alguna forma?»
—¿Y no podías sólo encerrarlo en el cuarto?
—Daina es bueno abriendo puertas —Clio caminó algunos pasos más hacia ellos—, no sé si en ese estado intentaría desbloquearla. Además no sé dónde guarda las llaves de ese cuarto.
—Hablando de él… —habló Sota— quiero preguntarte algunas cosas.
—Soy un libro abierto —Sonrió un poco—. Pregunta lo que quieras.
—Ese… —buscó alguna expresión que no ofendiera a Clio— vampiro, ¿sigue siendo mi hermano o sólo se ve como él?
Clio sintió una punzada en el pecho como si le hubieran clavado una estaca; al igual que Ken, sabía lo importante que era para él.
—Claro que sí, aún es ese hermano mayor cariñoso y atento que conoces.
—¿Y cómo…? —Soltó unas lágrimas— ¿Cómo…?
—Sota —intervino Ken con su voz suave—, respira un poco y habla cuando estés listo.
Hizo lo que le pidieron durante al menos un minuto.
—¿Cómo sabes que aún es él? —articuló despacio.
—Además de sus ojos, yo nací siendo un vampiro, sé cómo funcionan estas cosas —empezó a explicar.
»Para no complicarte las cosas, cuando pasa… lo que acabas de ver, entramos en una especie de trance, como tal no somos nosotros en ese estado. Pero fuera de ello seguimos siendo las personas que conoces.
—¿Como en esas películas?
—Más o menos, si eso te ayuda a entenderlo.
—¿Y no existe un modo de curarlo?
Los ojos de Clio se humedecieron al reconocer las intenciones de Sota.
—Es muy peligroso, no sé lo que pasaría —Bajó la cabeza.
—¿Por qué?
—Cuando te… muerde un vampiro de nacimiento contraes la maldición del vampiro por la que tu alma queda atrapada dentro de un cuerpo muerto —resumió—. Si intentas retirar la maldición existe la posibilidad de que el alma abandone el cuerpo y Daina muera definitivamente.
—¿Entonces mi hermano…?
—Lo lamento, pequeño.
—No merece pasar por esto… —Apretó sus puños— ¡Esto es tan injusto! —chilló de la impotencia— ¡Todo porque destrocé esas estúpidas botellas de jugo! ¡Yo debería ser el que está maldito!
—¡Sota! —exclamó Ken— No seas tan duro contigo mismo, por favor.
—¡¿Y qué esperas que diga?! ¡Todo esto es mi culpa!
—No, fue mía por no tomar medidas antes de enloquecer —objetó Clio.
—No, fui yo por no insistirle a Marie durante el paseo —exclamó Ken.
Se formó un silencio incómodo.
—Creo que todos somos culpables… —concluyó Ken.
—Sí… —Sota se encogió de hombros.
—Les juro que haré todo lo posible por él —añadió Clio.
—Hablando de cosas —recordó Ken— ¿qué querías decirnos?
—Debido al trauma y el shock que a Ruck le causó el… accidente, va a abandonar el equipo.
—¡¿Qué?! —gritaron Ken y Sota.
—No va a contar nada, pero está tan asustado que ya no quiere seguir aquí.
—¿Y qué le dijiste? —preguntó Ken.
—Le dije que era su decisión —Clio se rascó la cabeza—, no hay mucho que hacer.
—¿Y cuándo se irá?
—Probablemente mañana mismo, hoy le darán el alta y vendrá por sus cosas.
—Entonces tenemos que acomodar todo ahora —Sota recordó el desorden— y ver si mi hermano está en sus casillas.
—Yo me ocupo de la ropa y todo lo de aquí —Ken miró la red, escoba y cuerda tiradas.
—Yo me encargo de las sillas —Asintió Sota.
—Te ayudaré con eso —sumó Clio.
—¿No irás a ver a Daina? —Inclinó la cabeza.
—Apenas han pasado unos minutos, no sé cuántos tendrán que pasar para que se le pase.
El grupo emprendió camino a audiovisuales mientras Ken dejaba la ropa húmeda en la secadora y guardaba las demás cosas en su lugar. En ello volvió a ponerse su ropa, aún húmeda pero lo suficientemente seca para poderla utilizar. Antes de reunirse con Sota y Clio, recogió sus marionetas que en el caos habían caído al suelo sin que se diera cuenta.
—¿Por qué tiene que ser todo tan difícil? —le preguntó a sus marionetas.
—Sólo deja que cada uno tome su tiempo —habló Besu—. Cuando todo esté en orden lo verás claramente.
—Lo mejor que puedes hacer ahora es escuchar a Clio —añadió Keru—. Ya escuchaste cómo diferenciarlo, ¿no es así?
—Bueno, sí.
—Entonces sólo date tu tiempo para calmarte —finalizó Besu.
Cuando Ken llegó con Clio y Sota, estos ya habían acabado de acomodar las sillas. Tal vez estuvieron cerca de una hora.
—Clio —habló Sota— ¿Podría ver cómo está mi hermano?
—¿Estás seguro de eso? —preguntó.
Ken observó callado la escena.
—No… pero quiero verlo.
—Si estás tan seguro sí —Volteó hacia Ken— ¿Y tú?
—Necesito ver cómo está, ahora nos necesita más que nunca —Asintió.
—Muy bien. Pero quédense detrás de mí por cualquier cosa.
—¿Qué hay de ti? —preguntó Sota.
—Soy más fuerte que él, si sigue en trance lo volveré a encerrar.
—Ojalá no debamos llegar a eso…
Clio guió al dúo hasta la habitación de Daina y en el pasillo encontraron botado su teléfono; lo más probable es que con toda la adrenalina Clio no lo notara mientras lo escoltaba. Ken lo tomó y tras un nudo en el estómago al ver que seguía indicando su última llamada, lo guardó en su bolsillo.
Al entrar al cuarto pudieron escuchar unos sollozos apagados.
—¿Daina? —lo llamó Ken.
—¿K-Ken? —oyeron desde el interior del ataúd.
Intercambió miradas con Clio quien asintió.
—Sí, soy yo, amigo.
Daina no contestó sino que hipó.
—Escucha, voy a abrirte —Le dio la señal a Ken y Sota para retroceder.
—Bueno…
Clio empezó por retirar los ganchos de la parte inferior que correspondían a los pies y luego abrió los laterales, por último abrió la tapa del ataúd.
Al hacerlo encontró a Daina lo más retraído que las paredes se lo permitían. Él alzó la cabeza un poco hacia Clio y al hacerlo este pudo ver que estuvo llorando mucho, pues tenía rastros de lágrimas, estaba algo rojo y sus ojos lucían vidriosos.
—Sí es él de nuevo —le anunció a Ken y Sota—. Daina —regresó hacia él—, lamento mucho haberte hecho esto.
Daina se incorporó y se limpió con la manga de su traje que todavía portaba y estaba algo sucio por la pelea que tuvieron anteriormente.
—No, está bien —gimoteó—, era lo que tenías que hacer con un monstruo —dijo con un hilo de voz.
—Daina… —Clio sintió un pinchazo al oírlo así.
Ken y Sota, en especial este último, oyeron con pesar las palabras de Daina, sobre todo esa última frase.
—Da… Hermano —se corrigió Sota—, de verdad no era mi intención llamarte así, yo…
—No, tenías razón —Daina era incapaz de ver a nadie a los ojos—, ya no queda nada de —se trabó— tu hermano.
—Eso no es cierto —intervino Clio—, todavía eres el Daina que conocemos —se puso de rodillas en el suelo para estar a su nivel.
—¿Por qué estás tan seguro? Hasta tú, que naciste vampiro —pausó y gimoteó de nuevo—, eres más humano que yo —Miró sus manos temblorosas.
—Tienes sentimientos, ¿verdad? —probó ir por ahí— Si fueras un monstruo, no sentirías remordimiento ni nada.
—¿Y si todo lo que siento es falso? —continuó sin mirarlos— ¿Y si no soy más que un animal reaccionando a unos instintos?
—Es por lo que acaba de pasar, ¿no es así? —preguntó Ken.
—Es por todo —resumió—. Ya no sé si soy yo o solamente —Volvió a ver sus manos— alguna clase de bestia.
—Sigue, te escuchamos —Clio miró hacia Ken y Sota y movió la mano en señal de que se acercaran.
—Cuando hablé con Ken de todo esto la primera vez —empezó— creía que esto no me había cambiado pero luego de todo esto —Recogió sus piernas— es como si me desconociera…
» Hasta Ken y Sota me desconocen —continuó—, me tienen miedo, no tienen ni idea de si soy yo y —se le quebró la voz— … y probablemente tú también, ni tú sabes cómo funciona un vampiro que fue mordido… Ya no entiendo nada —acabó con un hilo de voz.
—Hermano… —Sota tenía la voz algo quebrada, al final bajó la cabeza— creo que soy el menos indicado para hablar —pausó— pero es como dice Clio, ese corazón tuyo sigue ahí.
—¿Qué les hace pensar eso? —Ocultó su cabeza.
—Ya sé lo que dije —Miró a Ken y regresó la vista a Daina— pero te preocupaste por mí desde el principio y por todos a tu alrededor, ¿no?
—Sí —respondió sin levantar la cabeza.
—Y como dijo Clio, te sientes culpable.
—¿Y eso qué tiene?
—Lo que Sota trata de decir —sumó Ken— es que aunque… tu cuerpo esté muerto, en el fondo estás más vivo que nunca. Sientes remordimiento, amor fraternal, miedo, tristeza… Sientes de todo y más. Un monstruo ni siquiera se preocuparía por los demás.
—¿Pero por qué están tan seguros? —repitió, apenas levantó un poco la cabeza.
—Porque te conocemos mejor que nadie —respondió Clio—, aun con tu… maldición, sigues siendo el Daina de siempre, no cambiaste nada.
—¿Entonces no creen que soy un monstruo? —Miró hacia el frente; a nada en particular.
—Para nada —Ken negó con la cabeza.
—¿Aun con todo este desastre?
—Aun con este desastre —Asintió Sota.
Con esas palabras, Daina tomó algo de fuerzas para verlos a la cara.
—Gracias —Apenas sonrió—. Pero necesito más tiempo para asimilar esto.
—Toma todo el que necesites —Clio le estrechó la mano—. Aquí estaremos para lo que te sea menester.
—Otra vez gracias —Daina tomó su mano y ayudado por Clio salió del ataúd— ¿Pero por qué me puse tan loco? La carne no me hizo sentir mal y te vi comerla antes.
—Eso es porque jamás debes comerla sin el jugo de tomate, es el doble de peligroso —resumió.
—Ah… —Daina se encogió de hombros— entiendo… ¿pero era realmente necesario encerrarme en ese cajón? —Miró de regreso a dicho objeto.
—Eh… —Clio vaciló— tal vez sí fue demasiado —admitió.
—La próxima vez mejor déjame atado —Puso los ojos en blanco.
—Lo tendré en cuenta, pero espero que no sea necesario —Llevó sus manos a la cintura—. Por cierto… —Clio le repitió la noticia acerca de Ruck.
—Merde… —Soltó la mano de Clio— Pero no puedo culparlo, después de todo.
—Sí… y nos queda ver cómo vamos a explicar todo —habló Ken—, sospecho que querrán investigar qué pasó.
—Si se enteran de esto me van a querer echar del equipo —comentó Daina.
—No creo que piensen que fuiste tú —respondió Sota.
—Date cuenta, soy la última persona que vio a Ruck antes del incidente, ¿de verdad van a pensar que desaparecí de casualidad?
—Buen punto —Agachó la cabeza.
—Pero no es justo, no era algo que Daina pudiera controlar —analizó Ken—, la culpa es mía por haber dejado cerrada mi habitación.
—O la mía por esconder tanto la botella —convino Clio—. Debí dejarla en el cuarto de Daina y ya.
—¿Me-me acompañarían a hablarlo con Marie? —Daina presionó un poco las manos.
—Estaremos contigo, hermano —Asintió Sota junto al resto.
—¿Hay algo más que deba saber?
—Wakiya estuvo llamando como loco para invitarnos a una fiesta de halloween —recordó Ken—. O eso creo, apenas lo dejamos hablar.
—Ah —parpadeó—, eso explica las llamadas perdidas. Será mejor que lo llame —Buscó en sus bolsillos el teléfono hasta que recordó que lo dejó caer.
—Aquí está —Clio le entregó el celular.
Enseguida Daina le marcó a Wakiya quien no demoró en contestar.
—¡Hola! ¡Ya era hora! —reclamó.
—Lo siento, digamos que estaba un poco —Rascó su cabeza— indispuesto.
—¿Eso qué significa?
—Estaba algo ocupado, luego te cuento —cortó con el tema—. ¿Qué querías decirme de la fiesta de halloween?
—Oh, pensé que sería buena idea reunirnos y hacer una fiesta de disfraces en Sunbat United.
—Suena bien —Sonrió.
—Iríamos a cada uno con disfraces diferentes, yo creo que iré de vampiro.
—Oh, genial —Imaginó a Wakiya reclamándole por sus colmillos—, yo supongo que iré de parca.
—Típico de ti —bromeó.
—Por cierto —tuvo una idea—, ¿puedo pedirte un favor?
—¿Qué necesitas?
Daina miró un momento a Clio.
—¿Podrías conseguirnos unas cuantas cajas de jugo de tomate?
—Para Clio, ¿verdad?
—Para ambos, las que puedas conseguir.
«¿Y por qué quieren tantas?» Cuestionó Wakiya para sí mismo «Como sea, no es mi problema si todo se jugo de pudre.»
—Compraré todas las cajas de Madrid si hace falta.
—Y tal vez unas semillas.
—¿Eso no pueden conseguirlo ustedes? —Wakiya arqueó una ceja.
—No, en París es muy difícil de encontrar.
—Muy bien, pero más les vale venir a la fiesta.
—Dalo por hecho —Asintió—. ¿Alguna otra cosa?
—No, eso era todo. Ya estaré llamando a los demás.
—Nos vemos dentro de un mes, y no olvides decirle a los demás.
—No lo haré, nos vemos —Colgó.
Daina dejó su teléfono en la mesita de noche.
—Si me disculpan, necesito tiempo para procesar esto, y cómo voy a hablarle a Ruck y a Marie.
—¿No quieres nuestra ayuda? —preguntó Ken.
—Pensándolo bien, sí —recapacitó— ¿Cuánto tiempo tenemos?
—Probablemente lleguen dentro de unas pocas horas —respondió Clio.
—Entonces no hay tiempo que perder.
