CUANDO EL AMOR LLEGA
POR JillValentine.
CAPÍTULO 3
En un momento pierde a la mujer rubia de su vista, quizás solo se confundió. Hay mucha gente que espera a la Duquesa para escuchar las últimas noticias. Tras un instante mientras la gente revuelta por todas partes y algunos vendedores ambulantes al levantar la vista descubre a la mujer un par de puestos más allá, interesada en el mostrador de una tienda de zapatos . Se ha quitado el sombrero, pero la reconoce igual. Y sin duda es ella: la que vio en la fila del balcón y luego en la calle. Es la tercera vez, y eso le hace sentir un malestar extraño: Una extraña, una desagradable incertidumbre que lo pone alerta, suspicaz. Quizá no esté sola, considera. Tal vez haya otros vigilando. Puede que sólo sea la parte visible de una amenaza más seria y peligrosa.
—Hay una mujer junto a al zapatería—comenta a sus compañeros que también se encargan de la seguridad —. No miréis ahora, pero creo que está buscando algo o alguien. Sorprendido, el otro vigilante se vuelve con disimulo en esa dirección.
—¿La del vestido claro? —inquiere en voz baja, tras un momento.
—Ésa. Mira otra vez el guardia de soslayo.
—¿Y crees que nos sigue?
—A nosotros no. Pero hace un buen rato que está buscando algo… Es muy sospechoso. Estaba en las filas frente al balcón cuando llegamos.
—¿Estás seguro?
—Claro.
—Hablo en serio, Tom.
—Lo he dicho en serio. Estoy casi seguro.
—¿Y no puede ser una más de la mucha gente interesada en noticias ?
—También, claro que sí. Pero van tres veces en poco tiempo. El segundo guardaespaldas se ha vuelto hacia el otro miembro del grupo.
—¿Qué opinas tú? George no parece escucharlos. Permanece inmóvil, muy serio, mirando a la mujer. Lo hace fijamente, sin ningún disimulo; y aunque tiene la piel del rostro tan curtida por el sol como sus compañeros, ha palidecido.
—No la mires así, hombre —lo reprende Tom —. Va a darse cuenta.
—Es ella —dice al fin George . Tom se queda boquiabierto.
—¿Quién es ella?
—La mujer del puerto de Southometown . La de la playa.
—No fastidies. ¿La que…?
—Sí. Se miran, confusos. De pronto, George se aparta de ellos.
—George, ni se te ocurra —lo reconviene Tom, alarmado. PeroGeorge no hace caso. Camina hacia la mujer y se detiene a su lado. Entonces ella levanta la cabeza y se queda inmóvil, mirándolo sorprendida .
—Esto no me gusta, —dice Alfred. Asiente Tom, tan preocupado como Alfred.
—A mí tampoco. Ninguno de ellos la conoce. Pero saben lo que ocurrió en la playa, Cuando George y otro guardaespaldas habían viajado tras recibir una llamada sospechosa y de la que no supieron sino hasta tres días después. Cuando a su regreso se les pidió que guardaran cualquier noticia y por supuesto su presencia . Nadie más que los hombres de confianza más cercanos al Duque guardan para si el secreto de su regreso.
Todo el pulso de la ciudad allí entre puestos callejeros, olor a postres,frituras , bebidas y pan caliente. Caminar por allí era sumergirse en una multitud que esperaba impaciente, otros comiendo, bebiendo, algunas que discutían y reían; matronas con cestas de la compra. Tipos que en la puerta de los comercios observaban y bebían cerveza, rostros patibularios que no querrías encontrar en un callejón oscuro, mujeres de belleza densa y espesa. Envuelto, todo, en un rumor de colmena mezclado con bocinazos de motos y automóviles, bajo una luz mediterránea que se introducía entre decrépitos palacios donde, en salones convertidos en humildes apartamentos, Algunos apellidos aristocráticos coexistían con el pueblo llano como si toda la ciudad fuese un bucle sin final. Y el palacio GrandChester. Nada de eso parecía importante en ese momento. El miedo que sentía Candy cubría cualquier otro ruido. Se sintió pequeña, muy pequeña.
—La conozco.
—Pues no sé si conocerme es la palabra correcta. —No hizo ningún gesto, ninguna parte de su cuerpo se movió —, mire —comenzó a decir ella, incómoda—. Encontré esto? Saca ella entonces el periódico que permanecía en su bolsón , se lo muestra al hombre que la observa sin ninguna expresión en su rostro —Vi la fotografía en el periódico . Era Terrunce, y la noticia decía que él ... —se detuvo incapaz de pronunciar la palabra —, sé que es mentira. Cuando se lo llevaron de mi casa Terrunce estaba casi recuperado, y por eso estoy aquí, ¿que está pasando? Le sonó como una acusación.
— No debería haber venido ? — Dice él. Desconcertado.
— Creía que era una noticia para el público. Libre– enfatizó la última palabra.
— Y nosotros pedimos su discreción y su silencio. Candy lo mira recibiendo las palabras como una falta de respeto.
— Solo necesitaba saber que él está bien.
–Por qué? Eso misma se pregunta ella. Por que? — Él está bien — Dice por fin — Aún así no tiene que hacer nada aquí. Ella lo mira extrañada, se siente molesta de pronto. Como si el haberse presentado allí fuera un crimen.
— Sigo sin entender por que no puedo estar aquí. George comienza a sentirse impaciente, pues tampoco tiene por que estar conversando con nadie del público que pueda levantar la mínima sospecha. Exasperado le hace un gesto a la mujer para que le acompañe a un lugar más discreto. Ella lo piensa por un momento inmóvil, tras uno segundo más se rinde y lo sigue. En el palacio GrandChester cerca del balcón tras una ventana, hay una mujer joven y hermosa vestida de negro. Oculta por cortinas gruesas de tela roja, está observando con curiosidad al principio, sospechosa después el intercambio de palabras, gestos, y la partida del guardaespaldas y la mujer del vestido claro.
— A donde vamos? pregunta Candy con algo parecido al miedo.
— No podemos hablar de esto con tanta gente escuchando.
— Puedo verlo?. George se detiene de pronto y se gira para mirar a Candy confundido por la petición.
— Quiere verlo? Repite él. .
— Si. Dice ella con firmeza.
— No creo que eso pueda ser posible. Solo unos cuantos sabemos que él está vivo.
— Sigo sin entender qué es lo que está ocurriendo.
— Por el momento es mejor que no siga aquí. Candy lo ve mas molesta todavía. Y George sonríe por primera vez, al ver el rostro furioso de la jovencita. —Le doy mi palabra que él está bien, y que pronto recibirá noticias que puedan tranquilizarla.
— Pero — responde Candy todavía sin comprender por que tiene que marcharse.
— Por su vida y la del Duque, es mejor que no vuelva a presentarse aquí.
De regreso en su calle Candy no está satisfecha por su el resultado de su viaje impredecible. No es asunto suyo repite furiosa cuando recuerda las últimas palabras del hombre grande y fornido,
En las calles no hay ruido que turbe la calma mientras muere el día. Candy camina con las manos dentro de su abrigo, respirando el aire salobre que huele a madejas de algas secas, y arena. El Crepúsculo se adueña del puerto convertido en media luna rojiza que refleja el cielo. No hay marejada ni viento, en el agua en donde flotan manchas de petróleo está silencioso en el contraluz de poniente se ven planear las últimas gaviotas entre las naves fondeadas que apuntan sus proas en diversas direcciones, Un alcatraz aletea agonizante en la orilla al pasar el puente junto a la carretera empieza a separarse de la playa que las flanquean palmeras. Candy contempla lo que todavía puede verse del barco que llego hace dos noches parte de la proa y la estructura central aflora del agua 300 metros de la costa algo más allá gente de la tripulación que ha estado dando vueltas en torno al barco como para certificar su cuidado, y ser mimado por turistas deseosos de abordarlo. Se aleja dejando una larga estela de su perfume de rosas en dirección al Puente gris, mientras se retira despacio la última claridad del día. Sigue caminando despacio pues no tiene prisa. Mira el paisaje, aunque sus pensamientos permanecen anclados en algo que hace un momento dejó atrás y no pudo escuchar las deseables noticias. No anduvo como de costumbre hacia el mar sino que se desvió por la plaza acercándose a la calle de la librería para entregar unos libros que ahora brillan bajo dos bonbillas en el escaparate. Pocas mujeres decentes caminan solas por el lugar empedrado y lleno de agujeros donde juegan niños y lo hacen por último momento antes de la última hora de la tarde. Cuando abren cabarettes y bares nocturnos. Cuando los trabajadores de los barcos llegan en busca de alcohol y mujeres lo ponen fácil a la vuelta. Candy se cruzó con marineros, algunos ingleses vestidos de medio decentes borrachos como animales que la piropearon con la grosería de quienes pese a todo aún se dan ahí arrogantes, gentuza convencida de que una botella o una mujer una vida puede comprarse con un puñado de libras, y cuando se alejaba de allí oyó a un mugriento limpiabotas sentado en una esquina resumirlo en voz alta tranquilo y lacónico mientras se guardaba la triste moneda que acababan de darle por sus servicios 'Hey bonita quieres compañía" . Candy habia apretado los puños y los dientes para no soltarle lo que se le pasaba por la mente. Por la carretera delante se cruza con una pareja que caminan uno a lado del otro. La saludan y siguen adelante a la entrada de los lugares prohibidos en la noche. La envuelve un rumor de conversaciones y humo de tabaco como es habitual a esa hora, los vecinos beben o juegan al dominó y algunos Pescadores se juegan a las cartas los lugares para echar las redes. Aunque es de noche se detiene en la tienda, es conocida y a nadie extraña su presencia compra un cuarto de queso, pan, y un litro de leche, antes de coger de nuevo su camino abre su bolso para meterlo todo dentro y lleva colgada del hombro, Caminar el último medio kilómetro hasta su casa. Cuando llega a la verja de su casa, Clin sacude a su encuentro alegre como siempre.
Pero esta vez el comportamiento del perro es inusualme feliz, ladra aunque inquieto viene correteando hasta ella brinca le lame las manos se aleja. Candy cierra la cancela a su espalda despacio y alerta en dirección a la casa. Una silueta negra y desconocida aparece frente a ella a un metro de distancia. Es un hombre y al verla aparecer esa silueta viene a su encuentro. Es Terrence.
Continuará...
