CUANDO EL AMOR LLEGA
POR JillValentine.
CAPÍTULO 4.
Cuando llega a su casa casi oscurece. Todavía queda alguna claridad, pero el jardín estába lleno de sombras, algo anda mal, piensa, y mientras se acerca preocupada, Clin acude a su encuentro alegre como siempre, pero está vez el comportamiento del perro es inusual, ladra feliz aunque inquieto, Clin viene corriendo hasta ella, brinca l, le lame la mano, se sacude y de nuevo sale corriendo. Candy cierra la verja a su espalda, y camina despacio en dirección a la casa, Está allí inmóvil, oculta, una silueta en la sombra, la silueta cobra forma, pero aún desconocida, al verla aparecer la silueta viene a su encuentro, es Terrunce.
— Siento haberme presentado sin avisar. allí esta él con su acento británico y su voz masculina y seductora. Candy trata de normalizar el latido de su corazón, y el pulso que retumba sin piedad. Camina despacio, recorre con aparente calma el último tramo de jardín hasta la puerta de la casa. La figura masculina la sigue manteniéndose a una distancia, el perro corre de alrededor. Está aquí, piensa con una felicidad volcánica, también está asustada por esa sensación que había estado olvidada— se detiene frente a su puerta, insegura. Es un momento largo e incómodo, se gira, Lo ve alli, a unos pasos de ella, va en camisa blanca arremangada, ahora bajo el último rayo de luz que queda todavía, lo observa, el perfil moreno pero muy poco, lleva gafas oscuras que reflejan un doble sol cada vez más bajo.
—Terrunce Grandchester— Dice ella— Duque de Grandchester— lo suelta casi molesta, él no responde a eso. Mira al mar? mientras permanece inmóvil con las manos en los bolsillos, sin decir nada aun él hace un giro de su cabeza y Candy lo entiende, los dos caminan sen dirección al mar, y la brisa haciendo aletear el cuello abierto de su camisa, me recuerda piensa Candy, a una de esas estatuas antiguas. Dioses y hombres que los desafían sin límites imprecisos entre unos y otros. — Por que ha venido— dice ella tras un momento frente a un mar que se mantiene tranquilo, las palmeras moviéndose a uno y otro lado por encima de la arena moteada de algas, hay barcas paradas junto a las que unos pescadores recorren las redes reparándolas también se ven palanges agrupados esperando el mar y cañizos con pulpos secándose al sol, trae la brisa, y el olor del pez.
—Qué hermoso lugar -dice él. —Candy no responde. Todavía lo observa, cada detalle necesitaba guardarlo, piensa, lleva el cabello revuelto mientras observa el Puerto cercano. Los barcos fondeados a poca distancia de la orilla, ese día son una docena de distintos tamaños grandes mercantes petroleros y pequeños vapores, algunos enarbolan pabellón. —Ha venido solo para decirme eso- Lo a logrado expresar, serena sin que aflore nada del nerviosismo que lleva. En el rostro masculino aparece una sonrisa. Se quedan callados otra vez contemplando los barcos.
— Si, soy Duque, . — Admite él girandose para quedar frente a ella. — Hizo un largo viaje para hablar conmigo.
— Puede que sí — Sonríe él de modo extraño.— La fotografía era suya, cuando lo vi— levanta la mirada y encuentra en el camino los ojos verdes azules como dos zafiros observandola fijamente. — creí..., qué...—
— ¿Lo creyó? — Lo dijo serio.
—Lo temí... El silencio se extiende, Es fiable y buen hombre como uno de tantos que han nacido héroes y no lo saben. Lo tiene delante callado e inmóvil. Descubre en su rostro que hay un interrogante cálido, más sorpresa que reproche en los ojos de reflejos verde azules que la observan minuciosamente, reconociendo de cerca el rostro mediterráneo, perfecto, el pelo como la otra vez revuelto, el mentón bien afeitado, los hombros sólidos bajo el blanco de la camisa que contrasta con la piel, callado e inmóvil tan próximo que puede notar su respiración. Si me besa no haría nada por impedirlo, piensa.
— ¿Por que? pregunta él con buen inglés, aunque con el mismo acento británico como la otra vez, lo ha dicho sin aspereza con una extraña suavidad que a ella la conmueve, atenuando la vergüenza súbita que ha sentido al verse descubierta, o tal vez piensa atropelladamente era eso lo que buscaba, su intención. Hace un gesto que parezca indiferente más segura casi victoriosa despeja su timidez, lo observa pensativo que intenta comprender que se siente tan desconcertado como ella, tal vez más porque Candy lleva esos meses pensando en él, en ese encuentro, buscando, casi forzando de la casualidad sentada cada mañana en el lugar que el ocupo de su hogar mientras meditaba lo que haría, si por azar volvía a verlo. Sin embargo, ningún plan, ninguna frase preparada, ninguna idea previa se sostiene ahora ante esa mirada masculina todavía incierta. Ante los ojos color verde azul y hierba húmeda que siguen mirándola, con una mezcla de confusión y recelo, un recelo sin embargo desprovisto de enfado o de desconfianza, limpio decide ella y casi tierno como el de un muchacho sorprendido por reglas que desconoce.
—No debería volver a arriesgarse — le oye decir dubitativo, como si más que dirigirse a ella, como si se lo planteara a sí mismo.
— Acaso sigue en peligro? —La preocupación es evidente. Se da cuenta el Duque. Verla tan preocupada por él, lo hace sentirse extraño.
—Lo estuve..., quiero decir yo... —se interrumpe indeciso. Mira alrededor y se detiene en los dos guardaespaldas que permanecen inmóviles preocupados observandolos a cincuenta pasos de ellos, y en los que ella no se había dado cuenta, ve entonces el vehículo oscuro, elegante detenido detrás de los hombres con trajes negros y bien parecidos. — No debo hablar con usted. Lo ha dicho torpemente. Descubre ... él , que cuando esta con ella pierde el sentido de la orientación.
—Me temo que está haciéndolo, No creo que pueda elegir.
Terrunce se queda callado estudiándola al fin mueve los hombros con la demás resignado.
—Entremos —dice, y la seguridad de ella se deshace en un instante con un movimiento casi imperceptible, él le ha tocado un codo invitándola a acompañarlo hacia su hogar. El breve contacto la estremece, pero lo sigue o más bien se deja llevar sobre el camino limpio de arena . cuando se detienen ella saca las llaves mientras ve que los otros dos hombres se mantienen a distancia. Aunque ahora su actitud es distinta, más que a ellos parecen atentos a todo lo que los rodea suspicaces y vigilantes. Entran y es ella quien cierra la puerta. Esta de espaldas a él. Pero puede sentir su mirada en puesta en ella, a unos pasos solamente. Siente el impulso de retroceder y quedar pegada a su torso. — Discúlpeme —dice él —, todavía no le he dado las gracias. Al menos no como debe ser.
—No es necesario. Lo interrumpe, girándose para quedar frente a él, permanece inmóvil mirándolo, mientras espera que se calmen los latidos del corazón. — ¿Tiene familia? —lo ha preguntado con intención— los ojos inquisitivos que la observaban pensativos, ahora están parpadeando, incómodos.
—Importa. Ella asiente. Pensativa. Es demasiado importante concluye para ella misma. — De su respuesta depende si seguir con esta conversación.
—Es complicado.
— Es decir que... si!.— Su tono ahora es más duro. No deja de observarlo. Él se queda pensativo con expresión grave, parece muy serio.
—No voy a ofenderla.
— Está en lo cierto me ofendería. Y todavía no ha contestado a ninguna de mis preguntas. — Él la mira. Lo besaría, piensa sorprendida por ese pensamiento. —Que necesitaba de mi. Le pregunta, pues no puede más.
— Candy. Podemos tutearnos. —Ella asiente, lo mira a hora con más dureza, se siente ofendida— Está fuerza qué hay entre los dos, no es sólo mi imaginación, estoy en lo correcto?, — De pronto la seguridad de Candy se a desvaneció. Expuesta. Pero es incapaz de negarlo— Necesito saber si confías en mi. —Todo aquello es un disparate, y aun así ella asiente, no sabe si es lo correcto, pero asiente.
—Si confío en ti. Lo ha dicho sin dudarlo.
—Esto puede ser peligroso.
—¿Para quién?
—Para los dos. Pero en cuanto sea posible te daré las explicaciones necesarias —dice al fin.
—No necesito explicaciones. Solo quiero no salir herida
— No te haré daño. Aún así se lo prometo, en realidad tiene derecho— asiente ella pensativa convencida incluso ahora lo mira casi desafiante.
—Supongo que sí en verdad, que tengo derecho.
— Ay algo en ti...
— En mi... Se a ido acercando, lento sin dejar de mirarla a los ojos. Como la otra vez piensa Candy. Cuando deseó que él la besara. Pero está vez el beso llega . Cálido, húmedo, como corría por los campos mojados por la lluvia vuelven a envejecer al sentir el calor de un nuevo día, lleno de luz del sol. Lentamente, despacio. Terrunce da un paso atrás, y Candy siente la perdida de sus labios sobre los suyos . Él esta nervioso, y mira a su alrededor para disimular. Su mirada se detiene en una fotografía enmarcada en un cristal con los bordes plateados. Ay un chico de ojos azules, simpático, está sonriendo, y trasmite ternura. Terrunce lo mira con el ceño fruncido. Y eso hace que su curiosidad le impida mantener la boca cerrada.
—¿Es alguien importante?
—Lo era. — Ahora es él quien parece desconcertado y Candy lo ve de nuevo vulnerable igual que cuando yacía en el suelo de su casa, esperando que fueran a buscarlo.
— Es...
— No quiero hablar de él — Candy lo ha dicho con dureza.
—Discúlpame.
—No tiene derecho.
— Lo siento —se mueve él un poco, apartándose de ella incómodo. Mira al suelo como si buscara alli las palabras, pero solo hay una alfombra limpia.
—Supongo que nos debemos muchas explicaciones.
— Eso piensa.
— Si. —Lo mira, seria. Hablarle de Anthony, piensa. Ahora se da cuenta que puede decir su nombre sin que aparezca el dolor del corazón . Sonríe
— Te dire todo, siempre y cuando tú hagas lo mismo.
Él se pone serio, y Candy empieza a sentirse insegura.
— Debo hacer un viaje —comenta al fin— un viaje largo. A ella se le para el corazón, un latido en falso o de menos.
—Peligroso.
—Tal vez.
—Pero si vuelvo de ese viaje. Me gustaría verte otra vez— lo ha dicho sin dejar de sonreír con una extraña combinación de aplomo e inocencia.
— ¿Cuando? —dice ella en tono ligero.
— Muy pronto.— la ve a sentir despacio..
— Te estaré esperando... Le cuesta alejarse de ella. Así que la acerca, y esta vez Terrunce la besa con ansias, con pasión, y devoción, no tiene suficiente, necesita más
En un despacho donde el mobiliario es una mesa dos sillas y un archivador se encuentra un hombre de aspecto siniestro, de pronto levanta la vista y ve al otro lado de la cancela respetuosamente parado y en espera de llamar su atención a uno de sus hombres, es un individuo de pelo rojizo muy flaco de manos nerviosas.
—Está hecho comisario. Uno de sus párpados está entre cerrado y tiene una cicatriz encima en la ceja una reyerta con un contrabandista de tabaco un. par de años atrás. Estuvo a punto de dejarlo tuerto Aunque peor quedó el otro cuando lo esposaron o después de que esposaran lo que quedaba de él.
— No errores. Mira el maliante a su jefe, nervioso, el rostro no lo desmiente está marcado de cicatrices y su nariz ancha y aplastada es la de gaster, o un policía que tiene la mano derecha de los británicos, dicho en corto él que se encarga del trabajo más sucio. Suelta una carcajada. — Por fin. Se acabó la familia Grandchester. — Las carcajadas son siniestras piensa el mensajero — Mi hija a hecho un buen trabajo.
Continuará...
