Tienes un mensaje
Arianna: ¿Puedes dejar de enviarme desnudos? Estoy en el trabajo.
Donald: Esa excusa nunca te detuvo cuando estaba trabajando.
Arianna: ¿Puedes culparme? Compré ropa interior de encaje, ¿qué se suponía que debía hacer?
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Kay K se encontraba en una de las cafeterías más concurridas de Mouseton. Había llegado una hora antes para poder estudiar el lugar, buscar posibles espías y crear una ruta de escape. Era algo que acostumbraba hacer. Su experiencia como espía y como mercenaria le había enseñado que nunca se era demasiado precavida y que era mejor actuar de forma paranoica.
La mirada de Kay K se posó sobre el hombre frente a ella, luego sobre el maletín que llevaba. La espía desconocía el contenido del maletín, pero no le importaba, la Agencia le había dado órdenes de recuperarlo y ella consideraba que con eso era suficiente. Además estaba más interesada en el reloj que portaba, un Relox 8.000 de oro, bañado en súper oro, con incrustaciones de diamantes y engranajes de plastigoma.
La espía se acercó a su objetivo y se presentó como Silvia O'Hara, una periodista local con la que se había citado previamente.
—Señorita O'Hara, debo admitir que usted es más hermosa en persona. La cámara no hace justicia a su belleza.
Para Kay K no fue difícil pretender que estaba sonrojada. Hacer que sus mejillas se tiñeran de rojo y que fuera visible incluso a través de las plumas era un truco que había salvado su vida más veces de las que podía recordar.
—Gracias —murmuró con una vergüenza que no sentía —. Usted es muy amable.
—Solo soy sincero —el puercoespín tomó su mano y besó el dorso con delicadeza —. Estoy seguro de que si sus habilidades con la escritura son la mitad de su belleza, el artículo será un éxito.
Kay K pretendió tener problemas para hablar. Tartamudeó un par de veces y comenzó a jugar con sus dedos. Ella quería mostrarse como una frágil damisela.
—Todos los documentos están en el maletín. Confío en que le dará un buen uso a esta información, pero me gustaría tener su teléfono para poder saber más de ti.
Kay K estiró su mano, lista para tomar el maletín, pero fue detenida por el sonido de su teléfono. Fue un simple pitido, pero eso bastó para que el puercoespín desconfiara de ella.
—¿Un mensaje a esta hora?
—¿Tiene algo de malo?
—Me gustaría verlo.
Kay K tomó su teléfono y se lo extendió al puercoespín. Sabía que existía una posibilidad de que fuera alguien de la Agencia quien estuviera intentando contactarse con ella, pero también sabía que resultaría más sospechoso el que se negara.
El puercoespín tomó el teléfono, abrió la aplicación de mensajes y se lo devolvió de inmediato, notablemente avergonzado.
—Lo siento, no sabía que tenías novio.
Kay K observó el mensaje y en esa ocasión su sonrojo fue real. Donald, una vez más, le había enviado un desnudo. No era algo que le molestara, al contrario, aquello había sido su idea en un principio, era solo que recibir esa clase de mensajes eran incómodos cuando estaba en una misión.
—Estaré esperando el artículo.
Kay K se marchó, usando la vergüenza que sentía como excusa. Ella se apresuró a buscar un callejón para cambiarse y llamó a Double Duck.
La espía subió al 313 de Double Duck. Ver al puercoespín ordenandole a un par de guardias que revisaran a todos los transeúntes le hizo saber que quitarse su disfraz no habría servido de nada.
—Vamos a tu casa, tenemos que hablar.
Double Duck se mostró confundido, pero no dijo nada. Él se limitó a seguir conduciendo y solo se detuvo en cuanto llegaron a su casa.
Los trillizos pausaron el videojuego en cuanto vieron a Arianna y la saludaron de forma afectuosa. Si bien era cierto que a Donald no le gustaba mezclar sus alteregos con su vida cotidiana, también lo era que Kay K se convirtió en una excepción tiempo atrás, antes de que comenzaran a salir.
—¿Te quedarás a cenar?
—Depende ¿Habrá arroz frito?
Donald asintió con un movimiento de cabeza.
—En ese caso pueden contar conmigo, pero por ahora. Tú y yo tenemos que hablar.
Arianna arrastró a Donald hasta su habitación y su rostro adquirió una expresión seria.
—¿Puedes dejar de enviarme desnudos? Estaba en el trabajo.
—Esa excusa nunca te detuvo cuando estaba trabajando.
—¿Puedes culparme? Compré ropa interior de encaje, ¿Qué se suponía que debía hacer?
—En eso te doy un punto —comentó Donald —. Te veías muy sexy, pero fue incómodo cuando tío Scrooge me quitó el teléfono. Dijo que no debería perder tiempo y me hizo trabajar para todos los servicios de alquiler.
Arianna se sentó sobre la cama. No se sentía culpable, conocía a Scrooge lo suficiente para saber que solía buscar cualquier excusa para hacer que su sobrino trabajara de más.
—Ambos sabemos que Scrooge McDuck solo quería ahorrar dinero.
Donald se sentó a su lado. Ambos suspiraron.
—Me gustan tus fotografías —comentó Arianna —, pero supongo que esto no está funcionando.
—Deberíamos poner algunas reglas ¿Qué te parece si preguntamos antes de enviar fotografías?
—Tenemos un trato, pero eso no soluciona todo el problema.
—¿Qué más podría hacer?
Arianna se levantó y cerró la puerta.
—Se me ocurren muchas ideas y no te preocupes, seremos muy silenciosos.
