Escribo por fin mi mini-fic o drabble. Gracias a todos los lectores. Y a todos lo que dejen un comentario. Perdonen los errores.

Muchas gracias a mi querida Liebliches-Mizzerl quien leyó y corrigió este texto, ortografía, puntuación. Además me enseñó a usar el sitio.

Los personajes de esta historia son de Rumiko Takahashi.


Te espero en el café cerca de la escuela a las 15:00. No faltes.

Con el alma llena de ilusión, envió la nota a la mansión Kuno. El hijo mayor de la familia la recibió en poco tiempo, emocionándose al ver que era para él.

¿Quién sería? Un admiradora anónima que tímidamente lo invitaba a salir. No la culpaba. Su amor era así. Provocaba esas reacciones.

15 de la tarde en punto. Ahí estaba él. Listo. de punta en blanco. Esperando a su enamorada. ¿Akane Tendo, Chica de la trenza? ¿Quién? No veía a nadie por ahí.

Calma, no podía presionar a una chica tímida. Pero se estaba tardando demasiado. Los minutos avanzaban y de su misteriosa enamorada no había señales. Miles de chicas pasaron por el lugar y todas podían ser ella. O tal vez ninguna. El tiempo seguía pasando y su impaciencia crecía. Tal vez todo era una mala broma de Saotome para humillarlo y si era así, lo pagaría caro. Tenía su espada lista por si la necesitaba.

Mientras esperaba vio como Akane y Nabiki Tendo junto a Ranma Saotome se acercaban. Ahora sí que estaba seguro de que la autora era Akane. Salió a recibirla. Afuera, llovía. Enorme fue su sorpresa al ver que en lugar del desagradable de Saotome estaba la chica de la trenza. Ahora no podía saber cuál de las dos chicas era su admiradora secreta.

Las tres estaban empapadas por lo que las invitó a entrar a tomar algo caliente que las reconfortara. Akane y la chica de la trenza se negaron pero Nabiki las convenció. Después de casi una hora, la impaciencia lo consumió. Debía saber quién escribió la nota. Ninguna sabía de qué hablaba. Lindas, eran tan tímidas. Seguramente la autora no quería descubrirse delante de las otras dos y tomar ventaja en su corazón. No importaba. Él sabía lo que sentían por él y no presionaría a la autora de la nota a ponerse en evidencia. Ya tendría el coraje algún día de hacerlo.

En ese momento, la verdadera autora del mensaje se retiraba del lugar sin ánimos de delatarse. No tenía sentido. Ese tren se había ido. Y se fue sin ella.