Cicatrices


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Reginella explora el cuerpo de Donald, pero no de una manera sexual. Encontrando sus diferentes marcas de nacimiento, mirando las cicatrices y compartiendo las historias detrás de ellas, pasándose las manos unos a otros y simplemente apreciando el sentimiento de la otra persona a su lado.


Reginella sintió que algo dentro de ella se rompía cuando le entregaron el medallón. Le habían dicho que lo encontraron en los tentáculos de un pulpo gigante y ella lo reconoció de inmediato. Era el mismo medallón que le había obsequiado a Donald tiempo atrás.

Reginella estaba acostumbrada a mantenerse serena y a controlar sus emociones. Era la reina y sabía que eran muchos los que dependían de ella, pero en ese momento no pudo hacerlo. La joven monarca pidió tiempo para estar a solas y lloró durante días por su amor perdido.

Ella nunca se había sentido aceptada en ese planeta, el saber que si ella o cualquiera de sus súbditos moriría de vejez prematura si abandona su reino reforzaba ese pensamiento. Donald no había muerto, pero ella lo creía de ese modo y sólo pensar en ello hacía que no quisiera estar más tiempo en ese sitio.

Reginella habló con los científicos del reino y ellos le dieron noticias mejor de las que hubiera esperado. Después de tanto tiempo, los planetas finalmente se alineaban y ellos podrían regresar a Pacificus.

No obstante había un inconveniente a superar, Reginella debía subir a la superficie para encontrar un componente indispensable para el viaje. La pequeña reina consideró negarse, en la superficie estaría más expuesta a esos sentimientos de los que quería escapar, pero no pudo hacerlo. Todos sus súbditos le dieron tiempo de vida para que pudiera hacer ese viaje. Su gente anhelaba volver y ella no podía defraudarlos.

Todo transcurrió con tranquilidad hasta que fue abordada por dos terrícolas. A Reginella no le gustaba la forma en que la veían, sentía que la desnudaban con la mirada. Tampoco le gustaba la forma en que se referían a ella, era evidente que no le creían y que se estaban burlando de ella.

La llegada de Donald fue muy oportuna. Él no tuvo ningún problema en lidiar con ambos. Donald usó sus puños, obligándolos a retirarse.

Reginella supo que era Donald en el momento en que se encontraron. El mundo parecía detenerse cuando él pronunció su nombre.

Donald cargó con el artículo por el que Reginella había subido a la superficie y caminó a su lado. Él no podía apartar la mirada de la pequeña reina y Reginella no podía dejar de verlo.

Donald y Reginella se habían detenido en medio de la calle, provocando que varios vehículos no pudieran circular con tranquilidad y que fuera necesaria la intervención de la policía.

No fueron arrestados. Donald y Reginella no estaban haciendo nada ilegal por lo que no había ningún motivo para hacerlo. Simplemente se les pidió que abandonaran la calle y se les sugirió buscar un espacio más privado.

Ir a una cabaña fue idea de Reginella, pero fue Donald quien pudo dar con el lugar. Él compró una guitarra y le dedicó una canción que había escrito pensando en ella.

Reginella se sintió conmovido al saber que Donald no había dejado de pensar en ella y fascinada por su voz. Donald no era el mejor cantante y su voz no siempre era entendible, pero para Reginella era perfecto.

Los besos y las caricias escalaron a algo más. Ambos callaron y dejaron que fueran sus cuerpos los que expresaran todo el amor que sentían el uno por el otro.

Reginella deslizó sus dedos sobre el abdomen de Donald, acariciando unas plumas que crecían de forma desordenada y que tenían diferentes tamaños.

—¿Te molesta?

Reginella negó con un movimiento de cabeza.

—No, no es eso. Es sólo que me preguntaba ¿Cómo fue que pasó?

—Fue cuando estuve en la guerra.

Reginella se horrorizó al escuchar esas palabras. Ella sabía lo que era la guerra y ciertamente la repudiaba. La guerra iba en contra de todo en lo que ella creía.

—No lo entiendo ¿Por qué hacer algo tan cruel? ¿Qué es lo que impulsa a los terrícolas a matarse entre ellos?

—Es complicado de explicar. Los terrícolas no somos tan amables como la gente de Pacificus. Hubo un grupo de personas que se creían superiores y que querían eliminar a quienes consideraban impuros. Recuerdo que en una ocasión soñé que vivía en el país que esas personas conquistaron y que sufría lo que sufrieron quienes estaban en contra de lo que ellos proponían, pero ese no fue el único motivo.

Yo quería volar. Fue tan frustrante para mí el que me mandaran a pelar papas. No sabía lo afortunado que era. Mi primera misión fue llegar a territorio enemigo. Lo destruí, aunque no fue intencional.

Llevaba un bote de hule y este se atoró cuando huía. Fui descubierto por el ejército enemigo y tuve que huir en medio de una lluvia de balas. En ese momento pelar papas no me pareció tan malo. Fueron muchas las veces en que creí que podría morir. El agua se acumuló en la cascada y arrasó con todo. Recuerdo que fui promovido. Después de eso tuve otra misión y no fui tan afortunado. Estaba a cargo de un ejército y fuimos emboscados —Donald hizo una pausa, su rostro mostraba tristeza —. Sugerí crear una barricada, que los más fuertes se quedarán mientras que los demás huían. José, Panchito y Pete se quedaron a mi lado, fueron los únicos en hacerlo. No me esperaba que Pete se quedara, él había sido mi superior, muy severo —Donald señaló una pequeña cicatriz en su pierna —. Admito que fue mi culpa, dejé el campamento para unirme a una fiesta, Panchito y José me acomparon, y regresé después del toque de queda. Pete me persiguió y terminé pasando sobre una cerca. Caí en un agujero y creí que había perdido mis piernas. Estaba tan desesperado que pensé que preferiría morir.

Reginella se horrorizó al escuchar esas palabras. Ella sabía que Donald había fallado, estaba frente a él, pero odiaba pensar que pudiera haber considerado quitarse la vida o pensar en todos los horrores por los que debió pasar.

—¿Has pensado en eso una vez más?

Donald se calló y su silencio era doloroso.

—Supongo que me confundí por el dolor que sentí y porque no vi mis piernas. Pete quiso detenerme y fue muy severo con mi castigo. Supongo que por eso me sorprendió tanto que se quedara luchando a mi lado. Una bomba explotó, pero me alegra haber sido el único herido. No me perdonaría si alguien más hubiera muerto.

Reginella besó las cicatrices de Donald y las acarició con mucha ternura. Sus manos se posaron sobre su hombro, notando otra cicatriz. Plumas más pequeñas en la Zona el hombro.

—Panchito, José y yo somos descendientes de tres héroes, los Tres Caballeros. Xandra, diosa de la aventura nos llevó a muchos sitios y luchamos contra Felldrake. Creíamos haberlo vencido, pero él regresó y poseyó mi cuerpo. Yo era consciente de lo que pasaba, pero no podía controlar mi cuerpo. April, May y June fueron las que me detuvieron. Ellas pudieron golpear a Felldrake y yo aproveché ese momento para retomar el control de mi cuerpo. Tomé el puñal con el que Felldrake quiso apuñalar a mis amigos y lo clavé en mi hombro. El dolor fue tal que Felldrake se vio obligado a abandonar mi cuerpo. No fue la última vez que supe de él, pero me alegra poder decir que Los Tres Caballeros y Xandra pudimos vencerlo. Seguimos teniendo aventuras, pero nada tan peligroso.

Reginella continuó explorando el cuerpo de Donald, jugando con sus plumas y besando sus cicatrices.

—Esta cicatriz me la hice luchando contra los evronianos. Ellos son unos vampiros espaciales que se alimentan de las emociones y yo soy Paperinik, un superhéroe. Esa cicatriz me la hicieron durante nuestro primer enfrentamiento. No tenía el equipo apropiado y ellos quemaron las plumas de mi cola.

—Tienes una linda cola.

Donald besó sus labios una vez más.

Reginella acarició la espalda de Donald, notando muchas cicatrices, pequeñas y casi invisibles.

—Los evronianos son peligrosos y han atacado la Tierra muchas veces. No te preocupes, yo me aseguraré de que no se acerquen a Pacificus.

Reginella había olvidado el motivo por el que subió a la superficie, todo en lo que podía pensar era en lo mucho que amaba a Donald y su deseo por conocer la historia detrás de cada una de sus cicatrices.

—Aunque mis cicatrices no son sólo de batallas contra los evronianos. Los Beagle Boys me han dado muchos problemas, no son muy listos, pero sí insistentes y fuertes. Otras son de mis aventuras con mi tío Scrooge. En una ocasión tío Scrooge y los trillizos caímos de una colina. Tío Scrooge me hizo trabajar en la colina, picando la piedra durante semanas sin descanso. Pasé semanas con dolor de espalda, pero nada demasiado grave.

Donald y Reginella se vistieron, pese a que ninguno de los dos tenía algún interés por dejar esa cabaña. Reginella tomó la guitarra y comenzó a cantar algunas de las canciones que solían escucharse entre su gente.

En esa ocasión fue Reginella quien se alejó. Ella recordó los motivos por los que subió a la superficie y a su gente. Ella se lamentó por su destino, deseando poder quedarse con su amado, pero sabiendo que no era posible, que eran muchos los que dependían de ella. Para Reginella su gente lo era todo.

Reginella dejó una carta en la que expresaba todos sus sentimientos, temerosa de lo que podría hacer si se despedía de otra forma, insegura de no tener las fuerzas necesarias para dejar su lado y cumplir con su deber como reina.