—No, Hermione, no es eso.

Su amiga le miró por encima de su libro y rodó los ojos.

—No me gusta, ¿estás loca? —dijo exasperado Harry— Sé que está tramando algo, solo es eso, no me fío de él.

—¿Por eso te duermes con el mapa del merodeador acariciando su nombre?

—¿Quién te ha dicho eso? —dijo sorprendido Harry, la mata pelirroja sobre la cabeza de su mejor amigo se movió.

—Asúmelo, estás obsesionado con él.

—Puede, pero eso no significa que me guste.

Ella volvió a rodar los ojos, la odiaba tanto cuando se ponía en plan sabelotodo, y eso que la quería como la hermana que nunca había tenido.

Cuando bajaron al Gran Comedor, Harry no les hablaba a ninguno de los dos, pero no pudo evitar fijarse en Malfoy. Parecía ausente, llevaba meses ausente, preocupado.

Había notado los cambios en él, quizás sí estaba más pendiente que nunca del rubio, quizás lo vigilara constantemente, quizás sus dedos se movían solos por el mapa mientras dormía.

Los ojos grises se conectaron directamente con los suyos, y Harry sintió como su estómago brincaba dentro de él y de ahí hacia todo su cuerpo.

Cuando se levantó, Harry no pudo evitar seguirle, tenía que descubrir qué estaba tramando, era eso y no otra cosa.

Ron bufó cuando Harry volvió a salir corriendo detrás de Malfoy.

—Te lo dije —se pavoneó Hermione, orgullosa de sí misma.

—¿Por qué siempre tienes que tener tú razón? —se quejó Ron.

—Porque tú no lo verías ni aunque se estuvieran besando en mitad del Gran Comedor, Ronald.

Ron palideció, ¿acabarían Malfoy y Harry besándose por todo Hogwarts?

El pensamiento le hizo perder el apetito y eso que los waffles de esa mañana eran sus preferidos.