—Harry, no lo recuperamos para esto —dijo Hermiones horrorizada.
Ante ellos estaba el cadáver de Draco Malfoy, asesinado en su propia mansión después de ayudarlos a escapar.
Harry no lo había sabido, no sabía que le habían matado y dejado su cuerpo pudrirse en mitad de un salón.
Harry no había sabido nada de eso cuando mató a Voldemort, pero se enteró cuando cazó uno a uno a los mortífagos que escaparon.
Cada vez más desesperado, Harry supo lo que le pasó a Draco, la rabia, el dolor y la impotencia le hicieron hacer cosas horribles, se convirtió en algo que jamás pensó llegar a ser.
Harry se convirtió en lo que todos habían temido, incluido él mismo. Un terrible mago oscuro.
Hermione aún tenía fe, quizás si encontrara el cadáver de Draco, su primer y único amor, y le daba un entierro digno, Harry pudiera salvarse.
Por eso permaneció a su lado, por eso le ayudó a encontrarlo.
Había usado la Piedra de la Resurrección con Draco, y la descomposición parecía comenzar a remitir, pero lo que se levantó no era Draco Malfoy, sino una criatura completamente distinta.
Harry besó unos labios demasiado pálidos para ser los de un ser vivo, pero aquella criatura le devolvió el beso.
Y Hermione supo que su amigo nunca más regresaría cuando sacando de su túnica la Varita de Saúco, le apuntó con ella y la mató.
—Solo tú y yo, mi amor. Soy el dueño de las Reliquias de la Muerte, y nunca más podrán separarnos, seremos inmortales.
La criatura que ahora era Draco Malfoy sonrió de un modo espeluznante, pero no más que en el modo en el que lo hacía Harry, el nuevo dueño del mundo.
FIN
Siniestro
