Harry temblaba de rabia, "putos alfas" todos eran iguales, unos abusadores pero Harry nunca se lo ponía fácil, y al alfa en el suelo se lo había dejado claro.

Pero había cuatro más y por mucho que Harry fuera un sigma, no dejaba de tener la misma fuerza que un omega frente a un alfa, mucho menos cuatro alfas.

Iba a doler, iba a doler mucho pero al menos había dejado a uno herido. Nadie se metía con su amigo Ron, un omega demasiado sumiso para su seguridad.

—No te va a servir de nada esa navaja, eres sigma muerto —dijo uno de los alfas, pero Harry no bajó su navaja.

—Pero antes vamos a jugar contigo. —Se relamió otro de los alfas los labios de un modo repugnante.

Harry le cortaría su horrible polla antes de dejar que se la metiera.

Los alfas se acercaron tanteando pero Harry estuvo a punto de rajar a uno de ellos.

Un golpe de feromonas alfas le hizo gruñir de rabia estaban tratando de doblegarlo con él, eso no funcionaba con Harry, solo lo enfurecía aún más. Los cuatro alfas se miraron sorprendidos, nunca habían lidiado con un sigma.

Pero la fuerza bruta siempre sería la fuerza bruta y aunque consiguió apuñalar a uno de ellos los otros tres le derribaron.

Pateó, golpeó e incluso mordió, pero ya le tenían inmovilizado y notaba el aliento de uno de ellos sobre su nuca mientras trataba de bajarle los pantalones.

Harry gritó de rabia tan agudo que su garganta acabó doliéndole. Pero los movimientos sobre su ropa cedieron, el peso sobre él desapareció, y su cuerpo se sintió liberado.

Se levantó deprisa, no desaprovecharía la oportunidad, pero lo que vio le confundió.

Los cuatro alfas estaban arrodillados y el otro seguía tal y como él lo noqueó tirado en el suelo.

Pero no estaban solos, en la entrada del callejón donde se habían llevado a Ron y él corrió a su rescate había una figura recortada por la oscuridad.

Harry no podía verle el rostro la luz tras de él lo impedía pero sí una melena rubia. Olfateó el ambiente para detectar la casta del espontáneo. Nunca había olido algo igual.

—Fuera. —Si no fuera porque los alfas se marcharon arrastrando a su amigo Harry hubiera creído que había imaginado esa palabra.

Se quedó solo e instintivamente buscó su navaja en el callejón, pero no la encontró y alzó sus puños en señal defensiva.

El individuo rubio se aproximó a él y Harry se sintió extraño, extraño consigo mismo.

—¿Qué tenemos aquí? —La misma voz, el mismo tono, se sintió como una caricia.

Harry actuaba por instinto y el miedo no era una opción. Pero esta vez sintió miedo, miedo porque por primera vez en su vida no quería pelear, no quería destrozar al tipo que creía que podría dominarle.

Tuvo miedo porque bajó los puños y se acercó al individuo rubio que aún mantenía el rostro oculto por la oscuridad.

El miedo se convirtió en pavor cuando por fin vio su rostro, atractivo como nunca había visto algo igual. Sus ojos, azules casi del color de la plata. Su sonrisa que hizo a Harry sonreír contra su voluntad.

—Un sigma, por supuesto. —Sonrió el individuo— Un preciosos y peligroso sigma.

Harry se sintió derretir por dentro y supo que estaba perdido porque delante de él lo que tenía era un enigma, la criatura más poderosa sobre la tierra. El alfa entre alfas, él único capaz de doblegarlos a todos con solo una mirada.

Harry nunca creyó en su existencia, el cuento del coco que los adultos creaban, un mito. Pero el enigma que lo había tomado por la cintura; el enigma al que él mismo había abrazado con sus brazos alrededor de su cuello, al mismo al que le estaba ofreciendo su cuello para que lo marcara, el mismo que le estaba haciendo lubricar por primera vez en su vida, era completamente real.