(Ya no hay más continuaciones)
Harry miraba a todos los amigos de Draco alrededor de la mesa del comedor de su casa, Draco le había pedido que se fueran a vivir juntos y Harry había accedido.
Hasta el momento, los lugares donde había vivido podían escasamente salir de la definición de zulo, el apartamento céntrico de Draco era un palacio en comparación y él aún se estaba adaptando. Aunque siempre era más fácil adaptarse a lo bueno que a lo malo.
Los amigos de Draco le miraban de arriba abajo, Harry conocía esas miradas. Rechazo, las había sentido siempre, pero por estar acostumbrado no molestaban menos.
Se centró en su plato intentando evadirse de la situación, la cena era deliciosa, no la quería desaprovechar, aunque reconocía que el apetito se le había cerrado hacía rato.
Sintió la mano de Draco en su rodilla, y elevó los ojos hasta los suyos, él siempre le había mirado distinto, como si Harry fuera único, especial. No era el más espléndido repartiendo muestras de cariño, pero siempre le hacía sentir amado e importante.
Y en ese momento, en el que los sintió incómodo en una mesa demasiado elegante, con gente que lo estaba juzgando con la mirada, su mano, su sonrisa y su calor era su ancla.
Ya lo había escuchado antes: cazafortunas interesado, oportunista... y un sinfín de calificativos bastante más desagradable sobre los motivos por los que tenía una relación con el heredero de los Malfoy, la familia más rica del país.
Pero allí, en esa mesa, rodeado de personas que pensaban de Harry lo peor y de Draco que era un pelele engañado, ambos eran el ancla del otro. Harry apretó su mano y le sonrió, levantó la mirada y encaró a los amigos de Draco.
Amaba a Draco Malfoy y haría todo lo posible para demostrar que era digno de él.
