Draco despertó sintiendo una punzada en la espalda, era molesto, pero podía buscar otra postura mejor. Salvo que ahora se le clavaba algo en el hombro y la pierna.

—¿Qué demonios? —se quejó, pero el brillo de los diamantes se llevó todo su mal humor de un plumazo.

El mayor robo de diamantes de gran calibre de la década habían dicho los titulares, en realidad Draco pensaba que se habían quedado cortos, la cantidad de diamantes de la colección Dumbledore era obscena, y él la había robado entera delante de toda su cara.

El placer de la fortuna se ensombrecía al lado del modo en el que lo había hecho, tan elegante, tan delante de todo el mundo mientras bebían champán y admiraban las falsificaciones que Draco había intercambiado.

Las alarmas saltaron demasiado tarde cuando el mismísimo Albus Dumbledore dio la voz de alarma, Draco se mostró sorprendido, ultrajado, como todos los demás.

Fue mejor que un orgasmo.

El detallito final de tumbarse desnudo sobre un lecho rodeado de diamantes fue el final ideal para su genialidad.

Salvo que no estaba solo, alguien estaba en su habitación mirándole.

—Buenos días, Malfoy.

Harry Potter, el investigador de seguros encargado de custodiar la colección Dumbledore, estaba sentado mirándole.

—¿Qué haces aquí? —gritó Draco tapándose con las sábanas—. El allanamiento de domicilio es un delito.

—Dudo que la policía ponga pegas cuando vea tu bonita colección de diamantes robados.

—¿Esto? —dijo Draco manteniendo la pose indignada—. Es mi colección privada.

—Tu fortuna podría permitírsela, cierto, pero estoy seguro de que es la que desapareció ayer por la noche a mi asegurado.

—No.

Ambos se miraron, Draco estaba jodido y estaba calculando el modo de escapar, Potter era robusto pero no demasiado alto. ¿Podría con él? Lo dudaba.

La sábana bajó estratégicamente y los ojos de Potter fueron detrás.

Draco no iba a venderla, no robaba por eso, sino por el placer de quitarle a otros multimillorarios sus preciadas colecciones.

—¿No me vas a ofrecer un trato? —preguntó Potter.

—Ambos sabemos que no los voy a vender, pero puedo darte un suculento pago a través de cualquier banco alojado en las Islas Caimán.

—Ambos sabemos que no voy a aceptarlo —sonrió Potter.

Draco odiaba a las personas con principios, con principios solo se conseguía ser pobre.

Los ojos de Potter seguía recorriendo su anatomía con lo que él creía ser disimulo.

Se destapó por completo mostrándole toda su anatomía y casi se carcajea de ese insobornable agente cuando tuvo el detalle de sonrojarse ante la visión de su pene medio endurecido.

—Creo que tengo algo más que puede interesarte por tu silencio.

Potter tragó saliva, era suyo.

Se levantó obviando el dolor de los diamantes que habían caído durante la noche y se clavaban en sus pies.

Pasó un brazo por el cuello del moreno, era atractivo, no sería ningún suplicio.

Su pene había alcanzado todo su esplendor cuando besó al investigador de seguros y este le atrajo sin resistirse lo más mínimo.

El sexo superó sus expectativas, los oficinistas tenían su lado oscuro, tenían que tenerlo para pasar tantas horas en un mismo sitio por un sueldo miserable.

—No puedo dejarlo así —dijo Potter sobre su cuello.

—Sí que puedes —le volvió a besar Draco buscando sus labios— solo es dinero de gente rica.

—Mi empresa…

—Ese trabajo es una mierda —le calló Draco— yo puedo darte una vida mejor.

Harry le miró, sin esas gafas horribles sus ojos eran preciosos, y sus manos grandes deliciosas por su cuerpo.

Otra ronda de sexo lo mantuvo entretenido hasta el punto de dejarlo rendido entre sus brazos.

Cuando Draco despertó, no había ni rastro de Harry ni de los diamantes.

El cazador había sido cazado, se indignó Draco. Comenzó a meter ropa a toda prisa en una maleta, si no estaban allí sería cuestión de horas que la policía apareciera.

Pero lo que le llegó fue una notificación a su teléfono.

"Diamantes recuperados tras una entrega anónima al multimillonario Albus Dumbledore"

Se los había devuelto y eso era mucho peor que que se los hubiera robado a Draco.

Aún así siguió empacando, quizás ese "anónimo" aún había contado dónde había encontrado los diamantes a su asegurado, Dumbledore podía ser más peligroso que toda la policía inglesa junta.

Cuando abrió la puerta para marcharse, Harry Potter estaba allí esperándole.

—¡Tú! —le acusó Draco, pero Harry le hizo entrar de nuevo a la vivienda.

—Vamos a continuar donde lo dejamos —dijo quitándose la chaqueta.

—Ni sueñes que pienso volver a estar contigo —se negó Draco.

—Míralo de este modo —le abrazó Harry— tengo muchos clientes, puedes robarle a todos y yo se lo devolveré sin que sepan quién ha sido.

—¿Y qué emoción tendría eso? —se quejó Draco intentando eludir sus besos.

—Si consigues que no lo descubra, será tuyo lo que robes —le ofreció Harry.

Bueno, era menos arriesgado, sería siempre un uno contra uno. Podía servirle como un modo de perfeccionarse aunque su técnica fuera de las mejores del mundo, pero si Harry le había descubierto es que aún podía ser mejor.

A Draco le gustaban los retos, que el sexo estuviera siendo excelente solo era un aliciente más.