Disclaimer: Stephenie Meyer is the owner of Twilight and its characters, Drotuno is the author of this amazing story and gave me permission to translate it for you. thank you so much, Deb!
Descargo de responsabilidad: Stephenie Meyer es la dueña de Crepúsculo y sus personajes, Drotuno es la autora de esta asombrosa historia y me dio permiso de traducirla para ustedes. ¡Muchas gracias, Deb!
Mi eterna gratitud a mis amigas, Larosaderosas, sullyfunes01 y Troyis por su valiosa ayuda, ¡muaks! Todos los errores son míos.
Capítulo 5 – Creí
Once upon another time,
Before I knew which life was mine,
Before I left the child behind,
I saw myself in summer nights.
And stars lit up like candle lights.
I made my wish but mostly I
Believed.
"Once Upon Another Time" por Sara Bareilles
.
BELLA
—Por Charlie—, Emmett brindó, extendiendo su botella de cerveza.
—Por Charlie—, repetimos todos, chocando nuestra botella con la suya.
Había una enorme cantidad de hamburguesas en la mesa, por no hablar de papas fritas y aros de cebolla. La cerveza estaba fría y era de alta gama, y había mucha. Al mirar alrededor de la mesa, me di cuenta de que aquello no se parecía en nada a las fiestas que habíamos celebrado cuando éramos niños, porque ya no éramos esos niños. A todos nos había ido bien en la vida.
Los padres de Alice y Edward siempre habían tenido dinero porque Carlisle era médico, pero el dinero no significaba una mierda para nosotros entonces, y nunca alardearon de lo que tenían. Estoy bastante segura de que eso venía de Esme. Papá era simplemente el jefe de policía de un pueblo y mi madre solía dar clases como profesora suplente, pero no estoy segura de que a Jasper y a mí nos hubiera faltado nunca nada. Los padres de Emmett pasaban apuros, y el padre de Rose llevaba un taller de reparación de automóviles ubicado entre Forks y Port Angeles. Jacob y Rachel nunca habían tenido mucho dinero, pero todos habíamos encontrado la manera de ser nosotros mismos.
Habíamos vuelto directamente a la casa de los Cullen después del funeral, y Jasper había recogido la comida. Fue fantástico reunirme con todos de nuevo. Y me encantaba que, por mucho tiempo que hubiera pasado o por mucho que las relaciones se hubieran desvanecido, todos fuéramos exactamente iguales a como habíamos sido de niños.
Rose restaura autos en su tiempo libre, y hace dos años se casó con Emmett. Él había estado trabajando los últimos meses para mi padre como policía. Alice trabajaba en un museo de Seattle. A Jasper y a ella siempre les había gustado la historia, y mientras él enseña Historia de Estados Unidos en un pequeño instituto, ella aporta nuevos talentos artísticos al museo. Están a punto de casarse.
Y luego está Edward, que ha hecho lo que yo siempre había supuesto que haría. No sólo ha publicado, sino que estaba en la lista de los más vendidos desde su primera novela, dos años atrás. La primera vez que vi su nombre en una portada, rompí a llorar, orgullosa y feliz. Hice cola el día de su segundo lanzamiento.
Ahora los miraba a todos y envidiaba su normalidad. Arranqué la etiqueta de mi cerveza, ignorando mi hamburguesa por un momento. La fría nariz de Max me empujó la mejilla.
—De acuerdo, gorrón—, le murmuré, pero eso sólo pareció agrandar aún más su tonta y perruna sonrisa mientras se le salía la lengua por un lado de la boca. —Toma—, le dije, tomando una papa frita y dándosela. Sonreí al ver la baba que le goteaba de la boca. —Sabes, se supone que tu raza debe ser feroz y todo eso. No mendigar papas fritas.
Emmett soltó una carcajada y yo le lancé una sonrisa. Sé que les preocupaba saber por qué necesitaba a Max, pero la única persona en la habitación que conocía toda la historia era mi primo.
Me agaché, abrí el velcro del chaleco de Max y se lo quité dejándolo a un lado. Acariciándole la cara, le dije: —Estás fuera de servicio, amigo. Puedes descansar.
—¿Hace cuánto tienes a Max? — preguntó Alice mientras su mirada permanecía fija en mi perro hasta que él se acostaba en la sala.
—Dos años, y antes de él, tuve a Lucy, pero desarrolló un cáncer. Max fue regalo de un amigo—, les dije, arrugando la nariz por eso, porque, aunque era mi terapeuta también se había convertido en un amigo. Al menos el doctor Dwyer se daba cuenta de las tonterías de mi madre, y aún podía llamarlo en los días malos.
—¿Quieres decir que no la llamaste Mina? — preguntó Edward, dedicándome una sonrisa torcida, porque sólo él bromearía sobre personajes de Drácula.
Me reí entre dientes, negando con la cabeza. —Lucy ya tenía nombre antes de tenerla. Tuve un vecino que se mudaba y no podía llevársela. No era una perra de terapia, aunque llegó a serlo.
Aquello pareció echar un jarro de agua fría. Miré a Jasper y se encogió de hombros. —Si quieres contarlo, yo te apoyo.
—¿Apoyo? — le preguntó Alice, pero miró entre nosotros.
Fue la mirada de Edward la que encontré, y pude ver que se estaba inquietando. Así que supe que tenía que empezar por ahí.
—Les debo una disculpa—, susurré, concentrándome en la etiqueta de mi cerveza. —A todos ustedes—. Volví a mirar a Edward a los ojos. —Cuando me mudé con mi madre, no contacté con ninguno de ustedes durante mucho tiempo.
—Bells...— Dijo Jasper con una advertencia en el tono.
—Los primeros seis meses no fue culpa mía—, dije apretando los dientes. —Pero después de eso, sí fue intencional.
—¿Por qué? — La voz de Edward apenas fue un susurro, pero lo oí.
Apreté fuertemente mis ojos, inhalando profundamente y dejándolo salir. Y a pesar de que le había dicho a Max que descansara, enseguida estaba a mi lado con la cabeza en mi regazo. Hundí los dedos en su pelaje, calmándome.
—Cuando nos mudamos, mi madre me quitó todo: teléfono, portátil y tableta. Bloqueó mi correo y las únicas llamadas que podía hacer eran a papá y a Jasper—, dije, centrándome en los ojos ámbar que me miraban desde mi regazo. —Me quitó todo, incluyendo mi puta cordura—. Miré alrededor de la mesa, y aunque todos parecían cabreados o confusos, no me estaban juzgando. —Sabía que en septiembre podría haber vuelto a casa porque cumpliría dieciocho años. Sabía que mi lealtad estaba con papá, no con ella. Y sabía que tenía el corazón roto por dejar a Edward—. Me encontré con unos tristes ojos verdes. —Y usó todo en mi contra hasta quebrarme.
—No te rompió, Baby Ruth—, gruñó Jasper, pero fue cariñoso y un recordatorio de que aún respiraba.
Sonriendo ante el apodo, negué con la cabeza. —No lo sé. Algunos días apenas podía respirar—. Suspiré profundamente. —Aquellos primeros seis meses fueron el comienzo. Ella estaba jodidamente cabreada por el divorcio, pero al parecer había estado luchando contra sus propios problemas mentales mucho antes, y una vez que nos mudamos, empezó con la bebida.
—¿Te lastimó? — Rose preguntó incrédula.
—Define lastimar—. Mi risa salió sin nada de humor. —Lo siento—, murmuré, pasando una mano plana sobre la cabeza de Max, pero levanté la vista. —Lo siento, es que... Intentó convencerme de que todo lo que conocía y amaba era una mierda. Negó mis sentimientos por mi novio, mis mejores amigos y mi propia familia—. Señalé a todos alrededor de la mesa. —Todo lo que papá había intentado decirle, ella decía que era una locura y que no era verdad, que me estaba manipulando.
—Para cuando me devolvió mis cosas, mi depresión era como una pesada manta mojada. Me sentía sola y completamente aislada de todo lo que una vez conocí. Rachel y aquel verano me parecían un sueño turbulento, como si no fuera real. Y ella me había convencido de que Edward ya lo había superado, que los chicos sólo querían una cosa.
—Puta mierda—, siseó Edward, con los codos sobre la mesa y los dedos hundidos en su cabello.
—¿Por qué no viniste a casa? — preguntó Emmett.
—Apenas podía levantarme de la cama para ir a clases, y para entonces, ella ya me había convencido de que nadie me quería, de que ella era todo lo que tenía...—. Me quedé a medias, pero Jasper dijo la parte más difícil.
—No lo sabíamos—, les dijo —. Ella llamaba, decía que todo estaba bien. Eso era todo. No fue hasta que el tío Charlie recibió una llamada del médico de urgencias de Phoenix que nos hizo entrar en pánico. Íbamos a volar para su graduación, pero...
Solté otra carcajada sin gracia. —Pero había decidido cortarme las venas en su lugar.
Edward se levantó tan rápido que su silla cayó hacia atrás. Asustó un poco a Max, pero mi perro se quedó a mi lado.
Apuntó con un dedo a Jasper, gritando: —¡Me mentiste, carajo! Me juraste que estaba bien. Te supliqué que me contaras, ¡y me dijiste pura mierda!
Las lágrimas caían de mis ojos mientras le suplicaba: —Edward, detente—. Su cabeza giró hacia mí. —Por favor, no lo hagas. Le hice prometer que no te lo diría. A ninguno de ustedes. Cuando vinieron, les hice jurármelo.
~oOo~
Bella – A los dieciocho...
—¿Qué quieres decir con que no puedo ver a mi hija? — Oí gritar a mi madre desde el pasillo, fuera de la cortina del cubículo de urgencias.
—¿Isabella? — El Dr. Dwyer me llamó por mi nombre, y mis ojos abandonaron la dirección de los gritos y se encontraron con los suyos. Eran cálidos y amables, de un azul oscuro.
—Bella.
—De acuerdo, Bella. ¿Quieres hablar de ello?
Negué con la cabeza, estremeciéndome cuando la voz de mi madre se hizo más fuerte. Me miré los brazos, donde tenía una venda desde la mano hasta poco antes del codo.
El Dr. Dwyer me estudió un momento y luego se levantó. Corrió la cortina y dijo: —Llévenla a la sala de espera. La llamarán cuando sea necesario.
—Dr. Dwyer, el padre y el hermano están aquí para verla.
—Bien, que esperen ellos también.
—Sí, señor.
El Dr. Dwyer se volvió hacia mí y le pregunté: —¿Mi padre y Jasper están aquí?
—Sí. ¿Te gustaría verlos?
—Yo... Sí, por favor.
—Pero no verás a tu madre—, afirmó, y no fue acusatorio, sólo una conclusión. Cuando negué con la cabeza, dijo: —¿Quieres decirme por qué?
Volví a negar con la cabeza, mirándome las vendas.
—Sabes, tengo que ponerte en observación durante setenta y dos horas—, me dijo suavemente. —Estarás bajo mi cuidado. Todo lo que me digas quedará entre nosotros.
Al mirarle a los ojos, vi que lo decía en serio. —No quiero verla.
—¿Por qué?
—Porque me hace cuestionar mi propia mente.
—Buena chica—, elogió, tomando asiento e inclinándose hacia delante. —Ya tienes dieciocho años y te aceptaron en USC, UW y ASU (2). ¿Adónde irás?
Tenía tantas ganas de ir a la UW con mis amigos, pero ya no estaba segura de que fueran mis amigos, así que respondí: —A Arizona.
—No pareces muy contenta. ¿Qué te interesa estudiar?
—Literatura inglesa.
Asintió, pero miró por encima del hombro cuando volvió a oírse la voz de mi madre. Sin embargo, fue mi reacción la que lo hizo levantarse. Mi pánico era agudo, lo abarcaba todo, y apenas podía respirar. Me acurruqué sobre mí misma porque las siguientes palabras que salieron de la boca de mi madre resumieron todo el año que llevábamos en Phoenix.
—Todo lo que esté contando sobre mí es mentira. Siempre está inventando mentiras—. Mamá gritó desde fuera de la cortina. Debió haberse escabullido.
El doctor suspiró y se levantó para ir a la cortina de nuevo, diciendo: —Puedo y haré que seguridad la escolte fuera de este hospital, así que elija: quedarse en la sala de espera o abandonar el edificio.
Ella resopló, pero no dijo nada más.
Una vez que se hubo cerciorado de que se había marchado, se volvió hacia mí y me preguntó: —¿Cómo es que llegaste a vivir con tu madre?
En lugar de centrarse en mi pánico, me hizo hablar. Me preguntó por mi padre, Jasper, Forks y mi novio. Cuando le conté todo entre sollozos, asintió. No mencioné nada que tuviera que ver con Rachel, monstruos o juramentos de sangre, pero sí le hablé del dulce chico que una vez me amó.
Si tuviera que adivinar, diría que tenía la edad de mi padre. Era alto, con una voz amable y una sonrisa aún más amable. Y cuanto más tiempo estaba en la habitación, mejor podía respirar. Hacía que no me sintiera tan sola.
Volvió a sentarse en la silla y apoyó los brazos en sus rodillas. —Bella, antes de que te lleven arriba, dejaré que veas a tu padre y a tu hermano. Decidas lo que decidas decirles, te apoyaré. Lo que decidas con tu madre, te apoyaré. Estoy aquí para asegurarme de que esto no vuelva a ocurrir —me prometió, apretándome suavemente las vendas con la mano.
Cuando papá y Jasper atravesaron la cortina, me puse nerviosa. No estaba segura de qué era lo que sentía: traición, ira, desconfianza, nostalgia. Parecían y olían a hogar. Simplemente mi hogar. Traían consigo recuerdos de risas, de amigos, de peleas, de secretos y promesas. El mero hecho de verlos me hacía sentir más fuerte: no eran perfectos, no eran mejores, pero me recordaban que mi vida no estaba hecha de mentiras.
—Te llevo a casa—, dijo papá apartándome el pelo de la cara.
Habría matado por esas palabras meses antes, pero negué con la cabeza, diciendo: —No puedo. Voy a estudiar aquí.
—Vamos, Baby Ruth, puedes venir con Alice, Edward y conmigo a UW—, dijo Jasper, intentando con todas sus fuerzas no enfadarse, pero podía ver que le costaba todo lo que tenía no volver a la sala de espera a ver a mi madre.
Al oír el nombre de Edward, las lágrimas brotaron sin parar. Me caían por la cara. Dios, lo echaba tanto de menos. Echaba de menos su amor, su sonrisa y sus abrazos. Echaba de menos los interminables debates sobre libros y colarlo por mi ventana. Echaba de menos escuchar sus últimas historias y la forma en que mi nombre sonaba como si fuera el único nombre que importaba en el puto mundo.
—No puedo. He roto con él—, dije entre hipos y sollozos.
—Y sigue preguntando por ti todos los malditos días, Bells.
Negué con la cabeza porque ahora no me sentía como la Bella que una vez fue novia de Edward. No me sentía como la amiga que luchaba contra monstruos o la prima que le habría dado un puñetazo a Jasper por llamarme Baby Ruth.
—Acepté la oferta de la ASU—, declaré con indiferencia. —Y están a punto de internarme, así que...
—No estás internada, Bella. Estás en observación—, corrigió suavemente el Dr. Dwyer. —Aunque después de eso, realmente me gustaría recomendar terapia.
—¿Y Renee? — Preguntó papá con enfado.
—Oh, ella también necesita terapia.
—Mmm—, tarareó Jasper, dirigiéndole al doctor una mirada irónica. Cuando me devolvió la mirada, suplicó: —Por favor, vuelve a casa.
Las lágrimas me nublaron la vista, pero fue el doctor Dwyer quien me ayudó a decir que no a lo único que quería pero que no habría sido lo que necesitaba.
—Llevarla a casa no la ayudará. Se ha ganado que la acepten en la universidad, pero va a necesitar ayuda—, le dijo a mi padre. —Aunque alejarla de su madre no sería una mala idea.
Papá encaró con el médico y le dijo: —¿Cómo ha podido hacer esto en un maldito año? Bella era perfectamente feliz, adaptada, con amigos y un buen chico que la quería. ¿Y mi exesposa hizo esto en un maldito año?
Jasper se estremeció porque papá rara vez soltaba palabrotas.
—Porque parece que utilizó la confianza de Bella para hacerse con el control—, replicó el médico con firmeza. —Castigos indebidos, destruir lo que se cree, abuso emocional y probablemente celos saturaron a Bella desde el momento en que se mudaron aquí.
—Por favor, ven conmigo—, suplicó Jasper en un susurro mientras el médico hablaba con papá. —Ya se nos ocurrirá algo. Edward te envió esto...— Me tendió una nota doblada.
La cogí, tragando grueso y sujetándola como un salvavidas. —Prométeme que no se lo dirás. Júrame que esto quedará entre nosotros—. Levanté el brazo vendado. —Se culpará a sí mismo, Jazz. Pensará que la cagó y no es así. Júrame que nadie se enterará.
—Bells...
—¿Por favor?
—Con algunas condiciones—, replicó, todavía susurrando. Cuando asentí, dijo: —No nos excluyas del todo. No olvides tus propias promesas. Todos juramos con sangre.
—No lo haré. Si vuelven, allí estaré—, afirmé con firmeza. —¿Qué más?
—Que te mejores. Entiendo por qué te quedas—, dijo, lanzando una mirada al médico. —Así que deja que este tipo te ayude a ponerte mejor, y si me necesitas para algo, me llamas. Prométemelo, Baby Ruth.
Asentí, pero empecé a sentir pánico de nuevo. —Me va a odiar—, sollocé, con las manos temblorosas mientras luchaba por mantenerme.
Papá se acercó a mi cama y me acarició la cara: —Nena, mírame—. Me miró a los ojos y me secó las lágrimas. —Para cuando salgas de aquí, Jazz y yo te habremos encontrado un lugar para ti sola. Encontraremos un lugar cerca del médico y de la escuela. Vine aquí para decirte lo orgulloso que estoy de ti. Eso no ha cambiado—. Me dio besos en la frente. —Eres la persona más valiente, fuerte y leal que conozco, Isabella. Esto no cambia nada.
~oOo~
—Pero te graduaste en la USC—, señaló Rose, con los ojos puestos en Edward que se paseaba por la sala de estar.
—Sí, me gradué. Me cambié de escuela en el penúltimo año. Me alejé de ella—, les dije.
—El tío Charlie presentó una orden de alejamiento cuando salimos del hospital—, añadió Jasper. —Le encontramos un apartamento con seguridad, movimos sus cosas y la recogimos cuando le dieron de alta.
—¿Por qué sigues hablando con ella? —. La voz de Edward era áspera, con el temperamento apenas controlado mezclando sus palabras.
—No hablo con ella. La verdad es que no. Lo intenta, pero hace años que no he estado en la misma habitación con ella, Edward.
Sus fosas nasales se dilataron, pero dirigió una mirada furiosa a Jasper. —Necesito tomar aire—, murmuró, saliendo por la puerta principal y cerrándola tras de sí.
Jasper empezó a levantarse y yo lo detuve. —No, él y yo tenemos que hablar. No debería culparte. Vamos, Max, puedes ir a orinar.
El sol se estaba poniendo cuando salí por la puerta principal, y Max trotó hacia el patio. Al principio no vi a Edward hasta que salió de su auto encendiendo un cigarrillo.
—Ese aire no es bueno—, dije sarcásticamente, arrugando la nariz cuando me lanzó una mirada fulminante mientras se apoyaba en su auto. —Enfádate conmigo, Edward. No con Jasper. Se lo hice prometer—. Dio una calada al cigarrillo, sacudiendo la cabeza mientras yo me sentaba en los escalones de la entrada. —Ven, siéntate, por favor—, le pedí.
Hizo lo que le pedí, poniendo un paquete de Marlboro y un encendedor entre nosotros.
—Lo siento, Edward. Me comporté como una niña antes de mudarnos y luego... lo siento. Sé que tenemos que hablar de ello. Puedes gritarme o preguntarme lo que quieras.
Volvió a negar con la cabeza. —No estoy seguro de que me debas una disculpa, Bella. Te enviamos con ella para mantenerte a salvo, y ocurrió lo contrario—. Su mirada llena de dolor se encontró con la mía, y preguntó: —¿Te inscribiste en la UW?
—Sí, como muy temprano también. Pero cuando llegó el momento de elegir, apenas si podía vivir el día a día. Me sentía débil y pequeña. Me hizo cuestionar mi propia mente, mis propios recuerdos.
Edward apagó el cigarrillo, pero sacó otro y lo encendió. —¿Te hizo olvidarnos?
Se me llenaron los ojos de lágrimas y negué con la cabeza. —No, me hizo olvidar quién era contigo. Me hizo sentir como si lo nuestro estuviera más en mi cabeza de lo que realmente era, como si yo... estuviera...
—¿Embelleciendo la verdad? —, preguntó suavemente.
Asentí con la cabeza, secándome las lágrimas y sonriendo cuando Max se acercó y me limpió la cara. Se tumbó a mi lado y apoyó la cabeza en mi regazo.
—Las cosas mejoraron cuando fui a terapia. Empecé a ir a la universidad y me recetaron medicamentos para la depresión—. Jugué con la manga de mi camisa, tratando de no frotar mi cicatriz, pero lo hice de todos modos, y Max me detuvo. —Cuando mi vecino se mudó, dejando a Lucy conmigo, mis ataques de pánico prácticamente cesaron.
Edward me miró, y sus ojos se desviaron cálidamente hacia Max.
—He estado bien desde que me mudé a California, y me gusta mi trabajo. Puedo viajar y tasar libros antiguos, y Max viene conmigo—, le dije a Edward, y le sonreí. —Pero el día que vi tu nombre en la librería que frecuento... —. Sollocé, sacudiendo la cabeza. —Mierda, Edward, estoy muy orgullosa de ti.
Edward se movió rápidamente, arrodillándose frente a mí. —No pasa nada. Gracias, pero...
—Lo siento—, murmuré, y él me secó las lágrimas.
—Ya basta, Bella. No necesito disculpas. Nunca las he necesitado. Y no estoy realmente enfadado, excepto por lo que te ha pasado—, dijo suavemente. —Había aprendido a vivir con la amistad que me habías dado, porque perderte por completo me habría matado.
Asentí, mirándome las manos. Max estaba sentado, pero parecía dejarle el espacio a Edward. Mi dedo frotó mi cicatriz una y otra vez.
—¿Seguiste adelante? — pregunté, sin poder mirarlo a los ojos.
—Lo intenté. Nada importante. ¿Y tú?
Negué con la cabeza. —Llamé a Max como tu personaje, Edward. ¿Conoces al escritor de tu serie de libros? ¿Sigue adelante? — Dije a través de una carcajada. —Y me reconocí al instante. ¿Hershey? ¿En serio?
Su sonrisa era preciosa, y un ligero rosa espolvoreaba sus mejillas. —Me parece bien, pero...
—Salí con alguien—, admití encogiéndome de hombros, —pero nadie podía realmente con mis ataques de pánico, mi madre o a Max no le gustaban. Tiendo a confiar en él.
Me froté el pulgar una y otra vez sobre la cicatriz, y Edward me detuvo. Cuando me pidió en silencio permitirle ver, me levanté la manga para revelar el tatuaje que llevaba desde que compré el primer libro de Edward: la llave en forma de cruz como las de los demás, solo que el mío cubría la cicatriz donde había intentado acabar con mi vida. Era más detallado e intrincado que los tatuajes de mis amigos. Había cuentas de rosario enrolladas alrededor de la llave, junto con corazones, flores y enredaderas. Utilicé la tinta como excusa para ocultar mi momento de debilidad.
Sus ojos se encontraron con los míos y me encogí de hombros, diciendo: —Nunca olvidé mi promesa. Sólo... di un rodeo.
La sonrisa de Edward era pequeña y triste, pero también cálida. Sin embargo, Max se incorporó con las orejas levantadas y un destello de dientes blancos.
Seguí su mirada, pero no vi nada. Ya había caído la noche. Pero también me di cuenta de que no se oía nada. Nada. Ni el sonido de los grillos, ni el croar de las ranas, ni el ladrido de los perros.
—Están aquí—, dijimos al mismo tiempo, poniéndonos de pie.
—Tenemos que entrar—, dijo Edward, cogiéndome de la mano y tirando de mí hacia la puerta.
Max se mantuvo firme hasta que lo llamé por su nombre. Irrumpimos por la puerta principal, asustando a todo el mundo.
Cuando Edward apagó las luces y encendió la chimenea de gas, dijo: —Están afuera. Todos... a mi habitación. Arriba.
Justo cuando llegamos al segundo piso, oímos risas de una mujer.
~oOo~
(1) Una vez, en otro tiempo,
antes de que se supiera cuál vida era la mía,
antes de que dejara a la niña detrás,
Me vi en las noches de verano
y las estrellas encendidas como candelas
Pedí mi deseo, pero mayormente yo,
Creí.
(2) La Universidad del Sur de California (USC), Universidad de Washington (UW) y Universidad del Estado de Arizona (ASU)
Nota de la autora: Ahora es el momento de decirles que se abrochen el cinturón y aguanten.
Nota de la traductora: ¿Quieres leer el siguiente capítulo antes del martes? Ya sabes qué hacer.
*Canciones añadidas a la lista de reproducción:
"Once Upon Another Time" de Sara Bareilles
"One Last Breath" de Tommee Profitt (Original de Creed)
