Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de WitchyGirl99 y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Nota de WitchyGirl99: Este fic está completo, pero está separado en partes para facilitar la lectura y la edición. Actualizaré rápido.

Este fue el primer fic que terminé de escribir durante el NaNoWriMo (Mes Nacional de la Escritura de Novelas), todo gracias a NoYoureNotReal, quien literalmente preguntó si lo iba a hacer y, aunque esto ella no lo sabe, si me pides que haga algo, siempre diré que sí. Esto es todo culpa suya. Pero no pasa nada, porque la quiero.

Sí, este es un fic UA de humanos/asesinos/almas gemelas, pero hay muchos asesinatos y bastante cantidad de sangre. Ampliamente inspirado por el universo de John Wick, si eso os da una pista. Quedáis avisados.

Influencia

Capítulo 1

—Hija de puta.

Kagome baja la pistola con una caída sólo ligeramente más lenta que la del muerto desplomándose a unos metros de distancia. Tras ella, oye los delatores pasos de Inuyasha, su rival. O, bueno, eso es lo que dicen todos, en cualquier caso. Al Hotel Sicarius de Hakurei le gusta tejer el cuento de su infame odio mutuo, sus estilos incompatibles y un registro de muertes que casi siempre está empatado. Bueno, eso es lo que dicen si le das suficiente propina al camarero. Sin propina no hay información y Hakurei es una ciudad lo bastante grande como para que todo el mundo quiera información.

Inuyasha se pone a su lado, pero ella no le mira. De hecho, ambos siguen mirando fijamente al muerto en el suelo, su sangre se filtra lentamente por el sucio hormigón. Hay un montón de cajas de cartón a su lado y Kagome se pregunta distraídamente si hay algo importante dentro que la sangre vaya a empapar y a estropear.

—Kagome —dice él, aunque su voz es siempre un gruñido. Bueno, malo, o a instantes de la muerte: siempre suena igual—. Ese era mío y lo sabes.

—Tú le perdiste —contesta Kagome, golpeteando su revólver con descuido contra su muslo. Es una mala costumbre suya cuando se aburre—. Yo le encontré.

—Ni siquiera deberías haber estado aquí. —Pero Inuyasha no suena enfadado, probablemente porque en los últimos cinco años esto ha pasado tantas veces que es imposible contarlas. Ella robándole sus asesinatos y él los suyos. Una especie de ojo por ojo, uno que empezó tras una situación que ninguno recuerda en particular. Los asesinatos tienden a mezclarse y a emborronarse si los dejas, si estás tan metido en esta vida.

Kagome gesticula hacia el muerto.

—Bueno, todavía puedes reclamarlo, si quieres.

Inuyasha resopla.

—¿Por uno de diez? Por favor. No me duele tanto el ego.

Diez mil dólares siguen siendo diez mil dólares. Kagome sabe que no está sufriendo, así que se encoge de hombros y coge su móvil. Está tan cerca que, con el zoom, la foto lo identifica bien y puede reclamar el golpe. El Centro de Procesamiento responde inmediatamente y, en instantes, recibe una notificación de su transferencia de dinero. Nada mal para una hora escabulléndose y dos balas.

Hay un suspiro a su izquierda. Suena irritado, pero él siempre suena irritado.

—Debería haberme quedado en cama.

—O no haberle perdido —comenta Kagome ligeramente, todavía prestando más atención a su teléfono.

—Te puto odio.

Eso hace que ella le sonría, sorprendentemente complacida.

—No, no es verdad.

Inuyasha pone los ojos en blanco, volviendo a poner el seguro con un clic antes de enfundarla. Kagome mira sus manos, ve las gruesas líneas negras de sus tatuajes asomando desde sus mangas. Como la mayoría de personas de su profesión, cubrirse es esencial. Dados sus estilos de vida altamente traicioneros, cubrirse abarca tanto la ropa como los tatuajes, marcas permanentes para esconder el arma más peligrosa de todas: la influencia.

Y no hay mayor influencia que el alma gemela de otra persona.

—La Cueva no está tan lejos —dice Kagome entonces, porque es idiota y tal vez la adrenalina del asesinato no se ha disipado todavía por completo. ¿Por qué, si no, iba a invitar a su rival, el hombre extremadamente atractivo al que ve un puñado de veces al mes, a unas copas en un sucio bar?

Por un segundo, Inuyasha hace una mueca hacia la distancia.

—¿La Cueva? ¿En serio?

Kagome le da otra opción pacientemente.

—¿Querías ir al Sicarius?

Su rostro, predeciblemente, empeora.

—Preferiría irme a la cama y punto.

Podría acompañarte ahí también, se piensa, pero sin duda no se dice en voz alta. Inuyasha encontró a su alma gemela hace mucho tiempo. Volver a su cama probablemente se refiera más a volver con esa persona. Al menos, eso es lo que piensa Kagome. No es que le conozca realmente, o que sepa nada sobre él. Si Kagome fuera a hacer una lista de las diez cosas que sabía sobre el asesino, terminaría tras el punto n.º 5: está buenísimo, usa genial una pistola, es mejor incluso en el combate cuerpo a cuerpo, tiene un alma gemela, no sonríe, pero lo hace con satisfacción si te esfuerzas mucho para conseguirlo.

—Más suerte la próxima —dice Kagome haciendo un ademán, aunque la pistola sigue en su mano.

Inuyasha ni se inmuta.

—Vete a la mierda.

No es hasta que desaparece completamente el sonido de él marchándose que Kagome cuenta hasta cinco, aguantando la respiración antes de soltarla.

Bueno, pasó eso. Inuyasha sigue estando bueno y sigue siendo excesivamente arrogante al perseguir los blancos. Eso también es atractivo, joder. ¿Qué tiene que nunca puede ignorarlo sin más?

Kagome enfunda su propia pistola y se imagina que ha pasado demasiado tiempo de pie cerca de un muerto. Es un poco extraño. Probablemente sea mejor no hacerlo otra vez, si puede evitarlo.


Cuando Kagome cumplió quince años, su marca del alma empezó a manar. Cada persona era diferente, pero cada proceso era el mismo. El 30 de abril a las 00:08, la fecha y el momento exactos de su nacimiento, Kagome sintió un cosquilleo pasando sobre la extensión de sus costillas. Se levantó y encendió la luz de la habitación, parpadeando contra el brillo incluso mientras avanzaba hacia su espejo. Le llevó varios minutos adaptarse, pero Kagome estaba emocionada y entusiasmada, desesperada por saber. Obligándose a abrir los ojos, miró su reflejo: el pelo negro despeinado que le llegaba a los hombros, su piel demasiado pálida y sus oscuros ojos castaños. Con una inhalación, levantó la parte de arriba de su pijama hasta que el algodón descansó justo por debajo de sus pechos.

Allí, en el lado izquierdo, cerca de los mismísimos bordes de sus costillas, había una nube rosa diminuta. Todavía no tenía forma, completamente informe en sus primeros pocos momentos de existencia. Harían falta quince días para que se asentara y estuviera terminada, para que se convirtiera en la marca que estaba a destinada ser para siempre. La marca exacta que tendría su alma gemela, exactamente en el mismo sitio.

Kagome la tocó suavemente y se preguntó qué sería.

Cómo conocería a esa persona.

Qué se dirían.

Cómo se sentirían las chispas cuando se tocasen por primera vez.

Kagome acarició su marca del alma con una reverencia que nunca antes había sentido y sonrió.


Kagome cayó en los asesinatos como caía la mayoría, sólo que ella consiguió permanecer con vida de algún modo. No piensa en ello a menudo, pero cuando lo hace, se va a casa a pasar el fin de semana y no se lleva consigo su teléfono del trabajo. Requiere de tres vuelos, dos coches de alquiler y un autobús. La mayoría son innecesarios, pero Kagome hará lo que haga falta para mantener a su familia con vida, incluido cuadruplicar el tiempo de viaje para llegar allí en pro de no dejar rastro.

Lo único que le molesta es que nunca pudo despedirse. Un día él estaba allí y luego, al siguiente, ya no estaba.

Suspirando, Kagome asoma la cabeza alrededor del poste de hormigón tras el que se está escondiendo en el garaje subterráneo. Pasa un poco de la medianoche y sólo quedan dos coches en el solar. Uno de ellos pertenece a su blanco. El otro probablemente sea de un testigo molesto del que tendrá que… ocuparse. Kagome no mata a nadie que no sea un objetivo, o que no esté intentando matarla. El testigo podría entrar en la última categoría o no. Ella espera que no. Francamente, Kagome está cansada.

Pasan otros treinta minutos antes de que haya un bip, el ascensor indicando su llegada a la planta sótano. Hay un momento en el que no se mueve nada, en el que ella no respira, pero entonces, dos hombres entran con calma en el aparcamiento con prístinos trajes, maletines de cuero y todo. Ambos son bastante grandes, pero el que no es tan alto es el blanco. Su fea nariz es clara como el agua.

Kagome se gira de repente y le dirige una última mirada a su pistola, preparándose.

Resulta que no está preparada en absoluto.

—Estás aquí para matarme, ¿verdad?

La pregunta le hace contener un suspiro porque en serio. Qué original. Se pregunta cuán rápido puede disparar y luego salir corriendo. El problema con eso es la falta de identificación, lo que significa una falta de pago, que es igual de malo tanto para su registro como para su reputación en el Sicarius.

Simplemente… esta noche está resultando ser irritante en todos los sentidos.

—No seas tímida —llama de nuevo el hombre, coqueto—. Me gustaría verte la cara.

—Eso es lo que dicen todos —contesta Kagome. Mantiene su posición detrás del poste, debatiéndose. Su blanco está sin duda entrando en pánico, pero ¿y su compañero? Probablemente. Dos pistolas contra una, que es probablemente lo más cercano a una pelea justa, pero mucho más irritante. Es probable que vaya a sangrar esta noche. Uf, la colada.

Va a tener que dispararles a los dos y preocuparse después de si el testigo va armado. Después, es decir, cuando esté muerto. O se sentirá tremendamente culpable o no. Probablemente no. Este no es su primer escenario con un malvado jefe mafioso en un garaje subterráneo.

El blanco ahora está gritando. Kagome frunce el ceño porque desconectó un poco de él. El soliloquio es un rasgo común en un hombre muerto y, ¿la verdad? No le gusta.

Registra movimiento por el rabillo del ojo y Kagome levanta el arma para acabar con otro hombre de traje que viene por la salida este. Es sólo cuando está cayendo al suelo que hay otro disparo, uno proveniente de su otro lado, y Kagome se agacha y se da cuenta de que hay mucho más que solamente dos hombres en el garaje. De hecho, hay cinco. Había cinco, ahora cuatro.

—¿Todo esto por la pobrecita de mí? —pregunta Kagome con incredulidad—. ¡Venga ya!

—¿Crees que no íbamos a reconocerte, Miko? —exige el blanco—. Mataste a mi hermano hace tres meses. He estado esperando este día desde entonces.

Kagome suspira. Por supuesto. Desea no tener tan mala memoria, probablemente demasiados golpes en la cabeza. Tal vez debería hacer que Inuyasha la entrenase mejor en el combate cuerpo a cuerpo. Eso estaría bien, ¿no? Sería profesional, incluso.

Joder, una bala casi le saca un trozo de hombro. Joder.

Dispara: una vez, dos veces. Caen dos cuerpos.

—Soy el hombre más poderoso de Hakurei —habla el blanco sin cesar—. Tengo todas las armas, a todos los políticos, a todos los policías en nómina…

El odio de Kagome crece con cada segundo que pasa.

—Aun así, vas a morir esta noche, pero explota, supongo —grita, principalmente porque le hace sentir mejor. Rueda por el suelo, le dispara a otro lacayo y luego se pone en pie de un salto. El clip de una munición cae en su mano de la cartuchera y la transición es suave mientras gira, preparándose para disparar…

Unos brazos la sujetan por detrás, uno de ellos obligándola a soltar la pistola. Kagome grita de frustración porque esto es muy irritante. Deja caer su peso hasta que el hombre se tambalea, antes de impulsarse hacia arriba para tener suficiente espacio para maniobrar, echar la pierna hacia atrás y golpearle directamente en los huevos. Hay un gruñido y Kagome siente que sus brazos se aflojan alrededor de ella. Es la oportunidad que necesita para librarse de su agarre, agachándose en el suelo por un momento para alcanzar las cartucheras apenas perceptibles.

Cuando el hombre intenta agarrarla otra vez, Kagome se retuerce, hundiendo uno de sus cuchillos en lo profundo de sus entrañas. Se la queda mirando estúpidamente con asombro, las manos todavía intentan girar en su pelo, así que coge el otro cuchillo y lo entierra en su cuello, poniéndose en pie.

Oye pasos corriendo. El blanco ha decidido que su plan fracasó, después de todo, y ahora está intentando desaparecer. De ninguna manera. No después de toda la mierda por la que le hizo pasar, oh, ni de broma. Con otro giro, saca el cuchillo del hombre moribundo en sus brazos y lo lanza. Es mortalmente precisa, nunca ha sido nada menos que mortalmente precisa… pero antes de que el cuchillo pueda impactar, el chasqueo de una pistola con silenciador resuena en el garaje subterráneo y el blanco cae muerto.

Inuyasha vira bruscamente su cuerpo justo a tiempo para evitar un cuchillo en el hombro.

No has hecho eso —grita Kagome con la incredulidad escrita por toda la cara—. Después de que tuviera que matar a sus malditos matones y de que casi me disparasen…

—Te dispararon —interrumpe Inuyasha con voz lo bastante firme como para detenerla en mitad del discurso.

—¿Qué? —Se mira y sí, ups. Definitivamente hay una rasgadura en su mono y eso que se filtra lentamente desde su costado sin duda es sangre. Kagome pone mala cara. Maldita colada.

—Deberías hacer que te lo revisen —sugiere Inuyasha. Aún suena gruñón, pero hay una diferencia en su tono, algo que le hace levantar la cabeza de golpe para intentar leer su expresión. No hay nada allí, por supuesto. Es el mismo rostro hermoso y con el ceño fruncido de siempre. Debía de haber estado haciéndose ilusiones otra vez, esperando que hubiera algo como preocupación en su tono. Estúpida, pero en este punto de su rivalidad de cinco años, a Kagome no le sorprende.

A lo mejor conocerá a su propia alma gemela pronto un día. Habrá chispas y será impresionante, y Kagome le mirará y lo sabrá.

A veces cree que, cuando mira a Inuyasha, hay un sentimiento ahí.

Aunque podría ser solamente adrenalina. O afectuosa irritación.

Hay un clic de un obturador, extremadamente ruidoso en el ahora silencioso garaje subterráneo. Kagome lo mira con furia con todas sus ganas, pero Inuyasha parece despreocupado mientras envía claramente la foto al Centro de Procesamiento. Qué imbécil.

—Te odio tanto —dice entre dientes apretados, paseándose por su lado con tanta dignidad como puede reunir para ir a recoger su cuchillo.

—No es verdad —contesta Inuyasha. Kagome no necesita mirarle para saber que está sonriendo con burla, complacido consigo mismo por ser tan ocurrente.

—De lo peor —musita Kagome, enfundando los cuchillos y descubriendo que, sí, menudo día ha sido. Tal vez Miroku no estará tan cabreado esta vez cuando aparezca exigiendo que le dé puntos. Ha pasado al menos un mes desde la última vez y Kagome pagó para sacar la sangre de su tapizado.

—Adiós, Miko —se burla su rival.

Kagome se detiene. Para empezar, odia ese apodo, el que los malos de Hakurei y más allá le han atribuido. No tiene ni idea de cómo empezó, o quién lo dijo. Un día, simplemente existió y Kagome ha estado poniendo los ojos en blanco ante ello desde entonces. Para seguir, el hecho de que Inuyasha haya tenido los huevos de admitir que había estado en el garaje todo el tiempo viendo cómo le disparaban…

—Sabía que lo tenías bajo control —dice Inuyasha entonces, como si leyese la tensión en su cuerpo.

Kagome se mueve tan rápido que el cuchillo está fuera de la funda de su tobillo y surcando el aire hacia su cabeza en cuestión de segundos. Inuyasha lo esquiva con facilidad, como ella sabía que haría, pero el imperturbable horror en su rostro es suficiente para que ella sepa que se ha transmitido el mensaje. Aun así, por si acaso, es mejor decírselo en voz alta.

—Eres gilipollas —exclama.

Inuyasha resopla, claramente indiferente ante el hecho de que ella está intentando marcharse.

—¿Matamos gente para ganarnos la vida y lo mejor que se te ocurre es «gilipollas»? ¿Ese es tu insulto?

Ella no responde. Kagome mantiene la boca cerrada y se va, desapareciendo en la noche con pisadas rápidas y silenciosas.

—¡Eh! ¡Estábamos hablando! —grita Inuyasha, pero su voz está cada vez más lejos. No la está persiguiendo, pero está molesto ante su falta de respuesta.

Kagome sonríe para sus adentros. Eso le dará una lección.


La marca llegó.

Era una única flor de cerezo, dolorosamente hermosa en su color. Lo que le atraía siempre a Kagome era lo real que parecía. Cómo si se estiraba podía creer por un segundo en el tiempo que pétalos de verdad iban a tocar sus yemas, frágiles y suaves.

Parecía tanto una parte de ella como sus manos, sus ojos, sus hoyuelos.

Era casi hora de irse a dormir, quince días después de que la marca apareciese por primera vez, y Kagome estaba mirándola fijamente en el espejo. Aunque las líneas se sellarían y algunos colores se oscurecerían, la imagen en general era sin duda el producto final. Era tan hermosa que Kagome no pudo evitar tocarla otra vez.

Llamó a su madre, quien había estado observando cómo cambiaba la marca desde una nube deforme a una prístina flor de cerezo día tras día. Las dos se la quedaron mirando, Kagome con asombro y su madre con nostalgia y algo más que no pudo identificar bien. Para ser justos, estaba prestando mucha más atención a su marca que a su madre, por eso fue que las siguientes palabras la sobresaltaron.

—Mi marca del alma es un crisantemo. —Era como una confesión, y una triste, además. Kagome bajó la camiseta y se giró para mirar a su madre, un frunce delineó su rostro. No estaba segura de adónde iba su madre con eso, así que permaneció callada, lista para escuchar. Pero en lugar de más palabras, su madre sonrió—. Me alegro por ti, cariño.

—Gracias, mamá. —Su madre no parecía alegre. Si acaso, parecía preocupada y triste. Kagome tocó la marca a través de su camiseta, preguntándose qué de ésta le estaba haciendo estar así. Tal vez era mejor sencillamente preguntar, su madre y ella siempre habían estado muy unidas. Le contaba todo a su madre—. ¿Qué…?

—¿Hola? ¿Keiko?

—Estoy aquí —llamó la madre de Kagome, inclinándose para que, cuando su suegro asomase la cabeza al interior, las viese a las dos.

El abuelo siempre había estado allí para ellas. Siempre había sido la sólida roca en la que se había apoyado su madre y aquella a la que Kagome le confiaba todos sus secretos. Era viejo y estaba un poco senil, pero se preocupaba por todos. Le sonrió a su abuelo cuando entró en su habitación.

—Estábamos mirando mi marca del alma.

—¿Ya está? —preguntó.

—Estará terminada mañana.

—Es hermosa —dijo su madre entonces, sonriendo suavemente—. Una flor de cerezo.

Su abuelo canturreó y asintió.

—Las flores siempre han sido la marca de nuestra familia. Una extraña coincidencia, pero ahí está, no obstante. —Con una pesada mano, agarró el hombro de Kagome y lo sacudió suavemente—. Tu padre estaría orgulloso y tan, tan feliz.

Eran palabras suaves, pero Kagome sintió que se hacía añicos. Recordaba fragmentos de su padre, su cerebro sólo recuperaba recuerdos dispersos a los que podía agarrarse su yo de cinco años. Sota apenas acababa de nacer, así que eran todos sólo de su padre y ella, o incluso de su madre y ellos. Kagome recordaba la risa, sobre todo, aunque tenía miedo de preguntar si el sonido era imaginado o no. Su madre lo sabría.

Sonriendo, Kagome tocó su marca una vez más a través del algodón de su camiseta. Esta era sólo otra forma en que era un poco más como él. Hizo que su corazón creciera al pensarlo.


Kagome suspira y vuelve a mirar su teléfono.

No hay mensajes nuevos. El golpe publicado sobre el nuevo blanco no ha sido reclamado, pero tampoco ha habido información adicional. Teniendo en cuenta que el blanco se suponía que debía estar en el almacén hace una hora entera y no es así, Kagome piensa que o la información era mala, o que el blanco es más inteligente de lo que le reconocían todos.

No es para tanto, supone, balanceando las piernas ociosamente por el borde del edificio. Sólo pasan de las diez en punto, que es terriblemente temprano para su típico baño de sangre. Incluso existe la posibilidad de que se vaya a ir a dormir a una hora normal. Se apoya en las manos, su campo visual todavía tiene una perfecta visión de las únicas puertas del almacén, y suelta otra exhalación. Preferiría tener un asesinato a muy altas horas de la noche a esto: esperando y aburrida antes de una típica hora de acostarse.

—Mira que eres ruidosa para alguien que intenta ser sutil.

Kagome no se sobresalta, pero casi. Ese cabrón tiene mucha suerte de que haya memorizado su voz para ahora o habría una bala en su hombro como muy poco.

—Debería ponerte un cascabel.

Hay un gruñido y entonces Inuyasha se está sentando a unos metros de ella, con las piernas colgando también del tejado. Kagome no puede evitar pensar que tiene muchísimo mejor aspecto haciendo eso que ella, pero eso podría ser solamente su sed otra vez, asomando su fea y obsesiva cabeza. Todo en él pinta bien: el atuendo, su coleta alta, el vistazo de sus tatuajes. Incluso es lindo cómo mira las puertas del almacén entrecerrando los ojos.

Dios, se odia a sí misma.

—No está aquí —dice Inuyasha finalmente. El retumbar de su voz de está haciéndole cosas. Kagome se muerde los labios y no mira deliberadamente en su dirección, incluso mientras continúa—: Comprobé la planta baja. Incluso el interior del almacén.

—¿Se le puede llamar siquiera almacén? —pregunta Kagome, ignorando el hecho de que es una pregunta completamente inútil y tonta. Cualquier cosa para distraerla de los pensamientos de Inuyasha sentándose más cerca, Inuyasha agarrándole las muñecas y clavándolas encima de su cabeza mientras le cuelgan las piernas, Inuyasha haciéndole lo que quiera mientras ella no puede escapar, mientras cada deslizamiento de su cuerpo podría ser un posible resbalón del tejado y…

—¿Qué puta pregunta es esa? —pregunta Inuyasha, predecible como siempre.

Kagome quiere tanto darle un beso como una bofetada.

—¿Una válida? Es decir, si es tan pequeño, ¿de verdad se le puede llamar almacén?

Su rival la mira como si hubiera perdido la cabeza y, a decir verdad, probablemente así sea. Una pena que no sea porque le ha sacado la lógica follándosela. Eso habría sido mucho más excusable.

—¿No has dormido lo suficiente o algo?

—¿Eso que oigo es preocupación? —pregunta mirándolo con inocencia, asegurándose de entreabrir los labios y quedarse mirando en la forma en que siempre hace que los hombres miren dos veces. No todos los asesinatos son en almacenes y no todos ellos son tan sencillos como dispararle a un objetivo en una zona abandonada. Hakurei es una ciudad bulliciosa al haber crecido exponencialmente debido a su acceso al único puerto comercial de la zona. Hace que toda la parte sur de la ciudad sea industrial, llena de edificios apenas usados y contenedores comerciales, y otras zonas con mala fama donde la gente desaparece o se muere de un disparo en cualquier momento.

Inuyasha la mira con el ceño fruncido.

—Preocupación sólo porque una tú loca significa una tú que podría dispararme. El cuchillo estuvo peligrosamente cerca la última vez.

—Vale, en primer lugar, ese cuchillo no era para ti. Era para la persona que mataste que se suponía que era mi asesinato. —Todavía está un poco cabreada por eso—. Y, en segundo lugar, si quisiera dispararte, ya estarías muerto.

—Ajá. —Inuyasha sonríe burlonamente y es increíblemente condescendiente.

Kagome echa chispas por los ojos.

Ajá —imita, asegurándose de sonar extraestúpida—. Sabes que se supone que los asesinos no deben ser amigos, ¿verdad?

—¿Quién cojones dijo que somos amigos? —pregunta Inuyasha, haciéndole una mueca en la distancia.

—Bueno, estamos sentados juntos en un tejado.

—Las puertas son un campo visual despejado.

—Estamos intentando matar al mismo blanco.

—La competencia es sana.

—Otros asesinos se limitan a matar a su competencia, lo sabes, ¿verdad? Llevas en el negocio más que yo. Deberías saberlo. —Kagome se asegura de no mirarlo cuando dice lo último, aterrada de lo que verá. Ni siquiera sabe lo que quiere que haya en su rostro… ¿asco, confusión, indiferencia? ¿Sería mejor que le importase o que no?

Kagome no miente: los asesinos no hablan como lo hacen ellos. Los asesinos no pasan tiempo juntos o disparan al blanco del otro por diversión. No hay nada amigable en su clase de competencia y el término «rival» existe porque aquellos dentro del círculo del Sicarius están tan perplejos como todos los demás. Un asesino solamente tiene dos cosas: lealtad a las leyes del Sicarius y lealtad a sí mismos. Todo lo demás es ridículo porque la muerte le seguiría pronto.

¿Llegaría tan lejos como para decir que le es leal a Inuyasha? No. Probablemente. Piensa que, si estuviera sangrando en el suelo, puede que le lanzase un botiquín antes de desaparecer. No le ayudaría. Al igual que él no le ayudó durante aquel tiroteo en el garaje. Sálvese quien pueda.

Así que eso. Ninguna lealtad hacia Inuyasha.

Aun así, Kagome no puede evitar sentir claramente la corta distancia entre ellos en el estrecho saliente del tejado, vigilando a un blanco que podría no llegar nunca.

De repente, Inuyasha levanta la mano… desarmada, pero cerrada en un puño. Es la señal de esperar, de callarse, así que Kagome para de balancear las piernas y se mantiene alerta. Sólo hace falta un momento para oír exactamente lo que debe de haber oído Inuyasha: pasos, de los silenciosos que aterrizan en la gravilla con gran cuidado. Eso significa sólo un puñado de opciones de quién podría ser, pero Kagome sabe en el fondo que esto no es una trampa. Lo que deja sólo…

—Joder —dice Inuyasha entre dientes, lo suficientemente alto como para que lo oiga el hombre que está ahora debajo de ellos—. ¿Por qué estás tú aquí?

El hombre levanta al instante su pistola, pero Inuyasha ya tiene la suya en la mano, apuntada también sin vacilar. Kagome desenfunda la suya, pero la mantiene escondida, obligando a sus músculos a relajarse. Sólo es Koga, después de todo.

Koga, otro asesino más en su legión. Normalmente no está en Hakurei, así que debe de estar aquí en alguna suerte de asunto. Pero no podría ser este blanco en particular. El individuo tiene un alto precio, pero no es exactamente interesante o importante. Simplemente cabreó a la persona equivocada y ahora va a terminar muerto por ello. Nada de esto es del estilo habitual de Koga, lo que significa que, como la mayoría de asesinos, se aburre.

—Tú —contesta Koga, poniendo mala cara al instante—. ¿Qué cojones haces aquí?

—Yo pregunté primero, imbécil —replica Inuyasha. Son como dos pavos reales parloteando y enseñando las plumas. Kagome está un poco horrorizada—. Esta es mi ciudad, así que, ¿por qué no te das media vuelta con el rabo entre las piernas y te jodes con él?

Kagome contiene una tos. Oh, vaya. Pero se mueve justo lo suficiente de modo que Koga está ahora mirándola también a ella, y está bastante segura de que eso de su mirada es decepción.

—¿Kagome? —pregunta Koga—. ¿Por qué estás con este idiota?

—«Con» es una palabra fuerte —responde, encogiéndose de hombros—. Sólo estábamos esperando.

—¿Juntos?

¿Ves? ¡Esto es exactamente de lo que estaba hablando! Kagome se gira para penetrar a Inuyasha con una mirada, pero la está ignorando intencionadamente. De hecho, su pistola todavía apunta a Koga, a pesar del hecho de que hace tiempo que el otro asesino ha bajado su arma.

Kagome suspira.

—No, juntos no.

—Sí que parece que estáis juntos —masculla Koga y, sí, eso de su rostro es sin duda traición—. ¿Puedo subir?

Y una mierda —escupe Inuyasha—. ¡Lárgate!

—Estáis haciendo ruido —les dice Kagome entre dientes, mirándolos con furia—. Si el blanco aparece alguna vez, ¡va a escapar por vuestra culpa!

—Es culpa de este imbécil —contraargumenta Inuyasha y, sí, está moviendo la mano de la pistola, pero sin duda sigue apuntando abajo hacia Koga—. ¡No mía! Antes estábamos perfectamente bien.

Si por «perfectamente bien» se refiere a que a Kagome le estaba dando un pequeño ataque calenturiento mientras él era dichosamente inconsciente de ello, entonces sí. Claro. Bien.

—Silencio y punto.

—¡Sí! —grita Koga porque él también es idiota. Kagome está rodeada de ellos—. Silencio, Inuyasha.

Tiene su pistola apuntando a Koga antes de que el otro asesino pueda parpadear siquiera y es evidente que no se esperaba esa clase de reacción a juzgar por la forma en que vacila con su propia arma.

—Tú también, gilipollas.

Koga explota. Claramente, la traición se ha vuelto demasiado.

—Voy a decírselo al Hotel Sicarius.

Uuuuh —se burla Inuyasha—, estoy aterrado.

—¿Por qué iba a importarle una mierda al Sicarius si somos compañeros o no? ¿No sería ese nuestro maldito problema? —pregunta Kagome confundida. Hay el suficiente silencio como para que sólo Inuyasha pudiera oírlo, pero no se digna a darle una respuesta, así que, en fin. Un comportamiento un poco de cretino, pero sin duda su estilo. Es de lejos su cualidad menos atractiva y, a pesar de ello, Kagome aun así lo treparía como a un árbol si tuviera la oportunidad en ese mismo momento.

Koga resopla (y, vaya, si ella puede oírlo desde allí arriba, entonces debe de haberle dolido) antes de empezar a retirarse.

—Esta ciudad no siempre será tuya, ¿sabes? —amenaza.

—Tengo tantas ganas de dispararle —musita Inuyasha. En cambio, le enseña al otro asesino el dedo corazón hasta que desaparece.

Se está tranquilo durante al menos unos buenos cinco minutos.

—¿Crees que va a subir al tejado para matarnos? —pregunta Kagome porque es una preocupación válida.

Inuyasha niega con la cabeza y vuelve a enfundar su arma.

—Nah, no puede escalar ni aunque le paguen. Es rapidísimo tanto con sus pies como con sus manos, pero horrible con nada que requiera alguna suerte de fuerza.

—¿Cómo lo sabes?

—Nos… conocemos de antes. —Hay una sonrisa burlona jugueteando con sus facciones y Kagome mira de nuevo intencionadamente hacia la entrada del almacén. Es su espacio seguro cada vez que siente que él es demasiado—. De Sakata, creo. Robé su blanco, así que me disparó en el estómago.

Kagome no puede evitar quedárselo mirando entonces, sus ojos se centran en su tronco como si la herida todavía fuera a ser visible. Es una tontería, pero lo único que quiere hacer es levantar la camiseta que tiene puesta y extender los dedos sobre la calidez de su piel para recordarse que está, de hecho, aquí. Es mierda como esta la que le hace preguntarse cómo de peor sería amar a alguien si fuera su alma gemela. Inuyasha es sólo un rival cualquiera y, si puede sentir esto

—Pero yo le disparé en el pie, así que fue una especie de empate. —Inuyasha se encoge de hombros—. Mi pérdida de sangre fue mayor sin duda.

—Eres idiota —dice ella porque alguien tiene que decirlo.

Él le sonríe con satisfacción, algo mucho más real que aquello a lo que está acostumbrada. Tal vez es porque está asentándose la noche, oscureciendo sus alrededores con cada minuto que pasa. Ahora es más difícil verle en comparación con antes cuando se sentó, pero Kagome conoce cada centímetro de él, de todos modos. Es íntimo.

Es terrible para su salud. Dios, si Kagome encuentra alguna vez a su alma gemela, probablemente la matará la impresión.

Se puede oír un ruido sordo en la distancia, acercándose lentamente. Ambos reaccionan y miran hacia el camino provisional que tiene el parque de contenedores, sabiendo que quienquiera que venga podría ser su blanco. Al fin.

Kagome está tanto aliviada como irritada.

Cuando el coche se detiene junto a las puertas del almacén y sale, está demasiado oscuro como para saber si es su blanco. Hay una alta probabilidad, pero también está la posibilidad de que al blanco lo hayan matado otros que estén ahora intentando robarle sus mierdas. En cualquier caso, tienen que investigar. Por medio de comunicación silenciosa, los dos se deslizan al otro lado del tejado y descienden. Sólo hay dos hombres y una mujer entrando en el edificio, el blanco es un hombre, así que, siendo realistas, será una carrera para matarlos a ambos y esperar que Kagome consiga el asesinato.

Inuyasha la mira con furia, como si supiera exactamente en qué está pensando. Kagome le sonríe en respuesta con inocencia y se pone en marcha.

Había hecho un reconocimiento del edificio nada más llegar, notando que prácticamente no había resguardo en la cuadrada trampa mortal de un almacén. Kagome se imagina que, si tienen pistolas, ella tendrá el elemento sorpresa. O, mejor dicho, lo tendrán. Inuyasha está justo a su lado cuando abren las puertas y ambos disparan inmediatamente. Kagome dispara con una precisión que le ha llevado años perfeccionar. Sin duda mata a uno de ellos, pero es una adivinanza el tema de quién mata al otro.

El problema es que ambos están tan concentrados en los hombres que ninguno está prestándole auténtica atención a la mujer.

Craso error.

Kagome debería haberse dado cuenta. En serio. No es idiota. No es como si estuviera matando a los hombres porque fueran hombres. Bueno, sí, pero la razón era porque su paga venía de un hombre en concreto. ¿Por qué matar a la mujer cuando no iba a darle nada de dinero? ¿Verdad?

Pero la mujer tiene una pistola y la mujer es claramente muy buena con la pistola. Rueda hacia un lado, pero consigue dispararle a Inuyasha en el muslo. Kagome recibe un rasguño en el hombro, un dolor abrasador que ignora antes de saltar a la mesa más cercana y acertar con un disparo a la cabeza.

—Jodida hija de puta —masculla Inuyasha, mirando con furia su pierna como si el agujero que tiene le hubiera ofendido personalmente.

Kagome lo entiende un poco. También piensa que, de esta forma, también está bastante atractivo. Sinceramente, está tan jodida que ya no es ni gracioso.

Con esa comprensión en mente, Kagome se baja de la mesa de un salto y va a comprobar sus asesinatos. El rasguño de la bala es una molestia, pero no insoportable, aunque pasa la pistola a esa mano para usar el otro brazo como palanca para levantar las cabezas de los muertos.

—¡Ajá! —aclama—. Yo maté al blanco.

—Y una mierda —contesta Inuyasha al instante. Ni siquiera la está mirando, qué imbécil. Qué imbécil tan exasperantemente atractivo—. Lo maté yo.

—Venga ya, perro. —Kagome saca la foto con su teléfono y luego envía el mensaje. Sonriéndole a Inuyasha, ni se inmuta cuando todo el efecto de su mirada amenazadora finalmente se dirige hacia ella. Si acaso, eso le excita, lo que es un poco raro porque los muertos la rodean por todas partes y, sí, sin duda hay sangre en su blusa. Otra vez. Para distraerse, gesticula hacia su pierna—. ¿Quieres que te lleve al médico?

Inuyasha frunce el ceño con más intensidad, pero no dice que no inmediatamente. Hace que le dé un desagradable vuelco el estómago, lo que sólo empeora con cada segundo en el que no le contesta.

—¿Hola?

—Vale —dice—. Pero sólo porque creo que estoy a punto de desangrarme.

Kagome enfunda rápidamente la pistola y se guarda el teléfono. Inuyasha debe de sentir mucho más dolor del que muestra porque, cuando se agacha bajo su brazo para ayudarle, su rival ni siquiera hace un comentario. Está paralizado durante dos segundos enteros antes de agarrarla, con fuerza, y Kagome ignora la forma en que su cuerpo prácticamente cosquillea a causa de eso.

Lo deja momentáneamente para correr a por su moto a unas manzanas de distancia, un poco asustada por si, cuando regrese, ha desaparecido o está incluso posiblemente muerto. Está vivo, pero no tiene para nada buen aspecto. Inuyasha está demasiado pálido, aunque sus manos son firmes mientras se saca la camiseta y usa el material como un torniquete mal hecho. La moto no es una gran opción para asegurarse de que se mantenga consciente, pero es la única opción que tienen. Kagome le obliga a aferrarse a ella con fuerza y le da una bofetada cada vez que siente que el agarre empieza a aflojarse mientras vuelan por las calles oscuras.

El Hotel Sicarius está en el corazón del centro, con dos negocios distintos de mil millones de dólares a los lados que están excepcionalmente activos durante la semana de nueve a cinco. Ahora, según se acercan a la medianoche, Kagome casi se baja a trompicones de su moto al intentar mantener a Inuyasha erguido. El aparcacoches interviene inmediatamente, pero Inuyasha le gruñe que haga su puto trabajo, así que eso hace.

A Kagome no le preocupa su moto en lo más mínimo. Pero no pasa nada. Tiene cosas mucho más importantes de las que preocuparse, como hacer que llegue al médico a tiempo.

Como siempre, una mujer joven está detrás de una gran mesa de recepción dorada con una sonrisa. Vacila por un momento al ver a Inuyasha, pero no coge un teléfono ni se distrae con ninguna de las otras personas que se pasean por allí. Espera pacientemente hasta que lenta y finalmente llegan con ella.

—Kagome —dice la mujer educadamente, inclinando la cabeza. Mira a Inuyasha con algo parecido a la preocupación—. Inuyasha.

—Necesita un médico ahora mismo —declara Kagome, metiendo la mano en el forro escondido de su mono. Hacen falta unos torpes intentos, pero finalmente saca un fino fragmento rosa y lo deposita en la mesa de recepción.

La mujer lo coge con facilidad y asiente. Con movimientos eficientes, coge el teléfono y marca una extensión sin ni siquiera mirar los números. Hacia Kagome, inclina la cabeza.

—Por favor, id yendo hacia allí. El médico estará en breves.

Inuyasha jadea contra la mesa y Kagome quiere vomitar al verlo. Pero no se detiene, no vacila en agarrarlo y arrastrarlo por el Hotel Sicarius. Están montando una escena y ella lo sabe, pero es hacer eso o dejar que Inuyasha muera. Alrededor de ella, los patrocinadores están públicamente con la boca abierta. A algunos los reconoce por sus caras y a algunos los reconoce por su atuendo. Los asesinos son una raza extraña, pero tras esto, Kagome está bastante segura de que será etiquetada como la más extraña de todos.

—Esto es malo para el negocio —farfulla Inuyasha sin aliento. Está sudando abundantemente, pero Kagome ignora esto en pro de llevarlo a la consulta del médico—. Tendrán preguntas.

—Es el médico del Sicarius —le dice Kagome despreocupadamente—. Sabe lo que hacemos. No creo que vaya a tener preguntas.

—No, no… —gruñe Inuyasha mientras ella lo apoya contra la pared, prácticamente arrancando la puerta al abrirla para acarrearlo dentro. Según lo prometido, un anciano está esperando allí, bajito y parecido a un sapo. Sus enormes ojos asimilan el estado de Inuyasha y el médico resopla, decepcionado.

—Cúralo —declara Kagome, gruñendo mientras tira a su rival en la silla. Inuyasha ni se resiste, cayendo completamente en el asiento con los ojos cerrados. Su mente está gritando lo nada bueno que es esto, pero el médico no parece preocupado.

—Se pondrá bien —dice el anciano. Ya está cortándole los pantalones a Inuyasha, examinando la herida de bala. Hace un sonido de chasqueo y luego le da un golpe a Inuyasha en el brazo—. Bebé.

Kagome alza las cejas, incrédula. El médico se burla mientras coge los instrumentos necesarios para ayudarle y, la siguiente vez que el anciano piensa siquiera en tocarlo inadecuadamente, Kagome le agarra el hombro y le da la vuelta para que la mire.

—¿Qué? —exige, pareciendo confundido.

—Dale así otra vez y te mato —declara Kagome, asegurándose de sonreír.

La confusión se transforma en irritación.

—No puedes matarme en terrenos del Sicarius, conoces las reglas.

—Pero no vives aquí todo el tiempo —le recuerda amablemente, tocándole el hombro con cuidado—. Y se me da muy bien encontrar gente.

Hay un momento en el que Kagome cree que el anciano va a llamar al director del hotel, pero no lo hace. En cambio, hace un brusco asentimiento y luego vuelve con la pierna de Inuyasha, procediendo a curarla. En cuanto le da la espalda, Kagome suelta una silenciosa exhalación, desinflándosele el cuerpo. Está agotada, aunque no es ni de cerca tan tarde como está despierta normalmente. Inuyasha no está consciente y no tiene sentido esperar. No le importaría si ella estuviera allí, de todos modos.

No le importaría.

Kagome traga saliva y luego se marcha de la sala, volviendo hacia la recepción. La mujer sigue allí de pie, tan agradable como siempre. Se ha fregado el mostrador, según ve, aunque no hay un trapo o una botella de limpiador a la vista.

—¿Te vas tan pronto? —pregunta la mujer con oscuros ojos bien abiertos y suplicantes.

Kagome asiente y entonces, inexplicablemente, sus ojos se lanzan hacia el pasillo donde están sanando a Inuyasha. Se le ocurre algo y es estúpida, lo sabe, pero Kagome no puede evitarlo. A la mierda los rumores y los susurros. Saca rápidamente otros dos fragmentos y los coloca ante la mujer.

—Asegúrate de que cuidan de él y de que le dan una habitación. Comida.

La mujer asiente con la cabeza y no hace preguntas. La discreción siempre ha sido la reina en el Hotel Sicarius. Es por eso por lo que se creó en primer lugar.

—Por supuesto, Kagome.

No hay nada más que pueda hacer. Con un último vistazo involuntario hacia el pasillo, Kagome se obliga a darse la vuelta e irse. Su moto ya la está esperando, aunque el aparcacoches es distinto.

Cuando parte hacia la noche, no hay libertad en el viento y la oscuridad. Las calles no son diferentes, pero su pecho sí. Su… cuerpo. Su mente.

Estúpidos sentimientos por un hombre que no puede tener nunca un significado emocional para ella. Él ya tiene un alma gemela. Se lo dijo.

Kagome hace que la moto vaya más rápido y ésta no se le resiste.


—¿Abuelo?

No podía encontrarlo por ninguna parte. Kagome resopló, decidiendo que, si no estaba en la planta principal, entonces tal vez estaba en su habitación, o posiblemente fuera. Llovía un poco, así que el mejor lugar para mirar primero era en el piso de arriba. Subió, llamando a su abuelo una vez más en vano. ¿Dónde estaba? Su audición no era genial, pero no estaba tan mal.

La puerta de su habitación estaba abierta, lo que no era algo extraño. A menudo entraba y salía constantemente a lo largo del día. Kagome asomó la cabeza dentro, pero no le vio, y la puerta del baño de la habitación también estaba abierta con las luces apagadas. Estaba a punto de resignarse a salir fuera cuando vio el lío de papeles en su escritorio, cama e incluso en el suelo. Su abuelo difícilmente era la persona más ordenada, pero esto era impropio, incluso para él.

Lentamente, entró y se agachó para recoger las páginas. Frunció el ceño mientras las inspeccionaba, parecían ser una clase de informe. Un… ¿informe policial? Su corazón empezó a latir más rápido, pero Kagome estaba demasiado confusa como para hacer más que dar un rápido vistazo, levantando automáticamente las manos para coger la siguiente hoja y la siguiente. No eran informes, sino artículos de noticias impresos, enfocados en lo que parecía ser una empresa llamada Ren International. El nombre le resultaba familiar, pero Kagome no podía recordar el porqué.

Enderezándose, fue hasta la cama y reunió allí los papeles. Estiró las manos, pero se detuvo cuando se dio cuenta de que uno de ellos no era un papel impreso, sino un auténtico recorte de periódico con la tinta desvaída. Parecía viejo, desgastado, se había leído una y otra y otra vez.

Un nombre le llamó la atención: Hiroshi Higurashi.

Su padre.

Con manos temblorosas, Kagome leyó el artículo, sentándose en el colchón como si le hubieran cortado las cuerdas. Nunca antes había visto esto y con razón: era un artículo sobre su muerte escrito por un reportero local. Hablaba de cosas que Kagome ya sabía: a su padre le habían atracado mientras caminaba hacia su coche una noche después de tomar unas copas con unos compañeros de trabajo. Había sido una especie de último adiós porque había conseguido un nuevo trabajo, uno que le permitiría trabajar menos horas para poder estar más en casa para su madre, para ayudar con Kagome y el recién nacido Sota.

Le habían atracado, atacado y lo habían dejado sangrando.

Kagome sabía esto.

Lo que no sabía era que la muerte era sospechosa. Que su padre tenía una palabra unida a su nombre: soplón. Que la empresa para la que trabajaba había perdido millones. Que deberían haberle protegido. Que esto nunca debería haber pasado…

—¿Kagome? —Su abuelo estaba en la puerta, sus ojos grises pasaron rápidamente entre sus manos temblorosas y los papeles esparcidos por la habitación. En ese momento, parecía excepcionalmente triste, como si hubiera fracasado de alguna manera.

Ella tragó la bilis que se le estaba subiendo a la garganta. Tenía tantas preguntas. Tantas, pero ¿cómo empezaba siquiera a darles voz? Cómo podía preguntar lo que quería soltar, porque había sido su padre. Su padre, que se reía con ella y jugaba con ella. ¿Cómo había sido…? ¿Cómo era posible que…?

—Lo siento tanto —susurró su abuelo, levantando las manos para taparse la cara durante el más breve instante. La pena resonó en sus arrugas, en la tristeza de sus ojos cuando le devolvió la mirada—. No era así como íbamos a contártelo.


Dando los últimos retoques a su labial, Kagome junta los labios y le pone morritos al diminuto espejo que tiene en las manos. Sus ojos están delineados apropiadamente y oscuros, el iluminador acentúa la intensidad de sus pómulos. Con una sonrisa, guarda de nuevo la polvera en su bolso de mano y sale del taxi, que había estado holgazaneando sin preocuparse por ella fuera del museo. Había sido una propina muy grande.

El aire nocturno es frío y la brisa, fuerte. Kagome no tiene puesta ninguna clase de chaqueta o chal, y el vestido verde de terciopelo se aferra a su cuerpo y no deja nada a la imaginación. Probablemente se le notan los pezones, con eso del frío, pero la cinta corporal sólo puede ser útil hasta cierto punto. Puede que incluso le suponga una ventaja. No tiene invitación, pero necesita entrar. Inspeccionando la multitud, busca a alguien que pueda ser el mejor objetivo. No es difícil, no realmente. La centésima quincuagésima Gala Noche Bajo las Estrellas está llena de las personas más ricas y estúpidas que hay. Hombres y mujeres que piensan que pueden tirarle dinero a cosas hasta que los problemas se marchen.

Dentro de esas paredes del museo, su blanco está probablemente relacionándose con otros invitados, posiblemente bebiendo champán y emborrachándose.

Kagome sonríe al pensar en lo muy mal que va a salir la noche de él. Pero primero tiene que entrar.

Las escaleras a la parte de delante del museo son diminutas pero abundantes. Sube lentamente, sus piernas están restringidas por lo ajustado y el largo del vestido. Su oscura mirada indaga constantemente, buscando el mejor objetivo para llevarla a su causa.

Por supuesto, ahí es cuando le encuentra, ya cerca de la cima.

—Mierda —masculla por lo bajo, subiendo corriendo los últimos escalones. A caballo regalado, no le mires el diente, y por supuesto que no lo va a hacer…—. ¡Inuyasha! —llama, soltando el nombre entre risitas como la mujer que no es.

Su rival se da la vuelta, su mano está en el aire con la invitación que está a punto de darles a los de seguridad. Hay asombro en su expresión que desaparece cuando finalmente la ve. Su mirada vaga entonces de arriba abajo y Kagome puede sentirla como un fuego dentro de ella, centelleando hacia fuera desde su pecho hasta que siente todo su cuerpo enrojecido.

Tal vez este no sea un caballo regalado. Tal vez esto sólo sea una muy, muy mala idea.

Bueno, no hay tiempo para echarse atrás. Kagome cambia su sonrisa a una que usa cuando está intentando salirse con la suya y se le acerca furtivamente con un descaro que probablemente asombra a la anciana que está detrás de ella.

—Querido, pensaba que habías dicho que me ibas a esperar.

Las cejas de Inuyasha suben disparadas a su flequillo. Gruñe algo (nada inteligible) antes de volverse a los de seguridad y entregar la invitación.

—Estabas tardando demasiado. —Es lo que sale.

Kagome hace un mohín y se pega a su costado. El agente de seguridad no parece impresionado, incluso cuando ella le sonríe inocentemente. Pero Inuyasha le rodea la cintura con el brazo, atrayéndola más, y el guarda no cuestiona si ella es o no la acompañante de Inuyasha. Les indica con un gesto que entren con aire de desagrado y Kagome se asegura de guiñarle un ojo antes de desaparecer.

Tienen que soltarse para pasar por los detectores de metales y Kagome mira mientras otro agente de seguridad le abre el bolso de mano y lo escanea. Parece tardar una eternidad, pero ella no se preocupa, dejando que sus ojos asimilen a Inuyasha porque…

Bueno, porque sí.

Siempre ha sabido que es guapo. Siempre ha habido algo en él que le hace querer saltarle encima en cuanto se pone a unos pocos metros de ella. Pero lo que está pasando ahora mismo (además de lo de querer saltarle encima) es una sensación como de anhelo porque Inuyasha tiene un aspecto perfecto y parece como si este fuera su sitio. Su esmoquin está impecable, los tatuajes están escondidos, su pajarita está tan recta que ni una ráfaga del fresco aire nocturno le hace nada. Lleva el pelo oscuro recogido, mechones sueltos le enmarcan el rostro y Kagome no quiere tanto follárselo como hacerle el amor.

Lo que es un problema por múltiples razones.

No tiene tiempo de enumerarlas todas.

—¿Señorita? —pregunta el agente de seguridad y Kagome se separa de su distracción sólo lo suficiente para recuperar su bolso de mano. Se desliza al instante al lado de Inuyasha, curvándose alrededor de su brazo y apretándose contra su hombro. Es una actuación para todos los demás, incluido Inuyasha. Es la única oportunidad para ella.

—Y dime —dice Inuyasha arrastrando las palabras mientras entran en el vestíbulo principal, cogiendo una copa de champán ofrecida por un miembro del personal. Le tiende la primera a ella y coge otra para él—. No estarás aquí por cierto golpe privado, ¿no?

Kagome nota que se tensa, pero no sirve de nada ocultarlo. Inuyasha todavía la está agarrando y, además, la está mirando fijamente. Ella era una revelación desde el principio.

—Eh, se supone que no sé nada de golpes privados.

—Pero de alguna manera así es, porque estás aquí. —La mira una vez más de arriba abajo, como si no pudiera contenerse, y luego frunce el ceño—. ¿Por qué estás aquí, Kagome?

—Por la gala, obviamente. —Dándole un largo trago a su champán, mira a sus alrededores y a la opulencia en literalmente cada rincón. El museo está financiado por el Gobierno y es uno de los más grandes de todo el Estado—. Siempre he querido ponerme elegante, ¿sabes? Los monos son geniales, pero siempre terminan ensangrentados.

—¿Crees que ese vestido va a sobrevivir a la noche? —La pregunta casi sale atragantada de él y Kagome sonríe complacida. Cree que ve sus ojos bajando hacia el muy pronunciado escote en pico de su vestido, sus propios tatuajes son visibles como una banda alrededor de sus pechos.

—Bueno, como no voy a dar un golpe, ¿cómo si no va a estropearse?

Él no tiene respuesta para eso, pero su mano le aferra la cadera.

Avanzan más hacia el interior del museo. Muchas secciones están abiertas por el evento, cuerdas elegantes de terciopelo rojo dirigen el tráfico por aquí y por allá. Kagome deja que Inuyasha la dirija, con los ojos enfocados más en la gente que en los objetos junto a los que pasan. Termina una copa de champán y coge rápidamente otra, bajándosela.

Inuyasha suspira, pero es más un gruñido, como todo lo demás que hace.

—No tengo tiempo para lidiar con una tú borracha.

—Mi tolerancia es mejor de lo que piensas —contesta Kagome con la mirada enfocada en un grupo de hombres y mujeres que se están riendo ruidosamente en la esquina—. No pasa nada, sé que tienes que trabajar.

—No deberías saber en absoluto que tengo trabajo —gruñe Inuyasha en respuesta, irritado.

—Oigo cosas.

—Te refieres a que te lo contaron Miroku y Sango.

—Es bueno tener amigos.

—Va contra las reglas del Sicarius, Kagome —suelta Inuyasha, aunque su voz es apenas más alta que un susurro—. Podrían despedirles por filtrar información del Centro de Procesamiento. Y ya sabes lo que significa ser despedido.

Kagome se lame los labios mientras sopesa sus siguientes palabras. Inuyasha es su rival, pero se siente diferente acurrucada contra su costado, de algún modo. En serio, ¿es diferente a los dos sentados juntos de noche en el tejado? ¿Es diferente a discutir en un garaje subterráneo o en el almacén de turno?

—No estoy diciendo que fueran ellos —responde lentamente, con cuidado—, pero como regla general, pides favores para lo que es realmente importante.

Inuyasha resopla.

—¿Dices que hicieron esto como un favor?

—Más bien como una deuda saldada. —Kagome suelta su copa vacía en una bandeja de paso, no se estira a por otra—. Pero, de nuevo, no sé nada de ningún golpe. No es por eso por lo que estoy aquí.

Hay un momento de silencio antes de que Inuyasha gruña.

—Joder.

—Podría estar aquí por eso, sí.

El gruñido se convierte en un gemido que suena derrotado y avergonzado. Aun así, Inuyasha aprieta la mano con más fuerza otra vez y Kagome no puede contenerse. Se da la vuelta hasta que está apretada por delante de él, el terciopelo de su vestido apenas una barrera contra el material de su traje. En este momento, se siente desnuda… emocionalmente más que físicamente, lo que lo convierte en un gran logro.

Descansa las manos sobre su pecho y levanta la mirada hacia él, jugando a hacerse la inocente.

—Inuyasha, no hagas preguntas esta noche.

Su rival la fulmina con la mirada, pero su mano sigue sobre ella, firme y fuerte. Kagome desea que la agarre con más fuerza, que deje cardenales a los que pueda quedarse mirando y toqueteando hasta que pasen los días.

—Eso que me pides es una estupidez.

—Inuyasha.

Su mirada no se suaviza. Su agarre sí. Kagome se aprieta más, una exigencia, e Inuyasha suelta una exhalación mientras deja su copa de champán y luego pasa ese brazo alrededor de ella. Se están abrazando, casi, pero no lo parece. Kagome se siente tapada y sofocada, y desea que la abrace con más fuerza.

—No seas estúpida. Conoces las reglas, Kagome. Lo que hagas tiene consecuencias.

Ella se mofa.

—¿Esto viene de ti?

Inuyasha niega con la cabeza, pero es cierto.

—Simplemente no seas una jodida estúpida, ¿vale?

Kagome no va a hacer promesas que no puede cumplir. En cambio, apoya la frente contra su clavícula y respira. Es lo más cerca que puede estar.

Terminan en otra sala y luego en otra. Hay gente por todas partes, bebiendo, bailando y comiendo diminutas porciones del tamaño de bocados de comida elegante y cara. Inuyasha no le dice mucho y Kagome no intenta llenar el silencio. Quiere hacerlo y normalmente lo haría, pero esta simplemente no es una noche normal.

Esta es la noche.

Terminará sangrienta y terminará con consecuencias, sin importar lo que haga.

Han pasado horas (o eso es lo que parece, en cualquier caso) hasta que Kagome localiza al hombre que ha estado buscando. Inuyasha fue contratado para eliminarlo, escogido específicamente, pero Kagome no puede hacer nada respecto a eso. Lo agarra de repente, deja que su mano baje por su brazo hasta que le aferra la mano. No hace falta mucho para arrastrarlo a la pista de baile, un suave ritmo de jazz los conduce a mecerse al ritmo con sencillez. Es agradable, piensa ella. Algo para recordar durante tanto tiempo como viva.

Eso podría ser durante sólo unas horas más. Depende de lo que pase a continuación.

—No soy estúpido —le murmura Inuyasha al oído. Su agarre sobre su mano es feroz y el brazo en su espalda baja tira con más fuerza, como si tuviera una apariencia de control. Pero no lo tienen. Ninguno de ellos lo tiene. El asesinato es sólo una ilusión de eso y todos son víctimas de ello—. Sea lo que sea que estés planeando hacer, no lo puto hagas.

—No sé de qué hablas —evade, girando la cabeza a un lado.

—No estoy puto ciego. —Y, vaya, debe de estar enfadado. Inuyasha dice muchas palabrotas, pero normalmente no en todas y cada una de las frases que salen de su boca. No con ella—. El blanco está a sólo unos metros. ¿Bailar? ¿En serio? ¿Eso es para distraerme?

Kagome hace un mohín, levantando la mirada hacia él a través de sus pestañas.

—¿No estabas distraído antes?

Él abre la boca, la cierra y luego levanta la mirada al techo como si éste fuera a responder a algo por él. No debe de tener pinta de bajar nada, porque Inuyasha gruñe entonces y Kagome siente la vibración, se deleita con lo cerca que están.

—¿Cuál es tu plan?

—Bailar y beber por una buena causa —dice Kagome automáticamente con voz cantarina.

—Cuéntame tu plan.

—Acabo de hacerlo. No puedo evitar que no me creas.

—Maldita sea, Kagome —dice Inuyasha entre dientes, justo en su oído—. No puedo ayudarte si no me lo cuentas.

—¿Ayudarme? —se burla Kagome entonces, pero está quebrado y sin calor alguno—. Somos rivales, Inuyasha. No le somos leales a nadie más que a nosotros mismos. No hay ayuda.

—Eso es… —gruñe Inuyasha de nuevo y la acerca más. ¿Es posible siquiera? Kagome ya siente como si estuviera a punto de ser consumida por él, por su oscurecida mirada, su cálido cuerpo y sus manos callosas—. Dímelo de una puta vez.

No puede. Al igual que las almas gemelas, una historia sobre tu origen es otra forma de influencia. Es otra forma de compartir secretos sobre de dónde provienes, qué pasó para romperte, crearte, destruirte. Kagome inhala temblorosamente y escenifica el final de la noche, cómo tendrá que dejar a Inuyasha y no permitir que la atrape, cómo acorralará al blanco y lo matará antes de que pueda siquiera gritar. No lo reclamará, no reclamará el golpe.

Pero sabrán que ha roto las reglas. Sabrán que el Sicarius tiene una filtración y que Kagome fue la causante.

La despedirán sin duda.

¿Esta cercanía? Este agarre que Inuyasha tiene sobre ella sólo durará otra hora, dos como mucho, ahora que ha encontrado a su blanco. La música es relajante tras ella, pero cada músculo de su cuerpo está tenso, aterrado. Hay tanto de su vida que quiere vivir, pero hay promesas que ha hecho hace mucho tiempo. No llegas a esta vida sin una razón y ese momento finalmente ha llegado.

—Kagome. —Inuyasha lo intenta otra vez. Kagome puede ver algo en sus ojos y casi parece desamor. Cuán desesperada debe de estar para ver eso cuando sabe que él tiene un alma gemela esperándolo en casa.

Con manos que son más firmes de lo que sabe posible, Kagome escapa de su agarre sobre su mano y deja que suba hasta acunarle la mandíbula. Está tan cálido. Todo en él es cálido, al igual que todo en él es mortal e infalible. La está mirando fijamente, esperando y observando. Kagome no quiere que él se lo pierda.

—Es personal —murmura, lo más bajo que puede, entonces le da un beso.


Nota de la traductora: Al igual que Witchy tenía este fic completo y fue actualizando semanalmente, yo lo he traducido por completo antes de empezar a subirlo y también intentaré subirlo más o menos semanalmente.

Se trata de un fic de tres capítulos y me faltan por revisar los otros dos, pero creo que puedo decir con seguridad que el segundo lo subiré el lunes 8 de mayo. Además, creo que ha quedado claro, pero por si acaso, aquí los personajes son todos humanos y, sí, hay mucho lenguaje soez.

¿Qué os ha parecido esta primera parte? Espero vuestros comentarios.

¡Hasta la próxima!