Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de WitchyGirl99 y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 2

Su madre la llamó cinco minutos después de que dejaran salir del aula.

Kagome miró su móvil con el ceño fruncido, se detuvo en medio de un flujo de estudiantes desesperados por escapar de la disertación. No prestó ninguna atención, en su mayoría confundida. Su madre nunca la llamaba durante el día, no cuando sabía que Kagome tenía clases consecutivas tanto como le era posible, intentando conseguir un día entre semana libre a mayores para que sus viajes a casa pudieran ser más largos. La universidad era mucho mejor que el instituto en ese sentido. Tomabas tus propias decisiones y lidiabas con las consecuencias.

Hasta el momento, Kagome nunca se había arrepentido de ninguna.

Marcó el número del teléfono fijo de su casa, su corazón le latía rápidamente sin más razón que el hecho de que la situación era extraña. ¿Por qué la llamaba ahora su madre? Era lunes, y uno basura, además. El peor día de todos para Kagome y sus clases y, además, acababa de verla el día anterior. ¿Qué había pasado para hacer que hablar con ella fuera tan…?

—¿Kagome?

Lo primero de lo que se dio cuenta Kagome fue de que su madre estaba llorando. Estaba intentando no hacerlo, lo sabía, pero Kagome había oído la voz de su madre en cada versión de cada emoción posible. Esto era completa tristeza y desesperación.

Se le paró el corazón por un momento antes de que se le pusiera en marcha una vez más vengativamente.

—¿Mamá? —Rota. Confusa. Kagome inhaló y oyó que su madre hacía lo mismo.

—Es tu abuelo —susurró con voz estrangulada y apenas hablando—. Él… Él…

—Voy a casa. —La promesa era absoluta. Kagome corrió con una velocidad que no sabía que tenía, cayéndosele los libros de los brazos sin importarle. Nada importaba, nada excepto esto—. Mamá, voy de camino a casa. Me llevará una hora, ¿vale? ¿Dónde está Sota?

—Conmigo, él está bien —le aseguró su madre—. Kagome, no corras. Por favor, no hagas ninguna estupidez.

—No es una estupidez, voy a casa. —Su residencia no estaba tan lejos, todavía en el campus. Algo le hizo clic entonces en el cerebro, un apunte de que Kagome no tenía todos los datos—. ¿O debería ir a un hospital?

—No, no. —Ante esto, su madre volvió a romperse, conteniendo las lágrimas lo mejor que pudo—. A casa.

Demasiado tarde, entonces.

Demasiado tarde.

—Y es… —Kagome casi no podía pronunciar las palabras—. ¿Es el abuelo? ¿No hay duda de que es el abuelo?

Su madre no respondió, pero sólo fue porque no pudo.

Kagome excedió todos los límites de velocidad al volver y no la detuvo nada en absoluto. Fue la primera señal, tal vez, de lo que estaba por venir. De dónde tenía la cabeza y de a dónde iba su cabeza.

Pero en ese momento, Kagome sólo podía recordar una de las últimas conversaciones que habían tenido. Sabes que no puedo parar, le había dicho su abuelo. Pero esto es por ti. Por Sota. Por tu madre.

Le había rogado que no lo hiciera. Había estado aterrada de las repercusiones.

Todo se había vuelto realidad.


—Kagome.

No, no, no hay nada de tiempo para hablar. Kagome lleva su otra mano a su rostro y usa toda la fuerza que tiene para atraerlo de nuevo hacia abajo, para rozar sus labios contra los de él. Él intenta decir algo, o tal vez sólo jadea, pero en cualquier caso, Kagome aprovecha la oportunidad y lame sus labios, rogando algo que nunca dirá.

Una última oportunidad, ¿verdad? ¿Qué daño podría hacer?

Su alma gemela lo entendería, seguramente. E incluso si no era así, incluso si estuviera devastada por los actos de Kagome, ella estará muerta. No lo sabrá. Y eso la hace egoísta, pero quiere serlo. Esta es su única oportunidad y la está agarrando con ambas manos. La idea le hace hacer ruido, un sonido roto y contenido que no puede controlar hasta que es demasiado tarde.

Pero hace algo. Cambia algo. Inuyasha se rompe como una pared que se desmorona, yeso, ladrillo y hormigón que caen poco a poco. Él da tanto como ella toma (mejor) y Kagome jadea en su boca y le deja devorarla, le deja hacer lo que quiera porque ha deseado esto desde que puso los ojos en él, desde el momento en que abrió la boca y le gruñó.

Hay toses educadas cerca y Kagome medio piensa en enseñarles el dedo corazón. En cambio, Inuyasha se aparta, la mira fijamente como si realmente no pudiera verla y luego le agarra la mano. El frío es lo primero que nota, demasiado sorprendente como para contemplar siquiera a dónde los está conduciendo. Ella se deja llevar, mira su espalda como si la sola visión la fuera a ayudar a sobrellevarlo. Entran en una sala, en otra, en una que está tan en silencio que sólo hay un puñado de personas y entonces Inuyasha la está arrastrando más allá de la cuerda de terciopelo que restringe la entrada.

Las reglas normales nunca se les aplicaron a ellos, en cualquier caso, no cuando el Sicarius tenía el control sobre sus vidas.

La sala está a oscuras; las luces, completamente apagadas. Sólo el brillo de donde están los invitados aporta realmente algo de iluminación. Inuyasha lo usa para hacer que se dé la vuelta, la aprieta contra una pared que no tiene un cuadro allí mismo. Probablemente sea lo mejor, pero a Kagome la verdad es que no le importa. Quiere sus manos sobre él, quiere sentirlo. Quiere absolutamente todo mientras todavía pueda tenerlo.

—¿Ahora? —pregunta, y es con enfado e irritación, y Kagome quiere deleitarse con ello—. ¿Haces esta mierda ahora?

Pero él lo sabe. Kagome puede verlo en sus ojos, incluso a la tenue luz. Parece tan cerca de estar asustado como lo ha visto nunca. Tal vez eso es lo que le lleva a besarla de nuevo, a tocarla de la forma en la que ha estado rogando durante años en silencio ser tocada. Sus labios rozan los suyos demasiado castamente antes de presionarse contra ella, el cuerpo duro e incontenible, rodeándola. Abre la boca para rogar, pero él la toma en cambio, las manos hacen círculos hasta que están agarrando su trasero y apretándola con fuerza contra él. Ella gime, incapaz de contenerse, sus propias manos agarran cualquier cosa que puede encontrar como palanca.

—Vestido —jadea y Kagome gime de nuevo, pero de irritación, intentando alzarlo más, más, más hasta sus caderas. Inuyasha no está ayudando, ni en lo más mínimo. Sus manos están acunando sus pechos y, Dios, no llevar sujetador ha sido la puta mejor decisión que ha tomado nunca. El terciopelo es como una caricia, jugueteando donde sus manos son como marcas, y Kagome sabe que está haciendo ruidos que no deberían hacerse porque los van a descubrir, o él lo averiguará, pero no se está deteniendo, ¿no?

No lo hace, no lo hace y Kagome…

—Por favor —dice entre dientes, apenas coherente, e Inuyasha gruñe. Sus manos se deslizan hacia abajo para agarrarle los muslos, pero de ninguna forma va a levantarla y a abrazarla. Pero lo hace, toma su peso y Kagome lo rodea con brazos y piernas, y reza para que él no la suelte.

Tal vez…

Tal vez…

Están girando entonces y Kagome sólo tiene un breve momento de confusión antes de que Inuyasha la esté colocando sobre algo, hay sonido de metal raspando. Es el soporte de la cuerda de terciopelo siendo arrastrado por sus piernas mientras la deposita en una mesa que es parte de una maldita colección del museo. Kagome no tiene ni idea de qué es, de lo vieja que es, pero parece robusta bajo ella y eso es realmente lo único que le importa. Deja que la tira de su bolso de mano baje de su muñeca, es mejor para agarrarlo para lo que ha planeado.

Sus manos le desabrochan el cinturón, rápido, rápido, rápido. Tiene los labios hinchados. Inuyasha se aprieta con tanta fuerza contra ella que Kagome sabe que nadie más puede volver a besarla. Para cuando le baja la cremallera, Inuyasha tiene la frente apoyada contra la suya, está jadeando bruscamente como si necesitara decir algo, pero no puede, no puede, y Kagome sabe cómo se siente.

Así es como se ha sentido siempre, cómo ha sido siempre alrededor de él.

Su gemido quiebra la apenas existente quietud de la sala cuando ella toma su pene en su mano. Es pesado y grueso, más grande de lo que se había esperado y, joder, qué idea. Está tan excitada que en lo único en lo que puede pensar es en por favor, ya, e Inuyasha sin decir realmente las palabras.

Pero tal vez él lo sabe, o tal vez está tan desesperado como ella.

Tira de ella hasta el borde del escritorio, una mano en su trasero mientras la otra se hunde bajo su vestido, sintiendo la empapada humedad que está indudablemente allí. Kagome se lamenta cuando su pulgar roza su clítoris, incluso con la fina prenda de ropa interior sobre él. Es demasiado sensible, está demasiado en armonía con todo lo que está haciendo Inuyasha. Su tacto es ardiente, prendiendo fuego a cada parte de ella y Kagome siempre ha querido ser consumida por él.

Inuyasha maldice y Kagome pensaría que es gracioso, pero esto no tiene nada de gracioso. Echa la mano hacia atrás y mantiene los ojos en su rival, en su oscura mirada mientras se ensancha cuando ella abre la boca para lamerse la palma y los dedos. Es descuidado y rápido, pero Kagome es consciente de que ya se han quedado sin tiempo. Llevan sin tener tiempo desde antes de que ella incluso pronunciase su nombre fuera, en las escaleras del museo.

Vuelve a acariciarle, el deslizamiento es mucho más fácil e Inuyasha la besa como si fuera la única opción posible. Durante segundos, se pierde a sí misma y a sus alrededores. ¿Qué tiene él que la hace estar tan ciega al resto? La pregunta le hace anhelar y está cansada de anhelar. Ha tenido toda una vida de ello y ahora va a terminar.

—Fóllame —exhala en el espacio que queda entre sus labios. Inuyasha había estado tomando aliento, pero ahora ha desaparecido todo, ha desaparecido en el vacío que ha creado con su exigencia. Kagome se mueve hacia delante y tira de él con sus muslos para que se acerque. Lo quiere tan cerca como pueda estar nunca, tan cerca como puedan estar nunca.

—Yo no…

—Inuyasha —dice y su voz no tiembla, sólo que sí lo hace, sólo un poco. Su pulgar rodea la abertura de su pene y él balbucea un jadeo, ha desaparecido el pensamiento coherente. Es su momento de atacar y, por egoísta que sea, Kagome va a acabar lo que ha empezado—. Sé que no es lo mismo, no para ti, pero te necesito.

Inuyasha se la queda mirando.

Ella vuelve a intentarlo.

—Por favor —ruega.

Kagome vuelve a caer sobre el escritorio. Hace falta un segundo para que se dé cuenta del porqué, sus manos rebuscan un agarre en la estrecha superficie mientras le tiran de las piernas. Sus muslos están rozando contra el suave material de su chaqueta y él está todavía demasiado vestido, apenas desatado, mientras Kagome está bastante segura de que ella está hecha un desastre y es un lío tembloroso. Hace que todo sea más sensual y jadea cuando siente que Inuyasha hace a un lado sus bragas húmedas, sintiéndola.

Dios, se va a morir si esto no pasa absolutamente ya mismo.

Busca rápidamente su bolso de mano, abriéndolo con una mano y tanteando en busca del papel metalizado. Le lanza el condón en cuanto lo encuentra e Inuyasha abre todavía más los ojos.

—¿Planeabas esto? —pregunta, aunque suena como si no se lo creyese. Está sonrojado por todas partes y Kagome disfruta de ello.

—No —responde honestamente, porque no había sido así. Kagome siempre lleva un condón consigo desde que lo conoció, porque alma gemela o no, la ilusión siempre ha sido su perdición. Esto no es algo que vaya a admitir.

Inuyasha resopla, pero se pone el condón y se muerde el labio mientras lo hace, como si tocarse fuese el mayor tormento. Kagome quiere poner las cosas más duras, así que se aprieta contra él y jadea, baja una mano por su pecho vestido y por su estómago.

—Sólo estás… —Pero interrumpe sus palabras. Kagome no está segura de si quiere saber qué habría dicho, de todos modos.

Sólo hay una cosa que decir y ella la ha dicho antes. La repetirá tantas veces como sean necesarias.

—Por favor —susurra e Inuyasha gruñe algo que ella no entiende. Él le muerde el labio inferior, tirando de él entre sus dientes incluso mientras su mano se desliza entre las piernas de ella. Kagome jadea y se arquea cuando desliza un dedo dentro de ella. Prácticamente vibra con el deseo de más, más, mucho más—. Inuyasha —intenta de nuevo, pero o está igual de perdido que ella o igual de loco. Aparta a un lado su ropa interior, deslizando otro dedo y es genial, es increíble, pero no es…

—Te apuñalaré el hombro si no…

—Impaciente, joder —suelta Inuyasha y Kagome le escupiría algo en respuesta, pero él mete su pene, grande y grueso y Dios, siente como si estuviera estallando por las costuras. Está tan excitada, tan entusiasmada con absolutamente todo lo que está pasando, que Kagome ya está jodidamente cerca de correrse. Sólo la sensación de él dentro de ella, llenándola deliciosamente, le hace estremecerse. Dios, ni siquiera tiene que moverse y Kagome probablemente podría venirse solamente con pensar en esto.

—Joder —dice Inuyasha entre dientes y Kagome ni siquiera puede asentir porque joder.

Embiste contra ella, como si su gordo pene no estuviera casi dentro del todo, como si ella no estuviera ya cogiendo cada centímetro de él. Ella grita y corre a agarrarse a él, pero Inuyasha ya está ahí, con la boca mordiéndole el cuello antes de salirse y volver a entrar de golpe.

Ella ve blanco.

Kagome está bastante segura de que no está realmente allí durante el resto. Lo único que puede hacer es agarrarse con las manos extendidas y equilibrándose mientras Inuyasha la usa, sus grandes manos la agarran para hacer con ella lo que quiere. Kagome grita cuando él le chupa la piel con fuerza y hace que el placer/dolor la lleve al límite. Aprieta los muslos, pero nada evita que él vuelva a empujarse hacia dentro, un ritmo riguroso que le hace jadear palabras sin sentido.

Está cansada de oírse. Las palabras que salen de sus labios no significan nada, de todos modos, todo jadeos, ruegos y promesas que nunca cumplirá. Kagome le agarra la cara y tira hasta que está allí, hasta que es capaz de besar aquellos labios hinchados y lamer dentro de él. Quiere todo lo que pueda dar y más. Quiere destruirlo. Quiere…

—Kagome —exhala Inuyasha y, Dios, parece destrozado. Kagome le ha visto ensangrentado y cercano a la muerte, cortado, disparado y perfecto. Nunca antes un aspecto de él la ha tomado tan completamente. Tiene que haber algo en la forma en que ella se le queda mirando, porque Inuyasha se queda quieto y presiona la frente contra la de ella. Parece un momento. Parece algo para lo que Kagome no tiene tiempo, sin importar cuán desesperadamente lo quiera. Si Inuyasha no va a moverse, entonces lo hará ella.

Con las manos de nuevo en el escritorio, se mueve hacia delante hasta que su trasero ya no está presionado contra la superficie, usando las piernas para colgarse. La gravedad hace el resto. Sin el escritorio, sólo lo tiene a él, su pene la llena hasta que no hay absolutamente nada de espacio entre ambos. Es piel, la diminuta tajada de ella que Inuyasha ha revelado de sus pantalones abiertos, y Kagome siente el resbaladizo sudor de ello mientras usa los brazos para impulsarse antes de volver a caer. Es poco elegante y torpe, los músculos de sus brazos ni de cerca tan fuertes como los de Inuyasha, pero transmite el mensaje hasta que él vuelve a acercarla, su propia mano golpea la de ella en cuanto vuelve a estar en el escritorio para agarrarla por las muñecas. Es únicamente porque la está sujetando que ella consigue mantenerse erguida y Kagome se siente clavada, desvalida, atrapada entre sus manos y caderas sin modo alguno de moverse y sin lugar alguno al que ir.

Es exactamente donde quiere estar.

Un jadeo arranca de ella con la siguiente embestida, el ángulo es distinto ahora que la está sujetando y con el siguiente gime en voz tan alta, que hay una muy auténtica posibilidad de que alguien venga a mirar. Inuyasha jadea contra su cuello, embistiendo contra ella una y otra y otra vez hasta que Kagome no puede evitar tirar contra sus manos. Es demasiado. Todo es demasiado y va a…

Sus gritos los acalla la boca de él, caliente e insistente, y Kagome no puede sentir nada más que la ola de placer que la está ahogando sin parar. Su estómago se frota contra su clítoris, una y otra vez, y es tanto, que Kagome suelta las manos de su agarre para agarrarlo, moverlo, susurrando palabras de desesperación mientras él se hunde en ella por lo que parece la centésima vez, la primera vez, y lo único que quiere es que él se sienta bien, que sienta una pizca de lo que ella siente cada vez que está con él.

—Inuyasha —exhala y lo demás que fuera a decir se pierde en su gruñido, su rostro enterrado en el cuello de ella mientras la agarra con más fuerza de lo que nadie nunca lo ha intentado. Está desatado, desconectado y perdido, su cuerpo tiembla mientras se corre dentro de ella. Kagome se agarra como si le fuera la vida en ello. Finge durante largos minutos que esto no tiene que acabar. No tiene porqué acabar, se dice una y otra vez. No mientras mantenga los ojos cerrados, mientras mantenga su cuerpo cerca.

Pero sí que termina. Por supuesto que sí.

—Kagome —susurra Inuyasha y, joder, es ronco y hermoso y le hace querer hacer cosas a las que no tiene derecho.

—Inuyasha —responde. Siempre responderá. Una parte de ella quiere desatarlo por completo, quiere desvestirlo y ver el hermoso cuerpo que hay debajo en toda su tatuada gloria. Sólo ha visto atisbos de él a lo largo de los años, diminutos bocados asomando por el cuello de una camiseta, una manga, un corte en la tela de su equipo. Duda que vaya a ver un reflejo de la flor de cerezo de su propia piel, pero parte de ella sueña con eso, de todos modos.

Cosas tontas. Pensamientos tontos.

Kagome respira hondo y lo aparta de un empujón.

Es incómodo y probablemente peor para él. Él tiene un condón y no hay basura a la vista. Han profanado lo que probablemente sea un pedazo ancestral de historia por el bien del sexo ante una próxima muerte. Está intentando abrocharse los pantalones, tiene el rostro sonrojado. Cuando Kagome vuelve a ponerse en pie, el vestido necesita de sólo unos tirones para que se baje adecuadamente. Ya está, en realidad. Eso es todo lo que tiene que hacer ella. Su pelo está hecho un desastre, pero bueno, ¿cuándo no?

—Sea lo que sea que vas a hacer… —intenta Inuyasha, pero Kagome le tapa la boca con la mano con una mirada afilada.

—No —le dice ferozmente—. No te atrevas.

Él aparta su mano fieramente de un tirón.

—Este es mi asesinato —le recuerda—. Una orden privada.

—Esta es mi historia —replica—. Si te interpones en mi camino, te dispararé. —No te mataré, porque incluso en el calor de todo, Kagome no piensa que pudiera pronunciar nunca tal falsedad.

—El Sicarius lo sabrá —insiste Inuyasha—. Si lo reclamas, sabrán que rompiste las reglas. Te despacharán.

—A la mierda las reglas.

Kagome.

Y eso que oye en su voz es desesperación. Desesperación y un montón de locura, tal vez la suficiente para igualar la suya. Tal vez el sexo fuera igual de bueno para él.

—No puedo cambiar esta decisión —admite, cogiendo su bolso de mano—. Ya ni siquiera es una opción para mí.

—¿Alguna vez lo fue? —susurra Inuyasha y no, no lo fue.

Kagome lo mira fijamente, deja que su mano vaya en contra de su voluntad para acunar su mandíbula. Esto debería ser gracioso. Un sueño hecho realidad para ella, sosteniendo al hombre al que ama así, justo antes de que ella muera. En cambio, es sencillamente puto miserable. Su pulgar roza contra su mejilla y respira hondo.

—No hagas ninguna estupidez.

—¿Yo? —pregunta, incrédulo—. ¿Yo?

Pero no puede pronunciar otra palabra porque, así como así, Kagome ha levantado su bolso de mano y lo ha movido, balanceándolo con tanta fuerza hacia su cabeza que Inuyasha no tiene tiempo de reaccionar. Se tambalea, con el rostro torcido en dirección contraria y Kagome le da un puñetazo una y otra vez hasta que cae. Se queda allí, inmóvil e inconsciente.

Kagome se odia mucho en este momento.

—Lo siento. —Las palabras son inútiles, pero son lo único que tiene. Cuando desaparece, no mira atrás.

La fiesta sigue en pleno auge, vibrante con sus colores, ruido y movimiento. Sabe que no hay mucho tiempo porque Inuyasha va a despertarse en cualquier momento. Tiene que conseguir que el blanco esté solo, pero esto es automático, su cerebro cambia a un modo completamente diferente.

Objetivo: localizado.

Salida: encontrada.

Se hace la borracha y se pega al lado del hombre. Es más mayor, guapo de una forma que grita falsedades. Todo lo que él tiene se debe al dinero y fue esa avaricia la que mató a su padre, lo que más tarde mató a su abuelo. Hizo demasiadas preguntas. Pulsó todos los botones equivocados, acudió a todas las fuentes equivocadas. Nunca se les deben hacer preguntas a los ricos, a los poderosos. La desobediencia requiere muerte.

Kagome ha encontrado al hombre deseoso, en todos los sentidos. Los hombres se la comen con los ojos, le hablan con paternalismo de la forma en que la gente tonta intenta hacer con individuos más inteligentes. Parece una eternidad de tiempo antes de que su objetivo piense que ya es suficiente, hasta que sus manos en la nuca de él lo conducen a la distracción. Deja que la arrastre por la sala, una lapa que está demasiado borracha como para sostenerse. Él se aferra a su cintura y murmura cosas que hacen que le hierva la sangre con una ferocidad que amenaza con sobrepasar su teatralidad. Soltar risitas es la única opción, hacer el papel que nunca se le ha dado bien interpretar. No hay nada tranquilo en la situación, no cuando él los lleva más allá de los aseos a donde supuestamente la estaba conduciendo. No cuando pregunta si quiere ir a otro lugar, a otro sitio más privado.

Aceptar es sencillo. Por primera vez, una calma desciende sobre su mente. Mantiene la sonrisa retorcida en su rostro, deja que la conduzca hasta que están detrás de otro conjunto de cuerdas de terciopelo. Se siente completamente distinto a antes con Inuyasha, como debe ser. Esta es toda una fría y muerta obligación. Esto es lo que los cosechadores llaman una recompensa.

El objetivo la aprieta contra la pared y Kagome se ríe. Es histérica, maníaca, mientras le permite que le bese la garganta y ella se imagina lo que va a venir a continuación. Sus manos bailan desde su cuello hasta su corbata y más abajo, sintiendo el plano de carne blanda y flexible. Kagome se lo queda mirando solemnemente, deja que el terciopelo de su vestido se amontone mientras desciende, deslizándose por la pared hasta sus rodillas. El hombre es todo asombrado deseo, pesada lujuria filtrándose por sus poros.

Ella se lame los labios y saborea el momento: la inocencia, la vida que palpita con cada expresión de su rostro.

Algo se mueve en las sombras, por el rabillo del ojo. Kagome vuelve a reírse, su mano sube deslizándose por su vestido en un movimiento que es menos sensual y más eficiencia automática. Entonces, el cuchillo está en su mano derecha, su corbata en la izquierda, y Kagome lo arrastra hacia abajo con la fuerza suficiente para hacer que se derrumbe antes de clavarle la hoja de cristal en la garganta.

La sangre caliente sale a borbotones, salpica la pared y a ella por completo. Está en su pelo, goteando por su cara y metiéndosele en los ojos. Pero Kagome no puede apartar la mirada, no puede alejarse del hombre que destruyó a su familia pieza a pieza, quien la convirtió en quien es. Porque él quería dinero, como quería el silencio de los pobres e indefensos, su padre tenía que morir. Su abuelo tuvo que seguirle porque no dejaba las cosas lo suficientemente tranquilas, no vivía y dejaba vivir. Una pena que duró y persistió, una costra que se negaba a sanar.

Y ahora esto: Kagome viendo la vida drenándose de él, la sangre goteando como un río que fluye por su mano, sus brazos, manchando su vestido esmeralda.

Cuando se derrumba, lo empuja hacia atrás y a un lado, incapaz de parar de mirar.

Hay un clic y Kagome sólo tiene un momento para darse cuenta de que ya la han traicionado. Inuyasha sostiene su teléfono en sus manos, sus ojos observan la pantalla.

—¿Cómo te puto atreves? —escupe, porque este era su asesinato y sólo suyo. Pero es demasiado tarde, se ha enviado su foto, el golpe privado está hecho y entregado. Nadie sabría que fue ella. Nadie la creería incluso si lo gritara desde los tejados.

—Kagome —gruñe Inuyasha y sus ojos están oscuros y en llamas, infinitas piscinas negras. Puede ver cada tensa línea de músculos bajo su esmoquin, cada parte de él flexionándose con un deseo de atacar. Ella lo quiere. Quiere que la golpee, quiere empatar esto, quiere pelea. Aunque es lo que ansía, cuando él sí ataca, no está preparada. En instantes, Inuyasha la tiene clavada al suelo, le estampa la muñeca una y otra vez contra el suelo. El cuchillo de cristal sale a la fuerza de su agarre, deslizándose por la madera. Inuyasha la agarra por la garganta y la levanta como a una muñeca de trapo, como si no fuera nada.

La suelta con un empujón. Tiene sangre por todas partes y se debe a que la tocó, porque ella lo manchó de nuevo.

Y ya está: el momento crítico. La balanza ha pasado del equilibrio, a ella, y ahora, a él. Porque él tiene todo el poder sabiendo lo que sabe. Sabiendo lo que ella siente, sin duda. Sabiendo que una palabra podría hacer que la despacharan. Sabiendo el secreto de su pasado, de su familia, los únicos seres queridos que le quedan.

Esto es influencia y la muerte puede haber sido más buena después de todo.

—Huye —ordena, ronco y agresivo.

Kagome lo hace.


La supervivencia murió el mismo día en que enterraron a su abuelo. No había mucho más que decir. Cogió sus notas y sus archivos, se volcó en ellos con una obsesión que hizo llorar a su madre. Dejó las clases, ¿de qué servían, de todos modos?, y desapareció un tiempo.

Años.

Y entonces volvió, pistolas en mano y venganza en el corazón. Terminaría lo que empezaron. Destruiría al hombre que había destruido a su familia.

Si moría como su padre, como su abuelo, entonces, bueno…

Un fin era un fin era un fin.


Kagome no se esconde, pero ahora opera de forma distinta. Habían hecho falta algunas semanas para dejar que su nueva realidad se asentase bajo su piel. Cualquier día de estos, Inuyasha podría haberla delatado, lo que habría significado una llamada del director del Hotel Sicarius y una notificación de su despido. No llegó nada y, con cada día que pasaba, Kagome tuvo que tragarse el orgullo y darse cuenta de que probablemente no llegaría. Inuyasha no iba a ceder la información, todavía no, de todos modos.

Nunca lo hará, llega una voz que es demasiado ingenua. Kagome la aplasta antes de que pueda decir otra palabra.

Cuando empieza a aceptar golpes de nuevo, tiene más cuidado. Kagome escoge los que no elige normalmente, se aventurará un poco más lejos de la ciudad, dejará los populares para Inuyasha y sólo para Inuyasha. No le sigue. No observa. Inuyasha no intenta ponerse en contacto con ella y no pasa nada.

No pasa nada.

En serio.

Todo esto para decir que han pasado semanas desde la última vez que le vio. Su aliento no se atasca ante su aparición tanto como que se detiene por completo, su corazón corretea más rápido al darse cuenta de que puede que sus pulmones nunca vuelvan a expandirse. No es su apostura lo que le llega, porque Kagome ha tenido años para acostumbrarse a eso. Ni siquiera es la impresión de verle.

Es la piel, antes que nada.

Hay mucha, más de la que ha visto nunca. Normalmente, hay diminutos vistazos, agujeros de lápiz en pantallas de papel. Esto es casi una entera extensión de piel, tatuada de negros y marrones, rojos, verdes y rosas. También hay sangre, pero incluso Kagome puede distinguir desde su posición ventajosa en lo alto de un contenedor mercante que las heridas de cuchillo son menores, sangran más que amenazar su vida.

Inuyasha está luchando contra tres hombres distintos a la vez. Ninguno de ellos es particularmente bueno, en especial el objetivo que Kagome estaba planeando matar. Pero le están atacando todos a la vez con armas improvisadas en mano. Está luchando contra ellos bastante bien, pero cada bloqueo es un brazo o una pierna que no puede detener otro ataque. Lentamente, empieza a perder más de lo que gana.

¿Dónde demonios está su arma?

—No —se dice Kagome valientemente—. No vas a hacer esto.

No. No va a ayudarle y no va a hablar con él. La muerte de Inuyasha sería mejor, ¿no? No habría más influencia. Libertad una vez más.

Kagome piensa en ello y maldice, bajando de un salto. Inuyasha le da la espalda, encarando a los otros dos oponentes más grandes. No pasa nada. Es mejor, en realidad, porque Kagome puede acercarse desde atrás, agarrar el hombro del objetivo y darle la vuelta justo a tiempo para ponerle una bala en el cerebro. El silenciador no hace mucho, incluso en el vasto espacio, y los tres hombres se detienen un momento ante la intrusión.

Inuyasha maldice, le da un golpe a uno de los hombres en la garganta antes de romperle la pierna. Derriba al otro en los siguientes cuatro segundos, antes de que tenga tiempo de reaccionar.

Kagome baja su pistola.

—Joder —dice Inuyasha entre dientes, mirándola primero a ella con furia y luego al cadáver que tiene a sus pies—. Esa era mi condenado asesinato. Otra vez.

Es el colmo, viniendo de él. Kagome lo mira directamente a los ojos antes de dispararle dos balas más al objetivo en el pecho.

Inuyasha entrecierra la mirada, pero parece recibir el mensaje, de todos modos.

—¿Qué demonios haces aquí?

—¿Qué haces aquí? —replica Kagome. Quiere cruzarse de brazos en gesto defensivo, pero no lo hace. Requiere de casi toda su fuerza de voluntad—. Normalmente no vienes tan lejos.

—Sí, bueno. —Inuyasha la mira con el ceño fruncido antes de clavar la mirada en el suelo—. Era dinero.

—Ni que te hiciera falta la pasta.

La mira con desdén.

—¿Y tú cómo lo sabes?

Kagome se muerde el labio y no dice una palabra. Se quedan allí de pie, dos rivales con influencia entre ellos y no mucho más que discutir.

Inuyasha es el primero en ceder.

—No has… —Frunce el ceño con más fuerza y tira de su muy rasgada y apenas existente camiseta. Atrae la atención hacia sus tatuajes. O, mejor dicho, su tatuaje. Es una obra enorme y realmente sólo puede ver la parte de abajo. Pero es una especie de árbol, cree. La corteza del tronco está asombrosamente bien hecha, detallada de una forma que parece hiperrealista. Ve lo que cree que son hojas con colores de otoño, rojos, verdes y rosas, pero no puede estar segura porque Inuyasha chasquea los dedos y vuelve a tirar de su camiseta—. No has estado por ahí.

—He estado ocupada —responde Kagome de modo cortante. Es la verdad, incluso si no es lo que él quiere oír.

—Tú tampoco vienes nunca aquí por trabajos.

—Me he estado expandiendo.

—Quieres decir evitándome.

Es el turno de Kagome de fulminar con la mirada.

—No.

Él alza las cejas, la incredulidad es clara en su expresión. Es únicamente entonces que Kagome ve que uno de los dos hombres que él dejó inconscientes empieza a levantarse, desorientado y confuso. Le dispara al mafioso en la cabeza antes de que consiga siquiera incorporarse.

Inuyasha baja la mirada al tipo.

—Ah. —Hay algo en su expresión, algo que está desesperada por leer. Tira de nuevo de su camiseta antes de dirigir aquellos ojos oscuros hacia ella—. Vamos a tomar una copa.

Qué idea tan estúpida y terrible.

—¿Al Sicarius? —sugiere Kagome, porque la última vez su sugerencia de La Cueva no fue tan bien.

Inuyasha no sonríe burlonamente tanto como hace una mueca, pero asiente de todos modos con la cabeza.

—¿Vas a aparecer de verdad?

—¿Te enfadarás si reclamo el golpe? —Kagome mueve la pistola hacia el hombre muy muerto que tiene todavía a los pies. Oh, eso que se filtra alrededor de sus botas es sangre. Mierda.

Él suspira, pero niega con la cabeza.

—No, lo mataste tú, joder. Reclámalo.

Kagome saca la foto, se la envía a Procesamiento y entonces, extrañamente, parten juntos, el uno al lado del otro. El Sicarius está a un buen tramo de distancia. Kagome ignora la sensación de incorrección en su moto completamente sola, incluso sabiendo que Inuyasha está en su propio coche detrás de ella. No deja vagar su mente, no se atreve a pensar en lo que esto significa. Hay demasiadas posibilidades en esta línea de trabajo y demasiadas posibilidades entre ellos para pensar en una respuesta fácil.

El bar del Sicarius es famoso por dos cosas: su lujosa alfombra roja y los camareros. Sólo hay dos, pero son gemelos, idénticos en todos los sentidos. Uno se ocupa de la barra mientras que el otro sirve a las mesas. En los años en los que Kagome ha sido clienta, nunca ha sabido si los dos se intercambian o si es el mismo una y otra y otra vez. En cualquier caso, el camarero le dirige una sonrisa cuando se sienta en una mesa cercana, Inuyasha se une a ella. Todavía viste aquella camiseta rota y dañada, permitiéndole ver bastante bien su tatuaje. Significa que su marca del alma probablemente sigue enterrada bajo el retal de tela que le queda.

Kagome no piensa desesperadamente en el hecho de que no puede ver si su marca es igual a la suya. Por ahí yace la locura.

—Un Haze para ella —pide Inuyasha cuando llega el camarero, dejando un fragmento—. Para mí whisky con hielo.

—Muy bien —contesta el hombre antes de desaparecer.

Kagome lo mira con una ceja alzada.

—¿Acabas de intentar pensar en la bebida más femenina que existe?

—En la tercera —contesta Inuyasha, encogiéndose de hombros. Cuando ella lo fulmina con la mirada, él se encoge de hombros impenitentemente—. Sé que no te gusta el sabor del alcohol, así que lo entierras en otros sabores.

Kagome no había sabido que él sabía eso. En su lugar, cambia de tema.

—¿Me estabas buscando?

—No.

—¿Estás mintiendo?

Inuyasha sonríe burlonamente.

—¿Por qué haría eso?

—Admitirlo puede ser vergonzoso.

—¿Y por qué iba a serlo? —Inuyasha se inclina hacia delante en la mesa y ahora hay una línea entre sus cejas, la ira se asienta en su piel—. ¿Qué más tengo que perder llegados a este punto?

Kagome resopla.

—Ahora suenas como yo.

—No —le dice firmemente, tristemente—. No es así.

Es innecesariamente cruel y ella no sabe el porqué. Kagome contiene la primera réplica y luego la segunda. Quiere exigir que le diga a qué coño se refiere, pero el camarero vuelve, proporcionándoles sus bebidas sin florituras. Kagome puede oler su whisky, una bebida que nunca ha sido capaz de disfrutar, así que acerca su propio Martini afrutado.

—¿Por qué estás tan enfadado?

Inuyasha resopla. Suena feo, aunque aun así esté horrendamente atractivo. Kagome a veces tiene muchas ganas de dar un puñetazo.

—¿Por qué ibas a pensar que estoy enfadado? Estamos tomando una copa, ¿no?

—No tenías que ofrecerla.

—Tú no tenías que aceptar.

—Sentía que debía.

—¿Por qué? ¿Porque follamos? —Inuyasha, al menos, tiene la decencia de apartar entonces la mirada. Tal vez eso de su rostro sea vergüenza, pero Kagome no puede precisarlo realmente. Hay algo sencillamente muy extraño en él y le causa irritación, le hace querer estirarse y tocar otra vez por todas partes. Pero es el recuerdo de ello lo que la contiene. El recuerdo de que sí se estiró, de que sí le tocó y todo ello había alterado el mundo.

Kagome se traga la amenaza de algo peligrosamente cercano a las lágrimas.

—Porque éramos amigos, creo, antes.

El silencio cae entre ellos. Esta ha sido una idea horrible, después de todo.

—¿Te sientes mejor?

La pregunta es tan repentina, tan en el sentido equivocado, que Kagome tiene que parpadear y volver a procesar la pregunta una vez más dentro de su cabeza. Inuyasha no la está mirando, con la vista firmemente en el hielo que se derrite dentro de su whisky. Hay una mancha de un dedo de sangre justo debajo de su mandíbula que Kagome quiere borrar. En cambio, responde a su pregunta.

—La verdad —empieza, porque no hay otro modo de tener esta conversación que aparentemente están teniendo—, creo que no siento mucho en absoluto.

Inuyasha pone mala cara.

Kagome suspira.

—No me arrepiento de esa noche.

Eso, al menos, recibe una reacción. Vuelve a mirarla fijamente.

—¿De qué parte?

¿Qué pasa con Inuyasha y preguntar por todas las cosas que Kagome desea que no pregunte?

—De nada —contesta sinceramente, derrotada. Lo sabes, quiere decir. Entierra las palabras en su bebida, en cambio.

Inuyasha sigue mirándola. No para. Mira y mira, incluso mientras se baja su whisky en lo que es probablemente un enorme trago desaconsejable. El tintineo del vaso sobre la madera es excesivamente ruidoso. Kagome se encoge y esa es la única señal de advertencia que recibe.

—Vamos arriba —declara Inuyasha, inclinándose para acercarse. Su aliento huele a whisky del malo y Kagome quiere lamérselo para sacárselo. No es justo. Ni una sola parte de esto es justa.

¿Qué pensaría tu alma gemela?, quiere exigir. ¿Por qué me haces esto?, quiere gritar. Porque Inuyasha tiene que saberlo. Es imposible que no lo sepa, no con la forma en que ha tirado de él para besarle, no con la forma en que le rogó que la follase. Inuyasha sabe que ella siente algo por él y aun así…

Y aun así…

—Mientras pagues tú —le dice a la ligera. Su uña toquetea el cristal de su bebida—. ¿Por qué no te encargas tú de eso y yo me termino esto?

Inuyasha sigue mirándola fijamente. Muy pronto, Kagome va o a darle un puñetazo o a arrastrarlo sobre la mesa para follarlo hasta dejarlo sin sentido en medio del Sicarius. Eso vendría genial para los rumores, está segura.

En cuanto se levanta y se marcha, siente que puede volver a respirar. La primera inhalación es como un sollozo atragantado, así que coge inmediatamente su Martini para tragarse al menos la mitad. Tosiendo, se limpia la boca con el dorso de la mano y luego se traga un poco más. Está segura de que, si se da la vuelta, Inuyasha estará intercambiando unos fragmentos por una habitación, con la mujer de la recepción sonriendo tan cordialmente como siempre hace.

Kagome se arriesga a mirar alrededor del bar del vestíbulo. Sólo hay un puñado de personas allí, algunos asesinos que conoce y algunos que no, que probablemente estén de paso o terminando un contrato. Ninguno la está mirando, pero eso no significa que no estén atentos. Cuando Kagome desvía la mirada hacia el camarero, los ojos de él se dirigen hacia abajo, descubierto.

Así es como es, entonces. Una conclusión perdida.

Levantándose, Kagome traga lo que queda de la bebida afrutada y luego va hacia el panel de ascensores al otro lado del hotel. Siente miradas a su espalda, pero no vale la pena girarse por ellas.

Inuyasha ya está esperando.

—Menudos rivales somos —murmura Kagome, negándose a mirar en su dirección.

Él vuelve a resoplar y es igual de ofensivo que la primera vez que lo hizo.

—Como si alguna vez fuéramos jodidos rivales.

Kagome canturrea.

—Interesante elección de palabras. —Le oye hacer un gemido fallido, pero le deja, en cambio, cuando se abren las puertas del ascensor.

No se tocan. Ni en la primera planta ni cuando llegan a la decimonovena. No hay nadie alrededor, pero no se entretienen, Inuyasha saca la tarjeta frente al lector, la puerta se desbloquea y se abre automáticamente. Las luces ya están encendidas, estridentes y fuertes en comparación con la penumbra del pasillo. Kagome entra, las apaga todas y luego se deja presionar contra la pared cuando Inuyasha la empuja agresivamente contra ella.

Sus labios son más un ataque que un beso. Muerden, tiran, luchan contra ella por algo que Kagome da libremente. Es Inuyasha. Por supuesto que lo va a dar. Sus manos recorren el cuerpo de él, sus ojos parpadean ante la sensación de sus músculos definidos, ante la sensación de áspero vello que conduce a sus pantalones. Está lo suficientemente oscuro para que sólo pueda distinguir una vaga silueta de sus tatuajes, pero no se atreve a tocar la camiseta.

—¿Qué puedo quitarte? —jadea en el espacio entre un penetrante beso y el siguiente.

Inuyasha gruñe y se aprieta más contra ella. Sus manos se aferran a sus costillas a través de su blusa, deslizándose hacia abajo sobre su cintura y caderas. Los pulgares se hunden en el hueso de allí, haciéndola retorcerse.

—Los pantalones —exhala.

Kagome le desabrocha los pantalones. Se saca los suyos en el proceso, incluso yendo tan lejos como para sacarse la blusa. El sujetador de deporte tiene tela extra para tapar su marca del alma, suficiente material para hacer de su propio tatuaje completo un poco más difícil de descifrar. Pero Inuyasha ni siquiera lo está intentando, sus dientes le muerden el cuello y chupan con tanta fuerza que va a terminar moteada de cardenales, con un reclamo que le debilita las rodillas y hace que su determinación se desvanezca.

Un empujón. Otro. Kagome empuja con todas sus fuerzas hasta que Inuyasha retrocede, trastabillando ligeramente. Avanza y vuelve a empujar, con más fuerza, hasta que sus piernas chocan contra la cama. Se arrastra hacia atrás automáticamente, pero ella no para de perseguirlo, sus manos agarran la cinturilla de sus calzoncillos y tira de ellos hacia abajo. Inuyasha todavía la está mirando, pero esta no es una expresión vacía y difícil de descifrar. Es ansia, pura y simplemente. Es avaricia y deseo, pupilas dilatadas y mejillas sonrojadas, manos temblorosas y todo. Kagome lo agarra y luego lo agarra, curvándose hacia abajo sobre él, antes de que pueda decir nada, para chupar la punta de su pene.

Le saca un gemido sorpresivamente y Kagome se siente deliciosamente triunfal hasta que él le mete una mano en el pelo, tirando. Lucha contra él, porque por supuesto que lo hace. Kagome lo toma más adentro, deja que sus labios se hundan más y más sobre su longitud, tan lejos como puede ir, hasta que su gruesa punta está presionada con fuerza contra su garganta.

—Joder, Kagome. —Inuyasha suena como si se estuviera muriendo. Kagome se asegura de chupar con más fuerza, aunque solamente sea por la salvaje satisfacción de su mano tirando con fuerza, de sus piernas levantándose para encerrarla como si no pudiera decidir si quiere que se salga o no. Es suficiente para hacerla saltar a la acción, con su mano bombeando su base mientras lame y chupa, hundiéndose a la par de su flojo puño. Deja que su saliva cubra el camino, el deslizamiento es demasiado fácil, pero hace que a Inuyasha se le entrecorte el aliento una y otra vez. Es una sensación embriagadora, esta clase de poder. Cuando estuvieron en el museo, Inuyasha había sido el que había tenido el control. Ella había estado demasiado ida, perdida en sus sentimientos por lo que iba a venir y lo que iba a perder.

Pero esta es ella. Esta es una reclamación que Kagome exige. No amaina, luchando contra sus manos y sujetándole las caderas con su propio brazo libre. Su pene pesa en su boca, el sabor de él se filtra en su lengua. Ya puede sentir el almizcle de ello al fondo de su garganta, dejando marca con cada empujón de su punta cuando se lo traga.

Los tirones de su pelo se vuelven desesperados, más infames. No hay alientos entrecortados, sino gemidos constantes e imparables. Inuyasha no susurra su nombre de nuevo como una plegaria y la está conduciendo a la locura. La mano de él se aparta momentáneamente antes de volver a meterse, sus dedos se aferran a su cuero cabelludo con un tirón. A Kagome no le queda más remedio que seguir el movimiento, sus ojos aterrizan en su mandíbula apretada. Está mirando el techo fijamente y Kagome va a volver a tomarlo en su boca cuando él gruñe de nuevo y se incorpora, bajando las manos de su pelo a su cuello y tomándola con un beso.

Ella cae en ello, o concretamente, cae en él. Kagome siente la dura presión de su erección, pero la ignora a favor de lamer dentro de su boca, obligando a que el sabor de él anule el sabor del whisky. Inuyasha gime y la rodea con los brazos con tanta fuerza que sus nervios cosquillean, pone los ojos en blanco mientras se frota desvergonzadamente contra él. Es una sensación tan jodidamente buena. Cada parte de él parece un sueño. Han tenido sexo con anterioridad, pero esto parece diferente, aunque no debería.

Kagome no está segura de si quiere que parezca diferente o no.

—Voy a montarte —susurra, lamiéndole los labios torpemente antes de bajarse de él. Inuyasha se queda allí tumbado, sorprendido, mientras Kagome se quita la ropa interior. No hay nada elegante o sensual en ello, pero le da igual. Inuyasha la ha visto ensangrentada. Inuyasha la ha visto partiendo cuellos y sacando los sesos del cráneo de una persona. El sacarse la ropa interior no va a manchar negativamente la imagen que tiene de ella, o al menos eso es lo que se dice mientras rueda hacia la mesita de noche para pescar una ristra de condones. El Hotel Sicarius sí que da un servicio completo, aunque Kagome comprueba la fecha de caducidad antes de sacar uno y abrirlo.

—Dios, Kagome —dice Inuyasha, sus manos intentan sacárselo.

Kagome le da un golpe juguetonamente la primera vez y luego con más fuerza la segunda, fulminándolo con la mirada.

—Déjame.

Él le deja. Inuyasha jadea y hace rodar las caderas mientras ella desliza el condón por su gruesa longitud, asegurándose de usar ambas manos por pura diversión. Ve la forma en que se retuerce, la forma en que la mira fijamente con esos grandes ojos oscuros que le hacen querer hacer tantas cosas.

No hay ceremonia en esto. Tal vez la habría habido si fueran personas distintas en una situación distinta. Almas gemelas, o tal vez sólo dos personas normales que se conocieron en una cafetería. La idea de un encuentro fortuito es casi abrumadora porque la idea de estar en cualquier parte sin su pistola es impensable y no hay nada de fortuito en lo que a armas se refiere.

Con eso en mente, Kagome vuelve a arrastrarse sobre él hasta que sus frentes están juntas. Es curiosamente gentil, aunque ella no quiere serlo. Inuyasha sigue mirándola fijamente, pero no dice nada. Debería estar haciéndole perder los papeles, pero Kagome nunca ha estado tranquila en lo referente a Inuyasha, de todos modos. ¿Qué es una situación más, una mirada extraña más, un momento curioso más entre ellos?

Cuando lo besa es para consumir cada parte de él que ama. Le enmarca el rostro con las manos y toma y toma, hasta que sus gemidos son dependientes y quejumbrosos. Con un movimiento de sus piernas, se desliza hacia abajo y luego un poco más hacia abajo, hasta que puede sentir el calor de su pene contra su vulva. Entonces, lo toma, y lo toma, y lo toma, hasta que Inuyasha la está agarrando de nuevo, con las manos magullando su carne con la fuerza de ello. Espera que queden marcas que presionar al día siguiente.

No hay nada elegante en la forma en que se folla con él. Es desesperación, distinta de la del museo, pero mucho peor. Se deja mover para incorporarse, le arden las piernas mientras monta su pene. El ángulo es perfecto, lo es todo, el lugar dentro de ella envía chispas de placer por toda su columna. El pulgar de él frota incesantemente su clítoris, demasiado seco, pero no importa durante mucho tiempo, ya que siente la humedad de sus resbalones saturándolo todo. Jadea, tiembla e Inuyasha la agarra sólo para hacerlos rodar a ambos, hasta que puede follarla con tanta fuerza que choca contra el cabecero con cada embestida. El golpeteo de piel sólo se anula por sus quejidos, sus gemidos e Inuyasha juega con su pecho y chupa la piel sobre su sujetador hasta que su ritmo empieza a flaquear, hasta que embiste con pequeñas paradas al estar enterrado profundamente.

Inuyasha gime exactamente de la misma forma en que lo hizo la última vez que se corrió. Kagome no se puede creer que sea siquiera un pensamiento que pueda tener mientras él se desploma encima de ella.

La habitación está extrañamente silenciosa después de eso.

A diferencia de en el museo, no hay nada urgente que haya que hacer. Inuyasha ha enterrado su cara en su cuello, inhalando profundamente y Kagome no puede hacer más que rodearlo con los brazos y tirar de él. Se queda mirando el techo, contando los segundos hasta que Inuyasha se levanta cautelosamente y sale de ella.

Ninguno habla mientras él desaparece en el baño, el sonido de una papelera abriéndose y luego la salpicadura del agua corriendo se filtra en la habitación. Vuelve con un trapo caliente y se lo tiende, y Kagome no se permite sentirse avergonzada mientras se limpia los muslos y la ingle, sacándose lo peor de lo que hay ahí. Lanza la tela al suelo después y rueda, rueda hasta el medio del colchón y contra el firme cuerpo de Inuyasha.

Todavía lleva puesta esa estúpida, y en su mayoría destruida, camiseta. Kagome suspira y deja que sus dedos tracen sus oblicuos.

—¿Te quedarás? —pregunta, odiándose inmediatamente por ello.

—Es mi habitación —le dice Inuyasha. No es una respuesta directa y Kagome se obliga a tragar saliva y a asentir.

A pesar de todo, se queda dormida. La calidez de él es embriagadora y sus brazos alrededor de ella le hacen sentir…

Bueno, le hacen sentir toda clase de cosas.

Cuando despierta a la mañana siguiente, la cama está vacía y fría.

Kagome no se sorprende. Pero, aun así, duele como una herida de bala.


La primera vez que vio a Inuyasha, Kagome casi se cayó de un tejado. No fue sexy. Ni siquiera debería haber estado en el tejado. El objetivo había estado permaneciendo en las sombras y, en aquel entonces, Kagome no había sido la mejor, no había sido la asesina que era ahora. El objetivo no paraba de entrar y salir de su campo visual, eludiéndola de algún modo incluso en mitad de una calle abandonada, así que la mejor opción había sido ir arriba. Al menos, eso pensó ella.

Ascendió, silenciosa, teniendo que saltar entre edificios para volver a alcanzar al objetivo. Era más mayor, más lento, con pasos laboriosos. Llevaba un tiempo corriendo, pensó Kagome. Pronto, ya no correría.

Era más fácil tenerlo vigilado desde arriba, pero el disparo para matarlo sería más difícil. Mucho más difícil. Juntando los labios, Kagome sopesó sus opciones. Podía arriesgarse con la salida de incendios, bajando lo más rápido posible y esperando no perderle o alertarle. O podía intentar disparar desde arriba, tal vez encontrar un edificio que fuera más bajo para tener un mejor ángulo.

Golpeteó su pistola distraídamente contra su muslo, las opciones pasaron por su cabeza mientras el objetivo se apoyaba contra una pared cercana, sacando su propio teléfono. ¿Una oportunidad? Tal vez. Kagome se acercó más al borde del edificio.

—Si crees que vas a lograr ese disparo, eres idiota.

El gruñido había salido de la nada, tan alarmante que Kagome saltó literalmente. El problema fue que ya estaba tan cerca del borde que su pie resbaló contra las tejas, un sonido de raspado extremadamente fuerte.

El objetivo blasfemó y huyó.

Kagome maldijo y se dio la vuelta para fulminar con la mirada al imbécil que lo había estropeado todo.

—¿Quién demonios te crees…?

Oh, era guapo.

Esto era malo.

—¿Quién te crees que eres? —volvió a probar Kagome, pronunciando finalmente la respuesta, incluso con el balbuceado principio.

El hombre levantó su pistola y Kagome levantó la suya al instante, perfectamente consciente de que estaba atrapada. Atascada. Incapaz de moverse más que para dar el salto a su muerte. Esta era una equivocación enorme, un gran error. Sólo llevaba un par de meses aceptando golpes, pero esto era de lejos lo más idiota que había hecho nunca. Era una aficionada, pero no era estúpida.

¿Esto? Esto era estúpido.

—El objetivo es mío —gruñó él, baja y peligrosamente.

Kagome se estremeció. Entonces estuvo, miserablemente, horrorizada consigo misma.

—¿A qué te refieres con que es tuyo?

—Esta es mi zona —le dijo con sencillez, lentamente, como si hacerlo más rápido fuera a confundirla. Era peor que insultante—. Mi zona significa mi asesinato. Lárgate.

—Esta ciudad es enorme —alegó Kagome—. Hay espacio para ambos.

—No.

—Sí que lo hay —insistió.

El hombre puso los ojos en blanco.

—¿De verdad estás discutiendo cuando estás a un paso hacia atrás de precipitarte a tu muerte?

—Bueno, eso y el arma con la que me estás apuntado.

El hombre alzó las cejas, brevemente sorprendido antes de volver a fruncir el ceño.

—Eso sólo demuestra que eres realmente estúpida.

—Demuestra lo que sabes —faroleó Kagome, manteniéndose firme. Era todo falsa confianza, pero la única razón por la que estaba aquí era por la falsa confianza. Años de fingirla, sangrando a su antiguo ser y convirtiéndose en algo distinto. En algo más duro y más fuerte. En algo feroz.

Bueno, en una imagen, al menos. Kagome se acordaba cada noche de la niñita que todavía quería ser, la ingenua que iba a clase y que pensaba que la mayor tragedia de su vida era un padre que no estaba.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

El frunce del hombre se torció en un incrédulo horror.

—¿Por qué cojones iba a decirte eso?

—¿Por qué sigues apuntándome con una pistola si no es para darme conversación?

—Pensaba que estaba jodidamente claro que te estoy diciendo que el objetivo es mío.

—No lo es.

lo es.

—Eres tan irrazonable —soltó Kagome. Le ardían los brazos de mantener la pistola levantada durante tanto tiempo. El sudor estaba bajando por sus sienes, un cosquilleo burlón que quería rascarse—. El golpe es para quien responda a él.

—Sigue siendo mi ciudad.

Kagome gimió, pero sonó más cercano a un grito.

—¡No es tu puta ciudad!

—Lo dice la niñita que está a punto de caerse de un edificio.

Le puso mala cara.

—Hay una salida de incendios detrás de mí, tonto. Estaré bien. —Era otro farol más. Uno grande y malo. Hizo, no obstante, que el hombre entrecerrara los ojos—. Mira, hace mucho que el objetivo se ha ido. Ya no me interesa perseguirle, así que puedes tirar la casa por la ventana o lo que quieras. —Respiró hondo y luego, lentamente (dolorosamente lento, le estaban gritando sus brazos), bajó el arma.

El hombre se la quedó mirando como si fuera tonta.

—¿Hemos terminado? —preguntó Kagome.

Hubo un largo momento de silencio. Ella no se atrevió a moverse. Lo único que hizo fue esperar, sus ojos estaban concentrados en cada movimiento de su cuerpo. Parecieron pasar eones, pero él bajó el arma. La oscura mirada no se apartó en ningún momento de ella.

—Debes de ser nueva.

—De aquí no, en realidad. —Kagome se encogió de hombros—. O acabo de volver, probablemente sea más correcto.

—¿Le cuentas a todo el mundo la historia de tu vida?

—Sólo a chicos que me apuntan con un arma un lunes por la noche.

Eso hizo que el tipo parpadease, una vez e increíblemente lento, como si estuviera intentando averiguar si estaba despierto o no. Era algo adorable, en realidad, pero Kagome no debería haber estado pensándolo de un hombre que todavía podía matarla. No había salida de incendios, después de todo.

—¿Quién eres? —preguntó él. Pero debía de haber sido un reflejo, porque en cuanto lo dijo, hizo una mueca con tanta fuerza que pareció dolorosa.

Kagome contuvo una sonrisa. Fue pequeña, pero no podía recordar la última vez que había sonreído.

—Me llamo Kagome. Encantada de conocerte.

—¿Ese es…? Es tu nombre real, ¿no? —se burló el hombre y luego pareció horrorizarse tanto de ella que retrocedió un paso—. Estás loca.

Movió un poco la pistola, asegurándose de apuntar lejos de ambos. No había necesidad de que él fuera de gatillo rápido.

—¿No lo estamos todos?

Otro parpadeo y entonces hubo un resoplido que sonó sospechosamente a un keh.

—En fin. No vengas a por otro de mis asesinatos y punto.

Kagome no dijo nada, pero el hombre no parecía interesado en una respuesta, de todos modos. Retrocedió un par de pasos y luego se acercó lentamente a la parte del edificio que sin duda era una salida de incendios. Justo antes de que desapareciera por completo, tragado por la negrura como la tinta de la noche, oyó un suspiro.

—Y soy Inuyasha.

De pie en el borde del tejado, Kagome inhaló larga y profundamente hasta que volvió a sentirse tranquila. Ni siquiera se había dado cuenta de cuánta adrenalina estaba corriendo por su sistema, no hasta que se hubo ido y hubo desaparecido la amenaza.

La sonrisa en su rostro seguía allí. De hecho, era más grande.

Cuando Kagome se rio, fue un diminuto capullo que floreció, grande, amplio e impresionante. Su risa la ahogó hasta que hubo lágrimas en sus ojos.

Tal vez estaba un poco loca, después de todo.


Va a morir y no hay nada que pueda hacer para impedirlo.

Va a morir y va a ser doloroso, extremadamente doloroso. El único lado bueno es que están escogiendo tirarla a un lago en lugar de meterla paralizada en un barril y prenderle fuego. Ahogarse tiene que ser mejor que arder, ¿no?

Los hombres ya no están hablando con ella. Hace rato que han acabado con eso.

Esa noche había empezado con tanta simpleza, además. Un asesinato fácil en las afueras de la ciudad, una zona que normalmente no visita. Esta vez, no es tan engreída como para negar que está evitando a Inuyasha. Lo está haciendo. Total y completamente. Habían tenido relaciones sexuales y él la había dejado sin decir una palabra. En venganza, probablemente. Kagome sabe que se lo merece, pero también sabe que Inuyasha todavía tiene influencia sobre ella. Había pensado, bastante estúpidamente, que eso ya había sido venganza suficiente.

El tema es que el territorio, aunque sigue siendo el suyo, no le es tan familiar. Va a fichar a su objetivo, pero en realidad termina cayendo en una trampa. Resulta que este objetivo en concreto es parte de una banda más grande, una banda que Kagome ha estado menguando lentamente con el tiempo a causa de la cantidad de gente que los odia. Matarla no va a evitar que lleguen los golpes, pero no es que estos hombres parezcan muy inteligentes.

Cuando Kagome se había despertado la primera vez, atada y amordazada a un poste oxidado sobre el duro suelo de hormigón, no habían perdido el tiempo en darle una paliza. En cierto momento, cuando la mordaza se había caído de su boca, había intentado razonar con ellos, había intentado decírselo.

No había importado.

La banda está, al parecer, dirigida por uno de los mayores jefes de la mafia de la ciudad, una de las pocas personas que incluso el Sicarius duda sobre si tocar. De algún modo, esto no se había marcado en la petición del golpe y eso en sí mismo es extraño. Grita a ardid, pero un ardid para quién, exactamente, Kagome no está segura. Ella no, seguro. Es demasiado poca cosa. ¿Tal vez contra la totalidad del Sicarius? ¿Será ella un mensaje?

Ahora está en los muelles a un poco de distancia de la ciudad. Esta zona le es más conocida, pero no le va a ayudar ahora. Está atada con tanta fuerza que perdió hace mucho tiempo la sensación en las manos y en los pies. Incluso si consiguiera liberarse, Kagome duda mucho de que pudiera moverse.

Hay un peso al borde del muelle y Kagome sabe que va a estar atado alrededor de sus piernas. Va a nadar con los peces, como dicen. No va a tener una oportunidad de despedirse de su madre o hermano. Ese es su mayor arrepentimiento, seguramente.

Inuyasha también es un arrepentimiento, pero Kagome obliga a alejarse a la razón de eso.

Antes de que pueda reaccionar, la golpean salvajemente en la parte de atrás de la cabeza. El golpe es agudo y lacerante, haciéndola caer contra el sucio hormigón de abajo. Kagome sabe que tiene que estar sangrando, pero está sangrando por todas partes. ¿Cuánta sangre tiene para dar? Hacen falta demasiados segundos hasta que puede abrir los ojos y después, otro largo, largo tiempo hasta que puede ver adecuadamente. Son todo puntos negros y líneas ondulantes de luz. Marea, y es la primera vez que Kagome distingue la forma de una persona, gira la cabeza y vomita, se le revuelve el estómago.

Hay un sonido de cadenas. Kagome ni siquiera puede respirar, está bastante segura de que va a volver a vomitar. Quiere dormirse. Tal vez no hay mal que por bien no venga. Tal vez puede desmayarse sin más, no despertarse y morirse sin más. ¿Podría ser tan fácil?

La golpea una ola de náuseas y Kagome vomita otra vez, le pesa tanto la cabeza que cae en el vómito. La comprensión no hace nada para hacerla moverse y es suficiente distracción como para que no note los gritos en un primer momento. Pero ahí están: gritos. Dolorosos. Espeluznantes, como una pesadilla que ha cobrado vida.

Kagome cierra los ojos. Muérete ya, piensa para sus adentros. No pasa nada. Ha matado al hombre que ordenó el golpe contra su padre, contra su abuelo. Hay más maldad en el mundo, pero otra persona puede recoger ese testigo. No pasa nada, se promete. No pasa nada.

Mientras la pesadez se asienta sobre ella, un manto contra una furiosa tormenta, oye una voz familiar gritando.

Gritando.

Gritando su nombre.


Nota de la traductora: ¡Muchísimas gracias por el recibimiento que tuvo el primer capítulo de la traducción de este minific! De verdad que me alegro muchísimo de que os haya gustado la premisa y la historia. ¡Vuestros comentarios me dan vida! ¡Gracias también por poner la historia en favoritos y alertas, claro!

Solamente nos falta un capítulo más y le ponemos punto final, pero eso no será hasta la semana que viene. Todavía no estoy muy segura de cuándo podré revisar y subir el tercer capítulo, pero me imagino que entre el martes 16 y el miércoles 17. Me daré toda la prisa que pueda.

¿Qué os ha parecido esta actualización?

¡Hasta la próxima!