Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de WitchyGirl99 y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 3

La segunda vez que vio a Inuyasha fue al otro lado de un almacén, un cuerpo cayó muerto entre ellos.

Estuvo gruñendo al instante.

—¿Qué cojones haces aquí? —soltó.

Kagome señaló a la mujer muerta entre ellos.

—Creo que es obvio.

—No vayas de lista conmigo —gruñó Inuyasha—. No es puto lindo.

Tenía sangre en la cara y un corte a lo largo de la línea de sus omóplatos. No hubo un segundo en que considerase que estuviese linda. Sacó su móvil, preparándose para sacar la foto antes de que, de repente, estuviera él justo delante de ella. Sus oscuros ojos castaños la perforaron con la mirada, intensos y feroces, y Kagome tuvo que recordarse que se mantuviera firme. No era débil. No estaba falta de poder.

De hecho, tenía todo el poder.

—Apártate —advirtió sin mover un músculo—. Sacaré la foto y me iré.

—Te dije que esta era mi ciudad.

—Bueno, por lo que a mí respecta es nuestra. —Kagome gesticuló con la cabeza hacia el objetivo del suelo, que yacía en un charco de su propia sangre—. La maté antes de que siquiera aparecieras. Claramente, hay suficiente espacio para los dos.

—Jódete.

Kagome abrió la boca y luego la cerró. Su respuesta inmediata era algo igual de brusco, igual de ingenioso, pero Inuyasha estaba demasiado cerca y eso añadía una… imagen.

Inuyasha la miró con el ceño fruncido.

—¿Simplemente vas a quedarte mirándome o qué?

—No. —Sintió la palabra forzada, pero tenía que intentar seguir adelante, aunque sólo fuera por su cordura—. Sólo voy a sacar mi foto y a irme.

—Esta es mi ciudad —dijo Inuyasha una vez más entre dientes apretados.

Kagome gimió e intentó rodearlo. Él la bloqueó, estudiosamente sin tocarla y, con un resoplido de irritación, Kagome levantó la pistola y le presionó agresivamente el pecho con ella.

Apártate.

Inuyasha la miró con furia, pero no pareció demasiado preocupado por el hecho de que tuviera un arma presionada contra él. Ni siquiera se estuvo quieto, su cuerpo se movió de un lado a otro, como si estuviera listo para abalanzársele encima.

—Podría puto matarte por esto.

Creció su irritación, una auténtica ira provocó un incendio en sus venas.

—Entonces ¿por qué no lo haces? —soltó—. ¡Mátame y puf! No más competencia en tu territorio o lo que sea. Esto no es el Sicarius. No hay nada sagrado en estos terrenos para el Código.

Pero ella lo sabía. Sabía que la mayoría de asesinos tenía su propio código fuera de las leyes del Sicarius. Algunos mataban por el dinero. Algunos mataban por diversión, por el subidón de adrenalina y la posibilidad de jugar a ser Dios. Otros lo hacían por la misma razón que ella: por venganza. Otros… Bueno, otros lo hacían porque querían mejorar el mundo.

Kagome no creía realmente que hubiera mucha gente así.

Un gruñido la trajo de regreso al presente e Inuyasha retrocedió, atreviéndose de verdad a dar la espalda por completo mientras volvía a desaparecer.

—Saca la puta foto y ya está. ¿Me oyes? Última puta oportunidad. —Se dio la vuelta una vez más para señalarla con un dedo, con su oscura mirada entrecerrada—. Si vuelvo a verte, no dudaré.

—¿Dudar con qué? —gritó Kagome. Estaba confusa, emocionada y dividida, ninguna de las cuales tenía sentido alguno.

Inuyasha volvió a gruñir, más alto, y luego cerró la puerta del almacén de golpe.

Ella no estaba sonriendo, pero se le acercaba.


El Sicarius hace un anuncio:

Todos los golpes dispuestos contra Naraku Morikawa o cualquiera de los suyos serían oficialmente cancelados a la espera de una investigación.

Kagome se entera de esto dos días después, propiamente consciente por primera vez y desesperadamente sedienta.

—Bebe —le dice Inuyasha, sosteniendo una taza con una pajita contra sus labios. Kagome no dice nada sobre lo absurdo de la situación e Inuyasha no desaparece. Es una tregua, y una incómoda, además.

—¿Dónde estoy? —pregunta cuando las palabras vuelven a tener sentido.

—En el Sicarius.

—¿Cómo me encontraste?

—Suerte.

Lo duda. Kagome no dice esto en voz alta.

—¿Qué pasó?

—Están muertos. —Inuyasha la mira con tanta intensidad, que Kagome está bastante segura de que se le empieza a formar un dolor de cabeza detrás de los ojos a causa de ello. Hace una mueca, cerrando los ojos e intentando respirar.

—Cuéntamelo todo.

Y lo hace. Con detalle clínico, pero lo aprecia, no obstante. En especial cuando habla del daño a su cuerpo, la forma en que vomitó tanto que no quedó nada que echar. Se había quedado con ella todo el tiempo, había trabajado con el médico de grandes ojillos malvados para asegurarse de que despertase y no muriese por un sangrado interno en el cerebro mientras dormía. Kagome quiere hacer otra pregunta, quiere preguntar por qué.

No lo hace.

Kagome se sorprende, más que nada, cuando Inuyasha se queda. Se queda y no se va. Comparte la cama con ella, pero permanece en el otro extremo. La ayuda a llegar al baño y una vez, cuando Kagome se queda mirando con anhelo a la ducha, le saca suavemente la ropa y le presta ayuda dentro. Tiene las costillas dañadas, pero de algún modo milagrosamente no hay nada roto.

Kagome no se mira en el espejo cuando sale. No ha mirado ni una sola vez.

Cuando está lo suficientemente curada que irse a casa es lo único que tiene en mente, Inuyasha no protesta. Simplemente coge una bolsa que ella no había visto en el rincón opuesto de la habitación y asiente en su dirección. Su mano está cálida en su espalda baja mientras la sigue para salir de la habitación, mientras está con ella en el ascensor, mientras salen del Sicarius por el vestíbulo. Kagome no dice una palabra, pero quiere preguntar por qué.

Parte de ella cree que lo sabe.

Parte de ella se asombra porque no son almas gemelas. Y él tiene una, ¿no? Kagome tiene el cerebro tan disperso, que ya ni siquiera está segura.

Hay un taxi fuera e Inuyasha la mete en él.

—No hagas ninguna estupidez —le dice con firmeza.

Kagome sólo se lo queda mirando y sigue con la vista fija en él incluso mientras el conductor se la lleva.

El Sicarius no hace otro anuncio, pero Kagome no se había esperado uno. Fuera lo que fuera lo que estaba pasando con los golpes, era claramente un descuido, un error. No volverá a pasar. Kagome sabe mucho de los oscuros bajos fondos y de mala muerte de su ciudad. Hakurei es prístina en la superficie, pero está enlodada y salpicada de mugre por debajo. Naraku Morikawa debe de tener cierto control con el Sicarius, aunque sólo sea una débil tregua.

No pasa nada. A Kagome no le importa. Simplemente no quiere morir la próxima vez.

Hacen falta semanas, pero termina por curarse. Al final está en tan buena forma que, cuando entra una petición y el objetivo está supuestamente a sólo unas manzanas de distancia, se viste. La familiaridad de sus pistolas, de sus cuchillos, deslizándose en sus fundas le trae una extraña sensación de paz. Es una buena sensación, se da cuenta.

En lugar de obcecarse con ello, Kagome se mueve. Sale, estudiando la foto del hombre por el camino. No hay necesidad de llevar su moto, así que corre, mezclándose entre las multitudes. Ni siquiera es tan tarde, lo que hace que el golpe sea un poco interesante por una vez. Los asesinatos a las tres de la mañana siempre son mucho más simples que los de a medianoche. Tampoco se obceca con el hecho de que esto le emocione.

La zona en la que se supone que está el objetivo está cerca del distrito de la destilería, una serie de productores de botellas y alcohol, uno al lado del otro. Hay silencio, pero Kagome puede oír los sonidos de vida no demasiado lejos. Incluso en un callejón, las luces de coches pasan demasiado a menudo. Tras coger la pistola, Kagome saca el silenciador y se lo pone, manteniéndose alerta en las sombras.

Pasan veinte minutos hasta que hay pasos cercanos que puede seguir y otros tres minutos hasta que puede confirmar que la foto del golpe es, de hecho, la del objetivo. Es un asesinato sencillo tras eso. Envía la foto a Procesamiento, sintiéndose bien mientras vuelve a guardarse el móvil en el bolsillo y se encamina a casa. La adrenalina sobrante inunda sus venas, una especie particular de subidón que se queda con ella mientras entra en su edificio de apartamentos y se dirige a las escaleras. Nunca toma el ascensor, no si puede evitarlo. Sabe demasiadas cosas como para volver a confiar en ascensores.

Es cuando se está acercando a su planta que lo oye: un gemido. Bajo, de dolor y completamente fuera de lugar. No parece una mascota y Kagome se pone en guardia al instante, volviendo a sacar su pistola y subiendo lentamente. Primero, ve un pie yaciendo sobre los peldaños. Kagome no sabe cómo encaja en su cerebro, pero conoce a esa persona, la conoce. Es Inuyasha. Es Inuyasha.

¿Cómo sabe que es Inuyasha?

Pero no se equivoca y de repente Kagome está subiendo a toda velocidad hacia él, asimilando los cortes en el abrigo que tiene puesto. Hay sangre, tanta sangre, y todo el aspecto es tan similar a los primeros años, que Kagome retrocede físicamente.

—Inuyasha —susurra, las manos le buscan el pulso—. Inuyasha, ¿puedes oírme?

—Kagome —suspira y ella siente que se le hunden los hombros por voluntad propia—. Tenía que… Tenía que venir.

—¿Cómo sabías que vivía aquí? —pregunta, pero este realmente no es el momento y lo sabe. En cambio, enfunda el arma y se inclina para levantarlo. Inuyasha apenas es capaz de ayudarla y, para cuando está casi enderezado del todo y apoyado contra la pared, ambos están sudando. Parece como si todo su peso corporal se estuviera apoyando en ella mientras lo arrastra desde las escaleras al pasillo, esforzándose por abrir la puerta de su apartamento y llevarlo dentro. Se hace sin gracia e Inuyasha está ido, apenas consciente. Tiene un labio partido y hay sangre por todas partes. Kagome no sabe qué hacer primero.

El Sicarius, piensa automáticamente. Necesita atención médica y Kagome sólo puede hacer lo mínimo indispensable. La idea de llevarlo al hotel es como una violenta puñalada de déjà vu, pero persevera, no se permite pensar en el pasado. Piensa en el Inuyasha de ahora, en cambio. Piensa en él y en lo que necesita.

Pide un coche, pero Inuyasha está cubierto de sangre y sangrando absolutamente por todas partes. Con opciones limitadas, Kagome arrastra a Inuyasha hasta su sofá, dando las gracias por el oscuro cuero. Puede limpiar la sangre después. Por ahora, tiene que limpiar lo peor de su cara y ponerle ropa nueva, envolverlo. Tal vez puede envolverlo en algo si hay tiempo para detener lo peor de sus heridas.

—Kagome —dice Inuyasha aturdido.

—Inuyasha. —Apenas está prestando atención, demasiado ocupada rebuscando en su armario algo enorme, algo que le sirva y permita llevar vendajes debajo.

—Kagome, tienes que escapar.

Eso le hace detenerse, pero sólo por un segundo. Kagome ve un jersey enorme al que le había echado el guante hace años y lo coge, corriendo de vuelta al salón. Su teléfono no ha sonado todavía, así que el conductor no está cerca, todavía no. Está tanto agradecida por el tiempo como desesperadamente ansiosa de que no sea lo suficientemente rápido. Ni siquiera sabe cuánto está sangrando.

Le tiemblan las manos. Kagome las mira fijamente con expresión de traición mientras agarra suavemente la cremallera de la chaqueta de él, bajándola para mostrar lo que hay debajo.

No hay nada debajo. Ni camiseta. Ni camiseta interior ajustada. Sólo las largas y agitadas extensiones de piel tatuada, todo tinta oscura con salpicaduras de color.

Inuyasha tose y su rostro se retuerce de dolor. Adormilado, le agarra las manos, atrayéndola hacia él. Como si no estuviera ya lo suficientemente cerca.

—Escapa —susurra y parece asustado.

—No voy a dejarte —le dice con firmeza—. Y no hay nadie aquí. Estaremos bien. Llegaremos al Sicarius. Estaremos bien.

—Vendrán —dice Inuyasha entrecortado y vuelve a toser. Es algo feo y doloroso—. Igual que la última vez. Lo saben.

¿Saber? Kagome frunce el ceño en gesto de confusión, pero Inuyasha apenas la está mirando, sus oscuros ojos castaños están nublados de dolor.

—Inuyasha —intenta, desesperada por su atención—, ¿de qué estás hablando?

—Influencia. —La palabra es apenas más que una exhalación, suave y débil. Eso la cala hasta los huesos.

—¿Qué influencia? —Su mente gira al instante, yendo a lo único que sabe con seguridad: Inuyasha tiene influencia sobre ella, sabe parte de su historia que nunca podrá volver a ocultar. Encubrió el asesinato que cometió, la salvó de aquellos que la despacharían por violar el Código—. Inuyasha —insiste.

Él niega con la cabeza y ahora sus manos le están acunando la cara. Están húmedas y hace falta un segundo para que Kagome se dé cuenta de que es la propia sangre de él con la que está manchada.

—No —dice como una declaración. Como una promesa—. No.

Lo que dice no tiene ningún sentido. Kagome gime con frustración. Tiene que intentar detener la hemorragia. Tiene que vendarlo y llevarlo abajo, al vestíbulo del apartamento, antes de que llegue el conductor. Necesitarán el tiempo para llegar allí. Va a abrirle más la chaqueta, pero Inuyasha la atrae más hacia él, obligándola a apoyarse en su pecho y hombros, sin equilibrio y cerniéndose sobre él. Su nariz está tan cerca de la de ella que puede sentir el silbido de su aliento mientras exhala temblorosamente.

—Inuyasha, tengo que ver —dice.

—No —alega—. No eres tú.

¿Qué significa eso?

—Inuyasha…

—No es tu influencia —le dice. Su rostro cae hacia delante, chocando contra su cabeza. Sus manos manchadas de sangre no le sueltan la cara.

—Entonces ¿la de quién? —No responde en un principio y Kagome se echa de golpe hacia atrás, sólo lo suficiente para encontrar sus ojos nublados—. Inuyasha. ¿La influencia de quién? —exige.

Se la queda mirando y es sólo entonces que ella se pregunta si también lo han drogado. Todo en el movimiento es tan lento.

—La mía —susurra.

El hielo de dentro de ella se agrieta, se parte justo por la mitad y se extiende como un incendio helado. Cada parte de ella está fría ante la comprensión. Esto es peor, piensa. Si fuera influencia sobre ella, no pasaba nada. Ha hecho lo que había tenido que hacer. Ha hecho como las paces, incluso si no quiere morir.

Pero ¿Inuyasha?

No puede ser él. No puede.

—¿Qué tienen contra ti? —suelta, repentinamente enfadada. Tanto, que el hielo se derrite y empieza a arder, queroseno en lugar de agua congelada. Sus palabras encienden una cerilla y el resto es infierno embravecido. Kagome le agarra las manos que tiene en su rostro, las sujeta. La sangre está olvidada. Están muy frías, se da cuenta entonces. Normalmente siempre está tan cálido—. Inuyasha, dime qué tienen contra ti.

Por alguna razón, esto le hace sonreír. Es algo extraño en su rostro, una pieza que no encaja del todo. Kagome está tan acostumbrada a sonrisas burlonas, a expresiones que le recuerdan a chistes internos y risa interna a sus expensas. Pero esta es una curva arqueada, perfectamente igual, y la sonrisa es tanto lo más hermoso que ha visto nunca como la peor tragedia posible. Sus manos se deslizan de las de ella, de su mandíbula y se abre más la chaqueta. Kagome tiene un momento para ver la extensión de su tatuaje, el árbol enorme en un campo con flores entre larga e indómita hierba deslizándose por sus abdominales hacia sus pantalones. Su pecho es una diseminación de hojas y pétalos, todos de distintos colores, llamativos y paralizantes. Hay tanto que ver, entre eso, los pájaros y la ilusión de la luz del sol. ¿Cuánto debía de haber pagado por arte como este, por convertir su cuerpo (su arma, su base, su instinto asesino) en una obra de imponente belleza que debería enmarcarse y conmemorarse para siempre?

—Kagome —exhala Inuyasha y esa sonrisa inquietante sigue ahí. Es sólo cuando se da cuenta de que está toqueteando en el lado izquierdo de su costilla, justo debajo de su pectoral, que Kagome la ve.

Una única flor de cerezo, rosa y radiante, tanto inigualable a la belleza que la rodea como, a pesar de ello, aun así oculta entre la decoración de su piel.

Una marca del alma. Su marca del alma.

La misma que la de ella.

—Mierda —susurra.

Su teléfono suena. Suena fuerte, pero de algún modo, está increíblemente distante, demasiado lejos al fondo. Hay gritos en sus oídos. Gritos.

Porque Inuyasha es…

Todo este tiempo, ha sido él todo este tiempo…

Pero la primera vez que se tocaron

—Kagome —dice Inuyasha arrastrando las palabras y eso la obliga a regresar, vuelve a encauzar la mente como desesperadamente necesita. Le envía un mensaje al conductor para que espere y entonces coge una manta que tiene cerca para limpiar lo peor de la sangre del rostro y cuello de Inuyasha. Sale en manchas y está lejos de estar perfecto. Los cortes y heridas de su pecho parecen superficiales pero abundantes y sólo puede asumir que su espalda está igual. Gruñe con frustración y vuelve a cerrarle la chaqueta, empujando su cuerpo hacia delante para que Kagome pueda ponerle también el jersey.

Inuyasha se deja ir y es el nivel de facilidad lo que le hace entrar en pánico.

—Más te vale que no te me mueras —dice Kagome entre dientes y luego lo arrastra corporalmente por la puerta. Inuyasha está caminando, pero a este paso apenas se puede considerar que lo haga. Es más bien un apoyo agresivo y tropiezos que pasos decentes. Es suficiente. Apenas, pero consiguen meterse en el ascensor. Kagome respira hondo mientras están atrapados dentro, luchando contra el miedo irracional a ser arrinconada.

Tanto si es suerte, destino, como todo lo demás que podría ser, llegan al vestíbulo sin interrupciones. Inuyasha está balbuceando, pero no puede entender lo que dice. Está peor, cree. Necesita ayuda. Ya ha pasado demasiado tiempo.

El conductor se queda mirando horrorizado en cuanto posa los ojos en ella, pero Kagome lanza un enorme fajo de efectivo en su dirección y le pone fin. En la parte de atrás del taxi, Kagome agarra las manos de Inuyasha y se lo acerca. Poco más y se derrumba sobre ella.

—No mueras —le vuelve a decir, una y otra vez contra su melena. Kagome cierra los ojos y desea cosas que son imposibles, cosas que sólo pediría una niñita ingenua.

Las pide igualmente.

El Sicarius se cierne en la distancia y Kagome despierta a Inuyasha cuando llegan. El aparcacoches tiene que ayudarla a sacarlo de la parte de atrás del coche y luego, los dos lo arrastran al vestíbulo ante los agudos ojos de otros asesinos dentro del hotel.

La joven de recepción le sonríe como si no pasara nada malo en absoluto.

—Kagome.

—Médico, ya —suelta Kagome, sobresaltando al aparcacoches para que se mueva mientras todavía arrastra el cuerpo inútil y drogado de Inuyasha a la habitación en la que sabe que estará el médico. La joven de recepción debe de haber hecho una llamada rápida (haber enviado un mensaje, algo), porque el anciano ya está allí con la puerta abierta, fulminándola con la mirada.

—No hay necesidad de ser grosera —afirma malhumorado.

Kagome está a segundos de sacar la pistola y dispararle, a la mierda el Código.

—Tú ayúdalo —dice y tal vez se acerca más al ruego de lo que le gustaría. En cualquier caso, el aparcacoches y ella ponen a Inuyasha en la cama y el médico se acerca, abriéndole los ojos y comprobando su pulso.

—Vete —exige entonces. Ella abre la boca para discutir, pero el médico levanta la vista bruscamente, con una firmeza en su mirada que Kagome sabe que no va a ser capaz de romper. Es una convicción que le da una patada en el estómago, que la tumba. Aquí ella es inútil. No puede hacer nada por él.

Inuyasha está drogado, sangrando y tan herido que ni siquiera puede mantenerse despierto, y Kagome está rondando por allí y desesperada.

No puede salvarlo. No puede salvar a su alma gemela.

Joder —suelta y sale como un torbellino de la habitación. Como siempre, la recepción está sospechosamente vacía de gente. Sólo está esa joven, todavía sonriendo ociosamente, de pie y viéndola acercarse como si la muerte no fuera inminente—. Tráeme al director —grita Kagome extremadamente alto. Es consciente de que se giran cabezas, del sonido de sillas rechinando hacia atrás mientras la gente se pone de pie para presenciar lo que está pasando.

La sonrisa de la joven cambia. Kagome no sabe cómo describirla. No se molesta en averiguarlo.

—Por supuesto, Kagome. Dame un momento, por favor.

Kagome saca un puñado de fragmentos y los deja en el mostrador mientras la mujer hace una llamada.

—Señor —saluda la joven, deteniéndose sólo un momento antes de que sus ojos capten la fiera mirada de Kagome y continúa—: Su hermano.

Otra pausa y Kagome siente una opresión en su pecho que antes no estaba allí mientras la mujer asiente y vuelve a poner el teléfono en su sitio.

—¿Qué fue eso? —exige, incapaz de contenerse.

La pregunta queda ignorada.

—El director te recibirá ahora. Dirígete al ascensor y usa esto… —Desliza una tarjeta plateada mate con una medialuna en relieve—… para ir al último piso. Te estará esperando.

Kagome se queda mirando la tarjeta por un momento, sabiendo que tiene que preguntar.

—¿Por qué acabas de decir «su hermano»?

—Kagome —dice la mujer amablemente, inclinando la cabeza hacia delante con seriedad como si fueran buenas amigas, viejas amigas—. Toma el ascensor al último piso. No es de los que les gusta esperar. —Gesticula de repente hacia detrás de ella y Kagome se da la vuelta y ve a los camareros gemelos de pie cerca, no amenazantes y tranquilos—. Ah y Un se asegurarán de que no tengas ningún problema —continúa la mujer—, y yo prometo que si el Dr. Jaken proporciona alguna actualización sobre el estado de Inuyasha, lo comunicaré.

Coge la tarjeta lentamente. La nota extrañamente pesada en sus manos. Kagome asiente, sujetándola contra ella.

—¿Cómo te llamas?

La joven sonríe. Siempre está sonriendo.

—Rin —le dice—. Ahora, de verdad tienes que irte o Sesshomaru no va a estar contento.

Kagome lo hace.


Cuando vio la escena ante ella, Kagome no vaciló. Apretó el gatillo una, dos, tres veces. Los disparos resonaron, extremadamente ruidosos, y cuerpos cayeron al suelo tras tambalearse a causa del golpe. En el centro de los ahora muertos secuaces, en el suelo de hormigón, encadenado y vencido, había un rostro familiar. Estaba cubierto de sangre y malherido, pero le conocía.

Soñaba con él demasiado a menudo.

Kagome no sabía el porqué.

—Inuyasha —susurró, corriendo inmediatamente hacia él. Tenía los ojos abiertos, pero estaban vidriosos, la clase de mirada que estaba lejos por culpa del dolor. Dudó sólo un momento, intentando evaluar en qué zona centrarse primero. Había un tajo enorme en su frente sangrando lentamente por su rostro. Normalmente, no tocaría ni ayudaría a otro asesino. Los daría por muertos, esa era la mejor política. Era una política a la que debería hacer caso, teniendo en cuenta que sólo era la tercera vez que le había visto.

La tercera vez en la vida real. Sus sueños no contaban.

Kagome se decidió, se agachó, sus dedos rozaron su piel ensangrentada…

El dolor explotó en su costado. En un instante, giró para disparar en la dirección de su atacante, fallando los tres primeros disparos, pero localizando a su agresor y acertando con el cuarto. Se levantó, ignorando el intenso y ardiente dolor para poder volver a disparar, uno en el pecho para asegurarse de que estaba acabado y otro en la cabeza.

No perdió el tiempo. Kagome volvió corriendo con Inuyasha, que ahora tenía los ojos cerrados. Sus dedos encontraron un pulso, débil, pero allí estaba. Apenas se conocían, aparte de aquellos otros dos encuentros donde él le había gritado mucho. Perro ladrador, poco mordedor. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo podía ayudarle?

El Sicarius. Esa era la única opción, ¿no? Al menos, allí estaría a salvo.

—¿Kagome?

Su voz fue débil, pero aun así la sobresaltó. Apartó la mano de su frente como si le hubiera quemado, con los ojos bien abiertos mientras lo miraba. Inuyasha estaba parpadeando lentamente, su rostro se retorcía en una mueca de dolor.

—No te muevas —le dijo inmediatamente—. Te han dejado bastante mal. Voy a sacarte de aquí.

—¿Qué…? ¿Kagome? —sonó confuso. Sonaba como el aspecto que tenía, como si le hubieran dado una paliza que le hubiera dejado apenas con vida.

—Sí, soy yo. Te voy a llevar al Sicarius, ¿vale? Tú aguanta.

Inuyasha se movió a pesar de su reprimenda. Al final, lo único que pudo hacer fue ayudarle, usando manos gentiles sobre su espalda y cuello como si fuera a derrumbarse de nuevo en cualquier momento. Teniendo en cuenta su aspecto, era una clara posibilidad.

—¿Por qué…? ¿Por qué estás aquí?

—Esta vez no puedes gritarme —declaró Kagome, firme—. Te estoy salvando la vida.

Se la quedó mirando con un parpadeo, el movimiento fue demasiado lento. Levantó una mano, presionándola contra la curva de su codo.

—No pasa nada —dijo farfullando un poco—. Puedes quedarte.

Dios, el traumatismo de su cabeza debía de ser terrible. Apretando los dientes, Kagome lo agarró, ayudándole a levantarse y evitando apenas que ambos se desplomaran cuando a él le cedieron las piernas. Juntos, llegaron al Sicarius.

Inuyasha alternaba entre la consciencia y la inconsciencia, y Kagome se quedó a su lado. Parecía como si marcharse fuera algo sin duda erróneo que hacer, aunque Inuyasha siempre había dejado bastante claro lo mucho que ella no debía estar cerca de él. Pero a pesar de todo, a pesar de los años que se había pasado escondiéndose de su familia, intentando convertirse en una persona distinta… no lo era. Seguía siendo aquella niñita ingenua.

Así que se quedó. Esperó. Se sentó en una silla en el bar del hotel, una de las pocas mesas que tenía a unos metros del pasillo principal. El agotamiento se acomodó pesadamente sobre ella, un manto del que deseaba librarse. Aun así, Kagome permaneció. Empezó a palpitarle la cabeza, pero no era peor que sus propias heridas ensangrentadas, las que se negó a que le revisaran. Podía encargarse de ello en casa, en cuanto supiera que Inuyasha estaba a salvo. Después, se dijo. Lidiaría con ello después. El dolor era manejable.

Y cuando Inuyasha salió horas después hacia el vestíbulo, pareciendo un muerto viviente y portando una expresión nefasta, Kagome se preparó para lo peor incluso mientras sentía que el mundo se oscurecía un poco en los bordes. Cansancio, probablemente. Pérdida de sangre, sin duda.

—Lo dije en serio —le dijo entonces, sonando completamente furioso consigo mismo por ello.

Kagome esperó al resto de esa frase. Como no llegó, frunció el ceño.

—¿En serio el qué?

Su frunce creció y las manos a sus costados se cerraron en puños.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad, no tengo ni idea de qué estás hablando. —Kagome movió una mano en su dirección—. ¿Estás bien siquiera?

—¿Si estoy bien…? —Inuyasha se interrumpió con un gruñido—. Estoy jodidamente bien. Estoy bien y tienes permitido quedarte.

—Quedarme —repitió.

La fulminó con la mirada.

—Para los golpes. En la ciudad.

Oh.

Oh.

Kagome sonrió entonces y, durante un breve instante esta vez, la expresión de resentida irritación de Inuyasha cambió a algo completamente distinto. No sabía lo que era, pero de algún modo era más suave. Un poco incrédula. Un poco confundida.

—Puedes quedarte —dijo otra vez, como si no se lo pudiera creer.

—Gracias —le dijo, parpadeando para alejar los puntos negros de su vista—. Supongo que salvarte fue la decisión correcta, después de todo.

Inuyasha ladeó la cabeza, levantando la mano como si fuera a agarrarla antes de dejarla caer.

—Lo sentiste, ¿no?

En este negocio se suponía que no debías sentir nada. Kagome frunció los labios, debatiendo si contestar. Sentía el cerebro lento, como si la melaza se hubiera instalado allí y llenase cada superficie. ¿Podía confiar en este hombre tras tres interacciones? Pero Inuyasha estaba tan hermoso ante ella, ensangrentado y colocado, y aun así lo mejor que había visto nunca. Kagome negó con la cabeza, ignorando el dolor que la apuñaló, y cedió.

—Claro que me sentí culpable. Sigo siendo humana.

La suave expresión se hizo añicos. Kagome tuvo un momento de miedo, donde la quietud entre ellos pareció como una goma demasiado estirada a punto de romperse. Esto era un error, se dio cuenta. Debería haber mantenido la boca cerrada. Iba a verla como débil. Iba a decirle que se fuera. Iba a…

—Culpable.

Kagome se esforzó por fruncir el ceño, sabiendo que el efecto a él no le hacía nada.

—No le des mucha importancia.

—La única razón por la que me trajiste de vuelta fue porque te sentías culpable.

Completamente desconcertada, apenas capaz de pensar más allá de la casi constante palpitación de su cuerpo, Kagome no supo cómo responder.

—¿Debería haberte dejado morir?

—Joder… No. —Inuyasha parecía enfadado, furioso, incluso—. En fin. Simplemente no lo conviertas en costumbre. No somos amigos.

—Sólo coasesinos —convino Kagome, intentando ser amistosa. No sabía cómo interpretar su humor, por qué cambió tan rápidamente. Tal vez la bala que ella había recibido era menos un rasguño y más una herida. Tal vez estaba sangrando un poco demasiado como para que fuera sano. Sin duda explicaría la forma en que su visión estaba decididamente llena de manchas, la forma en que su mente no podía procesar sus expresiones, lo que quería decir. Antes siempre había parecido tan fácil leerlo. Con la boca seca, susurró, estúpidamente insegura—: ¿Gracias?

Inuyasha puso los ojos en blanco y salió del vestíbulo echando humo.

—Ni lo puto menciones.


El director general del Hotel Sicarius le resulta increíblemente familiar.

Ahora tiene sentido todo eso del hermano.

—Dios —susurra mientras el hombre de traje hecho a medida se mueve hacia ella con una especie de elegancia peligrosa—. Sois parientes. Eres el hermano de Inuyasha.

—Medio hermano —corrige el hombre. Su tono es aburrido y sin interés, pero su oscura mirada castaña es aguda. Kagome fija la mirada en él y ve trocitos de Inuyasha: los ojos, su constitución, sus mandíbulas, el color de su pelo. Pero también hay muchas diferencias, situándolos en lados opuestos de un espectro que Kagome no sabía que existiera.

Inuyasha es fuego. Es ira justificada y celos efervescentes. Es estallidos de velocidad y movimientos bruscos y severos. Su voz es ronca, como si siempre estuviese gritando. Siempre está gritando, incluso si es sólo de irritación o perplejidad. Es ruidoso, fiero y ardiente (ardía tan intensamente como el sol que Kagome no había tenido más opción que girarse hacia él, una flor de cerezo desvaneciéndose con la luz) y es salvaje y libre.

Este hombre… Este hombre es hielo. Frío, firme como el acero e inaccesible. Le ha dicho solamente una palabra, pero Kagome lo sabe, puede sentirlo en la forma en la que se mueve. No está contento de que ella esté aquí. No está contento en absoluto y ella presencia estas cosas en el momento en que aprieta la mandíbula y en el filo de su mirada, como el de un cuchillo. Se mueve con una elegancia que parece hacerle flotar, ágil y delicado. Si atacase, Kagome está segura de que nunca lo vería venir. Sería una contienda sutil y ella acabaría completamente destruida a causa de ello.

Debería asustarla. No es así. Inuyasha es su alma gemela y se está muriendo en el puto primer piso. Si algo va a aterrorizarla, va a ser eso.

—Sesshomaru, ¿verdad? —pregunta con la barbilla levantada.

Él ni se inmuta.

—¿Por qué importa eso?

Kagome se limita a canturrear, sopesándolo. Pero realmente no tiene otras opciones y todo aquel del que está segura que sabe algo ya está muerto.

—Tienes que contarme qué pasó exactamente.

Esto provoca que Sesshomaru alce las cejas ligerísimamente. Es la señal más minúscula, pero puede ver que está sorprendido. Podría ser ante su audacia. Podría ser ante la pregunta. Kagome está bastante segura de que es lo primero.

—Es usted consciente de que soy el director general —explica Sesshomaru con tono de educado desinterés—. No tengo que hacer nada.

—Inuyasha se está muriendo.

—Es un tonto.

Kagome entrecierra los ojos, la misma ira que la estaba alimentando en el vestíbulo vuelve a prender fuego tras la falta de preocupación del hombre.

—¿Disculpa? —Sesshomaru se la queda mirando durante un momento más antes de darse la vuelta. No es un permiso para que se retire, o al menos ella no lo cree así. Kagome lo sigue, resuelta aunque lo sea—. Es tu hermano, ¿y le llamas tonto? ¿A cuento de qué?

Sesshomaru se gira para apoyarse contra su mesa, una monstruosidad de cristal y metal que parece que podría romperse en cualquier momento. Aquellos ojos oscuros la evalúan y la encuentran deficiente.

—Usted debería saberlo mejor que yo.

—¿Qué coño significa eso? —exclama Kagome, completamente harta. De todas las frases a medias y las palabras apenas formadas. De toda la frustración y las preguntas sin responder. Había venido con un propósito y lo iba a puto conseguir o la totalidad del Hotel Sicarius iba a arder. Cuando Sesshomaru simplemente se la queda mirando fijamente, ella avanza echando chispas por los ojos con la intención de invadir su espacio. De repente, los dos camareros están a su lado, agarrándola y arrastrándola hacia atrás. El instinto la lleva a estampar el puño contra el cuello de uno de ellos, librándose de su agarre para desgarrar al otro. Le dan un puñetazo en la cara con tanta fuerza que ve las estrellas, pero Kagome juega sucio y lo placa, usando su bajo centro de gravedad para empujarlos a ambos hacia atrás. Hay un golpe contra su espalda, sus costados, y Kagome los acepta hasta que le da un puñetazo en la entrepierna, se gira para darle una patada en las rodillas. Da una patada, dos, un enfermizo chasquido resuena en la habitación justo cuando otro par de manos la agarra por detrás.

—Vete a la mierda —grita Kagome, empujando con todo su peso hacia arriba en el aire para que el camarero tenga que sujetarla. Él pierde el equilibrio, justo lo suficiente para que Kagome vuelva a enderezarse y a librarse de su agarre, su codo vuela hacia atrás. Apenas impacta, pero eso no la detiene, la obliga a darse la vuelta y a dar un fuerte puñetazo que hace que sus nudillos griten.

—Basta.

—Jódete —escupe Kagome viendo cómo cae el otro camarero. No puede mirar ahora mismo a Sesshomaru, incluso si le ha pedido que pare. Va a atacarlo a él a continuación y esta ya es una acción imperdonable. Sesshomaru podría despacharla por lo que acaba de hacer, incluso si ellos la agarraron primero. No se puede pelear en terrenos del Sicarius. Esto fue sin duda una pelea.

—Señorita Higurashi. —No se dice nada más. Kagome respira de nuevo antes de darse la vuelta, ignorando la punzada de dolor en su mejilla cuando aprieta la mandíbula.

—¿Qué?

Sesshomaru les dirige la más breve mirada a los dos camareros antes de exhalar. Es sólo el más ligero entreabrir de labios y no hay sonido audible, pero Kagome sabe que es un suspiro, no obstante.

—Qué desperdicio.

—Dímelo —exige. Su pistola sigue en su funda y sacarla llegados a este punto sería pedir la muerte. Aun así, le escuecen los dedos por cogerla—. No puedo dejarle morir.

El director la mira fijamente durante un momento más largo. Otra mirada evaluadora y Kagome está segura de que sigue encontrándola deficiente, incluso después de haber acabado con Ah y Un. No importa. Sólo importa una cosa y está en la puta primera planta. Kagome ve que las manos de Sesshomaru agarran los bordes de la mesa de cristal, una momentánea pérdida de control. Su voz, no obstante, es fría cuando pregunta:

—¿Y eso por qué?

—Porque es mi alma gemela —responde Kagome—. Y, si muere, no tengo nada que perder.

—¿No sería eso preferible?

—No.

—¿Y por qué no? —La oscura mirada de Sesshomaru sigue fría. Es como ser interrogada con un carámbano contra la garganta, peligrosamente cerca de morir con un único desliz—. Nada que perder es lo que más desea la mayoría de nuestros clientes.

—Entonces, mienten —afirma Kagome, negando con la cabeza—. Porque si no tengo nada que perder, tampoco tengo nada por lo que matar.

Aquellas cejas se alzan ligerísimamente una vez más. Lo ve durante el más mínimo segundo antes de que Sesshomaru vuelva a ponerse de pie, rodeando su mesa hacia la silla. Se sienta, tomándose su tiempo para entrelazar los dedos y seguir fulminándola un poco más con la mirada. Parece que ha pasado una eternidad antes de que continúe con tono monótono:

—Lo que le diga no puede salir de esta sala.

—Comprendo.

—O despacharán a Inuyasha —expone Sesshomaru sin compasión. Esa mirada penetra en ella una vez más.

Kagome asiente.

—Comprendo.

Hay un segundo de silencio mientras el director lo sopesa, sus manos caen para colgar flácidas sobre los reposabrazos. Es una visión extraña, teniendo en cuenta lo que están a punto de debatir.

—Hace un mes, usted casi murió. En consecuencia, hubo que suspender todas las órdenes de golpes temporalmente hasta que se completase una investigación.

Lentamente, vuelve a asentir. No entiende a dónde va esto.

—El golpe que casi la mató era una trampa —explica Sesshomaru. No parece lamentarlo o empatizar. El hombre habla de hechos como alguien hablaría del tiempo—. Un golpe con la intención de capturar a uno de nuestros clientes del Sicarius para matarlo y usarlo como mensaje.

Entonces, encajan, diminutas piezas de un rompecabezas cayendo en su lugar.

—Naraku Morikawa y su banda. Estaban liquidando a sus hombres demasiado rápido y él quería ponerle fin.

Sesshomaru asiente, la más mínima fracción de movimiento.

—El golpe lo infiltró él, a través de varios medios, por supuesto. Durante los últimos años, los clientes del Sicarius han estado atacando a su grupo de matones descontrolados. Nunca con propósitos directos, meramente porque tienen todos sus dedos ensangrentados en muchos bolsillos. Alguien va a terminar yendo a por uno e inevitablemente acaban muertos.

—Entonces ¿qué cambió?

—Hace seis meses, una porción de sus negocios fue incautada por autoridades internacionales. Su posición dentro del mundo del crimen organizado era trémula, como mucho, antes de eso. Después, estaba destrozada. Pero los golpes sobre sus hombres continuaron y cada muerte suponía un agujero mayor en su red.

—Entonces, quería que el Sicarius parase —dice Kagome—. Simplemente resulté ser yo la que llegó primero al objetivo.

—Le tendieron una emboscada.

—Iban a tirarme al lago —señala frunciendo el ceño—. ¿Cómo es eso un mensaje?

—No los iban a lanzar a todos.

Kagome intenta no hacer una mueca, pero es difícil evitarlo. El recuerdo del ataque no se ha desvanecido, no con sólo treinta y algo días. Lo hace a un lado.

—Pero Inuyasha me salvó. —Sesshomaru asiente. Como no dice nada más, ella levanta las manos en el aire, exasperada—. ¿Y?

—¿Lo siguiente no es obvio? —se mofa Sesshomaru. Su expresión se vuelve imposiblemente más fría—. ¿La muerte de Naraku Morikawa y de los hombres que la atacaron a usted no es una pista lo suficientemente obvia sobre lo que ocurrió en las semanas que siguieron a su recuperación?

—¿Qué? —pregunta parpadeando—. ¿Qué quieres decir?

—Naraku está muerto. —Las palabras son monótonas, sin energía. La mirada de furia de Sesshomaru es de algún modo todavía más peligrosa—. Y sólo dos personas saben quién los mató a él y a gran parte de su grupo.

—Tú eres una de ellas —indica Kagome.

—Y el asesino que lo mató es la otra.

Inuyasha. Por supuesto que es Inuyasha. El conocimiento lo siente como un puñetazo en el estómago, asombroso y nauseabundo. ¿Cómo podía haber estado tan ciega para haber ignorado el mundo mientras seguía girando fuera de la puerta de su apartamento? No lo había sabido y no había intentado averiguarlo. Pero mientras se estaba recuperando, Inuyasha había ido a buscar venganza, persiguiendo a los imbéciles que casi habían acabado con su vida.

Porque sabía que ella era su alma gemela. Pero él había sido quien la había salvado, quien había cuidado de ella. Había visto su marca del alma.

¿O lo había sabido desde el principio? Se suponía que las almas gemelas lo sabían en el momento en que se tocaban, la sensación que las abrumaba demasiado notable como para ignorarla. Pero a Kagome le habían disparado intentando salvarlo e Inuyasha apenas había estado consciente, completamente ido para cuando había regresado con él.

¿O lo había sentido, lo había sabido, y esa era la razón por la que había estado despierto aquella horrible, terrible noche?

Años revolotearon por su mente y Kagome descubrió que cada conversación que habían mantenido podía haber significado algo distinto. Tal vez Inuyasha lo había sabido desde el principio, pero entonces ¿por qué no dijo nada? ¿Lo había hecho?

—Le dije que, si iba tras Naraku, pasaría esto. —Sesshomaru no es vehemente mientras habla—. Como dije: tonto.

—¿Cómo sobrevivió alguno? —Si mató a Naraku… si asesinó a aquellos que le habían hecho daño… entonces ¿quién quedaba?

—¿De verdad piensa que Naraku era el único criminal peligroso de esa banda? —Incluso sin entonación, sale desdeñoso—. Hay muchos más.

Entonces, los hombres restantes, de la banda de Naraku o puramente por asociación, fueron tras Inuyasha. Él asesinó a su líder y ellos planearon aniquilarlo en venganza. Le habían encontrado y habían intentado asesinarlo. Era un misterio cómo había conseguido escapar siquiera y llegar a su apartamento.

—No van a parar, entonces —murmura Kagome, un incipiente horror trepa más allá de sus labios—. La banda de Naraku era una de las más grandes del país.

La más grande.

Sesshomaru la intimida con la mirada cuando ella lo mira a los ojos. No consigue leerlo, este hombre no es Inuyasha. Pero hay algo allí. Algo que Kagome reconoce, es espeluznante y horripilante. Es exactamente la misma sensación de años atrás, cuando con manos temblorosas atravesó el campus corriendo con el móvil aferrado con tanta fuerza que Kagome pensó que se rompería.

Eso es, entonces. Una opción.

—Director general —dice Kagome. Amplía su pose, cuadra los hombros. Una opción y no la va a dejar pasar—. Lléveme con el sumiller.


Si Kagome fuera a recordar, recordaría sólo esto:

Los ojos abiertos como platos de Inuyasha cuando la vio otra vez, con la lluvia cayendo torrencialmente alrededor de ellos. Él estaba empapado hasta los huesos, con el pelo negro pegado a la frente. Había sangre goteando por su brazo, apenas perceptible como más que un brillo en su negro traje de batalla.

Kagome no estaba en mejor condición. Estaba intentando recuperar el aliento, apoyada en una rodilla con ambas manos en el hormigón. Tenía las uñas rotas, ensangrentadas y embarradas. Alrededor de ellos, el mundo parecía apagado. Los truenos resonaban en la distancia, la lluvia caía con tanta fuerza que casi ahogaba el ruido.

—¡Kagome! —gritó Inuyasha. No corrió hacia ella. Se quedó allí de pie, mirando. Si acaso, parecía como si estuviera respirando con más dificultad, como si esto fuera mucho más peligroso que nada que hubiera pasado con anterioridad. Como si no acabara de salvarla de aquella loca mujer armada. Como si esto fuera mucho peor.

Tras escupir sangre, Kagome se lamió los dientes. Seguían todos allí. Un milagro, a decir verdad.

—¡Kagome! —gritó otra vez, parcialmente ahogado por el trueno que estalló en el cielo, mucho más fuerte que cualquier rugido anterior. Inesperadamente, estaba a su lado, pero, oh, un momento. Kagome parpadeó y se arrepintió al instante de abrir los ojos. ¿Por qué estaba, de repente, mirando hacia arriba? ¿Se había desmayado?—. Puta idiota —le gritó Inuyasha. Tenía el rostro furioso.

Se lo acarició débilmente, demasiado cansada como para sonreír siquiera.

—Suéltame —gruñó.

—¿Lo dices en serio? —Pero Inuyasha se estaba poniendo de pie, arrastrándola consigo. Hicieron falta unos momentos para que sus piernas se mantuvieran firmes, pero cuando lo hicieron, se apartó de él a trompicones—. ¿Por qué fuiste tras ellos?

—Un objetivo es un objetivo —intentó Kagome.

Él le dirigió una mueca de desagrado.

—¡Un objetivo es un objetivo!

—¡Te oí la primera vez, joder! —Con eso, corrió hacia ella, agarrándola y llevándosela arrastrada. Lejos del sucio callejón, más allá de la basura y de los charcos manchados de sangre. Kagome ni siquiera sabía dónde estaban. Había perdido todo sentido de la orientación y no fue hasta que su espalda chocó contra una puerta, cuando la lluvia ya no cayó sobre ella, que Kagome fue capaz de parpadear y al fin ver.

—¿Qué haces? —preguntó Kagome, sus ojos se clavaron al instante en donde su mano estaba rodeándole la muñeca.

Inuyasha lo notó, pero frunció los labios. No la soltó.

—Eso fue jodidamente temerario.

—Sabes cómo nos ganamos la vida, ¿verdad?

—Extratemerario.

—Estoy viva.

—Gracias a mí.

—¿Quién dice que «gracias a ti»? Habría estado perfectamente yo sola.

Inuyasha ensanchó la mirada, abriendo la boca para gritar:

—¿Lo dices puto en serio?

—¡Para de preguntar eso! —soltó—. ¡Y suéltame!

—¿Por qué debería hacerlo?

Buena pregunta. Kagome abrió la boca para replicar, pero descubrió que no podía porque, ¿la verdad? La verdad era mucho peor. La verdad era que ella no quería que la soltara. Pero eso era peligroso. Eso invitaba a su perdición, una influencia de la que no podía deshacerse y Kagome tenía deudas que saldar. Tenía que cumplir su promesa, vengar a su familia.

Y no era como si… No era como si importase, de todos modos, ¿no? Porque se estaban tocando y se habían tocado antes y nada…

No había ocurrido nada.

Kagome echó bruscamente el brazo hacia atrás y no pudo evitar apretar la mano contra donde tenía la marca del alma en sus costillas. Inhaló temblorosamente.

—Gracias por salvarme.

Inuyasha pareció dividido, una mueca se deslizó en un descontento frunce.

—Kagome…

—Pero tienes que parar —le dijo, tratando de decirlo a la ligera. Falló por un kilómetro. Volvió a intentarlo—. La gente va a hablar, ¿sabes? Ya es bastante malo que seamos dos asesinos en la misma ciudad.

—Eso es culpa tuya —gruñó Inuyasha.

Kagome se encogió de hombros.

—No es como si fuéramos almas gemelas, ¿verdad?

Eso le hizo parpadear, quedándose paralizado al instante. Era un extremo contraste con la lluvia que caía más allá de él, deslizándose en cascadas. Ella no pudo soportarlo, no pudo soportar verle así. Le dolía todo el cuerpo, todo palpitaba de dolor, pero de algún modo esto era mucho peor. Mucho, mucho peor.

Sabía el porqué. Kagome no era estúpida. Miró su rostro y lo supo. Lo supo como la primera vez que le vio, la forma en que cada parte de ella se giraba a mirarlo como una flor al sol.

Niñita ingenua, pensó. Ridícula.

Forzando una carcajada, Kagome se apretó más contra la puerta, cerrando los ojos.

—¿Cómo de malo sería ser tanto almas gemelas como asesinos? Estarían muertos en menos de una semana si alguien lo descubriese. Es la influencia suficiente como para destruir el sustento de cualquiera.

Inuyasha retrocedió un paso. Ella contuvo un estremecimiento. No tenía frío. Esa no era la razón.

—Cierto —dijo con un asentimiento.

Pero no pudo contenerse. Dolió más y más, pero no pudo parar.

—Menos mal que no somos almas gemelas, ¿eh?

—Sí —le dijo él dándose la vuelta—. Menos mal.


Con cada paso parece que el mundo se mueve sobre sus hombros. El traje ceñido es perfecto, apenas más pesado que la tela normal. Pero no supone ninguna diferencia, ninguna en absoluto. Porque ya está.

Sesshomaru simplemente le había dado una dirección y la había despedido con una mirada fulminante. Era obvio cuál era el intercambio y Kagome no planeaba echarse atrás. Tenía una oportunidad y solamente una oportunidad. Matarlos a todos sin que la descubrieran o morir. Una segunda oportunidad conduciría a la aniquilación.

El Sicarius nunca podría ser tan generoso.

La moto acelera entre las oscuras calles, apenas una pizca de luz hacia delante. Pero conoce este lugar y revoluciona más el motor, va más y más rápido hasta que el edificio está a la vista y mucho más cerca. Puede ver a hombres moviéndose, con pistolas abiertamente atadas a ellos. La miran fijamente con confusa incomprensión, una moto voladora en plena noche.

Kagome frena, deja que la moto gire poderosamente mientras se desliza y saca sus pistolas.

Caen cuerpos. A ella apenas la ven. Sólo hay destellos, desdibujados en el oscuro manto de la noche. Hay gritos y silbidos, las pistolas gimen a su manera. Kagome termina derribada con cada bala, detenidas completamente por su traje, y devuelve un tiro en la cabeza tan rápidamente que no tienen oportunidad de corregir su error.

Fuera, todo queda extrañamente en silencio.

Kagome abre de un tirón las puertas y se pone a trabajar.

Hay sangre en sus manos, pero siempre la ha habido. Desde que era una niñita ingenua, escuchando las palabras de su abuelo y quedándose sentada con incredulidad. Su padre, ¿asesinado? Su padre, que había intentado salvar vidas, ¿no se merecía nada más que una bala?

Pero había justicia, ¿verdad?

Y eso había creído en aquel entonces. Su abuelo también. O tal vez no. Tal vez por eso siguió con la persecución. Tal vez por eso se volvió audaz con su alcance, más incisivo con sus preguntas. No había un tal vez en por qué estaba muerto.

Kagome se agacha, dando una patada para tirar a un agresor al suelo. Otro va a por ella desde atrás y bloquea un puño con su antebrazo, levanta otro brazo. Tiro en la cabeza. La sangre le salpica en la cara. Se retuerce, baja el brazo.

Tiro en el pecho. Tiro en la cabeza.

Corre.

Hay sangre en sus manos, pero siempre la ha habido. La sangre en su rostro es nueva, gotea desde su frente y se le mete en los ojos, cegándola. Pero esto es justicia en su forma más auténtica.

Hombres y mujeres salen corriendo de oscuros rincones y Kagome no para de disparar. Avanza, gira cuando una bala le roza el brazo y dispara. Tiro en la cabeza, baja. Pecho, pecho, cabeza, baja. Placaje al costado, haciéndola gruñir, baja el codo automáticamente sobre la cabeza de su agresor, consiguiendo espacio suficiente para derribarlo y darle un manotazo en la garganta. Rueda, le dispara a otra persona que va hacia ella antes de acabar con el hombre que está intentando respirar desesperadamente en el suelo.

Avanza por el almacén. Se hace más silencioso a medida que va, casi en silencio mientras sube por las escaleras de metal al segundo nivel, donde están las oficinas. Kagome se mueve con paso ligero, su oscura mirada observa constantemente sus alrededores. Hay un disparo y Kagome casi tropieza mientras se retira, la pared se astilla justo delante de ella. Kagome dispara tres veces (los dos primeros fallan, pero el último acierta) antes de que vayan más a por ella desde atrás.

Es una reyerta y sigue ensangrentada. Pero es la sangre lo que la está manteniendo con vida, canturreando por sus venas. Bombea, ruge, grita en su cabeza mientras se agacha, recibe un golpe, dispara su arma. Los casquillos vacíos caen al suelo mientras los intercambia, sin vacilar en ningún momento. Lágrimas sangrientas bajan por su rostro y Kagome no se molesta en limpiárselas.

Cuando todo está en silencio, se dirige a su destino final.

Fue la única advertencia que dio Sesshomaru, si se podía llamar así. Una notita justo debajo de la dirección en el trozo de papel que le había dado: el despacho. Kagome no tiene ni idea de qué esperar. Eso no la detendrá.

La puerta ya está abierta. Es el despacho, tiene que serlo. Cuanto más se acerca, más puede oír el sonido de una suave música reproduciéndose. Cuando Kagome entra en la estancia, un hombre está sentado a una mesa bebiendo whisky. Pensar en Inuyasha con la mirada fija en el suyo, arrastrando palabras de sus labios mientras le hace preguntas a ella, afirma su determinación.

—Tú debes de ser Miko —dice el hombre. Está enfadado, eso es obvio. Está en la forma en que se mueve, en la forma en que tiene la mandíbula apretada y sus ojos revolotean hacia ella y se apartan.

Kagome se encoge de hombros.

—Si quieres llamarme así, claro.

El hombre equivoca su indiferencia con confusión.

—¿Le dejas a la gente mucho tiempo para que te digan este apodo antes de que suelten su último aliento?

Piensa en los cuerpos desperdigados por el suelo del almacén, las escaleras, el hormigón de fuera.

—No.

El hombre resopla.

—¿Debería ser un honor ser quien te lo diga? —Kagome no le corrige, no le dice que ella ya es consciente de su legado, una autobiografía manchada de sangre que sólo habla de muerte. Cuanto Kagome más lo mira, más ve. Es tanto más mayor como más joven de lo que se había esperado. La red criminal clandestina la dirigen descontroladamente viejos con dinero aún más viejo, pero Hakurei es joven y próspera, un lugar perfecto para alzarse de las turbias sombras. Aquellos que son jóvenes, audaces y no temen a la muerte, ascienden rápidamente. Eso es lo que había pasado con Naraku, por lo poco que sabe.

—El Sicarius se ha vuelto corrupto —continúa el hombre. Se detiene sólo para darle un sorbo al whisky y sus ojos, de un castaño dorado a la tenue luz de la lámpara, la atraviesan—. Liquida un negocio que no tiene nada que ver con vosotros.

—No tiene nada que ver con el Sicarius —responde con sinceridad—. Tú intentaste matarme primero.

—Tú mataste a Naraku.

Kagome levanta la pistola. El ascenso es lento, pero aquí no hay amenaza.

—No fui yo —le dice—. Pero mi alma gemela no estaba muy complacida.

El hombre arquea una ceja.

—Ah, cierto. El Demonio de Hakurei.

Este, no obstante, es un nombre que no ha oído nunca. Tal vez Kagome tiene que tener otra conversación con el director general del Sicarius, después de todo.

—¿Debería llamarte de algún modo? —pregunta.

El hombre niega con la cabeza, deja el vaso y se recuesta en el cuero de su silla. Su mirada no se aparta de ella en ningún momento.

—No, pero nunca destruirás la red Arácnida. Esto es sólo una nimiedad. ¿Tu Demonio y tú? Este no será el final.

Kagome dispara un tiro al pecho. Observa cómo sus ojos se ensanchan con estupor. Avanza un paso para que su mirada caída no se aparte en ningún momento de ella, para que pueda verlo mientras le apunta a la cabeza.

Dispara una vez más.

La sangre de su rostro la ciega, cae sobre el hormigón. Estas son lágrimas de justicia.


Sólo empeoró.

Empeoró mucho, mucho más. Hakurei era una gran ciudad, pero era sucia. Había una base que se negaba a marcharse. El crimen estaba por todas partes, parasitando en las esquinas, creciendo. Se negaba a ceder ni un centímetro. La gente animada se lo ponía mucho más fácil a aquellos que querían esconderse, que querían escudarse del mundo para hacer cosas más miserables.

Hacía que el Hotel Sicarius fuese extremadamente rentable.

Hacía que los golpes fueran más frecuentes todavía.

¿Y Kagome? Veía mucho a Inuyasha. No siempre, pero lo suficiente como para que fuera extraño que no lo hubiera visto en una semana, ensangrentado o sonriendo burlonamente, o con una pistola en la mano, disparando a unos imbéciles que se lo merecían.

Era fácil distraerse.

—¡Kagome! —gritó Inuyasha. Hubo un disparo, otro. Lanzados en rápida sucesión. El peso en su espalda desapareció y Kagome retrocedió trastabillando, apenas manteniendo el equilibrio. Dolía respirar.

Cierto. El cuchillo en su espalda.

—Joder, Kagome.

—Inuyasha —dijo con voz entrecortada. Sus rodillas gritaron de dolor. El suelo se estaba moviendo, acercándose.

Estaba respirando el polvo.

Había presión en su espalda, salvajes palabras siendo gritadas. Hicieron falta unos momentos antes de que el mundo se enderezase, se volviese menos pesado. Una mano le apartó el flequillo y, de repente, pudo ver. Inuyasha parecía aterrado, o tan aterrado como lo había visto nunca. Ella parpadeó, confundida.

—¿Inuyasha?

—No te puto muevas, idiota. Voy a por ayuda. —A pesar de la dureza de sus palabras, había un filo desesperado en su sonido. Rajó la parte de abajo de su camiseta con un cuchillo, cortándola en tiras. Vio el brillo de tinta por su torso. Le recordó a algo. Le hizo pensar en cosas que no debería.

Cuando Kagome intentó reírse, Inuyasha la maldijo. Hizo que las siguientes palabras fueran aún más dulces.

—No esperaba que ella viniera a por mí.

Él hizo un ruido que ella no pudo analizar del todo.

—Mataste a su alma gemela. Por supuesto que iba a ir a por ti. Eres una puta idiota. Vi sus marcas del alma iguales desde el otro puto lado del callejón.

Kagome no lo había visto, no lo había sabido. Probablemente era la razón por la que nunca se esperó que la mujer cogiese el cuchillo escondido del cinturón de su marido muerto y se lo lanzase a ella. El golpe había sido sólo para él, pero según resultó, eran compañeros en la vida y en el crimen. El lanzamiento del cuchillo sólo fue impreciso porque Kagome se había dado cuenta de que algo iba mal en el último segundo.

—Almas gemelas —susurró. El polvo cubría sus labios—. Menos mal que no hemos encontrado a las nuestras.

La única razón por la que Kagome supo que Inuyasha se había quedado paralizado fue por su inhalación, brusca en la por lo demás silenciosa noche. Le hizo mirarlo de soslayo, la forma en que su cuerpo se quedó quieto y no se movió durante un latido, dos, tres.

Y entonces, de repente, un ronco ruido de irritación. Salió de él en un ladrido cuando explotó, una mano suya la agarró demasiado bruscamente por la espalda.

—Tengo un alma gemela, joder.

Oh.

Kagome soltó un grito ahogado, pero todo su cuerpo estaba en llamas. El dolor resonó por cada grieta de su centro, aferrándose a músculos y bailando por sus venas. La presión en su espalda se aflojó y fue sólo entonces que oyó el agudo gemido, el ruido que salía de su mismísima garganta.

—Joder —dijo Inuyasha entre dientes y ahora hubo una mano rozando una vez más su frente—. ¿Kagome? ¡Kagome!

Inuyasha tenía un alma gemela. Eso… Kagome se dio cuenta de que había una muy auténtica posibilidad de que podía morir, pero de algún modo, su cerebro estaba mucho más concentrado en esto. Él tenía un alma gemela. Eso era…

Eso era…

—Kagome —rogó Inuyasha. Sonó como si no fuera la primera vez que había dicho su nombre. Ni siquiera la segunda o la tercera—. Tengo que irme, pero volveré. No te me puto mueras, ¿me oyes?

Inuyasha tenía un alma gemela.

Kagome.

Fue la desesperación lo que le afectó. Kagome exhaló, tan confiada y con tanta sencillez como pudo.

—Inuyasha.

Su mano le rozó la frente una vez más y Kagome dejó que sus ojos se cerrasen ante la sensación. Después, se dijo, haciendo todos los demás pensamientos a un lado. ¿Qué sentido tenía preocuparse en ese momento? Podía morir. ¿No era mejor recordar este segundo?

Cuando volvió a abrir los ojos, Inuyasha no estaba. Se encontraba sobre algo suave, cómodo y que la sobresaltó, haciendo que se moviera.

—Eh, con calma —dijo una voz desconocida. Antes de que pudiera lanzarse, una cara apareció ante ella, el hombre se agachó para que estuvieran a la misma altura. Era mayor, con grandes ojos y pelo rebelde y entrecano. Le chasqueó la lengua—. Soy médico. Aquí estás a salvo, pero no debes moverte. Todavía no. No hasta que yo te lo diga.

—¿Inuyasha? —preguntó de inmediato.

El médico frunció los labios.

—Un amigo.

—No —alegó, plantando las manos en la cama para intentar incorporarse. El dolor fue inmediato, dejándola caer de nuevo sin ostentación. Tenía el rostro presionado contra las sábanas blancas, se le estaba oscureciendo la visión. Entre alientos laboriosos, se obligó a decir el resto—. No. ¿Dónde está Inuyasha? ¿Dónde está?

—Se marchó —le dijo el médico. Hubo una suave palmadita en su brazo y fue tal suficiente distracción que le llevó un momento sentir el pinchazo en el cuello, una aguja adentrándose allí—. Le prometí que cuidaría de ti. Ahora, descansa.

—Inuyasha —trató Kagome, pero el mundo de repente estaba más pesado.

—Descansa —murmuró el anciano, colocándola cuidadosamente para que su rostro mirase hacia fuera, permitiéndole respirar—. Puedes verle después.

Después no fue hasta cuatro semanas más tarde.


El Hotel Sicarius es un faro brillante en la por lo demás oscura noche. Kagome va a trompicones hacia él, sus pies continúan incluso cuando su mente exige descanso. No se detiene. No se atreve a hacerlo.

Es por la mañana temprano, aunque el sol no hará una aparición hasta dentro de un par de horas. Kagome siente el agotamiento pesándole mucho, más pesado aún porque su cuerpo está cediendo. Hace mucho que la adrenalina se ha ido, una amiga fugaz que murió y se marchitó en cuanto puso un pie fuera de aquellas puertas del almacén.

Un coche extraño pasa por su lado, pero no le presta atención. Sólo espera que nadie mire con demasiada atención o se digne a parar. Tiene que volver al Sicarius, con Inuyasha, y su moto está dañada y es imposible repararla. Demasiadas balas en lugares que necesitaba para funcionar.

El aparcacoches la ve primero. Es un hombre más mayor, con pelo encanecido y un fino bigote. Incluso desde la distancia, puede ver la forma en que ensancha la mirada y luego sale por patas, entrando en el hotel corriendo. Probablemente sea bueno. Eso significa que han estado esperando. Kagome sube el primer peldaño y casi se derrumba. Hacen falta varias inhalaciones para hacer a un lado las náuseas y reforzar su voluntad. Da otro paso, sus ojos fulminan con la mirada el suelo bamboleante bajo ella cuando otro par de zapatos entra en su campo visual.

El director general del Sicarius ha salido para recibirla personalmente. Sesshomaru parece tan inexpresivo como lo había estado cuando lo dejó. Pequeños consuelos en lo conocido.

—¿Está hecho? —pregunta.

Kagome asiente una vez.

—Sígame.

El vestíbulo del Sicarius está extrañamente vacío. Sólo Rin, la empleada de la recepción, está tan alta y alegre como siempre. Aún está esa sonrisa, pero está grabada con algo que Kagome no puede leer. Quiere entenderla, pero ya está demasiado confundida ante el vacío del edificio, demasiado distraída por las sillas y las mesas vacías del bar. El Sicarius es hogar de asesinos de todo el mundo, los que están de visita y los permanentes. Son terrenos sagrados para su especie, lo que significa que, sin importar la hora, siempre hay alguien despierto, alguien planeando, alguien esperando.

—¿Tú hiciste esto? —Tiene la voz destrozada, lo que es extraño. No recuerda haber gritado.

Sesshomaru no se digna a contestar, pero la sonrisa de Rin se ensancha, crece.

No van hacia la consulta del médico. De hecho, se adentran más en el interior del hotel de lo que Kagome nunca antes se ha aventurado. Dos guardias están de pie junto a una abertura. Reconocen al director con la inclinación de sus cabezas, sus ojos siguen puestos en ella con sospecha. Kagome tiene que respirar para recordarse que aquí está a salvo. Su mano aun así ansía su pistola.

Un único ascensor los espera. Se abre inmediatamente cuando llegan y Sesshomaru entra sin vacilación. Kagome lo sigue. Está demasiado cansada como para hacer preguntas y el director del hotel no es lo suficientemente comunicativo como para darlas, incluso si se las hace. Suben.

Cuando se abren las puertas del ascensor, lo primero que ve es a él.

—¿Inuyasha?

Está allí, acostado en un sofá que está sólo ligeramente hacia un lado. Están en una suerte de lugar de reunión, con sofás, sillas lujosas y mesas altas dispersas por todas partes. No hay un escritorio por ningún lado. Kagome nunca ha sabido de la existencia de este sitio. Se haría preguntas sobre esto, pero su mente está cautivada totalmente por la visión de Inuyasha incorporándose con una mueca de dolor pintada por su rostro.

—Serás puta idiota —estalla—. ¿Por qué hiciste eso?

Kagome pasa por el lado de Sesshomaru sin detenerse hasta que Inuyasha está justo delante de ella, con sus rodillas presionadas contra las piernas de ella. Él inclina la cabeza para mirarla con ira, la furia irradia de él. Es algo familiar. Kagome casi llora.

—¿No vas a decir nada? —gruñe Inuyasha, aprieta las manos en puños a sus costados—. Podrías haber conseguido que te mataran.

—¿Desde cuándo lo sabes?

La pregunta sale de ella antes de que su mente sea siquiera consciente de considerarla una opción. Kagome observa el juego de emociones deslizándose por el rostro de Inuyasha (por el rostro de su alma gemela) y se da cuenta de que puede reconocer todas y cada una de ellas. A pesar de todo por lo que han pasado, esto parece más íntimo que cualquier interacción anterior.

Como era de esperar, Inuyasha miente.

—¿Saber qué?

—Que somos almas gemelas. —Es fácil decirlo en voz alta. De hecho, no duele en absoluto.

La mirada de furia se afloja, pero su boca se tuerce desagradablemente. Hay un momento de reflexión antes de que se gire completamente para fijar la mirada en algo que está detrás de ella.

—Vete, joder.

—No —dice Sesshomaru con sencillez. Kagome se gira y lo ve acomodándose en una silla de respaldo alto enfrente de ellos, su fría mirada es evaluadora como de costumbre—. Hay que hablar de algunos términos.

—Los hablamos.

—Tú y yo sí —corrige Sesshomaru. Suena aburrido, un completo contraste con el fuego de la creciente irritación de Inuyasha—. Ella y yo no.

—No hay rastro, no hay pruebas, no hay despido —alega Inuyasha—. Cualquier prueba rompe los términos.

La ceja de Sesshomaru se mueve ligeramente, el equivalente (sólo puede suponer Kagome) a una mirada de furia.

—Ese es el resumen. —Dirige entonces su atención hacia ella. No es menos glacial que antes—. ¿Acepta?

—¿Tengo elección? —pregunta, irónica. El director general permanece quieto, esperando. Kagome suspira—. Aceptado. Aunque tengo una pregunta.

—Yo te la responderé —interrumpe Inuyasha—. No va a decir una mierda.

—¿Ni siquiera cuando lo pide la Miko de Hakurei?

Durante un largo momento, Inuyasha simplemente se la queda mirando. Es suficiente para ver la verdad en sus ojos.

—Kagome…

—Así que fuiste tú, entonces —descifra—. No tu hermano.

—Medio hermano —corrigen al mismo tiempo. Kagome frunce el ceño.

—Bueno —empieza Inuyasha a la defensiva—. ¿Qué cojones iba a hacer? Tú ibas como tonta por Hakurei matando a gente mucho mejor que tú. Las leyendas son difíciles de matar. La gente hace tonterías cuando está asustadísima.

—¿Y cuándo empezó esto? —El apodo de Miko lleva tanto tiempo circulando, que Kagome no puede recordar cuándo lo oyó por primera vez exactamente. Si Inuyasha fue quien lo extendió, si Inuyasha fue quien lo creó…

—Cuando lo supe.

Kagome sabe la respuesta, pero tiene que preguntarlo de nuevo, de todos modos.

—¿Y cuándo lo supiste?

—Cuando me tocaste. —Inuyasha se pone entonces en pie, obligándola a retroceder unos pasos para darle espacio. Todavía está en su órbita, atraída inexplicablemente como lo está siempre—. Todo el mundo lo descubre de esa manera. —Hay acusación en sus ojos, una tormenta ahí que Kagome ahora reconoce, años más tarde. Es familiar, una mirada inolvidable que ocurrió no una, sino dos veces, hace tiempo. Cuando le estaba diciendo que podía quedarse en Hakurei, preguntando por qué le había salvado y todo, y la vez después de aquello, con la lluvia cayendo alrededor de ellos y una marca alrededor de su muñeca.

—Me dispararon —dice lentamente, confesión tanto como disculpa—. Justo cuando nos tocamos. Estabas herido. Yo… Si lo hubiera sabido… —se interrumpe porque no hay palabras que se comparen. Su mano cae alrededor de su cintura, segura y cálida. Kagome intenta recordar respirar—. No habría dicho esas cosas.

Inuyasha la observa como si su sola mirada pudiera distinguir la verdad de la mentira. Tal vez puede. La conoce desde hace años, la ha visto en sus peores y en sus mejores momentos. En lo alto de tejados y en el suelo, arrastrándose entre aguas residuales. Ha estado ahí a su lado, caos organizado.

—Pensaba que estabas intentando expresar algo.

Ella niega con la cabeza.

—No.

Él abre la boca, pero la cierra igual de rápido. Su forma de ver la vida tiene que cambiar y Kagome deja que pasen los segundos para permitir que ocurra.

—Me gustabas incluso entonces —le dice Kagome suavemente, una caricia de palabras—. Y estaba asustada.

—A ti no te asusta nada.

Ella niega con la cabeza.

—Siempre me has asustado tú. La persona en la que me he convertido.

Hay un momento de silencio. Inuyasha sigue observándola antes de que su oscura mirada se deslice a un lado donde espera su único público. Ella se había olvidado en medio de todo de que Sesshomaru seguía allí.

—Vete, joder, Sesshomaru.

—Esto es mío —le recuerda monótonamente su medio hermano—. Aunque tu habitación de la séptima planta está lista.

Le devuelve la mirada, toda fuego para reforzarla contra el frío helado de las palabras del otro hombre.

—No vamos a llegar —explica Inuyasha, la curva de su labio causa un revoltijo delicioso dentro de ella.

—Vais…

Pero Inuyasha se inclina, capturando sus labios. Ella lo rodea con los brazos al instante, suave y posesiva en igual medida. El hombre ante ella está herido y roto, pero lo desea por completo. Desea que la posea por completo, como todas las veces anteriores. Nunca ha habido otro. Nunca habrá otro.

Inuyasha le da la vuelta, la empuja al sofá y ella cae voluntariamente, deja que la comodidad del cojín se la trague. Se estira avariciosamente hacia él, anhelante como siempre hace. Inuyasha la sigue porque no puede no hacerlo. Kagome ahora lo ve. Lo ve en la forma en que la toca, en la forma en que sus ojos oscuros encuentran los suyos, en la forma en que siempre está girado hacia ella, esperando y observando y anhelando.

—Tenéis una hora —dice Sesshomaru de repente y entonces suena el timbre del ascensor. El deslizar de puertas. Un silencio que penetra en la sala, roto sólo por sus bruscas respiraciones.

—Eres terrible —le dice Kagome, completamente deleitada.

Inuyasha sonríe.

—Tú inspiras lo mejor.

Cuando la besa contra los cojines, exigiendo cada centímetro de ella, Kagome cede.


Se enamoró y no hubo nada que pudiera hacer al respecto.

Kagome aceptó su destino a diferencia de todo lo demás en su vida. Contra esto no luchó. ¿Contra qué había que discutir realmente? Inuyasha tenía un alma gemela y no era Kagome.

Agachándose detrás de media pared en un callejón, Kagome suspiró. A su lado, Inuyasha frunció el ceño.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Y una mierda.

Kagome lo miró con furia.

—Este golpe es mío. ¿Por qué estás aquí siquiera?

Hizo a un lado sus sentimientos, los empujó muy lejos. Habría tiempo para eso después, cuando estuviera sola en su diminuto apartamento, esperando a que llegase la siguiente petición de un golpe.

Después, se prometió.

Después.


Hay un después.

Después, abrazados en un colchón conocido, siendo lo único entre ellos su piel cubierta de sudor y sus alientos jadeantes. La mano de él presionada contra un lugar familiar en las costillas de ella, la flor de cerezo tan suave, lisa y radiante como nunca.

Después, sentados en lo alto de un tejado esperando al blanco. Inuyasha le da un codazo y señala una posible ruta de escape, una forma de que su golpe huya que hará la persecución más difícil, más divertida. Kagome le desafía a que deje que el blanco llegue tan lejos. Inuyasha pone los ojos en blanco, dice que no confía en que ella no le robe el asesinato. Cuando llega el momento y el objetivo huye, Kagome le dispara en la pierna. Con una floritura, gesticula hacia él, sonriendo. Inuyasha le da el disparo final.

Después, bebiendo en el Hotel Sicarius un Martini afrutado y un whisky con hielo. Llegan a la mitad, ignorando las miradas de quienes les rodean, antes de ponerse en pie sincronizados y encaminarse hacia los ascensores. Hay una habitación permanente para ellos, por si la quieren, y se dirigen hacia allí juntos con los dedos entrelazados mientras las bocas se quedan abiertas a su alrededor.

Después, riendo bajo la lluvia torrencial en aquel mismo rincón. Esta vez, Inuyasha no le suelta la muñeca, pero Kagome le dice de todas formas que no quiere que lo haga.

Después, luchando espalda contra espalda a través de una ola de matones que no terminan de causar baja, joder, Inuyasha.

Después, dirigiéndose a su apartamento compartido, apenas dejando que se cierre la puerta antes de que el cuerpo de Inuyasha esté presionado contra ella, con los labios robando aliento, pensamiento y deseo. Kagome lo atrae más, deja que su mano vague bajo la apretada camiseta que viste durante sus cazas. Sus dedos tocan una marca igual, su marca del alma, y juraría que siente sus pétalos como si fuese real, tamborileando entre ellos tan ardiente como su amor.

Después, con un objetivo entre ellos. Inuyasha a un lado y Kagome al otro. Hay un disparo, el cuerpo cae.

—Ese era mío —le dice inmediatamente, cogiendo su móvil.

—Jódete, no lo era —replica Kagome—. Justo en el corazón.

—El mío fue en el cuello.

—Se puede sobrevivir a un disparo como ese en el cuello. Es prácticamente un rasguño.

—Se puede sobrevivir a una herida en el pecho. Si lo puto sabré yo.

Su oscura mirada encuentra la de ella, el desafío hierve entre ellos. Kagome no aparta la mirada, pero sí sonríe. Distraídamente, mueve la pistola, gesticulando hacia el hombre muerto.

—De acuerdo, entonces, todo tuyo.

Inuyasha sonríe burlonamente.

No importa: Procesamiento envía el dinero a una cuenta conjunta recién creada. Aun así, él se regodea, desprende un aura engreída que dura hasta que Kagome le da un puñetazo en el hombro, lo aprieta contra la pared de ladrillo cercana. Inuyasha ahoga una exclamación cuando su cabeza choca, pero no evita que su agarre la rodee con todavía más fuerza.

Alrededor de ellos, su ciudad bulle.


Nota de la traductora: ¡Y otro fic que se acaba!

Los fics de Witchy que he traducido hasta ahora no sé qué tienen que, cuando me doy cuenta, ya he terminado de trabajar en ellos. Los capítulos son largos, pero quedaron listos rapidísimo. De hecho, lo que más tiempo me ha llevado ha sido la corrección porque estuve pendiente de que no se me escapara nada (aunque sé que seguro que algún dedazo se me habrá colado).

Hoy voy un poco con prisa y no me ha dado tiempo a responder los comentarios individualmente como la vez pasada, pero de verdad que os doy mucho las gracias por ellos. Leer vuestras teorías y lo que opináis de cada capítulo motiva muchísimo. ¡Millones de gracias!

Quizás en el futuro traiga algo más de esta autora, pero para ello tengo que sacar tiempo para leerla. De momento voy a centrarme en acabar el fic largo que estoy traduciendo y los demás que tengo empezados... ¡y después veremos!

¡Hasta pronto!