Disclaimer: Stephenie Meyer is the owner of Twilight and its characters, Drotuno is the author of this amazing story and gave me permission to translate it for you. thank you so much, Deb!
Descargo de responsabilidad: Stephenie Meyer es la dueña de Crepúsculo y sus personajes, Drotuno es la autora de esta asombrosa historia y me dio permiso de traducirla para ustedes. ¡Muchas gracias, Deb!
Mi eterna gratitud a mis amigas, Larosaderosas, sullyfunes01 y Troyis por su valiosa ayuda, ¡muaks! Todos los errores son míos.
Capítulo 12 – Fuego en mi alma
Can you use these tears to put out the fire in my soul?
'Cause I need you here, woah
'Cause I've been shaking
I've been bending backwards till I'm broke
Watching all these dreams go up in smoke
Let beauty come out of ashes
"Ashes" por Celine Dion (1)
BELLA
Era media mañana cuando atravesamos la ciudad de Seattle. Mis ojos contemplaban los altos edificios y la gente en las calles mientras mis dedos permanecían hundidos en el pelaje de Max. Su cuerpo estaba en el asiento trasero del auto de Edward, pero su cabeza estaba entre nosotros, sobre la consola. También llevaba puesto su chaleco de perro de servicio.
Quería estar realmente emocionada por los próximos días. No sólo iba a ver el apartamento de Edward, sino también el de Alice y Jasper. No vivían lejos de Edward, y ya habíamos prometido salir a cenar antes de mi vuelo del domingo. Era jueves y, por alguna extraña razón, estaba terriblemente nerviosa por pasar el fin de semana con Edward.
Mi ansiedad no tenía nada que ver con la mudanza, ni con mi madre, ni siquiera con Edward. Bueno, tal vez un poco con Edward. Me preocupaba enloquecerlo con mi pánico, porque quería que volviéramos a ser los de antes, pero no lo éramos. Éramos el nosotros de ahora, y estaba bastante segura de que ésa era la razón por la que había querido que volviera a casa con él. Necesitábamos "corregir el desvío", como a él le gustaba decir.
Y había una parte de mí que apenas podía mirarlo, porque ese amor, ese fuego que había existido cuando teníamos diecisiete/dieciocho años seguía ahí. Esta vez se sentía más grande, o tal vez eran mis nervios, porque no habíamos hecho más que besarnos desde que nos habíamos reencontrado. Lo deseaba y quería que él me deseara, pero había pasado tanto tiempo que la idea me aterrorizaba.
Giró hacia un estacionamiento, se metió en una plaza y apagó el motor. No se bajó enseguida.
Volviéndose hacia mí, retiró suavemente mi mano del pelo de Max y dijo: —Bella, relájate. Has estado pensando demasiado todo el camino.
Solté una carcajada, sacudiendo la cabeza. —Tal vez—, susurré, sonriendo ante su dulce risita. Me levantó la cara para que lo mirara a los ojos. —De acuerdo, sí. Totalmente.
—Bueno, para—. Me besó los dedos y luego el interior de la muñeca sobre la tinta. —Cariño, esto no es para pensárselo demasiado. Es para que pasemos más tiempo como queramos y para que veas la ciudad. Aquí no hay presión, Bella. Te lo prometo. Quiero que trates este lugar como trataste la casa de mis padres en Forks.
Asentí, respiré hondo y lo solté despacio.
—Oye—, susurró, volviendo a darme un beso en los dedos, —aunque fuéramos 'sólo amigos', te habría ofrecido esto igualmente. Quieres venir a casa, Bella. Te traeremos de regreso.
Tal vez eso era lo que necesitaba oír, porque se me saltaron las lágrimas, pero se me pasó un poco la preocupación.
—De acuerdo—, dije, asintiendo una vez.
—De acuerdo—, repitió, alborotando la cabeza de Max. —Vamos a enseñarte la casa.
El vestíbulo del edificio de apartamentos de Edward era lujoso, con amplios espacios abiertos y un atrio bellamente iluminado. El guarda era un caballero mayor, y saludó a Edward como a un viejo amigo.
—Señor Cullen—, dijo, inclinando un poco la cabeza, pero una sonrisa irónica cruzó su rostro al ver a Max.
Edward se rio entre dientes, poniéndome una mano en el hombro. —George, esta es Isabella Swan, y este es Max. Ya he llamado a administración. Dijeron que no había problema en que un perro de servicio se quedara aquí unos días.
George hizo un gesto con la mano. —Por supuesto que no. Parece un buen chico.
A Max pareció gustarle el cumplido, así que se sentó y extendió una pata. George se rio, sacudió la pata y me miró.
—Señorita Swan. Encantado de conocerla.
—Igualmente—, dije, luchando contra mi sonrisa, porque me recordaba un poco al doctor Dwyer, tranquilo y accesible, con ojos azules y una cálida sonrisa.
Edward nos condujo a Max y a mí hasta los ascensores, pulsando el botón de la decimotercera planta. Los padres de Edward siempre habían tenido una buena posición económica, pero de niños nunca le habíamos prestado mucha atención. Cuando por fin salimos del ascensor y entramos en el apartamento, era exactamente lo que esperaba.
Muebles de líneas limpias y masculinas sin ser toscos o excesivos. La cocina tenía encimeras de mármol y armarios de color miel. La mesa de comedor era de cristal, al igual que la mesa de café y el centro de entretenimiento que estaba construido alrededor de un enorme televisor.
A la derecha había unas puertas, que sólo podía adivinar que eran los dormitorios y el despacho de Edward.
—Esto es precioso, Edward—, susurré, desenganchando la correa de Max.
—Gracias—, dijo él, dejando todas nuestras maletas junto a la mesa del comedor. —Mamá ayudó.
Sonreí, asintiendo un poco, y lo seguí por un corto pasillo, donde me señaló la habitación de invitados y su habitación. Sin embargo, fue su despacho lo que me hizo detenerme por completo.
Era evidente que pasaba la mayor parte del tiempo en aquella habitación. Tenía estanterías de cerezo oscuro y sillas cómodas. Un magnífico escritorio con vistas al horizonte de Seattle. Había cajas de sus libros en el suelo, un póster promocional o dos colgados en la pared y fotos enmarcadas de todos nosotros cuando éramos niños sobre su escritorio.
Sin embargo, no pude resistirme a sus estanterías. Siempre habíamos compartido el amor por una buena historia, y pasé el dedo por encima de títulos que eran como viejos amigos. Algunos de esos títulos estaban en mis propias estanterías en mi apartamento. Cuando llegué a la estantería con unas cuantas fotos, solté una risita y cogí el marco.
Era toda la maldita pandilla de justo antes de que perdiéramos a Rachel. De hecho, parecía la noche del cumpleaños número catorce de Edward y Alice. Alice, Rachel y yo siempre habíamos sido las más bajitas, así que estábamos adelante, con Jasper, Rose y Edward detrás. Jake y Emmett estaban bromeando con alguna extraña señal de mano, y la adorable sonrisa de mejillas regordetas de Emmett me hizo reír.
—Parecíamos todos tan jodidamente felices—, murmuré, dejando el marco en el estante y cogiendo el siguiente.
Edward soltó una risita y se sentó en la silla de su escritorio. No dijo nada. Se limitó a mirarme husmear en sus estanterías.
La siguiente foto no era más antigua. Jake estaba allí, pero Rachel no. Era en mi casa, concretamente en mi patio trasero. Parecía mi cumpleaños número dieciséis. Para entonces todos estábamos emparejados: Alice y Jasper, Emmett y Rose, y Edward y yo. El pobre Jake era el más joven y como que no casaba en la imagen. ¡Dios mío, el amor entre Edward y yo! Parecía anular todo lo demás en esa foto.
La expresión de la cara de Edward era exactamente la misma que ahora: cálida y amable. Siempre parecía mirarme como si yo fuera lo único que le importara.
Alcé un ejemplar de su primer libro, lo hojeé y, volviéndome hacia él, le dije: —Siento que estoy fangirleando aquí.
Se echó a reír. —Cállate—, se burló, cogiendo el libro que tenía en la mano y dejándolo sobre su escritorio. —No hay chicas fans.
—Oh, Edward... Sí, claro que las hay—, repliqué entre risas, acariciándole la cara. —Están los fans de tu trabajo—, continué, golpeando el libro, —y luego están las fans de tu cara. Los primeros odian a las segundas, pero todos quieren otro libro. Y todos queremos que Meg y Max se junten.
Edward sacudió la cabeza lentamente, intentando quitarle importancia. —Esa última parte ya la sé—. Suspiró, girando los ojos hacia mí. —¿Y tú?
—Quiero otro libro.
Sonrió. —Quieren hacer una serie de televisión.
—¿No me digas?— chillé, acercando el libro y hojeando las páginas. —Bueno, has sorteado con éxito un manicomio encantado y luego un aquelarre de brujas. Creo que los vampiros deberían ser los siguientes. Un programa de televisión sería increíble, cada libro una temporada diferente—. Cerré el libro y lo miré. —Estoy muy orgullosa de ti, y conozco la respuesta que buscas. Siempre me ha gustado esta cara.
Me atrajo suavemente hacia delante para situarme entre sus piernas. —Es surrealista que estés aquí. Siempre soñé con que me visitarías, pero...—. Se interrumpió, tragando nerviosamente. —Nunca pensé que estaríamos...
—¿Juntos? — Ofrecí la palabra, porque tal vez yo también necesitaba esa verificación.
—Sí.
—Yo también. Aunque de camino aquí me di cuenta de que nos habríamos visto en la boda de Alice y Jasper, así que creo que al final habríamos hablado las cosas—, le dije, inclinándome para besarle los labios.
—Ni siquiera me lo había planteado—, admitió Edward con una risita. —Bueno, ahora no me sentiré miserable en la boda.
Sonriendo asentí, pero miré hacia el sonido de la puerta principal abriéndose.
—¡Eh, Ed! ¿Has vuelto? — Oí la voz de un chico.
Max soltó un curioso —Boof— pero se quedó en el despacho con nosotros.
Un joven se asomó a la puerta, con los brazos llenos de correo y libros, y Edward sonrió, poniéndose en pie. —Hola, Garrett. He intentado llamarte.
—Sí, sí... Mi teléfono está muerto, y dejé el cargador aquí—, explicó el chico, y entonces su mirada se desvió hacia Max. —Vaya...— Dio un paso tentativo hacia atrás de mi perro.
—Gare, él es Max, y ella es Bella Swan—, presentó Edward.
Sin embargo, al oír mi nombre, la cabeza de Garrett giró hacia mí, dejando la pila de correo sobre el escritorio de Edward. —No, mierda — jadeó, haciendo una pequeña mueca seguramente por su lenguaje. —Lo siento, encantado de conocerte—. Caminó hacia mí, tendiéndome la mano, y se la estreché. —Vaya, vaya, Edward te describió perfectamente. Eres exactamente como...
—¿Meg Hershey? — Me reí, mirando a Edward, que estaba poniendo los ojos en blanco.
—Claro que sí—, asintió Garrett con una amplia sonrisa. —Siento lo del teléfono. No volverá a pasar.
Edward le dio la espalda. —Garrett, eres mi asistente, no mi sirviente.
—Lo sé, pero aun así... Podría haber hecho que Heidi viniera a arreglar la casa—, explicó, —y tu nevera no está precisamente abastecida para las visitas.
—Ya lo arreglaremos—, le dijo Edward.
—Déjame al menos echarte una mano—, se ofreció Garrett, señalando con su pulgar por encima de su hombro. —Ordenaré el equipaje y la ropa y luego iré a la tienda a comprar cosas básicas. ¿De acuerdo?
—¿No tienes exámenes finales?— le preguntó Edward, pero Garrett ya estaba de vuelta en el comedor, cargándose de maletas.
—Sí, sí, pero estoy bien—, dijo con un gruñido. —¿Tu habitación? ¿Habitación de invitados?
—La habitación de Edward—, le contesté porque Edward se quedó quieto y callado.
—Entendido. En ello—. Se llevó todas las maletas al dormitorio principal.
Me volví hacia Edward. —¿Has adoptado a un universitario?
Edward sonrió. —Sí, algo así. Es un buen chico, quiere escribir guiones, y mi antiguo profesor de Inglés lo emparejó conmigo para servirle de guía.
—Edward, tienes que hablar con Paul. Ha estado explotando mi teléfono y el de la casa—, dijo Garrett, volviendo a salir con un cesto de ropa sucia y dejándolo frente a unas puertas plegables en la cocina, que revelaron una lavadora y una secadora cuando las separó.
—Maldita sea, va a querer saber todo eso de la serie de televisión—, refunfuñó Edward.
—Sí. Probablemente—, convino Garrett, empezando a cargar la ropa y cogiendo la bolsa del portátil de Edward. La llevó a la oficina y volvió a salir. —De acuerdo, ahora la compra. Volveré a pedir todo lo que compraste la última vez. Eso debería abastecerte.
—Está bien, Garrett—. Edward estaba estudiando su teléfono.
Le besé la mejilla. —Ve a hacer tu llamada. Probablemente tenga que sacar a Max.
Edward miró a Garrett y le preguntó: —¿Los acompañas mientras llamo a Paul?
—Amigo, definitivamente.
Realmente me gustaba el chico. No tendría más de diecinueve años. Parecía respetar a Edward de aquí hasta la Luna y de regreso, y su mirada hacia mí cuando entramos en el ascensor con Max me hizo soltar una risita.
—Lo siento, lo siento.— Sonaba arrepentido. —Es que... Eres Meg. Me encantan los personajes de Ed. Son tan reales. Y quiero decir, son reales.
—Lo son. Me ha estado usando a mí y a todos nuestros amigos en historias desde la secundaria.
—¡No digas!
Sonriendo, asentí.
—Realmente tengo que aprender a hacer eso. A utilizar lo que me rodea—, afirmó sobre todo para sí mismo. —Ha intentado enseñarme—. Me miró. —Me alegro de que estén... De que ustedes... Parece feliz.
—Es una historia un poco larga la que nos trajo aquí—, dije crípticamente mientras salíamos de los ascensores y atravesábamos el vestíbulo.
—Bueno, sea lo que sea...— Se interrumpió, señalando un parque al otro lado de la calle. —Voy a acompañarte, no es que este chico no pueda encargarse de cualquiera que se meta contigo, pero aun así...—. Señaló a Max, que parecía divertido ante las divagaciones del tipo.
Nos quedamos callados mientras Max se tomaba su tiempo para encontrar la brizna de hierba perfecta que necesitaba marcar. Miró a un par de perros más en el parque, pero terminó, y Garrett me acompañó de vuelta a las puertas del edificio de apartamentos, diciéndome que volvería en un par de horas.
George nos dejó entrar de nuevo y subimos. Una vez dentro del apartamento, colgué la correa y el chaleco de Max en el perchero junto a la puerta y le di de comer. Encontré a Edward de vuelta en su despacho con el portátil abierto, el Bluetooth en la oreja y una expresión bastante malhumorada en la cara mientras parecía estar estudiando un calendario.
—Paul, literalmente voy a estar en California la semana que viene. ¿Por qué no pueden programar la reunión para entonces? ¿Tiene que ser la semana que sigue?—, preguntó frustrado, pasándose una mano por el pelo mientras escuchaba la respuesta. —Está bien, déjame...— Hizo una pausa y levantó la vista para verme. —Déjame pensarlo. Luego te llamo—. Se quitó el Bluetooth de la oreja y lo dejó sobre el escritorio. —Quieren hablar conmigo en Los Ángeles.
Me reí, me acerqué a él y le acaricié la cara. Le di un beso en la frente. —¿Un programa de televisión?
—Sí, pero te voy a mudar, así que...
—Edward, podemos hacer las dos cosas. Puedes quedarte conmigo mientras empaco mis cosas, y nos quedaremos el tiempo suficiente para tu reunión—, le dije, encogiéndome de hombros. —Corregir desvíos será desordenado y complicado.
La sonrisa de Edward era divertida y adorable. —Aceptaré lo de desordenado y complicado siempre que te tenga a ti al final.
—Trato hecho. — Lo besé, y él me tiró de lado sobre su regazo. —Porque sobresalgo en lo desordenado y complicado.
—Mírame, Bella—, susurró, esperando a que me encontrara con su mirada. —No fue culpa tuya. Nada de eso. El desvío, tu madre, nada de eso. Pero te prometo, mierda, aún te amo, y podemos hacerlo.
Mi frente se encontró con la suya y asentí. —Yo también te amo.
—Lo solucionaremos. Puedes quedarte aquí hasta que encuentres un trabajo y tu propia casa, o puedes vivir conmigo—, dijo suavemente, sonriendo cuando solté una pequeña risita. —Preferiría vivir contigo, pero...—. Se encogió de hombros, rozando sus labios con los míos.
—¿Quieres que me mude aquí, con todo mi desordenado y complicado esplendor?
—Sí.
—Edward, puede que seamos unos compañeros de piso terribles.
—Si encuentras un lugar propio, me colaré por la ventana, así que...
Me reí, mi cabeza cayó hacia atrás. —Dios, me encantaba eso.
—¿De verdad? Siempre pensé que te volvía loca, pero lo aceptaste como parte de ser mi novia.
—No. Me encantaba—. Incliné la cabeza hacia él, estudiando aquel precioso rostro. —Esta es la charla que querías tener—, supuse, sonriendo cuando asintió. —¿Quieres continuar donde lo dejamos?
—Más o menos—, respondió en un susurro. —Quiero mezclarlos con los Edward y Bella de ahora y ver qué pasa, porque me siento bien, quizá incluso mejor—. Se acercó y tiró del diario que le había comprado por su decimocuarto cumpleaños.
Que todos tus sueños se hagan realidad. Con amor, Bella
Frotó un dedo sobre la nota que le había escrito, y parecía algo que hacía a menudo, porque parecía desgastada y amada y un poco manchada.
—No todos mis sueños eran sobre escribir—, afirmó con firmeza, mirándome a los ojos.
Su hermosa honestidad era realmente irresistible; siempre lo había sido. Siempre había dicho lo que pensaba cuando se trataba de nosotros, lo que sentía por mí o las cosas que quería. Cuando desapareció, lo había echado de menos como si se hubiera perdido una parte de mí. Las pocas citas en las que había estado habían sido una tortura porque a la gente le gustaba jugar a los putos juegos.
Edward nunca jugaba. No así. No por algo que él consideraba importante.
Me incliné hacia él y lo besé. Me entregué de verdad a él. Mis dedos se deslizaron por su pelo y le sentí dudar durante una fracción de segundo antes de dejarlo ir. Todo.
Su mano se deslizó por mi muslo hasta mi cadera, apretando. Su otra mano se enredó en mi pelo, en la base de mi cuello, girando mi cabeza. De repente, las lenguas se entrechocaban, las respiraciones chocaban contra las mejillas, y me encontré sentada a horcajadas sobre su regazo. En cuanto giré las caderas para acercarme, para sentir más, se me cayó la cabeza hacia atrás.
—Jesús—, respiró Edward, con sus labios rozándome el cuello hasta la oreja. —Dios, nena... Tienes que... Estoy...
—Sí—, acepté, asintiendo y apartando su cara de mi cuello para poder besarlo de nuevo. De repente, sentí que me levantaba, lo que simplemente me permitió rodear su cintura con mis piernas mientras me llevaba de su despacho a su dormitorio.
Cerró la puerta de una patada y me acomodó en medio de una cama que olía exactamente igual que su antigua cama en Forks. Se detuvo, apoyando las manos a ambos lados de mi cabeza.
—No te he traído aquí para esto—, dijo con una risita.
—Sí, lo hiciste—, le dije, jugueteando con su cuello.
Su sonrisa fue gloriosa y me besó brevemente. —Está bien, quizá lo esperaba.
—Yo también—, susurré, tirando de su cuello para que sus labios se encontraran de nuevo con los míos. —Quiero esto, pero estoy nerviosa.
—Yo también. —Sus ojos se arrastraron hasta su mesita de noche. —¿Necesitamos...? ¿Estás...?
—No, estoy cubierta.
Nos estábamos besando de nuevo, y se sentía como volver a casa. Se sentía igual que cuando se había colado por mi ventana. Funcionaba como una danza practicada, en la que la ropa se tiraba y se quitaba con rapidez, las caricias nos encendían a los dos y los sonidos se mezclaban como un lenguaje propio.
Apoyó un brazo junto a mi cabeza y su mano libre exploró provocándome. —Quiero ver cómo te corres por mí—, susurró, apoyando la frente en mi sien. —Relájate, nena. Soy yo. Sólo yo.
Eché la cabeza hacia atrás cuando por fin tocó el punto en el que palpitaba por él.
—Dios, Bella, antes me parecías preciosa, pero ahora...
Quería decirle lo mismo, pero no podía pensar cuando me tocaba así y, al mismo tiempo, me besaba el cuello. Apenas podía recordar mi propio nombre. Me apretó más y más, y cuando me corrí, sentí como si hubiera explotado en la habitación.
Cuando pude ver algo más que estrellas, volví a centrarme en Edward, acercándolo para que se acomodara entre mis muslos. Estaba duro y preparado, pero me miraba como si yo fuera un sueño, un fantasma.
—Te amo—, susurré contra sus labios.
—Te amo, pero... Dios, Bella esto puede que termine rápido. Eres muy hermosa, y ha pasado mucho tiempo.
Le sonreí. —¿Cuánto tiempo?
—Unos cuantos años—, murmuró, tragando nerviosamente, porque había intentado pasar página. Podía reconocer la culpa a distancia.
—Yo también—, le dije, besándole cuando sus ojos volvieron a encontrarse con los míos. —Corrigiendo desvíos, Edward—, le recordé.
Lo que no le dije, aunque probablemente acabaría haciéndolo, fue que aquel había sido el peor ataque de pánico que había tenido nunca. La cita había estado bien, el chico era simpático y había acabado en mi casa. Sin embargo, la culpa que se apoderó de mí después de que él no era quien yo quería, que todavía amaba a otra persona, y yo era un desastre real, que casi me tenía en la sala de emergencias. Había sido Lucy quien me había sacado del abismo. Y lo había asustado tanto que no volvió a llamar.
Pero cuando Edward se deslizó lenta y suavemente dentro de mí, nada de ese pánico salió a la superficie. Se sentía bien y perfecto, justo donde teníamos que estar.
~oOo~
(1) ¿Puedes usar estas lágrimas para apagar el fuego en mi alma?
Porque te necesito aquí.
Porque he estado temblando,
me he estado doblando hacia atrás hasta romperme,
viendo cómo todos estos sueños se convierten en humo.
Deja que la belleza salga de las cenizas.
Nota de la Traductora: Estoy inmensamente agradecida por el apoyo a esta traducción. Nos resta por leer el capítulo final y el epílogo para ponerle el rótulo de completa a esta grandiosa historia. ¿Cuándo los leeremos? Depende de ustedes.
*Canción añadida a la lista de reproducción:
"Ashes" de Celine Dion
