Roma, Italia.

Hacía apenas horas que el conjunto nerazurro había llegado a la capital italiana, en donde mañana se jugaría otro encuentro más de la Serie A, esta vez entre el equipo local, la Roma , y el visitante, el Inter de Milán, quien se encontraba peleando la punta del torneo con la invicta Juventus.

Luego de un breve entrenamiento, los futbolistas habían sido liberados para que disfrutaran de una bella tarde veraniega junto con sus seres queridos, quienes habían venido a acompañarlos. Por tal, Shingo Aoi se encontraba con su pareja caminando por las calles de Roma, aprovechando que su mejor amigo Bobang, quien también había ído, había decidido regresar al hotel a descansar para que ellos pudieran tener un poco de privacidad.

-¿Qué se supone que hagamos ahora?- Preguntó Shingo, cruzándose de brazos, sin idea en mente.

-Podríamos ir a almorzar. Ya me dio hambre.- Sonrió nerviosa Amelie.

-¿Qué se te apetece?

-Mmm... pizza.

-Pues, pizza será. La mejor de toda Roma.- Besó su mejilla, para luego comenzar a buscar lugares y reseñas con su celular.

Al ingresar en la galería de fotos de una buena pizzería con buenas recomendaciones, vió algo que inmediatamente llamó su atención e hizo que frunciera el ceño. Amelie notó eso.

-¿Shin?

-¿Eh?- Volteó a ella, cambiando su expresión por una más relajada. Sonrió y le mostró el lugar elegido. -Encontré una buena.

Pizzería La Boccaccia.

Al llegar, casi al instante de tomar asiento dentro, la joven notó como su novio comenzó a ojear todo el lugar, con el ceño fruncido. Aquello llamó poderosamente su atención. No era normal el ver a Shingo con la cara molesta que estaba teniendo en esos momentos. También era claro para Amelie que él no quería compartir con ella lo que estaba sucediéndole.

Una gran pizza de muzzarella, parmesano, rúcula, tomates cherry y trocitos de bacon caramelizado llegó a la mesa de la pareja, junto con una botella de agua. Aoi comenzaba a llamar la atención, comenzaban a reconocerlo, pero eso no era de importancia para él. Amelie se hartó de la situación.

-¿Vas a contarme qué pasa o tengo que adivinar?- Preguntó, molesta.

Él volteó a ella, con una linda sonrisa relajada.

-¿Por qué pasaría algo?

-Porque pareciera que Gentile anda dando vueltas por acá, mi estimado.- Respondió, enarcándole una ceja. Él hizo un mohín. Apenas la fecha pasada el Inter había perdido de local contra la Juventus, regalándole la punta del campeonato y siendo otra vez vapuleado por el catenaccio del líbero italiano. En el marcador global de enfrentamientos que Shingo tenía pegado en la pared de su habitación, iban:

Gentile: 3 – Aoi: 2

-Ese fue un golpe bajo.- Murmuró, ofendido. Amelie le lanzó un beso, divertida, el cuál de mala gana tomó.

-Por favor, Shin. ¿Podrías decirme qué te pasa? Estuviste raro todo este tiempo. Me preocupa.

-Es que... me avergüenza.- Musitó, desviando la mirada. -Creerás que soy un pobre tonto.

-Hiciste muchas tonterías desde que te conozco... ¿qué le hace una raya más al tigre?

Él soltó una risita.

-Verás... ¿ves ese señor? ¿El que está en la caja, contando el dinero?- Habló bajito. Amelie, con mucho disimulo, volteó un poco. Volvió con Aoi.

-¿Qué hay con él?

-Te contaré...- Suspiró. -No fui lo suficientemente franco contigo, Ame...- Inició, logrando que ella enarcara las cejas. -Cuando llegué a Milán... yo... no conseguí trabajo en el Inter como ayudante del mánager. Al principio... yo fui... lustrabotas.- Sonrió apenado. Ella se apoyó sobre sus codos en la mesa, prestándole atención. -¿Recuerdas a Paolo?

-¿Ese tipo loquito que se aparece cuando le da la gana?

-¡El mismo!- Rió. -Verás. A él... lo conocí en el parque Sempione. Él estaba lustrando, entonces policías llegaron por él. Tal parece que había estado hurgando carteras y bolsos ajenos cuando la gente se distraía, en Nápoles. Así pues... se lo llevaron y yo me quedé con sus cosas. Con el trabajo de lustrabotas y la propina que la gente me daba por mis malabares con el balón, pude conseguir para pagar mi alquiler y subsistir.

-Bueno... tuviste suerte. Yo ya te había dicho que había sido imprudente venir a Italia sin un euro, o un yen, aunque un pariente te haya prometido estadía.

-Lo sé.- Se removió un poco en su lugar, nervioso. -Es que... yo sí había traído dinero. ¡Mucho! ¡Eran todos mis ahorros junto con ayuda de mis padres y mi hermana Yuki!

-Oh... ¿y?- Torció la cabeza, interesada. -No me digas que perdiste toda esa plata.- Frunció un poco el ceño. Aoi rió, nervioso, haciéndola sonreír y negar con la cabeza. -¿Cómo fue?

-Pues... con el tío Shinnosuke muerto, yo no tenía posibilidad de que alguien me presentara en el Inter. Así que fui solito a presentarme a ambos clubes de la ciudad. Creo que sabrás cómo me fue...- Dijo eso último con algo de humor. Aunque se había enojado en aquel entonces, ahora no eran más que anécdotas graciosas. -Y ahí es donde ese gentil hombre entra en acción.- Sonrió hacia él, en clara ironía. -Él se apareció de la nada afuera de las instalaciones del Inter y me dijo que, si le conseguía dos millones de liras, él podría conseguirme una prueba en el equipo Juniores.

-Decime que no le creíste, por el amor de...- Suspiró ella, en su castellano natal.

-No he entendido ni una palabra de lo que dijiste, pero por tu cara puedo deducirlo.- Sonrió, alegre. -Y sí, se las di. Era todo el dinero que había llevado para subsistir.

-¿O sea que...?

-Sí. "Inspección de billeteras".- Dijo, entre risas, probando su primer porción. De tanto parloteo habían olvidado que la pizza se les enfriaba. Amelie lo secundó, intentando no reírse por eso último, pues pensaba en cuán desesperante pudo haber sido esa situación para él. -Puedes reírte. Fui un zopenco, lo admito.

-¿Cómo fue?

-Me llevó hasta Appiano Gentile, el campo de entrenamiento Suning, y me dijo que me presentara con el entrenador Bassi. Fui y él no tenía idea de nada. Cuando voltee, él había subido a su auto y se había marchado. Debí haberlo sabido. Ni siquiera me preguntó mi nombre... ¡pero es que yo estaba tan emocionado!

-Oh.- Cambió su expresión, pues sabía que la parte siguiente era algo que no le agradaría oír.

-Luego me desesperé, claro. Estaba solo, no tenía a nadie, no tenía cómo pagar el alquiler, nadie quería darme empleo por ser o demasiado joven, o no dominar del todo el idioma. O quizás solo por japonés. Sin embargo, no iba a volverme a Gifu. No iba a rendirme tan rápido. Aunque... sí me desesperé un poquito cuando comencé a sentir hambre. Allí fue cuando conocí a Paolo, que me ofreció un trozo de pan y nos hicimos amigos. El resto es historia.

-Entonces... ¿cómo terminaste como ayudante de Calimero?

-Oh...- Rió. -Un día me colé en el Suning. Calimero me regañó, pero lo convencí de que me dejara ayudarlo, pues solo quería ver a los jugadores entrenar. ¡Y había de todas las ramas! ¡Desde pequeños Pulcini hasta los profesionales de la primera división!

-Ya veo...- Lo miró, con una leve sonrisita de admiración. -¿Crees que te haya reconocido?

-Lo dudo. No estaría tan campante de ser así.- Frunció el ceño un poco. -No me gusta alardear, pero sé que podría hacer que pagara por lo que hizo. Después de todo, era un pobre chico de quince años. No tenía derecho de hacerme eso. Y quizás hasta esta pizzería es suya y la hizo en parte con el dinero que me robó.

-¿Vas a decirle algo, Shin?

-Me muero de ganas, pero...- Suspiró, viéndola. -...estoy aquí contigo. No sé si deba...

-Siento un poquito de rencor de tu parte.- Comentó, llamando su atención, dándole una sonrisita apenada. -Ese no es el Shingo del que me enamoré, pero admito que me gusta la idea de que no toleres una injusticia. Ahora, mi querido japonés... ¿y si él no te hubiera robado? ¿Y si no hubieras tenido la oportunidad de ser lustrabotas porque no tuviste la necesidad? ¿Y si no hubieras oído a esos dos tontos hablando mal del fútbol de Japón porque, bueno, estabas ocupado intentando encontrar otra oportunidad en otros equipos de categorías más bajas? Porque creo que sí, con lo persistente que sos, hubieses seguido buscando oportunidades. Y ¿quién sabe si te las hubiesen dado en otro lugar y de otra forma?

Shingo la oyó atentamente. Todo lo que decía parecía tener mucho sentido. Comenzó a contar con los dedos.

-Ese tipo me robó. Conocí a Paolo. Fui lustrabotas. Me decepcioné por algo que oí. Comencé a entrenar más a causa de ello yendo al Suning para inspirarme. Conocí a Calimero. Fui su asistente. Recibí mi oportunidad gracias a Calimero y aquí estoy...

-Exacto.- Le sonrió.

-¡Eso no quita que ese sujeto casi arruina mi sueño!- Hizo un mohín.

-Lo sé.- Se acercó y acarició su mejilla un poco. Aoi bajó sus defensas. -No te castigues por confiar en la persona equivocada. Después de todo, las cosas resultaron bien.

Shingo pensó unos largos momentos, con el ceño fruncido.

-Aún así... siento que debería decirle algo.- Musitó.

-Lo que sientas, Shin.- Sonrió Amelie.

Luego de terminar su almuerzo, era tiempo de pagar la cuenta. Varios clientes aprovecharon que él había terminado y había ido a pedirle una fotografía o un autógrafo, a lo que él aceptó, gustoso. Siempre eran bien recibidos aquellos que respetaban el momento oportuno.

-Veo que te has acostumbrado a la fama, ¿eh, Shingo?- Saludó el dichoso hombre, con una cortés sonrisa.

Aoi lo miró, sin poder evitar un gesto extrañado. Sacó su billetera, procesando internamente qué decir o siquiera si hacerlo. Oído el monto, sacó su tarjeta y se la dio. Aprovechó el momento para voltear a Amelie, quien lo veía atenta, con una pequeña sonrisa de apoyo. Él sonrió. De verdad que había llegado a querer mucho a esa chica...

-Toda tuya.- Se la entregó y le sonrió. -Les agradezco mucho por venir a comer a mi pizzería.

-"Mi pizzería..."- Repitió en su mente. Volteó, iba a ir por Amelie para irse, sin ningún tipo de drama. Sin embargo, un impulso lo hizo voltear. -Disculpe...

-¿Sí?

-¿Usted no recuerda a... un muchacho japonés al que ayudó a entrar al Inter Juniores?

El hombre lo miró detenidamente. Luego de unos momentos, lo reconoció. Se estremeció un poco. Sabía por obvias razones sobre el Príncipe del Sol, ¿pero quién hubiese dicho que ese mismo japonés acabaría siendo el mismo jovencito al que había estafado?

-No sé qué decirte, en realidad...- El hombre salió de la barra con expresión abatida. Fue a sentarse en la silla junto a Shingo. Supuso que, conociendo las influencias de los futbolistas de la élite, Aoi podría tranquilamente hacerlo encerrar en una húmeda celda. -...solo... lo lamento. Entiendo que quieras...

-Oiga, señor. Solo era eso. No entremos en detalles.- Sonrió apenado, sorprendiéndolo. -Solo quería que viera en lo que me he convertido, pese a su mala acción.- Le dio otra sonrisa, esta vez una alegre. -Solo quería decirle que, sin eso, yo no estaría aquí. No se lo agradezco, pero lo perdono. ¡Por cierto! ¡La pizza aquí es deliciosa! ¡Vendré cada vez que visite Roma!- Dijo, entusiasmado, alejándose. Amelie lo esperaba de pie, dándole una sonrisa de satisfacción y orgullo.

-¡Te lo agradezco, Shingo Aoi!- Dijo él, con un tono entre aliviado y conmocionado.

Aoi saludó de nuevo desde la puerta, sonriente. Ese había sido al fin un capítulo cerrado en su vida.

-¿Cómo pudiste darle toda tu plata a un desconocido?- Preguntó Amelie, mientras que él le cruzaba un brazo por detrás, justo a su cintura.

-Resulta que alguna vez fui más tonto que ahora.- Se rió él.