Cuando el reciente altercado con su nuevo compañero de habitación lo lleva a compartir la mesa del almuerzo con Izana y su selecto grupo de amigos, Hajime sabe que debe aprovechar para obtener información valiosa. Sin embargo, pasados los primeros diez minutos, el rumbo de la conversación se ha desviado del plan original. Por alguna razón, se siente expuesto y juzgado en silencio por parte del resto.
—¿Seishu Inui, eh? —Izana echa la cabeza hacia atrás, carcajeándose con soltura. Es como si se regocijara de su infortunio. Los demás disimulan, pero Hajime tiene la certeza de que quisieran desternillarse de risa en el suelo. Enseguida, Izana suspira, y con ello todo rastro de diversión se esfuma al instante—. Escucha, te sugiero que evites meterte con él. El maldito puede convertirse en un auténtico dolor en el…
—¡Izana! —Kakucho interviene, golpeando la superficie. Un profesor camina a escasos tres metros de distancia de la mesa en la que ellos están reunidos. Hajime sonríe para aparentar—. Una más y te suspenden, recuérdalo.
—Sí, sí. Lo que sea. —Izana agita la mano, luego devuelve la mirada hacia él otra vez—. Escucha, Kokonoi. Usa esa cabecita lista tuya y recapacita. Inupi te conviene más como aliado, créeme.
—¿Inupi? —cuestiona, cejas casi juntas.
—Así es como le apodan.
—¿De dónde lo conoces? —Hajime opta por ir directo a los puntos en los que puede obtener información, poco le importan las sugerencias que quieran hacerle, sean con buena intención o no.
—Shinichiro. Inupi estuvo prendado de él desde que era un mocoso, pasaba horas en el taller antes de que… la adolescencia le pegara fuerte.
—Así que es por él que ha venido a esta escuela.
No es una pregunta, sino más bien un comentario para sí mismo mientras trata de armar el rompecabezas que su indeseable compañero de cuarto constituye. Desea revelar el extremo del hilo, un punto débil para poder explotar en caso de que no le sea sencillo sacarlo de la habitación en las próximas horas. O tal vez, como medida desesperada, encontrar algún dato que le permita proponerle un intercambio en el que ambos se vean beneficiados. Por desgracia o por fortuna, hasta ahora todo lo que ha descubierto es que Seishu tenía —o tiene— un crush con el mayor de los hermanos Sano. Ha oído hablar de Shinichiro debido a la fama que este se ganó dentro de las pandillas de antaño y el dojo propiedad de la cabeza de la familia.
¿Cómo podría usar esa información a su favor?
—Dudo que se deba solo a la presencia de Shinichiro. —Haruchiyo se coloca la mascarilla de vuelta, ahora que ha acabado de ingerir los alimentos necesarios—. Estás olvidando que es hermano de la maestra suplente, apuesto a que fue ella la que tuvo la brillante idea de traerlo aquí.
—Impulsada el programa de becas, por supuesto —añade Kakucho.
Hajime se mantiene escéptico, le es difícil considerar que su desdicha haya sido provocada por intervención directa de Akane.
—No lo sé.
—¿Quieres apostar?
Incluso cuando la tela cubre los labios de Haruchiyo, Hajime nota la forma en la que los pómulos se le abultan. El maldito debe estar disfrutándolo.
—No. —Recoge la bandeja con los alimentos dispuestos en ella, prácticamente intactos—. Tengo muchas cosas que hacer, los veré después.
Seishu lleva unas cuantas horas como alumno formal, ha tomado varias clases y apuntes acompañados de garabatos para distraerse. Estar ahí constituye un primer esfuerzo real luego de tres meses a la deriva. No obstante, por muy buenas que sean las intenciones de su hermana y la oferta educativa, justo ahora ya camina enfadado a través de uno de los pasillos.
Es culpa del chico con el que tendrá que compartir cuarto hasta el final del ciclo. Su nombre... ¿Cuál es? Siendo francos no le importa, apuesta a que es igual de intragable que la actitud con la que llegó a importunarlo; igual de pesado que las miradas que le lanzaba en clases, como un vil acosador. En lo que respecta a sí mismo, ha llegado a la conclusión de que tiene que estar maldito, de otra manera no se explica cómo es posible que el chico que se cree el centro de la galaxia en el salón de clases, sea aquel con el que va a pasar cada día a partir de hoy.
Se habría regresado a tirarle un par de dientes de no ser porque, al conectar de nuevo los audífonos en la ranura correspondiente, ambos han funcionado con normalidad. Son lo único con lo que cuenta para evadir el mundo exterior, debe protegerlos de cualquier daño posible.
—¿Seishu?
Alguien lo llama por su nombre desde el otro extremo del pasillo; reconoce la voz, que evidentemente no puede ser la de su hermana debido al tono grave. La expresión se le ilumina al caer en cuenta de que, una de las razones por las que ha accedido a acudir ahí, se ubica muy cerca de él en este preciso instante.
—¡Shin!
Desde niño, su debilidad más grande —muy aparte de las motocicletas—, ha sido ese hombre al que le da alcance en un parpadeo. Enseguida, Shinichiro le apoya una mano sobre la cabeza para revolverle el cabello. Los audífonos se deslizan hacia abajo a causa de sus movimientos precipitados, y acaban atrapados entre la tela del uniforme. Seishu le resta importancia, se preocupará por ellos después.
—Bienvenido.
Seishu sonríe. De todas las veces que le han dicho la misma palabra en lo que va del día, esta es, sin lugar a dudas, su favorita.
Le gusta. Shinichiro Sano es el estándar de ser humano para él. Se lo confesó alguna vez y, aunque apenas un minuto después fue rechazado con cordialidad, nunca se arrepentiría de haberlo hecho. De aquello han pasado un par de meses, pero los sentimientos todavía se agitan en su interior. Se niegan a esfumarse.
Si Akane lo viera, se daría cuenta del impacto que la presencia del instructor de artes marciales tiene en él, de cómo es capaz de apaciguarle el ánimo y borrarle hasta la mayor expresión de molestia. Por fortuna, ella debe estar ocupada en sus labores y nadie más ha de reconocerlo en este lugar, así que se considera medianamente a salvo.
Grave error.
—¡Hey tú, el tarado de allá! —escucha que gritan desde la puerta de uno de los salones a la izquierda. El hechizo se rompe en cuanto Shinichiro retira la mano, los labios vuelven a forma una línea recta perfecta. Al girar la cabeza, identifica con precisión al mocoso en sandalias que se echa a correr hacia ellos.
Seishu se contiene a rodar los ojos.
—Manjiro —Shinichiro dice entre dientes una vez que el chico se une a ellos, lleva una paleta a medio morder en la mano derecha—. Te he dicho que tienes que dirigirte a mí con respeto cuando estamos dentro del colegio.
—Tengo hambre, Shin. Necesito dinero. —La forma en la que Mikey coloca la palma extendida hacia arriba hace que Seishu sienta deseos de pegarle un puñetazo.
—¿No has ido a buscar tu almuerzo?
—Sí, ya me lo comí, la mitad del de Takemichi también.
Shinichiro se golpea la frente y suspira. Exasperación que brota por cada poro.
—Ve al club y toma el mío. Te pasaré dinero más tarde.
—Hecho. —Mikey se lleva la paleta a la boca y la saborea, es ahí cuando finalmente cae en cuenta de su presencia. Los ojos negros y profundos lo recorren de pies a cabeza sin disimulo—. ¿Por qué está él aquí?
—¡Mikey, ya vámonos!
La atención de los tres es captada por una nueva voz a la distancia. Justo en la esquina pueden distinguirse cuatro cabezas que se asoman con interés; al mismo tiempo, un chico con tatuaje sobresale solo para hacerle señas a la pequeña plaga.
—Ah, Kenchin. ¡Ven, ven! ¡Mira lo que ha arrastrado la marea! —El dedo índice de Mikey le apunta directamente a la cara—. ¡El acosador de Shin está aquí!
Es buen momento para recordar las técnicas de respiración que le enseñó Akane, también para ponerlas en práctica.
—Suficiente, Manjiro. —Shinichiro manipula al chico por la espalda, invitándolo a retirarse. La mirada oscura que sí le agrada vuelve a posarse en él después—. Discúlpalo, todavía no madura.
—Sin problema. Ya sé cómo es. —Claro que hay un problema, pero su humor ha mejorado considerablemente, lo suficiente para que sea capaz de dejarlo pasar por esta vez.
—Bien, hablemos de ti entonces. ¿Te está gustando el colegio?
—No, es horrible.
La carcajada de Shinichiro rebota en las paredes, algunos alumnos que transitan por ahí voltean a mirarlos. Sin embargo, para Seishu, escucharlo reír de esa manera tan abierta y alegre, es lo más cercano a estar en casa.
Le gusta. Le sigue gustando y no sabe hasta cuándo va a dejar de hacerlo.
—Sabía que dirías algo así. Le falta color, ¿no crees?
—Dudo que sea solo una cuestión de pintura.
—Anímate. —La mano que le frota el hombro es cálida, como su sonrisa—. Los primeros días siempre son difíciles, pero al final encontrarás amigos y te darás cuenta de que estás en la mejor etapa de tu vida. Disfrútala, Seishu, porque la adolescencia no vuelve.
—Claro.
Se queda contemplando la figura de Shinichiro desde ahí hasta que desaparece en la esquina por la que él ha llegado. Suspira muy despacio, aferrándose a las palabras de aliento que le acaba de decir, igual que a un tesoro.
Quiere darle el beneficio de la duda a todo lo que le rodea, a los maestros, las instalaciones. Menos a su compañero de cuarto, cuya mirada afilada le despierta cierta sospecha.
—Eh, perdona... —Cuando se gira de nuevo, hay un chico rubio canario que se rasca el cuello con nerviosismo. No lo conoce, pero parece inofensivo—. Draken-kun dice que si quieres venir con nosotros.
La mirada se desliza hacia el grupo de chicos más adelante: Mikey parece entretenido con la paleta y el tal Draken tiene las manos en los bolsillos, esperando. Los demás se limitan a cuchichear entre ellos.
—¿A dónde van? —pregunta, solo para tener una idea.
—Al comedor, vamos a terminar de almorzar con los demás. Por cierto, soy Takemichi.
Seishu asiente antes de comenzar a caminar. Al menos va a intentarlo, si no funciona siempre puede darles una paliza.
—Inui. Ese es mi apellido, pero todos me dicen Inupi.
—Entendido. Mucho gusto.
Hay entusiasmo marcado en cada una de las facciones de Takemichi, brillo en los ojos azules que posee. Con apenas unas cuantas palabras, Seishu comprueba que, en efecto, es inofensivo. También la segunda persona genuinamente amable que se ha topado en lo que va del día.
Las presentaciones continúan por el camino, pero ahora en completa informalidad. No más saludos de mano, sonrisas forzadas o expectativas. Relacionarse con el grupo de amigos de Mikey es estar más en su ambiente. Descubre que todos tienen gustos un tanto cuestionables, que no es la única mancha sobre el lienzo blanco. Hay empujones, insultos e intercambios de comida para sobrellevar la realidad.
—Oye, nuevo —le llama un chico corpulento al otro lado de la mesa—, ¿vas a comerte eso?
Seishu sigue la dirección a la que apunta: la porción de puré intacta sobre la bandeja.
No, no va a comérselo, pero el codazo en las costillas que recibe su interlocutor por parte de otro chico de expresión perturbadora se adelanta a su respuesta.
—¡Pah!
—¿Qué? Solo estoy abriendo conversación.
—Mentira, quiere comerse el puré y ya —interviene Kazutora. Se le ha quedado grabado el nombre por lo fácil que es identificarlo entre el resto. Seishu piensa que el colgante de cascabel es genial, aunque no se lo dice.
—Basta, chicos. —Draken lanza una servilleta echa bola hacia los tres—. ¿Quieren dar una pésima primera impresión?
—Dudo que les importe, son idiotas de nacimiento. —Ese es Baji, cuyo brazo descansa alrededor de los hombros de Chifuyu.
—Oh, cállate, "señor más por menos es más".
—¡Todavía estaba medio dormido cuando la profesora lo preguntó! —Una bola de papel impacta de lleno en la frente de Pah.
—Te pasa por lo menos una vez a la semana, Baji.
—Imbéciles, ahora verán.
El almuerzo transcurre entre risas y bolas de papel que van de un lado a otro.
El mal rato experimentado por causa de su compañero de habitación, se ve opacado por esa corta conversación con Shinichiro y las interacciones con el basto grupo de chicos que lo han incluido como uno más. Así, sencillo y sin tanta ceremonia de por medio.
El timbre suena por cada rincón al cabo de unos minutos, y Seishu mantiene encendida la esperanza de que las palabras de Akane se cumplan, como deseos infantiles que se piden bajo un cielo estrellado.
Todo va a salir bien.
Recordará este lunes como la primera vez que salió del aula antes que el resto de sus compañeros. Al final, resulta que para poder acordar un cambio de habitación, primero tiene que agendar una cita con el director, según las palabras que recibió de parte de la encargada del área administrativa durante el almuerzo. Hajime no piensa esperar dos o tres días hasta que la agenda de la cabeza de la institución cuente con un espacio libre para él. Si deja que pase más tiempo, se volverá loco.
De camino a su destino, le parece escuchar a lo lejos el llamado de Senju Akashi, seguida por el grupo de amigas que siempre le acompaña. Sin embargo, se ocupará de encontrarse con ella ni bien consiga arreglar esta situación. De todas formas, Senju le ha pagado por adelantado.
La encargada del área administrativa también le comentó que, en caso de que el director acceda a su petición, lo siguiente que sucederá es que será él mismo quien tenga que cambiarse a una habitación diferente. Con otro compañero, por supuesto, ya que no quedan más habitaciones vacías gracias al ingreso de varios alumnos. Y es que al final de cuentas es Hajime el que se siente incómodo, y Seishu es nuevo. Nuevo y parcialmente inocente de cualquier acusación que le pudiera inventar.
Haber elegido la ruta menos transitada que conoce hasta la oficina del director, le hace merecedor de que la vida lo abofetee por partida doble: Los hermanos Inui se hallan conversando a un costado en el pasillo.
—¿Qué tal tu primer día, eh? —Akane arregla el cuello del saco de Seishu. Es notablemente más bajita en comparación, pero las similitudes físicas son difíciles de ignorar cuando están el uno al lado del otro—. Te sienta bien el uniforme.
Hajime se obliga a detenerse, tanto por la sorpresa que le ha provocado el encontrarse con ellos y porque en definitiva no quiere que lo noten. Se supone que por esa razón salió a toda prisa del aula, ¿cómo pudo Seishu ser más rápido que él?
—Normal —lo nota responder, con la expresión aburrida que lo conoció al inicio de la jornada.
La puerta de la sala de profesores se halla a su izquierda, entreabierta como de costumbre, de ella sale la secretaría del director, cargando una pila de papeles que se traducen en los causantes de su siguiente infortunio. El impacto es apenas perceptible, pero lo suficientemente fuerte para que cada hoja suelta acabe regada por el suelo del pasillo. Los hermanos Inui voltean al mismo tiempo, en un movimiento casi ensayado y perfecto.
Ah, justo lo que le faltaba.
—Demonios. —La secretaría se hinca para recoger el desastre, Hajime la imita porque sería descortés de su parte largarse ahora mismo—. Lo siento, no me fijé que había alguien cerca de la puerta.
—No pasa nada —«Solo llamó la atención de Akane-san y su hermano salido de las cavernas, solo eso», piensa con ironía mientras termina de juntar los papeles a su alrededor—. ¿Está el director?
—Si vienes por el tema del cambio de habitación, ya te había comentado que…
—¿Cambio de habitación? —interviene una tercera voz. Hajime no necesita levantar la mirada para saber de quién se trata, hay un par de pies calzados con tacones elegantes a su lado, y otro par con calzado escolar más a la izquierda. Mierda—. ¿Ocurre algo con la habitación en la que siempre has estado, Hajime-kun?
Cada músculo se tensa ante la pregunta de Akane, ya que ha sido atrapado con la guardia baja en el peor momento. Parece estar tardando demasiado en recomponerse, pues la secretaría agarra las hojas que ha logrado amontonar entre sus manos y le susurra un gracias para después alejarse de ellos. Hajime le ha ayudado con un problema y a cambio le ha caído uno del cielo. Es lo que merece por jugar al solidario.
Cuando por fin se pone de pie, se enfrenta a la mirada de suficiencia de Seishu, tan distinta a la mirada dulce de Akane.
—No, es… —carraspea, en un intento por ganar tiempo para decidir si será prudente sincerarse o sacarse una mentira de la manga—. Había un problema con la instalación eléctrica y… mi padre quería que me cambiaran de habitación, pero parece que lo solucionaron durante las vacaciones.
La explicación va dirigida única y exclusivamente hacia Akane, aunque a veces deslice la mirada más atrás, encontrándose con los ojos fríos de Seishu y la manera en la que ha cruzado los brazos. Está claro que el chico nuevo no le cree nada, solo que eso lo tiene sin cuidado. En parte, el que esté mintiéndole a la mujer de sus sueños es culpa suya. Lo hará pagar en el futuro.
Y es que por nada del mundo puede decirle a Akane que, para él, Seishu es como una piedra en el zapato. La primera impresión nunca se olvida, eso lo ha aprendido con los años.
—Oh, me alegra que al final se haya solucionado —comenta Akane—. Espero que hayas disfrutado mucho de las vacaciones, Hajime-kun. Es bueno tenerte de vuelta.
La atmósfera sería maravillosa de no ser por el golpeteo constante del zapato de Seishu contra el suelo. Apuesta a que lo hace a propósito, como el haber tirado sus pertenencias en la habitación y acorralarlo contra la pared. Quiere golpearlo, el cosquilleo que experimenta en los nudillos es una señal.
—Gracias, Akane-san. Contaba los días que faltaban para volver a…
—¿Me puedo ir? —interrumpe Seishu—. Estoy cansado.
—Espera un momento. —Akane envuelve el brazo alrededor del de su hermano, en un acto casi controlador. Hajime siente incrementar las ganas de golpearlo al percatarse de que pone los ojos en blanco, ¿cómo se atreve?—. Están en el mismo grupo y también van a compartir habitación, pero de todas maneras quiero presentarlos formalmente. —Los ojos de Akane se posan en él, la sonrisa se ensancha y Hajime no es consciente de que la suya también—. Hajime-kun, él es Seishu Inui, mi hermano menor. Creo que alguna vez te hablé un poco sobre él.
Sí, recuerda que lo mencionó, que en cierto momento le confesó a medias cuanto lo extrañaba. Por desgracia, ahora mismo, teniéndolo a escasos dos metros de distancia, Seishu no luce como ese hermanito dulce y vulnerable que las descripciones de Akane le ayudaron a construir en sus esquemas mentales. Seishu es aproximadamente tres centímetros más alto que Hajime, posee la expresión de una persona que ha vivido varios años más de los que tiene biológicamente, y su comportamiento es propio de un salvaje. No le agrada, pero esto, al igual que el asunto de la habitación, no puede revelárselo a Akane.
—Ya tuvimos el gusto, ¿cierto? —De nuevo, Seishu se adelanta a cualquiera de sus intenciones. Hay cierto deje de complicidad y burla en la forma en la que ha dicho cada palabra. Hajime concluye que puede dejarlo pasar.
—En efecto. Aunque debo admitir que en persona es diferente a como lo imaginé.
—¿En serio? —Akane parece no enterarse de lo que ocurre, entusiasta al creer que todo marcha por buen camino—. En ese caso, solo me queda encargártelo, Hajime-kun. De verdad espero que se lleven muy bien.
—Claro —responde en automático, con el estómago revuelto al procesar lo que implicaría. Se niega a quedar mal frente a ella.
No obstante, Seishu chasquea la lengua, dejándole en claro que el rechazo es mutuo.
—No necesito ninguna clase de guardaespaldas.
La oportunidad de que él o Akane agregaran un comentario al respecto se esfuma en cuanto Seishu les da la espalda, para luego echarse a andar en la dirección opuesta a la que llegaron. No lo entiende, ¿cuál es su maldito problema?
—Lo siento. Te aseguro que mi hermano es un buen chico, solo que todavía no se ha adaptado. No lo tomes personal, por favor.
Hajime agita la mano, en un gesto con el que pretende restarle importancia a lo sucedido.
—Sin problema. Todos tenemos días malos.
—Gracias, Hajime-kun.
La sonrisa de agradecimiento que Akane le regala antes de retirarse, le acompaña en su trayecto hasta los dormitorios. Ignora lo que tendrá que hacer para no lanzar a Seishu por la ventana ahora que se ha visto obligado a desistir de cambiarse de habitación.
Al caer la tarde y hallarlo recostado con los audífonos puestos de nuevo, Hajime desea que el ciclo escolar pase volando.
