Máscara sobre máscara


Síntesis: En una sociedad sobredeterminada por la biología, la mayor forma de libertad es ocultar quiénes somos. Will tiene bien aprendida esa lección. Pero no es el único que sabe construir máscaras sobre máscaras y, al descubrirlo, encontrará también que lo que ocultaba de sí mismo es mucho más de lo que le gustaría admitir. OMEGAVERSE / CANON DIVERGENTE / ALFA!WILL / HANNIGRAM / SHIP SORPRESA / CELOS / 5 CAPÍTULOS

Advertencias: omegaverse de cinco capítulos. Incluye manipulación, violencia, tortura y asesinatos típicos del canon. Will Alfa. Hannibal es el Destripador de Chesapeake. Las siguientes advertencias pueden spoilear el final, lean solo si eso no les importa: Hannibal Omega, Matthew Omega, hay WillxMatthew pero el final es WillxHannibal.

Agradecimientos: a la comunidad de "Hannigram nos adoptó" en Facebook y en particular a kimcavoy por su ayuda para entender cómo suele escribirse omegaverse en este fandom y por darme tantas ideas. También agradezco a SalemSmile por la primera lectura de este capítulo.

Notas: este es mi primer fic en el fandom de Hannibal y es mi primer omegaverse multichapter. Así que estoy bastante nerviosa ^^ Les agradeceré mucho si pudieran dejarme sus comentarios y opiniones. Si todo sale bien, espero actualizar cada sábado.


Capítulo 1


En una sociedad en la que la mayoría de la población era beta, con cualidades mediocres y dificultad para la reproducción, nacer alfa era considerado una bendición. Los líderes del país, los empresarios más exitosos, los científicos destacados, incluso gran parte de la farándula de moda eran alfas. La creencia popular era que si nacías como alfa tenías allanado el camino y los hechos lo corroboraban una y otra vez.

Podías destacar, acceder al poder, tener una pareja fiel, engendrar hijos superiores.

Will Graham, reconocido profesor de la Academia del FBI, sin embargo... no podía pensar en nada que odiara aún más que haber nacido como alfa. Se sabía de memoria la presión insoportable que ejercían las expectativas sociales sobre los alfa: debían encontrar a su omega destinado, debían consagrarse a protegerlo y proveerle de todo lo que necesitara, y debían tener tantos hijos como pudieran. En definitiva, estaban condenados a dedicarse a la familia, a vincularse, a amar… algo que Will no estaba muy seguro de querer —¡ni si quiera de poder!— hacer.

Además, ¿quién diablos podría disfrutar de tener sobre sí toda esa atención? ¿Quién querría brillar de esa manera, soportar que todos se voltearan a su paso, adornar la vidriera del mundo como un estúpido trofeo? ¡No él, ciertamente!

Más bien, se sentía a gusto con su soledad, en su cabaña de Wolf Trap, con sus perros rescatados como única compañía. Los viejos muebles llenos de pelos, las salidas a pescar los domingos, la nieve casi encerrándolo por completo en invierno. Esa era la vida que quería llevar hasta su muerte, no pretendía más. ¿Para qué querría otra cosa?

Will Graham no quería poder, no quería atención.

No quería una familia. No quería amor.

No obstante, esas no eran decisiones que un alfa pudiera tomar con ligereza. Ya de niño tuvo que soportar que su padre creyera que su nacimiento fuera a ser lo que los sacaría de la pobreza. Que resultara ser un chico retraído y de carácter voluble fue una gran decepción. Era preadolescente cuando el hombre comenzó a presentarle todo omega con el que se cruzaba, tuviera la edad que tuviera, con la esperanza de que fuera su destinado. Se decía que, si un alfa conectaba con su omega destinado, surgía lo mejor y más fuerte de su naturaleza y todas sus habilidades se potenciaban. No obstante, ninguna de las variopintas muchachitas que debió conocer ni tampoco los viejos solterones que su padre llegó a traer a la casa en sus momentos de desesperación cambió un ápice de la personalidad de Will. Él quería estar solo. Eso era todo.

Apenas falleció su padre, puso en práctica un plan que había estado elaborando por años ya. La ley antidiscriminación permitía a cualquier ciudadano mantener oculto su segundo género, para evitar que se repitieran todo tipo de hechos injustos que manchaban la historia del país, desde las masacres de omegas que ocurrieron en el pasado hasta las fantasiosas trabas que imponían a los betas en algunas empresas en las que creían que solo con alfas en las posiciones relevantes podrían tener éxito en el mercado. Una vez que obtuvo su documento personal nuevo, con su segundo género borrado, había solo un elemento que delataría ante cualquiera su condición de alfa: sus feromonas y, por lo tanto, su poderoso aroma.

Pero, gracias a los avances de la ciencia, para eso también había arreglo. Existían supresores que limitaban el desarrollo de sus feromonas hasta prácticamente volverlas imperceptibles. Claro, eso también traía otras consecuencias, como disminuir su libido y su potencia física. Incluso, algunos meses después de haber iniciado el tratamiento, a Will le surgieron sospechas de que alteraba su ánimo. Cada vez se guardaba más en casa, iba perdiendo el interés en la comida y pasaba mucho tiempo en la cama, a pesar de padecer insomnio desde la infancia. ¿Serían síntomas de depresión? Era posible. Pero a Will no le importaba.

Lo único que quería era que dejaran de mirarlo. Quería desaparecer. Esa era la única forma de paz que podía imaginar.

Así que continuó tomando los supresores y continuó ocultando su segundo género en sus documentos.

Si le preguntaban a quemarropa, respondía que era beta y que prefería no hablar mucho de ello para no tener problemas en el trabajo. De hecho, sí tuvo problemas en el trabajo y no fue ni remotamente por eso: no consiguió pasar los exámenes de salud mental para calificar como oficial del FBI.

Quiso creer que posiblemente fuera una consecuencia más de las alteraciones que le traían los supresores.

Pero eso no cambió nada. Se conformó con el puesto de docencia que le ofrecieron en la Academia y hasta llegó a la conclusión de que era mejor así: un profesor destaca menos que un oficial que, si tiene suerte, puede resolver algún caso relevante y ser solicitado por sujetos tan indeseables como los periodistas.

Ya. Will Graham no era más que un humilde beta, una persona que no tenía nada especial que aportar a la sociedad más allá de lo que pudiera hacer a través de su trabajo en la docencia. Era cierto que pronto salió a relucir su capacidad empática y que eso le granjeó más de un desagradable momento con sus colegas, sobre todo con aquellos especializados en el estudio de la mente, que insistían en escribir sobre él aunque jamás les hubiera dado permiso. Su habilidad sorprendente para comprender a los más variopintos criminales y desplegar en clase teorías que permitían encajar por fin las pruebas a menudo contradictorias de viejos casos sin resolver eran la comidilla en los pasillos y le aseguraban el aula llena. No obstante, su ostracismo, la agresividad evidente en las pocas palabras que se dignaba a pronunciar si le hacían una pregunta directa y sus tendencias depresivas alcanzaron para mantener el bullicio a su alrededor a un nivel soportable. Solo la psicóloga Alana Bloom, consultora del FBI, tuvo la persistencia suficiente para convertirse en su amiga. Una amiga con la que, de todos modos, Will sabía mantener una saludable distancia.

De alguna forma, Will había logrado un delicado equilibrio entre sus talentos sobresalientes y su deseo de anonimato, gracias al cual podía sobrevivir.

Sin embargo, el punto de inflexión de su historia arribó pronto, echando por tierra sus largas luchas interiores contra el mundo.

Fue cuando el agente Jack Crawford lo convocó para que colaborara con su Unidad de Ciencias del Comportamiento en la búsqueda del responsable de la muerte de 8 chicas universitarias que la tranquilidad que con tanto esfuerzo había construido se vino abajo.

Ese caso, y los que siguieron —porque, por supuesto, el avaricioso Jack no podía dejarlo ir ahora que lo había atrapado y que había comprobado su terrible efectividad—, lo perturbaron gravemente. A lo cual se sumaron las extrañas reacciones de su cuerpo ante el alfa que Jack le asignó como psiquiatra asesor, un tal Hannibal Lecter, recomendado por Alana. No estaba muy seguro de qué se trataba, era una intuición, un leve temblor en sus órganos o la contracción de sus músculos. Si bien el hombre era sin duda intrigante, había otra cosa, un aura que lo atraía y repelía a un tiempo, una sensación desestabilizadora y adictiva. Su presencia traía consigo cierto escozor producido quizá por su aroma, por sus feromonas… aunque el caro perfume que utilizaba y los supresores que estaba convencido de que estaba consumiendo no le permitían terminar de identificar cómo olía en verdad ni qué era lo que le hacía sentir. Por ahora, solo podía confirmar que había algo raro en él, definitivamente.

Pero lo que tenía de raro sin dudas no era lo que habría esperado.

El descubrimiento lo realizó en cierta ocasión en que, después de un prolongado insomnio que lo mantuvo sin dormir por casi 36 horas, decidió acudir fuera de horario a solicitar una sesión especial, antes de que el agotamiento lo enloqueciera por completo. Ingresó en el consultorio sin preguntar, como siempre, y se encontró a Hannibal cubierto con un traje de plástico abriendo con un bisturí a un paciente en su sala, sobre una lona. Tuvo que reconocer para sí mismo, casi con sorna, que Hannibal sí era, después de todo, alguien especial.

Ni todo el cansancio del mundo podría haberle impedido leer aquella situación extravagante. Le llevó solo un instante identificar el modus operandi: estaba extrayendo quirúrgicamente el hígado, una clásica actividad del legendario Destripador de Chesapeake. Era una oportunidad única para atrapar a ese criminal famoso que jamás dejaba prueba alguna.

Sin embargo, apenas logró apuntarle con su arma reglamentaria cuando Hannibal le lanzó una daga a la mano que le obligó a soltarla. De inmediato se le vino encima y el encuentro se transformó en una batalla cuerpo a cuerpo. Hannibal resultó tener una fortaleza prodigiosa y reflejos perfectos, con lo que le bastaron unos pocos y elegantes movimientos para tomar ventaja sobre el agente, debilitado por el sueño y los medicamentos.

Durante la pelea, el estrés y la emoción eran tal que Will no pudo evitar expulsar sus feromonas de alfa: se trataba de un intento desesperado de su cuerpo de imponerse y sobrevivir con su último recurso. Hannibal, que estaba en ese momento sobre él, ahorcándolo, disminuyó la presión por un momento y olfateó, atento. De inmediato, comenzó a expulsar feromonas también él, contra su voluntad.

Will percibió el fuerte aroma entrando por sus fosas nasales y colándose entre las últimas migajas de oxígeno que alcanzaban sus pulmones.

Hannibal era como él. Hannibal mentía sobre su segundo género.

Era un omega.

Y era su omega, agregó enseguida su cerebro, analizando la situación más rápido que nunca en su vida, porque la única explicación posible para que sus propias feromonas hubieran desatado las de Hannibal era... que fueran destinados.

Su destinado era el maldito Destripador de Chesapeake. Quiso reír. Eso sí que no era lo que hubiera esperado su padre cuando ponía tanto empeño en ayudarle a encontrarlo.

—Parece que aún no ha llegado tu hora, Will —dijo Hannibal, con tranquilidad—. Solo recuerda que, si revelas algo de lo que pasó aquí hoy, tus seres más queridos sufrirán las consecuencias. Alana. Jack. Winston. Piensa en ellos.

Durante un segundo, Will reflexionó que solo una persona que en verdad conociera su corazón podría haber colocado a uno de sus perros en esa lista. Incluso consideró que lo mencionó tercero y no primero por calcular el efecto sorpresa que tendría en él su nombre y no porque le restara prioridad. Absurdamente, esta certidumbre le trajo algún tipo de placer.

No pudo, de todos modos, concluir mucho más, pues la falta de oxígeno —las manos de su destinado sobre su cuello— lo dejó inconsciente.